Hoy fue extraordinario lo que me pasó. Fue literario, sí. El banco me debitó el premio de dos millones de pesos que gané en un concurso provincial, el Chudnovsky de novela. Fue una succión profunda, de esas que te asustan por los estruendos que hace la cañería cuando la sopapa la libertó. Como ahora ya no se avisa nada, cosa de que no lo sepas por las dudas o simplemente porque les resulta superfluo que te enteres de cuándo te depositan la guita, uno nunca sabe de dónde vienen las piñas.
¿Cómo empezó todo esto? Fue, sin dudas, la siestita fresca que se arremolinaba entre las palmeras la que decoró el drama. Yo, mientras levantaba mis habituales 130 kilos de pecho en press de banca en el modesto gym del rrioba, tuve una epifanía. Vi que me depositaban los putos dos millones de pesos en mi endeudada cuenta de asalariado estatal. Revisé el celular, abrí la aplicación del banco provincial —esa que siempre me pareció diseñada para que solo la comprendan expertos en Lovecraft y horror cósmico— y, efectivamente, allí estaba la guita. Pero el banco ya me había debitado unos quinientos mil pesos; me quedaba un millón quinientos mil, todavía. Ya sabíamos más o menos, a ojo, qué había que garpar: todo deuda y alguna gambeta para despabilar el mes.
La cosa es que mi compañera me dice:
—Sería conveniente transferir lo que queda a una billetera virtual.
—No, pero si ya nos descontaron eso, no nos van a descontar más.
—No sé, por las dudas, transferí.
—Bueno, no creo que pase nada.
—Pero capaz, por las dudas, habría que hacerlo.
Y así todo, finalmente: no lo hicimos.
Y fue así como se abrió un agujero negro en el relato.
Malditos ingenuos, merecemos una muerte truculenta. En esa misma fisura del espacio, donde se cuela la vacilación, una concentración de masa tan alta y densa genera un campo gravitatorio extremo del cual nada, ni siquiera la luz o la esperanza, puede escapar.
Estábamos encaminados, incluso grabamos con amigos un reel para la feria del libro. En ese vamos, escucho que el amigo de un compinche amenaza con terminar con su vida, en tiempo real. Hay una presencia extraña. Puedo sentirla: no son solo la angustia, la incertidumbre, la crueldad; es una especie de mierda invisible, muy real, que drena la sangre y la vida y lo va destruyendo todo.
La noche seguía fresquita y parcialmente gótica.
Retiramos al pibe de fútbol. Fuimos a comprar frutas y verduras, las más caras del mundo. Procuro hacer la transferencia para garpar.
Saldo insuficiente.
La reputísima madre que lo re mil parió, puteo mentalmente.
Chequeo en el celular otra vez.
Y sí, mierdas: la cuenta en cero punto cero coma cero cero.
Ahí sentí la succión del agujero negro. Fue fuerte. La sentí, me dolió más en el corazón que en el orto.
El verdulero reparó amablemente en nuestra zozobra, en tiempo real, y dejando pasar el asunto, nos fio.
Volvemos a casa, noqueados.
Los pibes preguntan, les contamos.
Sí, el banco se fumó toda la guita.
Pienso en Todorov, en la vacilación como dientes de una motosierra encendida sobre la cual caminamos con los pies despedazados, sin poder entender bien si este delirio es fantástico o no lo es.
Y no.
Es la realidad, pelotudo, un inmenso agujero negro.
Y al mismo tiempo, hay algo que el espacio-tiempo no puede replegar: el abrazo de tenerse el uno al otro.
En el montón, abrazados entre todos, el momento deviene en las culpas que siempre inspira la historia de lo que hubiera sido.
Nada que medio clona y un faso no puedan solucionar.
Escribo a un amigo por WhatsApp:
Mi odio es inconmensurable.
Al ratito se me pasa.
Volverá, yo sé que volverá: la teniente Ripley a Alien y el sol a quemarme el pelado cráneo.
Pensé en la novela con la que gané el premio: apliqué a las bases del certamen justamente por la guita, las deudas y todo eso. El reconocimiento me lo paso por los huevos.
Nunca me presenté a ningún concurso.
Y cuando finalmente lo hago por necesidad, el banco me succiona del orto el premio.
Siquiera hay oscuridad para poder apagarme. Lo más probable es que también la hayan succionado.
Sigo ahí, flotando en el horizonte de sucesos de este delirio cotidiano sin poder creerlo del todo.
La ciudad, la provincia y todo el puto país de bárbaros y civilizados que este mono psicótico con peluca hace más mierda todos los días pueden irse bien a la recontra cajeta de la lora.
Es lo que pienso, en perfecto silencio.
Ya se me va a pasar.
Seguro mañana o pasado encuentro el pendrive con quinientos mil dólares que perdimos en la última mudanza.

