La poesía de Mario Caparra no pide permiso. Se planta. Escupe. Arranca en seco, sin preámbulos, con un perro meando filosofía sobre el asfalto. A partir de ahí, todo rueda cuesta abajo con estilo. No hay consuelo, ni metáfora climática que nos rescate del golpe.
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Para cagarse de risa en la cara de la muerte
No necesitaste impostar la voz para dejarnos esa luz derramada encandilándonos los ojos. Supiste agitar como nadie las copas del mejor malbec, que para vos no era otra cosa que el pretexto sagrado de amucharse a putear contra la vida, contra la muerte y contra la misma poesía. Tu casa y tu presencia siempre fueron un territorio vivo de escucha, siembra y ternura radical.
