Por Ariel Sobko
“CUBRE LA MEMORIA DE TU CARA CON LA MÁSCARA DE LA QUE SERÁS Y ASUSTA A LA NIÑA QUE FUISTE.”
ALEJANDRA PIZARNIK
“LA JOVENCITA ES LA ESCLAVITUD FINAL, AQUELLA POR LA CUAL SE HA OBTENIDO EL SILENCIO DE LOS ESCLAVOS.”
TIQQUN
Antígona y Electra son las tragedias más especiales de Sófocles [496-406 a. de C.]. Y lo son por el hecho de que tratan sobre los conflictos en que suelen inmiscuirse las distintas esferas de lo religioso, lo político y lo militar, que representaba la problemática central del momento en que Sófocles escribía. En aquel entonces, a los griegos les inquietaba la relevancia que pudieran tener los dioses en los asuntos de la polis, y lanzarse a construir obras trágicas con este tema, si bien requería de un ingenio importante, porque el público estaba al tanto de todo al respecto, resultaba ser muy valioso sobre todo por su oportunismo. Pues bien, tanto fue el prestigio que Sófocles obtuvo con su oportuna Antígona —la primera de las dos obras, representada en 442-441 a. de C.—, que los atenienses lo eligieron general del ejército, dando cuenta, desde luego, de la importancia que un poeta tenía, dicho sea de paso, para los griegos.
Para lograr semejante éxito, Sófocles introduce en Antígona y Electra dos elementos singulares, que les son comunes, y que representan una verdadera extrañeza, por cierto, no sólo para con el resto de su obra sino incluso para el género completo.
Un elemento singular que Sófocles introduce en estas tragedias, es el hecho de que los soberanos al mando del trono no son hijos de reyes, y en quienes, por lo tanto, su relación con el poder es más bien diletante, aficionados por la cercanía que mantienen con él. En este aspecto Antígona y Electra son los opuestos extremos a Edipo Rey, la obra maestra de Sófocles, en donde los soberanos que allí aparecen alcanzan una grandeza épica espectacular, casi inalcanzable en términos históricos. En el caso de Electra: Egisto, amante de la reina, se convierte en soberano tras asesinar a Agamenón, rey de Micenas; en Antígona: Creonte, hermano de Yocasta, madre y mujer de Edipo, rey de Tebas, quien también se convierte en soberano tras el destierro de Edipo y las muertes prematuras de Polinices y Eteocles, sus hijos varones herederos al trono.
Otro elemento singular que Sófocles introduce en Antígona y Electra es, tal vez, el elemento por el cual las obras se vuelven todavía más especiales que con la mencionada mediocridad de sus soberanos. El elemento que vuelve tan especiales a estas dos tragedias es el hecho de que sus héroes no sean varones, sino heroínas, mujeres.
Desde luego, la tradición encierra todo, y ya ocurrió en otro tiempo que estas heroínas griegas adquirieran cierta autoridad para la vanguardia. Pero situándonos en la sociedad actual, en la cual, todo el mundo sabe, la mujer es, su postergada reivindicación, el acontecimiento universal del momento —al que sólo puede comparárselo recientemente con la caída de las Torres Gemelas en el 2001, o, un poco más atrás, con la caída del Muro de Berlín en el 1989—, estas dos tragedias de Sófocles protagonizadas por mujeres, en las cuales se intenta resolver problemas centrales para la sociedad antigua, deberían tener, sin mayores pretensiones, algo para decirnos, o al menos representar una buena excusa para leer a los griegos.
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Escritas muchos años antes de la famosa comedia de Aristófanes, Lisístrata (“la que disuelve el ejército”), que cuenta primera huelga sexual de la Historia, Electra y Antígona de Sófocles, tienen mucho para decirnos, en efecto, de la histórica tiranía del varón hacia la mujer, precisamente porque, y es algo que se hace evidente de sus lecturas, la posición de la mujer, social, religiosa, política y militar, que son los asuntos de las dos obras, no se ha modificado en absoluto en lo que van de estos 2.500 años que pasaron de sus estrenos en la Antigua Grecia.
Antígona, hija de Edipo, rey de Tebas, es condenada a muerte por inanición en una bóveda, sin entierro, por dar los rituales religiosos al cadáver de su hermano, Polinicies, quien había muerto en enfrentamiento con su otro hermano, Eteocles, quien también fenece en el hecho. El asunto es que, luego del destierro de Edipo, al trono de Tebas lo ocupaba Creonte, tío de los hermanos de Antígona, quienes eran formalmente los herederos reales pero que estaban enfrentados entre sí. Polinicie ataca Tebas aliado con otro ejército, conducta por la cual, tras su muerte, Creonte ordena no darle entierro —a diferencia de su otro hermano, Eteocles, quien muere en combate defendiendo el reino de Tebas—, y, además, ordena la pena de muerte sin entierro para aquél que se compareciese de él. Cuando Antígona decide desobedecer las órdenes del soberano, atendiendo que Polinicie, como su otro hermano Eteocles, merecía religiosa sepultura, entonces se desencadena la tragedia, arrastrando en ella también al suicidio de Hemón, hijo de Creonte y prometido de Antígona.
Ismene, la hermana menor de Antígona, en el papel de la jovencita prometedora y hermosa, que contrasta con la aspereza y la desfachatez de Antígona, la acusa de romper con su estereotipo:
¡Qué osada eres! Nosotras —le dice— llegaremos a morir con la más grande infamia si llegamos a transgredir la decisión o las imposiciones del soberano. Conviene darse cuenta de que nacimos mujeres, no estamos preparadas para combatir contra hombres.
Creonte, el soberano, refiriéndose a Ismene y a Antígona:
En mí no ha de mandar una mujer… En mi palacio, subrepticias como víboras, trataban a escondidas de chuparme la sangre ¡Nunca pude darme cuenta de que estaba criando los instrumentos para la subversión del trono!
Refiriéndose a Hemón, su hijo:
Jamás tires por borda tu magnífica sensatez por el goce de una mujer. Tienes que darte cuenta que una mujer malvada que comparte el lecho resulta para su esposo un grillete helador. Pues ¿qué cáncer peor puede haber que un amigo perverso? Escupe a Antígona como se escupe a un enemigo y déjala que algún muerto la despose en el Hades… Hay que defender lo ordenado, hijo, no hay que dejarse avasallar ni por lo más remoto por una mujer, pues es preferible, llegado el caso, ceder a las presiones de un hombre, pues, en ese caso, no seríamos tachados de vasallos de mujer alguna.
(Para algunos, por cierto, la solución político-religiosa a la tragedia de Antígona hubiese sido enterrar al muerto, pero fuera del territorio tebano.)
Después; Electra, hija de Agamenón, rey de Micenas, siendo muy joven tuvo que afrontar el drama familiar del regicidio de su padre en manos de Egisto, el amante de la reina, Clitemnestra, su madre. Como su hermana Crisótemis se muestra indulgente ante el crimen del padre, Electra se encarga de proteger a Orestes, su hermano menor recién nacido, del inminente peligro que corría siendo el único hijo varón heredero al trono. Decide así enviar lejos del reino a su hermanito, encomendando su cuidado a un súbdito fiel de Agamenón, dándole instrucciones de enterar al infante de lo sucedido, para que, en un futuro, pueda volver a Micenas a vengarse y restituir el bien de la familia real. Veinte años después, Orestes regresa a Micenas y desencadena la tragedia asesinado a su madre, la reina Clitemnestra, y al amante de su madre, Egisto, el soberano regicida.
A punto de desencadenarse la tragedia, Crisótemis, en el papel de la jovencita que contrasta con el aspecto rudo de su hermana —lo mismo que Ismene respecto de Antígona—, le dice a Electra, quien auspicia entusiasmada la empresa asesina de su hermano:
Si he de vivir libre hay que obedecer en todo a los que mandan. ¿En dónde puedes tener puesta tu mirada para que te armes de tanto valor y me invites a mí a apoyarte? ¿No te das cuenta? Naciste mujer y no varón, serás siempre menos potente en fuerzas que te respalden. La suerte, hermana, que a ellos les es favorable día tras día, a nosotras se nos escurre y no nos viene por nada. En estas condiciones ¿quién que planee someter al soberano escapará indemne de castigo?
Orestes, en el momento de entrar en acción, trata de prevenir a Electra, presa de la hybris, diciéndole:
ORESTES.–Guarda silencio y espera.
ELECTRA.–¿Qué pasa?
ORESTES.–Es mejor callar, no sea que desde casa nos oiga alguien.
ELECTRA.–¡No, por Artemisa, la siempre indómita, jamás admitiré tener miedo a esto, al lastre de las mujeres que están siempre dentro de casa!
ORESTES.–Con todo y con eso observa que Ares, dios de la guerra, se instala también en las mujeres.
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La historia de Electra venía contándose desde distintos ángulos en la tradición griega anteriormente a Sófocles. Esquilo, por ejemplo, abordó en la Orestiada la temática de los designios del poder religioso de los dioses. Pero Sófocles altera un poco la historia. El final que concebía la mitología era que Orestes había sido castigado por Egisto, quien sobrevivía en el trono, por ejecutar la venganza del regicidio de su padre, pero no ya con él sino sólo con el crimen de la reina Clitemnestra. La historia es básicamente la misma. Sin embargo, Sófocles elimina el final clásico del castigo inherente al crimen de Orestes por matar a la madre, en clara señal de una secularización de la temática: de la ligazón de los dioses con la polis a través del ámbito y de los lazos de familia (zoé), que aún persistía en Esquilo, pasando a un ámbito humano exclusivamente político (bíos) con el crimen del soberano.
Ahora, para que estas obras antiguas puedan significar algo para nosotros, debemos tener en claro que el sello histórico de la mujer, si bien goza de total necesidad, no proviene de alguna clase de razón histórica, a saber, del Aufhebung hegeliano o de la “cita con el pasado de la tradición de los oprimidos” planteada por Benjamin. En todo caso, como veía las cosas Jean Paul Sartre, el sello histórico que la mujer está dejando proviene exclusivamente de la praxis política que ejercieron, de un tiempo a esta parte, en las calles o en cada uno de sus hogares, bajo el cielo y las circunstancias que en suerte les tocase vivir. Es decir, no es a pesar del desenfado radical de las mujeres: la quema de iglesias, las intervenciones frente a las dependencias del Estado u otras actividades asumidas en militancia (algunas de ellas extremadamente violentas), sino que es justamente por estas actividades por lo que hablamos de la mujer como el sello histórico del momento. Sin embargo, y precisamente porque el feminismo es un acontecimiento histórico decisivo, no cabe ilusionarse con poder orientarlo a gusto hacia algún u otro lugar. En efecto, no puede haber un feminismo militante que se arrogue una especie de autoridad moral respecto del acontecimiento con intenciones de orientarlo, así como, por otra parte, no hubo manera de orientar la violencia de la revolución rusa, o como, ya si se quiere, no hubo manera de orientar la violencia del nazismo[1] —o sea, de orientar a la revolución o de orientar al mesianismo—, cuya pretensión puede llegar incluso a impugnar y hasta boicotear al acontecimiento.
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Es indudable que la mujer contra el poder soberano patriarcal es el mayor grado de irreverencia que puede alcanzarse. Quiero decir: el grado de oposición que se genera en el enfrentamiento de la mujer contra el varón, es mayor que el grado de oposición que se genera entre el varón contra el varón o el que se genera entre la mujer contra la mujer, y que entonces la mujer contra el poder soberano patriarcal será, en efecto, el mayor grado de oposición, el mayor enemigo que puede constituirse contra él, la mayor infamia, tal cual Ismene le dice a Antígona. Por otra parte, no hay nada más machista que una mujer machista. En efecto, la guerra de la mujer contra la mujer es una guerra que no nunca debe darse. Sucede que Ares, dios de la guerra, también se instala en las mujeres. Es decir, la mujer puede ser cómplice de la violencia que el varón ejerce contra la mujer en su ímpetu soberano, que es precisamente de lo que intenta prevenir Orestes a Electra antes irrumpir en el palacio.
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Desde luego, Antígona es víctima de femicidio desde nuestro punto de vista, al igual que, de algún modo, se torna un femicidio el asesinato de Clitemnestra, la reina, en manos de su hijo Orestes, para el cual, por motivos religiosos, como hemos dicho, el mito ya contemplaba un castigo. Debemos imaginarnos la imagen de Antígona en los escaparates de las marchas de Ninguna menos. Ahora bien, si pudiéramos identificar una acción concreta del poder en la mujer, ¿qué diríamos? Pues bien, todo pareciera indicar que el poder, en nuestras sociedades del Espectáculo, ha encerrado a la mujer en el dispositivo del estereotipo de la june fille, esto es, el ideario de la joven bella, como al varón lo ha encerrado por su parte en el estereotipo del guerrero joven. En efecto, el estereotipo de la Jovencita es un producto del goce machista patriarcal. Sólo una ruptura con la “Jovencita” —cuya cuestión está íntimamente relacionada con la filosofía de género, como lo denuncia Tiqqun—, logrará aumentar la potencia de la mujer. “El silencio de los esclavos” obtenido por la Jovencita en estos tiempos, si se quiere, entran en el papel de Ismene y Crisótemis, pues, en efecto, es el mayor emblema histórico de la dominación sobre la mujer, de suerte que, una estrategia para aumentar la potencia deberá tenerla seriamente en claro.
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A los antiguos griegos les gustaba creer que las pesadillas se disipaban si uno las contaba con las primeras luces del sol a alguien, evitando de esa manera los malos augurios que pueden traer consigo. En efecto, conviene quizás contar, hablar, seguir hablando bajo el nuevo sol de la coyuntura, contar la pesadilla que representó durante siglos y siglos de civilización occidental y oriental para la mujer. La única manera de alcanzar la potencia consiste en ponerse en el lugar de una pura novedad, de cubrir la memoria con la máscara de los que seremos y asustar a los que fuimos, como dice Pizarnik.
El otro no es un enemigo ni lo político es el producto de la enemistad. El otro es (la mujer para el varón o el varón para la mujer), en cualquier caso, la posibilidad del amigo. Varón y mujer deberán conducir la coyuntura a una fraternidad especial, cuya potencia aún está por verse.
[1] Tal como como ocurrió con el célebre fracaso de Martin Heidegger cuando, en 1933, el nazismo lo llevó a la experiencia del Rectorado de la Universidad de Friburgo con la intención de orientarlo.

