Cuando colonizamos Las Chatas hace 23 años la ciudad, el país, el mundo, estaban en otra galaxia. Digo colonizamos porque conquistamos ahí, derribando a las patadas las ficciones de la Puerta de Tannhäuser y ocupando los escombros de nuestras propias fantasías. Es un montonazo, sí, muchos delirios incubamos ahí. Fue nuestro reverberante garage cultural, como lo fue, capaz, para otrxs en otro tiempo la Peña lo Bagre. Gastamos ingentes cantidades de nuestros primeros salarios en Las Chatas, plata que hoy sería impensable y que entonces parecía una inversión razonable en el porvenir de nuestros delirios. Y a los martillazos dimos forma a nuestras mejores quimeras mientras el resto del mundo dormía.
Discutíamos mucho, sobre todo. Años así. Debatíamos cosas, al pedo y no tan. Libros, cine, música, arte, filosofía, política, historia, fulbo, boludeces. Hasta una revista cultural gambeteamos ahí: Cuna. La impresión de los primeros mil ejemplares fue posible gracias a Ariel, que vendió una parte del bar a su hermano Pando, el frontman de Las Chatas.
Todo el tiempo pasaban cosas.
Nosotros decíamos que no.
Que no iba a pasar nada.
Cuando unos jipis reptilianos cascotearon las puertas de Las Chatas, en los prolegómenos de una noche truculenta de la city tropical, pensamos que sólo eran unos jipis reptilianos cascoteadores.
Cuando las aguas turbias de una tormenta apocalíptica —de esas que siempre solemos tener— inundaron el bar mientras Ariel gravitaba por los aires fumándose un porrito después de que un rayo dejara sin luz media ciudad, pensamos que la literatura nos pegaba mal.
Y, sin embargo, las historias seguían acumulándose entre ladrillos y birra, entre los setlist de la compu, las sillitas y las mesas castigadas por las noches irreverentes.
No podíamos hacer mucho. Todas las crisis nos agarraban mal parados. Y cuando había tiempos —un poco más— mejores, tampoco sabíamos cómo volver a ponernos de pie, otra vez. La historia nos vivía cagando a tortazos.
Al respecto de cualquier cosa, deliberábamos durante largas y cromáticas madrugadas de mutaciones y escándalos controlados. Con total impunidad pasábamos de escuchar «Con la frente marchita» a «Break on Through». A veces había intermitentes ráfagas de agite. Todo se desmadraba aún más si en la bandeja del Winamp cargabas los Redondos.
Era un bar del infierno que engullía nuestras exacerbadas historias de amores rotos, desencantos políticos, libros recontra mil leídos y proyectos destinados a fracasar con una dignidad conmovedora. Boludos infranqueables.
Por momentos permanecíamos alrededor de aquel fuego, y nadie estaba de acuerdo con nadie, pero allí resistíamos —juntos. Advertíamos que tiempos jodidos nos partirían en pedazos. Cada una en la suya, y ya está.
Faltaba más, sin embargo: arrojar libros por la cabeza de la gente. Eso también hicimos. La mala literatura suele a veces ser igual que la buena si podemos montar trapisondas entretenidas.
Y, aunque son ficciones que simplemente pasarán de largo, tenemos la seguridad de que transformaron la realidad, al menos la nuestra, porque la imaginamos ahí, en Las Chatas.
Ahora apagaron las luces. Nada más.
Son tiempos de mierda. Los bares cierran. Las ciudades están más hambrientas. Los amigos envejecen, algunos ya no están. Todas esas hermosas e inútiles discusiones quedarán suspendidas en el aire como humo después del último hitazo.
Las criaturas que inventamos ahí seguirán haciendo ruido en alguna parte.
Todo lo demás está por verse.

