No pregunten qué. Solo tengo la certeza de que algo, multitudinario, nos abrazó mientras se iba. Lo sentí estos últimos días en las calles, en las plazas, en las casas, en los barcitos, en los kiosquitos, en las barriadas, en las estaciones de servicio, en las despensas, en los estadios y en las latitudes de cemento y las llanuras doradas. Sonaron tus canciones en nuestros corazones convertidos en radares y parlantes. Esas canciones viajaron a través de generaciones y, capaz, los años nos agarraron más solos, más salvajemente tristes y dispersos, pero algo pasó.
Lo vi en ese momento, en ese inesperado y desgarrador instante. Las cuerdas de la viola se rompieron y las palabras no alcanzaban para encontrarte.
Lo vi en la piba que lloró y puteó.
Lo vi en las banderas rojas, negras y blancas que hicieron flamear los pibes desde los balcones infinitos del tiempo y el espacio.
Lo vi en el viejo que destapó una birra y agitó su mano convertida en una antena tratando de encontrarte.
Lo vi en los pequeños pogos tarareando tus canciones en las esquinas.
Lo vi en los ojos rabiosos de los tiranos, que impugnaron las lágrimas que te lloraron.
Lo vi en los cientos de miles que patearon las llecas de la última mágica misa.
Lo vi en los abrazos sobre todo en los abrazos como otra forma de milagro escandaloso: reconocernos entre extraños en la multitud. Porque compartimos las mismas cicatrices luminosas que nos enseñaron a amar cuando nos duele, cuando ya no podemos más, cuando todo lo demás no importa.
Algo pasó. Ya no eras solamente un poeta de los desangelados ni una voz ni una sombra marchando al infinito detrás de unos lentes oscuros. Si, como lo soñaste, te fuiste cantando, entonces también te quedaste. Te quedaste en el fuego que se comparte, en la canción que aparece sola viajando a través del tiempo, en la garganta rota de quienes nunca vamos a aprender a despedirnos del todo.
Hay muertes que se apagan y hay muertes que encienden como ausencias que vacían plazas y patria, y otras que se vuelven multitudes en plazas y patria.
No sé.
Algo pasó.
Tal vez no fue una despedida. Tal vez, por un instante, volvimos a reconocernos en la misma canción.
¿Cómo no sentirme así? Si ese perro sigue allí.

