Cómo cambian las cosas con el tiempo, una reunión temática como esta sería impensable en contextos más retrógrados. Peor aún, todavía hoy en algunos barrios y esquinas de la ciudad, el Estado en su versión policial, haría una redada para hinchar sus estadísticas del combate al “delito”, y para seguir estigmatizando a los ñeri que sueñan con algún punto de fuga.
Lo increíble es que cuando el capitalismo descubre el filón lucrativo cualquier actividad es lícita —¿acaso Milei y su troupe no han habilitado la evasión fiscal por ley con el aval de la Corte Suprema?—. Capitalismo mediante entonces, podemos continuar la reunión. Venimos por tanto a celebrar a la planta y sus posibilidades, con el riesgo implícito de que, como todo consumo, sea capturado por el mercado y convertido en mercancía.
De más está decir que algo así le pasó a la tabaquería de Auggie Wren, en la que a pesar de los variopintos personajes que convocaba Paul Auster, era el mercado el que pretendía imponer su ritmo de vértigo a los visitantes.
Nada como el humo para disimular todo tipo de situaciones. Veamos, en una movilización el humo de los gases policiales puede ocultar otras violencias institucionales, pero también el humo sabía producirnos ensoñaciones románticas en los cines de nuestra primera adolescencia, cuando el galán disfrutaba su trago y un cigarrillo no era sinónimo de atentado a la moral en el primer mundo.
Las prohibiciones tipo ley seca nunca se acaban, solo cambian de rubro. Pensar que en el siglo 19 Inglaterra, dueña de los mares, controlaba el comercio del opio en China y el sureste asiático. Es que las potencias inventaron las prohibiciones para los otros.
Para esa misma época ellos aplicaban el proteccionismo y así imponer su industria al resto del mundo, pero cuando los países como el nuestro quisieron lo mismo, la orden fue “Noooo, ahora es libre comercio”.
Por eso es difícil evadir al mercado. Hasta en el arte. Cuando surgió el rock y se demostró su convocatoria juvenil, el capitalismo lo capturó, poco tiempo después de haberlo combatido, el combo permitido incluía los hábitos de vida, la indumentaria, la moda y los consumos, por supuesto también las drogas. Y entonces, poco a poco, la marihuana recuperó la legalidad que había gozado en épocas jiposas.
La historia nos muestra otros casos en que el humo se convierte en revulsivo provocador y luego se disipa, aunque solo para tomar impulso. Sino recordemos lo que significaban los cigarros en manos de Fidel y del Che, asustaban tanto como las ideas que representaban. Pero pasados los años fue el mismo Fidel quien decidió dejar de fumar. Dicen que dijo “Es por la salud, lo mejor que podemos hacer es darlos al enemigo”. Un combatiente sigue peleando, solo cambia el escenario.
La mejor enseñanza podría ser esa: Hacer del cannabis un aliado no significa abandonar la revolución, porque otro que sabía de dar buena cuenta del opio era San Martín, y vaya si demostró que se puede hacer la revolución.
Por último, debemos observar que desde hace unos 55 años vivimos bajo la órbita de la llamada por el imperio “guerra a las drogas”, por lo que, si bien podemos tratar de emprender negocios en torno a la planta, en el capitalismo el que gana es aquel que regula la oferta y la demanda, que en Latinoamérica se llama DEA.
No hace falta esperar la muerte del perro para acabar con la rabia, como bien enseñan los colectivos que ustedes impulsan, las estrategias de supervivencia están a la orden del día por estos pagos. Así que solo resta celebrar este encuentro, seguir rompiendo prejuicios, y de paso abrir mercados para los de abajo. Que el humo, aunque se disipe, mantenga la mecha prendida.
*Carlos Davel Quirós (Federación, Entre Ríos, 1957) es profesor en Historia egresado de la Universidad Nacional del Nordeste. Ejerció la docencia en escuelas secundarias del Chaco y, tras la recuperación democrática, integró el primer equipo provincial de formación docente en derechos humanos. Fue miembro de la Junta de Clasificación del Nivel Secundario y se desempeñó en gabinetes educativos (2007–2012). Participa de la Cátedra Libre de Derechos Humanos “Carlos Alberto Zamudio” y del espacio Redes Populares. Es autor de Insurgencia educativa, ensayo crítico sobre educación y desigualdad en tiempos de crisis, y de Cuando cuidábamos el fuego, texto de memoria pedagógica y compromiso colectivo.

