“Mi vida es corta / tengo que seguir girando // el tendal de cuerpos cruje / en los zapatos de alguien / que va y viene y / va y después viene / y es inútil presentarse sin epitafio”.
No necesitaste impostar la voz para dejarnos esa luz derramada encandilándonos los ojos. Supiste agitar como nadie las copas del mejor malbec, que para vos no era otra cosa que el pretexto sagrado de amucharse a putear contra la vida, contra la muerte y contra la misma poesía. Tu casa y tu presencia siempre fueron un territorio vivo de escucha, siembra y ternura radical.
Amaste el buen vino, los perros y el vértigo de las calles. Tu cartografía poética no buscó la postal bucólica, sino que desentrañó las venas de asfalto y humedad de la ciudad que pisabas:
“Soy chaqueño pero chaqueño de ciudad. Me pesa no ser un poeta más litoraleño, tengo poco en mi poesía de río, de monte, de pesca y todo eso es Chaco. Lo que sí tengo en mi poesía son las calles de Resistencia, los perros. Amo a los perros. Resistencia es una ciudad repleta de perritos, que es lo mismo que decir que es una ciudad repleta de amor”.
La última noche que brindamos en tu casa te llevé los ejemplares de Morir no es para cualquiera, aquel libro que editamos en plena zozobra de la pandemia. Sus versos homónimos siempre me entraron como machetazos directo al pecho —y hoy resuenan, como un eco encendido, ante las mismísimas puertas de Tannhäuser en este adiós. Entre copa y copa, hablamos de los temas que siempre nos encendieron: la poesía, los talleres literarios, las trincheras compinches y las pequeñas miserias de la política doméstica. Recuerdo patente cuando me miraste y tiraste: “Che, ¿vos perdiste con mis libros? Decime la verdad, ¿perdiste?”. Te respondí con la pura certeza de que la buena poesía jamás pierde contra la inflación.
En algún momento de la noche, el aire se puso denso cuando nos acordamos de Tony Zalazar y de las extrañas circunstancias que signaron su partida. La muerte siempre estuvo ahí, rondando la mesa, acechando en las esquinas. Pero vos la miraste de frente, a los ojos, y te le cagaste de risa en la cara.
Con esa misma irreverencia luminosa moldeaste una obra vasta, colectiva e individual, junto a tus hermanos de ruta, Luis Argañarás y el propio Tony. Juntos fundaron el histórico Ananga Ranga, ese espacio disruptivo que hizo estallar la potencia poética de una nueva ola: alternativa, visceral, performática. Bien lo explicabas vos:
“Éramos tres tipos que escribíamos, queríamos juntarnos, leer, escribir y beber. El plan era ese. Nos juntábamos, leíamos, escribíamos, corregíamos y durante todo el proceso casi siempre eran bares culturales. Brindábamos y la pasábamos muy bien hasta que dijimos: bueno, vamos a sacar un libro”.
Y de ahí en adelante el fuego no se apagó más: vinieron los libros, las lecturas y la siembra.

A contramano del ritmo histérico del mundo, concebiste el acto creativo desde la ironía, la mordacidad, el humor más fino y una fragilidad estremecedora:
“La poesía es algo que requiere otro ritmo. Detenerse, escuchar, paladear. Yo creo que enchufarle a la poesía la responsabilidad de cambiar el mundo, al margen de que efectivamente lo haga, me parece que es demasiado. En cambio, me molesta la poesía panfleto, la poesía demasiado explícita. Si esa poesía es demasiado explícita, demasiado panfletaria y no desacomoda, no mueve conductas, no mueve pensamientos, no mueve el ingenio…”.
Quienes compartimos aulas, noches de trinchera y mesas de pura algarabía con vos, sabemos que tu gran victoria nunca fue la figuración ni el aplauso fácil, sino la lealtad incansable de tus afectos y la puerta siempre abierta de tu casa y de tu corazón. Nos dejás una obra imprescindible para el mapa cultural de nuestro territorio, pero, por sobre todas las cosas, el testimonio inolvidable de quien supo habitar la literatura como una trinchera de reencuentro, fe y amistad incondicional.
Hasta siempre, hermano. Hasta siempre, Mario.
“En esta casa no hay nadie, si algún día alguien muere, va a ser mentira.”

