El boom de espectadores e interés provocado por la versión del relato homérico realizada por Cristopher Nolan puede ayudar a entrever cuestiones del pasado y del presente como si un oráculo de los dioses nos guiara.
El boom de espectadores e interés provocado por la versión del relato homérico realizada por Cristopher Nolan puede ayudar a entrever cuestiones del pasado y del presente como si un oráculo de los dioses nos guiara.
Parece casi ampuloso decirlo, y más aun con tantas críticas profundas, que resaltan o desmerecen el resultado. Por eso nosotros —desde “Fuera de la ley”— daremos, como siempre, una visión interesada, objetiva y política, de esta gran película.
Las desventuras del héroe, Odiseo —sacudido por la memoria y la des-memoria de la guerra de Troya— en su interminable regreso a casa, encuentran una exquisita síntesis de sensibilidad en la actuación de Matt Damon, que bajo la armadura y la fuerza se debate en la agonía de las pérdidas y de esquivas esperanzas.
Hace 3000 años el Mediterráneo oriental era escenario de una disputa estratégica entre imperios y ciudades estado que aspiraban a controlar el comercio y las fuentes de aprovisionamiento. Que la mitología haya adjudicado al “rapto de Helena” la causa del conflicto puede resultar mucho más romántico que las excusas de Trump y Netanyahu para declarar sus guerras en la actualidad. De algún modo Odiseo, rey de Ítaca, reconoce que los motivos económicos mueven el interés de la alianza, que arrastra al sacrificio a una generación de jóvenes griegos. Antes de partir, empujado por la fuerza de dramáticas imposiciones, confiesa sus dudas a Penélope, gran papel de Anne Hathaway.
Imposible no compartir las reflexiones de Odiseo ante la sanguinaria devastación troyana, como un eco que, desde el fondo de la historia, denuncia el genocidio palestino en Gaza. Cuando Homero relata en primera persona el desgarro interior del astuto Odiseo —gestor de la genial estratagema del “Caballo” como ofrenda para penetrar los muros invulnerables de la ciudad sitiada— ante el trágico espectáculo de destrucción, suena una plegaria de impotencia ante fuerzas superiores que deciden la justicia o la injusticia, la paz y la guerra entre los hombres.
Época, la actual, de líquidas emociones sin la constancia de los grandes ideales, se espeja en su falta de utopías, con el tenaz regreso del héroe al territorio de los afectos, su lucha contra el olvido, como un ascenso desde el inframundo al horizonte soleado de la lealtad.
Y para mayor gloria y vigencia de su ancestral mensaje, vale la mención interesada del rescate del pueblo llano, en la figura del valiente Sinón, cuya entrega salva al colectivo de valientes, comparada con la miserable actitud del noble Antinoo (gran actuación de Robert Pattinson).
En La Odisea Nolan hace de la violencia una presencia que transcurre como telón de fondo de valores y pasiones más importantes. La vida, aún en el cuerpo y en la palabra de un ciego, o de un pordiosero, puede tener más respuestas que “la fuerza, que es el derecho de las bestias”, dijo Perón.

