Literatura Tropical publicará la primera novela de la escritora correntina María Emilia García Loza. En esta entrevista con la autora, conducida por la poeta Luba Malun, abordamos la deconstrucción de la memoria cibernética desde la pubertad, la insistencia en la materialidad del cuerpo frente a la vigilancia algorítmica y la tensión estética entre el humor del absurdo y la melancolía del despojo de datos.
En los pliegues más ambiguos del ciberespacio, donde la frontera entre la privacidad íntima y el registro algorítmico se disolvió por completo, irrumpe Real Life, la primera novela de María Emilia García Loza. Escrita bajo el influjo del confinamiento durante la pandemia, la obra se sitúa en la intersección entre la literatura extraña, el cyberpunk litoraleño y el thriller de espionaje digital. A través de una narrativa de fragmentos, archivos y rastros virtuales, el texto explora el modo en que las identidades contemporáneas son despojadas de su sustento biológico para ser reconfiguradas en insumos de vigilancia, publicidad invasiva y control.
La trama se articula en torno al cruce de dos figuras centrales: Rita Montserrat, un personaje fronterizo que actúa como hacker y espía tras haber trabajado para cadenas de entretenimiento de adultos, y Flavia Palmer Meyer, cuya infancia fue intervenida por cirugías experimentales grabadas por médicos en oscuras investigaciones raciales. Mientras estas líneas de fuerza conspirativas se cruzan, otros personajes experimentan el asedio de una paranoia patológica: la percepción angustiante de que sus rostros, cuerpos y gestos son replicados en transmisiones publicitarias, cámaras web y redes de tráfico de datos gestionadas por organizaciones en la sombra como la enigmática empresa textil paraguaya Textilia.
A medio camino entre la crónica de la primera Internet —aquella época de salas de chat, ciber y voyeurismo incipiente— y la especulación distópica sobre las granjas de comportamiento y la inteligencia artificial, García Loza construye un artefacto literario crudo, inquietante y atravesado por un humor absurdo. En la siguiente entrevista periodística, la autora desglosa la génesis de su novela, el estatuto del cuerpo frente al archivo digital y las tensiones entre la demencia, la memoria vaciada y la vida real.
— En Real Life la historia arranca como una trama de espionaje y robo de identidades que se va complejizando. ¿Cuál fue tu inquietud inicial: los personajes, la idea de reality show o este mundo de cuerpos convertidos en información?
Empecé recordando cuando surgió internet en la pubertad, las salas de chat, los ciber. Me acordé de una novela de Samanta Schweblin, Kentukis, que me hizo pensar en esa época. Empecé a hacer una deconstrucción de mi propia vida cibernética y me di cuenta de que hay una doble vía: así como uno tiene una identidad civil, hay una identidad virtual guardada en máquinas. Estuvimos expuestos en la pubertad a una tecnología que no sabíamos cómo funcionaba. Para el libro busqué entrar a esos recuerdos y al no saber de esa identidad, incluso de lo que llamo un Metaspace: un espacio carnal donde hay fragmentos de vida o de cuerpo.
— A propósito de quién está detrás de la pantalla, hay un énfasis enorme en el cuerpo dentro de la novela, a pesar de desarrollarse en un universo tecnológico y virtual. ¿Por qué esa insistencia en el cuerpo?
Porque me agarró como un fantasma a mí misma. Pensar que ahora estamos hablando y nos están filmando, ¿pero qué pasa cuando es por un teléfono? ¿Hay alguien más que acceda a esa privacidad? Me puse a investigar portales antiguos como el sitio.com o la época en que aparecieron las cámaras incorporadas en la computadora y servicios de mensajería íntima. Me preguntaba si la gente no se estaría relacionando con un robot mientras era filmada. A mí me empezó a pasar eso con mi propia identidad.
— La memoria es un tema central en la novela: chats, historiales, archivos médicos, personas que desaparecen pero cuyos datos siguen existiendo. ¿Real Life nace de esa preocupación por lo que pasa con nuestros recuerdos cuando dejan de pertenecernos y pasan a ser almacenados por otra cosa?
Sí. Para mí la novela fue un mecanismo de defensa en la época del COVID. Yo estaba aislada, había vuelto a mi ciudad de origen, Goya, y me mudé a una cuadra de mi colegio secundario. Me puse a pensar en estos historiales y me empecé a sentir perseguida, observada por un ojo que todo lo mira pero que no es Dios: puede ser la publicidad que te desestabiliza y te lleva a la locura. En el libro hay un personaje, Rolando, que empieza a desarrollar algo patológico, de paranoia, que en realidad me estaba pasando a mí. A la vez, empezó a sonar esa música del Neoperreo —más oscura y de drogadictos— y empecé a ver caras y rostros parecidos, sintiendo que había gente manejando información y registros guardados a propósito.
— Hablemos de Textilia, esta especie de empresa fantasma que aparece en Paraguay. ¿Cómo la imaginaste dentro de la trama?
Pensaba en la industria textil, en cómo arrasa con los campos y en esa época de los noventa donde surgió la fabricación masiva. Pero Textilia es como un lugar donde se acopla la información, donde geográficamente van a parar todas esas conversaciones cibernéticas y datos. Y también tiene que ver con los tejidos orgánicos, físicos y textuales. Ahí aparece Paul, un personaje inspirado en alguien que existía en mi ciudad con las computadoras, que en lugar de libros en una biblioteca colecciona archivos de chicas.
— En la novela un personaje ve su cara en una publicidad ajena y otro siente que está en un reality permanente. ¿Cómo trabajaste esa frontera entre la paranoia y la realidad?
Traté de transmitir una paranoia que viví realmente. Lo que le pasa a Rolando me pasó a mí, hasta las reacciones físicas como transpirar y la sensación de tener dobles, de pensar que hay versiones tuyas en prostíbulos o en otros lugares. A Rolando nadie le cree, dicen que alucina. Es muy difícil poner en palabras esa sospecha de ver a otros o a uno mismo en lugares extraños. Al escribir Real Life como ficción no sé si no hay ahí una raíz real.
— Después de escribir esta historia, ¿qué es para vos la ‘vida real’?
No sé… La vida para mí no es muy real. A veces pienso que es demasiado real, como hoy que me llevaron el auto con la grúa, pero en verdad la percepción se vuelve algo muy ambiguo cuando la tecnología y los datos te atraviesan.
— La novela tiene una forma fragmentaria construida con chats, mails y monólogos, pero a la vez sostiene un hilo narrativo muy claro. ¿Cómo articulaste esa estructura?
Es fragmentaria pero hay una historia central entre dos personajes: Rita Montserrat y Flavia Palmer Meyer. Rita es un personaje muy border, de perfil cyberpunk, una hacker y espía que trabajó para canales como Venus o Playboy. Ella empieza a seguir a Flavia, que sufrió una cirugía de chica filmada por médicos que experimentaban con cuestiones raciales. Es como una teoría conspiranoica. La idea de la forma fragmentaria es atrapar al lector con una escritura poética, pero dejando puertas abiertas, sin un inicio, desarrollo y fin tradicional, porque me parece que así sucede en la vida.
— En medio de este ecosistema tan crudo, violento y paranoico, ¿qué rol juega el humor?
El humor viene a desbaratar, a poner todo en una misma bolsa. Surge desde el absurdo, de leer un capítulo fragmentado y decir ‘¿qué es esto?’. Ese desconcierto genera humor, pero en el fondo el trasfondo de la novela me parece triste y no muy gracioso, porque habla de demencia, de secuestro de cuerpos y de identidades violadas.
