Si alguna cabeza debe partirse, que el martillo sea la literatura

Cuando hablamos de literatura hablamos de ficción. La ficción, aunque no lo creamos, está en la mayor parte de los días que habitamos. La ficción ocupa nuestras vidas y nuestros cuerpos, casi desde que el mundo es mundo, a diario. La ficción no es una mentira ni una mentira bien contada ni tampoco es una verdad o una forma de la verdad. La ficción es enemiga de las nadas. La ficción no es escribir bien ni verse hallado entre el mejor de los mejores. Está bien, sí, el estilo es político, pero no define el universo. La ficción, si me dan a elegir, es la palabra. Porque la palabra sí es una herida. Y si me apuran no solo digo que la palabra es la herida sino que es la herida primera, la huella que dejó la herida en la piel, en el cuerpo o en el corazón.

Lo que escribí… de Noelia Albrecht reúne casi cuarenta cuentos, cuentos cortos y microrrelatos. Es un libro de ficciones, es un buen libro de ficciones. Sus personajes nos empujan desde la omnisciencia, la primera o la tercera persona, a un salto al vacío de la herida, que es el espacio que ocupa la ficción. La vida doméstica, la vida común y corriente, es o parece real hasta que no lo parece. Ese tránsito —desde que es hasta que no es— ocupa el lugar de la ficción. ¿Hasta qué punto la realidad es, por igual, hartazgo visceral de vidas rutinarias y azarosas? Si alguna cabeza debe partirse, que el martillo sea la literatura.

“El Norte no es para infelices”, sostiene uno de los personajes de Albrecht en “Quietud”, cuento que disuelve la materia de lo real a partir de un hecho extraordinario que, a su vez, da consistencia o forma a la cotidianidad de los sueños. La extrañeza también es memoria cuando abrimos la heladera y nos encontramos con una lechuga triste. Es memoria porque no condiciona el hartazgo de lo real, sino que lo reinventa. Como pasa en el cuento corto “La mosca”, que relata el derrumbamiento, la frustración, de una pareja, a partir del revoloteo de una mosca —símbolo de deterioro y muerte— alrededor de un helado.

“Visiones” es un cuento conmovedor, desgarrador. Un anciano espera llegar la muerte en un geriátrico. Mientras espera a la muerte ocupa sus pensamientos en cuestiones banales y aparentemente insustanciales. “Como no puedo viajar, he mirado fotos de viajes… Esas son las paradojas de la vida, cuando estás ideando tu muerte querés planear viajes. Supongo que es así, que todos morimos con sueños sin cumplir. Dentro de un rato llegará el almuerzo… Voy a mirar por la ventana la vida que otros viven mientras yo espero un fin”.

“Desmembramiento” es un cuento fantástico de temeraria sordidez y enorme carga social y política. Empieza con una sensación, un dolor, y culmina con una persona hastiada cuyas extremidades se separan de su cuerpo. “La pierna derecha se desprendió y entonces lo decidí: sólo faltaba un nuevo giro para convertirme en fragmentos, dóciles partes de un cuerpo sin vida. Sentí que morir era una necesidad, mi libertad. Me despido de la dominación, de esta angustia y de años de explotación”.

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En “Adolfo y Helena” asistimos al derrumbamiento de una familia. Y no sólo de una familia, sino de una historia familiar ligada a la tradición y a la inmigración argentina. La memoria reconstruye los olores, las vivencias, los sabores particulares, que constituyen el ideario de nuestras sensaciones y nuestra memoria colectiva. Los abuelos ya no están, Adolfo y Helena murieron, la familia se despedaza: “Hasta los aromas y los sonidos cambiaron”, dice el personaje que retrata esta destrucción y que a pesar de la soledad que siente debe volver a la casa de sus abuelos, donde habitan los recuerdos: “Aquí siento que soy yo, que puedo comunicarme con mi pasado, aunque sólo escuche historias parciales o ficciones idealizadas”.

Los personajes de Lo que escribí… trazan márgenes borrosas de la cotidianidad, de la vida diaria. Historias que a primera vista parecen banales pero cuya densidad somatiza en cuerpo, en corazón, porque relatan sucesos que nos horadan, que nos obligan a mirar la herida de la palabra de la que estamos hechos. Esas mismas cosas de la que estamos hechos, herida, palabra y vacío, son la medida de la ficción de Albrecht, que, tal vez sin quererlo, enmarca lo político en la tradición experimental de lo fantástico de la literatura argentina.

Cuentos breves como “Roberto”, “Eva” o “Federico” son igual que piedras esculpidas que contemplan, al borde del abismo, el paisaje efímero a la eternidad. Fíjense si no, en “Inmortalidad”:

“Era un hombre muy leído” dijo el informante. “Sabía cómo dirigir a sus seguidores”. “Un líder nato” sentenció otro mientras lo recordaban. Nosotros no creímos en la falsa admiración que le prodigaba el pueblo. La orden fue buscar a ese hombre vivo, moribundo a muerto. Las extorsiones a los campesinos fueron la única manera de quebrar aquellos silencios cómplices y llegar a la verdad. “A esa gente muerta de hambre el dinero les borra la ideología” afirmó el comisario. Las recompensas pagaron soplones y con sus datos llegamos a nuestro hombre. Sólo era un pelilargo asmático, flaco y sucio. Reducirlo fue fácil, el resto es historia”.

Lo que escribí también ensaya el género policial. “Esteban Alzola” relata las dos muertes de un político que difumina las marcas entre lo real y lo ficcional, sin descuidar el estilo y el costado social que reverbera el género. Lo mismo en “Novelas”, una especie de diatriba contra el imaginario novelesco televisado arraigado en nuestra percepción cultural, que Albrecht pulsa para discernir aquello que no puede revelarse más allá de lo fantástico: “A veces, creo que la ficción que nos dejan ver es creíble porque ellos mismos la inventan y la viven como cierta. Se creen protagonistas de su propio cuentito, sin darse cuenta de que nosotros hace mucho tiempo guionamos su vida. Igualmente esa falsa idea de bienestar va a cambiar. No se puede vivir tanto tiempo sin un conflicto. Nos aburre su felicidad. Nos merecemos una vida con acciones. Lo que hoy presenciamos nos emociona, pero nos aburre. Somos muchos los que pensamos que este no es el final que deseamos…”

La literatura de Noelia Albrecht no falla, encuentra la alquimia necesaria para hacer territorio la ficción en tanto lenguaje en tanto forma de vida. Sabe que escribir en y desde el Subtrópico Litoraleño no es para débiles ni es para infelices. Es un sonido extraño el que evocan sus cuentos, como aquel hombre que se pierde, literalmente, en su propio sueño, buscando un sonido especial, el sonido que sólo podemos encontrar cuando estamos solos o habitamos la soledad.

Me pregunto —o insisto en preguntar—: ¿Hasta qué punto la realidad es, por igual, hartazgo visceral de vidas rutinarias y azarosas? Si alguna cabeza debe partirse, que el martillo sea la literatura.

 

Resistencia, 1° de junio 2018