Otra historia de piratas

Por Pablo Black 

Una mañana el papá de Mateo despertó de buen humor y con ganas de trabajar.

El papá de Mateo era escritor y trabajaba en casa, y lo bueno de eso era que le bastaba con preparar un té y encender un cigarrillo para ponerse manos a la obra.

Se sentó a la computadora y dejó que las palabras fluyeran por su cabeza…

Pero fue inútil porque nada fluía y mucho menos palabras. Poco a poco la impaciencia comenzó a ganarlo y al rato no quedaba ni pizca del buen humor con que había despertado.

En realidad, todos o casi todos los días era lo mismo con el papá de Mateo. Un gran ánimo al principio, un inmenso arrojo que lo hacía sentir capaz de escribir de un plumazo la mejor historia jamás escrita, y luego el desánimo, la frustración completa.

¿Cuál era el problema? El papá de Mateo tenía tantas y tan disímiles respuestas que mejor no entrar en detalles. Una vez, hablando del tema con un amigo, éste le dijo que quizás su problema fuera un asunto de perspectiva, que veía o creía ver perfectamente el punto de llegada pero no el camino que conducía hasta él. Eso más o menos le dijo su amigo y puede que sea una buena explicación.

Para colmo la mañana de la que hablamos llovía torrencialmente, y los días de lluvia Mateo no tenía clases. La maestra de tercero había sido concluyente al respecto: ante el primer nubarrón amenazante, más vale ni molestarse en llevar a los niños, pues ella sería la primera en no presentarse a la escuela.

De modo que Mateo quedó en casa esa mañana. Y cualquier mañana es difícil junto a un niño de ocho años, pero las laborales y lluviosas lo son aún más. Así que apenas Mateo despertó, su papá, que ya se hallaba afectado por su pésimo desempeño laboral, se dispuso a pactar con su hijo cómo transcurriría el resto del día.

Lo único que interesaba al papá de Mateo era trabajar en paz, salvar o intentar salvar una jornada que ya se adivinaba perdida. A tal fin, luego de prepararle la leche a Mateo, apiló una serie de películas en dvd y le dijo que viera cuantas quisiera, pero que por favor lo dejara trabajar.

Por lo demás, Mateo cumplió sobradamente con el pedido de su papá. Sólo de cuando en vez irrumpía en la sala donde trabajaba para hacerle alguna pregunta. O simplemente para verlo, para cerciorarse de que, pese a tanto silencio, su papá no había desaparecido, todavía seguía ahí.

En una de esas irrupciones, Mateo dijo:

Pa, ¿qué significa que un gran poder conlleva una gran responsabilidad?

Estaba mirando El hombre araña, evidentemente.

Por muy ensimismado que estuviera, el papá de Mateo no pudo evitar conmoverse por la pregunta de su hijo. Lo emocionó que haya sido sensible al mensaje de la película. Entonces se esmeró cuanto pudo por explicar a Mateo la moraleja, y no cejó hasta asegurarse de que entendiera a la perfección.

Finalmente lo felicitó por la pregunta. Le dijo que se trataba de una demostración de madurez tan o más importante que la de aprender a atarse los cordones con sólo tres años.

Hasta entonces no existía para Mateo mayor hazaña personal que el haber aprendido a atarse los cordones a los tres años, así que lo llenó de orgullo que su papá pusiera a su pregunta en el mismo nivel.

Fue un lindo pero breve momento. Enseguida el papá volvió a posar su cada vez más sombría atención en su objetivo cada vez más lejano.

Ahora déjame trabajar, dijo no de mala manera pero sí con evidente irritación.

¿Estás bien?, le preguntó Mateo, que pese a su corta edad ya había aprendido a  reconocer los signos de ansiedad de su papá. (Antes, siendo aún más pequeño, también sabía reconocer los de su mamá).

Sí, mi vida, recapacitó el papá. Es sólo que trato de escribir una historia y no me sale.

¿Qué historia?

Una de piratas, mintió el papá.

Antes de salir de la sala y dejarlo solo, Mateo dijo:

Hacé tranquilo, pa.

Se trataba del consejo que su papá solía darle cuando Mateo hacía la tarea de la escuela.

Y aunque el papá intentó seguir el consejo, ya no hubo modo, todo estaba perdido. Habría que esperar a la mañana siguiente para volver a estar tranquilo. Y eso en el más optimista de los casos, suponiendo que al otro día también despertara de buen ánimo y con ganas de escribir.

La jornada estaba concluida aunque en realidad recién comenzaba. Quedan por delante horas y más horas de contemplación al monitor, un tiempo ilimitado detenido sobre un mismo párrafo que no llevaba a ningún lado.

Y como no se puede huir de lo que tampoco se puede alcanzar, el papá de Mateo se sirvió un whisky, ya que, como se sabe, no hay cosa mejor para ponerse contemplativo.

Un rato después Mateo regresó al estudio. ¡Se le había ocurrido una historia y creía que podía servirle a su papá! Se la narró y por segunda vez en aquella mañana su papá se emocionó hasta las lágrimas. Era tan simple…

Lo que sigue es la historia de Mateo, desmejorada por la transcripción de su papá.

Juan y Pedro eran amigos y decidieron salir a navegar en bote. Pero hubo una tormenta y el bote se hundió. Por suerte alcanzaron a aferrarse a un pedazo de madera y se salvaron de ahogarse, dado que ninguno de los dos sabía nadar. Se salvaron pero no del todo aún. Flotaban a la deriva y su mayor miedo eran los tiburones. Nada les preocupaba tanto, ni la sed, ni el hambre, ni el sol, ni el frío del agua. Nada. Sólo los tiburones. Miraban a un lado y a otro y rogaban que jamás aparecieran las temibles aletas, esos espeluznantes triangulitos grises. De repente, a lo lejos, alcanzaron a ver una embarcación. Entonces Juan y Pedro comenzaron a gritar y a agitar los brazos para llamar la atención del barco.

¡Y el barco los vio! Cambió el rumbo y se dirigió en dirección a ellos.

Ahora sí estaban salvados del todo. Ahora sí.

Una vez que el barco los alcanzó, de lo alto de la borda arrojaron una escalera de soga con peldaños de madera. Juan y Pedro explotaban de felicidad. Era tanta la alegría que cada uno ofrecía al otro ser el primero en subir. Vos primero, decía Juan; de ninguna manera, primero vos, decía Pedro… Y así estuvieron durante un rato hasta que finalmente decidieron subir los dos a la vez.

Resultó complicado, es cierto, puesto que la escalera era angosta, pero ya nada podía ser un problema.

Y cuando pusieron pie a bordo… ¡TERROR!

Se encontraron con que era un barco de sanguinarios tiburones piratas, tiburones de toda calaña: grises, negros, blancos… Horribles tiburones y a cuál más hambriento.

Al principio, y sólo a los fines de darles la bienvenida a Juan y a Pedro, los tiburones sonrieron dejando a la vista sus afilados dientes. Pero un instante después, impacientes, se apresuraron a dar inicio a la cena.