Hasta las muelas

Por Fernando Santiago

Tuvimos que dejar las muelas de Mariana para poder salir del bar. Tomamos, reímos y charlamos y fue tanta la algarabía que recién al final nos dimos cuenta. Apenas teníamos algunos pocos pesos en los bolsillos. Nos culpamos mutuamente, Mariana y yo, por no haber traído dinero. Todo esto frente al dueño del bar. Por suerte un amigo intervino cuando vio lo que estaba pasando e intentó salir de garante, pero el dueño del bar no escuchaba, nos pedía que paguemos o paguemos, que era una vergüenza y que la gente no sale de parranda sin dinero.

La discusión se fue enconando y poco a poco el clima se enrareció. El dueño del bar empezó a gritarnos y a maltratarnos, nos trató de irresponsables, de sabandijas y de otras cosas más. Sin embargo Mariana y yo nos mantuvimos en silencio, dejamos que se calme y pedimos disculpa.

Entonces pasó lo que pasó. Mariana metió sus dedos adentro de su boca como quien saca una masita de un paquete, y de adentro de su boca sacó primero una muela y la dejó sobre la mesa. Luego la vimos hacer la misma maniobra, otra vez, sacó una segunda muela, ambos implantes. Nos quedamos azorados, Mariana, el dueño del bar, mi amigo y yo, las muelas estaban ahí arriba en la mesa, una del maxilar superior derecho con la comisura del diente para arriba y la otra del maxilar inferior izquierdo con la comisura para un costado.

Hubo un silencio profundo. No puedo recordar si la música cambió o qué. Después Mariana soltó: “Son de oro puro”. Pensé por un momento que Mariana estaba jugando a la taba, culo o suerte. Pero no eran sus muelas, yo estaba seguro. Yo las conocía bien a sus muelas porque Mariana solía bromear con esas cosas; ponía sus muelas en las manos cuando, de manera desprevenida, nos pedía que le tengamos algo, y alzábamos la mano ingenuamente y ella depositaba sus muelas en la palma.

“Si quiere puede pesarlas, pero le aseguro que pesan cincuenta gramos”, le dijo Mariana al dueño del bar. “Valen como trece mil pesos, es oro de 18 quilates, puro, tan puro como pueden ser las muelas de esta hermosa mujer”, agregué yo. Me miró extrañamente, no sabía si hablaba sobre ella o hablaba sobre mí.

Las muelas seguían ahí sobre la mesa como confites mascados a medias y escupidos. Nadie se animaba a tocarlas, el supuesto garante y amigo se retiró de la escena diciendo: “La dama paga”, y se levantó de la silla y miró nuevamente la escena, y no vi que hiciera ningún gesto ni siquiera uno pequeño, como si se tratara de una escena de lo más normal, salió caminando del salón. Lo miramos hasta que se perdió tras la puerta del bar donde ya no había nadie más, sólo sonaban los Redondos.

El dueño dirigió su mirada a las muelas, y dijo mirándolas: “Ustedes me deben mucho, pero estas muelas valen muchos más, se las guardo por una semana, después las vendo”. Mariana le dijo entonces que no había problema, que si en una semana no volvíamos con el dinero que haga lo que quiera con las muelas pero que recuerde, le dijo, valen trece mil pesos, no acepté un precio inferior o lo estarán estafando. También le dijo que subiera el volumen, que quería seguir escuchando, un momento más, los Redondos.

Nunca supe si el precio que le puso a las muelas era real o ficticio pero en ese momento la vi tan segura que no dudé un segundo. Salimos del bar con los Redondos de fondo, nos daba aires de libertad.

Caminamos rumbo a la plaza, en diagonal al bar, y vimos cómo la claridad del día rompía la noche. “¿Hace cuánto no ves un amanecer?”, me preguntó Mariana. Yo solamente la miré, se dio cuenta enseguida que hacía muchos años los amaneceres me esquivaban. Caminamos un rato más por la calle, nos reíamos de cualquier cosa y disfrutábamos nuestros más hermosos años de vida, realmente nos sentíamos plenas y llenas de alegría. Esa mañana el sol salía tenue y agradable sobre Resistencia. Esa mañana sentí sus labios, sus manos. Una extraña sensación, sentí su sexo. Supe que  algo en mí no volvería a ser como antes.