Trepanación

Por Marcos Misiaszek

 

Mamá retiraba cuidadosamente los lienzos ensangrentados de la niña, mientras lo hacía, gruesas lágrimas resbalaban por sus mejillas. Los ojos tristes, de un pardo marrón ya hacía tiempo desteñidos, miraban ahora a la muchacha que apenas entendía lo que le pasaba.

Radiante, rubia, los ojos azules parecían recién haber estallado —como si de una supernova se tratase—.Toda ella brillaba, pura, blanca, inmaculada.

La hendidura en su frente aún no estaba del todo abierta, pero los lienzos habían empezado a empaparse de la sangre que indicaba que la niña estaba lista.

Estaba lista. Estaba preparada para perder la razón, para idiotizarse para toda la eternidad, lista para generar aquella matriz craneana que expulsaría otra vida.

—No quiero  —gimoteó la niña tocando con delicadeza la hendidura en su frente, la misma que hasta hacía no mucho tiempo se encontraba cubierta. Pero sí que estaba lista, lo sabía muy bien, la yema de sus dedos reconocieron la pequeña abertura babeante, el flujo mental se le adhería a los dedos.

—No puede ser de otra manera —le dijo a mamá llorando, mientras ésta le limpiaba con un pañuelo el líquido que se escapaba de la grieta. Debía tener cuidado, la zona era muy sensible y los dolores intensos.

Mamá era inservible, por lo menos eso decían todos, la cicatriz de su frente nunca dejó de ser eso: solo una cicatriz que no se abrió nunca. Aquella vieja y despreciable mujer, arrugada, odiada por los hombres, muchas veces golpeada y humillada por las más jóvenes de sanas frentes sangrantes, estaba condenada —nunca sintió “la succión” —, maldita, aquella cicatriz sellada la hizo una paria.

— ¿Qué va a pasar conmigo?  —preguntó la muchacha con voz temblorosa. Aquella mañana se había levantado con fuertes dolores de cabeza y le había sangrado la nariz. Mamá, con aquella mirada anciana, le había dicho que todo eso era normal y que no debía preocuparse.

—Vas a estar en un mejor lugar —comentó mamá sonriente secándole las lágrimas—. A un lugar al que a mí me gustaría ir alguna vez…

—Mamá…

—Nena… —la interrumpió alzando una mano—. Basta, va a pasar rápido, no te vas a dar ni cuenta.

—No… —sacudió la cabeza la chica.  Mamá le dio un largo beso en la mejilla.

—Vas a ser mamá —dijo la anciana sonriente—. No le tengas miedo a los trepanadores.

— ¿Qué me va a pasar?

—Lo mejor, hijita…

A poca distancia los alaridos de una niña rompió el silencio de aquella mañana. Su cráneo hidrocefálico, palpitante, su mirada perdida en la nada. Babeante gateaba la niña mientras sus gritos de horror y dolor se iban configurando en una suerte de gemido sin fuerza. Todos escucharon el “crack”, como si una sandía se hubiese estrellado contra el suelo. El cráneo de la muchacha explotó y entre restos de materia encefálica, huesos, piel, pelos y sangre, un bebé lloraba cubierto de líquido cerebral. Alrededor, todos festejaban.

—Mamá, es horrendo —gimió la nena.

—No… es hermoso.

Era hora. Mamá se despidió con otro fuerte beso mientras la estrujaba contra su pecho. Enseguida unos hombres se la sacaron con violencia de los brazos, la niña luchaba por zafarse pero era inútil.

Estaba rodeada de gente. Los hombres sonreían. Ella lloraba en el centro.

Luego de una orden, un muchacho avanzó hacia ella. Estaba completamente desnudo, el miembro erecto, listo. Iniciaron los cánticos.

Obligaron a la muchacha a arrodillarse, le quitaron los nuevos lienzos que mamá le había puesto sobre la herida. El muchacho se acercó un poco más.

—No, por favor… —balbuceó ella entre lágrimas mientras buscaba a mamá entre la multitud.

No tuvo tiempo de reaccionar.

Un solo envión de la pelvis bastó, el pene perforó la frente de la nena. Ella gritó sintiendo un inmenso e insoportable ruido a succión. Sus ojos se pusieron blancos mientras el líquido fecundador llenaba la masa encefálica perforada. La nena siguió gritando un rato más mientras hilos de baba y sangre se escurrían por su barbilla. Ya no volvería a ser la misma.

Afuera de la sala mamá recorrió con sus dedos aquella cicatriz impenetrable que jamás pudo abrirse del todo. El esfuerzo y el intenso de dolor no había bastado, la abertura no era lo suficientemente ancha. Soltó ya sin fuerzas el cuchillo ensangrentado y cerró los ojos.

Pronto un nuevo niño volvería a nacer.