Por Carlos Cacho Quirós
Lo que tiene de inquietante el pasado es que nos domina con su ejército de fantasmas.
Mientras la derecha en el gobierno conduce a la «política» hacia un divorcio definitivo con la sociedad, sus esbirros en el Congreso Nacional hacen méritos para que esa grieta se profundice. Entre denuncias del propio Milei acerca de, coimas, roscas inverosímiles y tráfico de influencias, asisten impávidos y señoriales a la aprobación de un reordenamiento del país que limita derechos constitucionales, que desregula la economía en favor de la casta financiera, que lotea nuestro patrimonio a las corporaciones extranjeras, y que empobrece a su pueblo.
Hace menos de 150 años, el ascendente general Julio A. Roca, impulsó la figura de su concuñado Miguel Juarez Celman para incorporar la provincia de Córdoba a su proyecto oligárquico de país. «El burrito cordobés» como lo apodaban, no dudó en subordinar la provincia a los intereses centralistas -cualquier semejanza con el «cordobesismo» actual no es mera coincidencia-, si bien coincidía con Milei en su rechazo a la influencia papal, a diferencia de este, impulsaba la obra pública para extraer las exportaciones.
Las coincidencias centrales entre ambos títeres -el «burrito» y Milei- tienen que ver con que los dos se consideran miembros de una generación que llega para transformar al país bajo el signo de la «libertad» (entendida como libertad para rapiñar, para explotar, y para entregar, claro). Una vez electo presidente por fraude, en reemplazo de su concuñado, el «burrito» dio rienda suelta a su autoritarismo aristocrático y consolidó un «unicato», como se bautizó a su gobierno, ya que pretendía manejarse sin Congreso y sin límites.
Bajo el signo privatista las primeras empresas en caer eran las más rentables -se anticipó a Macri y a Milei-, la especulación y el avasallamiento del país por el capital inglés eran moneda corriente, y en ese marco surgió la respuesta inesperada. Un dirigente popular, Leandro Alem (sí, el mismo que asociamos con la UCR, nada que ver con el sello de la actualidad), encabezó una insurrección en 1890 llamada la «Revolución del Parque».
Si bien el intento fracasó bajo una brutal represión, los días de la presidencia de el «burrito» estaban contados. El régimen, dirigido en las sombras por Julio Argentino Roca (aclaremos que hoy Macri juega ese papel, aunque le falten años luz de su inteligencia), consideró entonces llegado el momento de cambiar de collar para no dejar de ser perro y obligó a renunciar al presidente.
Los grandes medios de entonces, como La Nación y La Prensa, actuaron tal como lo hacen hoy TN, La Nación +, o Clarín, primero avalaron al gobierno surgido de la estafa al mandato popular, lo acompañaron en los negocios y en las privatizaciones, así como en la rendición incondicional al capital inglés, pero una vez cumplida la tarea «sucia», entregaron al «burrito» para garantizar la continuidad del modelo.
Como siempre lo intuyó Hipólito Yrigoyen, la responsabilidad de combatir por una Argentina democrática e independiente recae en «la chusma», denominación despectiva de entonces hacia el «pueblo».
Foto de portada: Julio Argentino Roca, Miguel Juarez Celman, Eduardo Wilde.Hacia 1880-90. Archivo diario La Gaceta.
