Quiroga, el más tropical

AL - 13 Portada Quiroga1

Horacio Quiroga nace el 31 de diciembre de 1878 en Salto, Uruguay. A los pocos meses de haber nacido su padre muere accidentalmente: se le escapa un disparo cuando volvía de cacería. Su madre, con Quiroga en brazos, presencia el hecho. Doce años después, será testigo del suicidio de su padrastro (también de un balazo).

A los 21 años viaja a París. <<A diferencia de otros escritores que siguen esa ruta por la época, la capital francesa no lo deslumbra: encuentra pobres y sombríos los grandes monumentos. Para él la Ciudad Luz es más bien oscura. Y antes que el Museo del Louvre, aun cuando lo visita, le entusiasma más presenciar carreras de bicicletas en el Velódromo (…). Si bien registra con cierto interés aspectos de la ciudad y de sus habitantes (“lo magnífico de París son las cocottes”), termina por concluir que, no ya Montevideo, incluso “el Salto es mejor que París”, porque “cada cual vive la vida que le es posible”>> [1]. Pasa apremios económicos: <<la estancia en París resulta una pesadilla porque se queda sin dinero, a la espera de un giro que no llega y forzado primero a empeñar hasta el menor objeto de valor y después a aceptar la ayuda más bien módica de los funcionarios del Consulado uruguayo (apenas le alcanza para comer, pero se las ingenia para ahorrar y comprar cigarrillos y libros). En alta mar, sin embargo, había tenido una especie de revelación: “me creo notable, muy notable, con un porvenir, sobre todo, de gloria rara (…) sutil, extraña” >> [2].

Vuelve a Uruguay y junto a un amigo (Federico Ferrando) fundan en 1900 el «Consistorio del Gay Saber», un laboratorio literario experimental del que resultaron «Los arrecifes de Coral» (su primer libro, editado en Buenos Aires; un iniciático poemario y algunos cuentos, de espíritu iconoclasta y modernista, titulado “Los Arrecifes de Coral”) y «Encuentro con el marinero» de Ferrando. Ambas obras encontraron escasos elogios  y sobre todo en las tiendas provincianas (celadores del canon literario agrupados en la llamada “Torre de los Panoramas”), reacias a toda innovación, las piedras llovieron sin clemencia [3] : poesía “decrépita, senil y valetudinaria“, “aberración del buen gusto“, “creación híbrida y estéril como las mulas, una prueba acabada de las tendencias neuróticas de norte de Europa“; versos que “son sencillamente monstruosidades, ataques a la lógica y al sentido común, que solo pueden aportar al autor sonrisas compasivas“.

Ese año (1900) mueren, en el Chaco  dos de sus hermanos (Prudencio y Pastora) víctimas de la fiebre tifoidea.

La disputa no se detuvo. Chimentos, comentarios malintencionados, desaires, polémicas literarias y, casi sin solución de continuidad, rabiosos insultos. Años de injurias, afrentas, francos y rabiosos insultos. En 1901 Guzmán Papini y Zás (un poeta fracasado y resentido —los poetas fracasados constituyen los más bestiales seres; oscuros y dañinos basiliscos [4] del mundillo literario— al que nadie recordaría de no ser por lo que contaremos a continuación) da inicio a la publicación de una serie de notas que titula «Siluetas de literatos»: allí se dedica a agredir a quienes él considera sus enemigos literarios y, por ende, enemigos de la literatura —que él entiende— real y verdadera. El primer ataque de Papini se dirige contra Federico Ferrando. De seguido, Papini embiste contra Eliseo Ricardo Gómez, amigo de Ferrando. Federico Ferrando decide retar a duelo a Papini y Zas.

Ocurre un hecho inesperado: la tragedia se repite. Persigue a Quiroga. Instalados los amigos en uno de los dormitorios de la casa de los Ferrando, Quiroga inspecciona el arma con la que Ferrando pretendía batirse a duelo, una pistola de dos caños, sistema Lafouchex, 12 milímetros. Se le escapa un tiro y mata, casi instantáneamente, a su mejor amigo de un balazo en la boca.

Es detenido. Aclarada la naturaleza accidental del incidente, recupera la libertad, cuatro días después. Es 1902: decide abandonar Uruguay. Viaja a la Argentina.

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Escribió a destajo, peleó contra el río a golpe de remo, amó los transportes de riesgo, fue implacable con la imbecilidad y los prejuicios de la sociedad de su tiempo, y a la vez formó parte de esa sociedad. Vivió en la selva. En la selva misionera. Inventó casi todo y lo hizo desde un espacio  más espinoso que la nada: la adversidad [5].

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En Buenos Aires sobrevive. Da clases en el Colegio Británico (es profesor de literatura; Quiroga es, en realidad, muchas cosas[6]).

Leopoldo Lugones (el trágico profeta de la hora de la espada, el padre del inventor de la picana eléctrica, el propagandista del golpismo y el suicida desencantado que homenajeamos —sin saberlo a veces— cada 13 de junio [7]) es su protector. Y en 1903 decide emprender una expedición a las ruinas jesuíticas de Misiones; Quiroga, convertido ya en fotógrafo profesional, lo acompaña y documenta el viaje.

Se enamora, irrevocablemente, de Misiones y su selva. Nace el cuentista.

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En 1904 se instaló en el Chaco. Invirtió toda la herencia paterna en una plantación de algodón. Fracasó estrepitosamente y volvió a Buenos Aires.

1904: publica un libro de relatos: <<El crimen de otro>>, influido por el estilo de Edgar Allan Poe. Es su segundo libro.

En 1905 publica una novela corta, <<Los perseguidos>>: dos hombres se creen perseguidos el uno por el otro. Sienten y los atraviesa el terror espantoso de la paranoia. Aparece un tema central en los textos y en la vida de Quiroga: la locura.

“La locura, cuando se le estrujan los dedos, hace piruetas increíbles, que dan vértigos, y es fuerte como el amor y la muerte”[8].

Quiroga trabaja incansablemente en una verdadera cantidad de textos: cuentos de terror rural, historias para niños pobladas de animales que hablan y piensan sin perder las características naturales de su especie. En 1905 la revista “Caras y Caretas” publica lo que será un hito en la obra de Quiroga: <<El almohadón de pluma>>.

Rápidamente Horacio Quiroga se convierte en un autor famoso y prestigioso, bendecido por los lectores, hambrientos de sus relatos.

Conoce la fama y la gloria en la Argentina: vive una exitosa incorporación al mercado literario en los primeros años del siglo XX.

Alterna períodos de soledad <<con otros de intensa actividad (llega a tener tres mujeres a la vez), y en particular se entusiasma con las alumnas de la escuela donde trabaja (“me rodean al concluir la clase, me aprietan”). No suele dar rodeos: “Aquí hay una sirvienta uruguaya a la cual cogemos por el culo uno después de otro, a plena luz”, cuenta. A veces se queja de su suerte (“siempre me tocan histéricas”) y otras alardea en detalle de sus conquistas. Este espectro es significativo porque no se conocen cartas de amor de Quiroga; sólo algunas de las esquelas que remite a las hermanas Cora y Emilia Bertolé (…) parecen encaminarse en esa dirección>>[9].

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En 1906 compra una chacra en Misiones, a orillas del Alto Paraná. Y en 1908 se muda allí con Ana María Cirés, una alumna de la que se había enamorado. Ese año aparece “Historia de un amor turbio”: una novela de amor bizarro, que decida a la Cirés.

Construye él mismo la cabaña donde pensaba vivir con su familia. Se casa con su alumna y se van a vivir a la selva.

En 1911 nace la primogénita: Eglé Quiroga. Nace en la selva, haciendo su propio padre las veces de partero. Quiroga (que exploraba por entonces el negocio de la explotación de los yerbatales) es nombrado Juez de Paz de San Ignacio. Un año después, en 1912, nace Darío, se segundo hijo.

6

1915: Ana María Cirés, cansada de la vida en la selva, harta de su marido o vaya uno a saber exactamente por qué sino por todo, se suicida, tomando veneno. Muere luego de una larga y horrible agonía.

Pudo haber sido en 1914, en diciembre.

Quiroga destruye todo: las fotos, la fecha real de su muerte. El Juez de Paz Suplente (un tal Pedro Alvarenga) escribe con letras de molde:  “En San Ignacio a los once días del mes de Febrero de mil novecientos quince ante mí Jefe suplente del Registro: Ramón Gozalbo de treinta años, soltero uruguayo, domiciliado en la localidad, declaró que el diez del corriente a las once de la mañana falleció en su domicilio la mujer Ana María Cirés de Quiroga. Tenía veinticinco años, era argentina, casada, hija de Pablo Cirés (fallecido) y de Ana María Laguzan de Cirés, francesa, domiciliada en la localidad. Leída el acta la firmaron conmigo el declarante y los testigos Pablo Allain (42), francés y Vicente Gonzalbo (40), uruguayo, domiciliados en la localidad y quienes han visto el cadáver.”

Quiroga se traslada a Buenos Aires y asume, a tiempo completo, la crianza y educación de sus hijos.

7

Cumple funciones diplomáticas —trabajo del que vive y con el que mantiene a su familia— y sigue escribiendo a destajo.

En 1917 ve la edición “Cuentos de amor de locura y de muerte”. Es un éxito instantáneo que consagra a Quiroga.

En 1918 edita “Cuentos de la Selva”. El volumen incluye “La tortuga gigante”, “Las medias de los flamencos”, “El loro pelado”, “La guerra de los yacarés”, “La gama ciega”, “Historia de dos cachorros de coatí y de dos cachorros de hombre”, “El paso del Yabebirí” y “La abeja haragana”.

En 1919 edita “El salvaje”. En 1920 publica “Las sacrificadas” (obra de teatro) y en 1921 aparece “Anaconda” (cuentos).

En 1924 aparece “El desierto” y en 1925 “La gallina degollada y otros cuentos”.

8

1926 encuentra a Horacio Quiroga y sus hijos instalados en una quinta en Vicente López[10], en Buenos Aires. Se dedica a criar animales salvajes. Vive en un “chalet” que Martínez Estrada describe como <<una especie de búngalo destartalado, con moblaje rural, y el garage—gálponliving era una tienda de antigüedades, donde no hubieran desentonado un helicóptero y un esqueleto de dinosaurio. En el enorme patio estaba la casilla del coatí, animalito sociable y cariñoso a quien Quiroga presentaba con la misma ceremonia que a un miembro de la familia>>.

Se enamora de una compañera de su hija Eglé, llamada Maria Elena Bravo.

En 1926 edita “Los desterrados”.

En 1928 Quiroga y Maria Elena Bravo tienen una hija: Maria Elena Quiroga.

Entabla amistad con Ezequiel Martínez Estrada y Alfosina Storni.

Pero el matrimonio no prospera: los celos dinamitan la relación.

Cambian las autoridades políticas en Uruguay y Quiroga pierde su trabajo consular y con ello reaparecen las dificultades económicas.

Los lectores parecen ya no desear tan fervorosamente como antes leer sus textos. Publica en 1929 su segunda novela: “Pasado amor” y fracasa estrepitosamente. No vende nada.

Horacio Quiroga, el escritor, el autor, ha caído en desgracia.

9

1932: Quiroga vuelve, esta vez para siempre, a la selva misionera.

Apremiado y sin soluciones a la vista, sus amigos le tramitan una jubilación argentina.

Pero no sólo son económicos los problemas de Quiroga: a su esposa no le gusta la vida en la selva. Discuten, pelean agriamente. La vida familiar es un infierno. Su mujer y sus hijos lo dejan y se van a Buenos Aires.

Quiroga, que había empezado a sentir los primero síntomas de prostatitis, al sentirse cada vez peor, decidir ir también él a Buenos Aires. A buscar tratamiento.

1935 ve la edición del que será su último libro: “Más allá” (una recopilación de cuentos).

10

Queda internado en el Hospital de Clínicas. <<Venía a hacerse ver por los médicos una molestia que no lo abandonaba. Era un cáncer terminal, pero no se animaban a decírselo. Lo tenían de residente en el Hospital de Clínicas con permiso ambulatorio, mientras le hacían creer que lo sometían a estudios y lo preparaban para una operación. Un día vagando por el sótano del hospital encontró un paciente llamado Batistessa. Lo tenían ahí escondido por su aspecto físico, causado por una neurofibromatosis conocida como elefantiasis. Quiroga exigió que Batistessa fuera sacado del sótano y trasladado a su habitación, y en las horas muertas le contaba historias de la selva. Un día Batistessa oyó hablar a los médicos y fue a decirle a Quiroga que la operación proyectada era una simple y dolorosa postergación de la muerte.

Quiroga avisó que salía a caminar, fue a una ferretería a comprar cianuro, regresó al hospital, mezcló el polvo en un vaso con whisky y se lo tomó.

“Se mató como una sirvienta”, dijo Lugones, que un año después se suicidaría de igual forma en el Tigre.

“No se vive en la selva impunemente”, escribió Alfonsina Storni en un poema que le dedicó antes de suicidarse ella también, en los acantilados de Mar del Plata.>>[11]

Al describir el suicidio de Horacio Quiroga, su amigo Elias Castelnuovo, escribe: “El jueves por la tarde salió del hospital donde se encontraba internado para preparar su viaje a Misiones, y el viernes por la mañana (19 de febrero, 1937) emprendía, en cambio, el viaje sin retorno a la región de las tinieblas. Adquirió una dosis de cianuro y hacia la madrugada, en la soledad de su pieza, sin luz y sin testigos, se envenenó. A fuerza de experimentar en vida, tal vez el horror a la muerte, al llegar el instante de la ruptura, se ve que el hombre sintió una alegría extraña, porque murió con una sonrisa en la boca… Su rostro, blanco, pecoso, denota una tranquilidad absoluta. Yo lo observo así tendido, duro, flaco, con el mismo respeto que me inspiró en vida. Con la misma seriedad: guardando la misma distancia”.

(Epilogo) El Escritor.

<<Lapidario sobre algunos colegas, Quiroga nunca fue discreto al opinar sobre literatura. En sus primeras cartas (…) acusa problemas de inspiración. No se le ocurren ideas para sus cuentos, pasa meses sin escribir. Un déficit que revertirá con el descubrimiento del paisaje, a partir del momento en que se radica en Misiones.>>[12]

Para Quiroga <<la palabra clave en el proceso es sinceridad: ése es el valor de Dostoievski (“uno de mis dioses”), y también el término al que apela para definir la belleza: las cosas tal como son y los personajes así como hablan>>[13].

Quiroga conocía y era muy conciente de las características y procesos propios del mercado editorial. Era <<un lúcido observador del funcionamiento del mercado. Advierte que el nombre del escritor, “los méritos adquiridos”, también se cotizan en el pago de un cuento, y cuando colabora en Fray Mocho se preocupa por seguir la cantidad de anunciantes en la revista y en Caras y Caretas, la competencia>>[14].

Cuando cae en desgracia editorial, advierte que los cuentos no garpan. Apenas una “tarifa de puta un poco vieja” (dice en una carta). Los de La Nación, que antes los solicitaban, ahora ni le contestan y para colmo reseñan para el carajo su libro “Más allá” (1935). Las revistas le pierden los originales que envía, lo tratan con informalidad. La literatura uruguaya lo excluye, por considerarlo “argentino”.

Escribe de sí mismo cuando ya le queda poco tiempo de vida: “Valdría la pena exponer un día esta peculiaridad mía (desorden) de no escribir sino incitado por la economía. Desde los 29 o 30 años soy así. Hay quien lo hace por natural descarga, quien por vanidad; yo escribo por motivos inferiores, bien se ve. Pero lo curioso es que escribiera yo por lo que fuere, mi prosa sería siempre la misma”.

Influenciado por Edgar Allan Poe, Rudyard Kipling y Guy de Maupassant, narró magistralmente la violencia y el horror escondidos en la naturaleza. Abrazó a Tolstoi, Dostoievski, Jack London, Thoreau, Maupassant y Baudelaire.

Borges, desfachatado como solía ser —“halo de genialidad” del que gozó mientras otros lo padecieron; así es lo que a cada uno le toca en suerte— dijo de Quiroga: “(…) es, en realidad, una superstición uruguaya. La invención de sus cuentos es mala, la emoción nula y la ejecución de una incomparable torpeza”.

Oneti escribió sobre él: “(…) otro suicida famoso, Hemingway, obtuvo, más o menos un año después de volarse la cabeza, un curioso reconocimiento a su obra y a su vida. Cáfilas de criticones, de fracasados, de adictos incurables a la envidia se abalanzaron con furia a la conquista de espacio en diarios y revistas para atacar al muerto. Recuerdo que la ola de baba verdosa llegó a tal altura que la revista “Life” cedió una doble página a Malcolm Cowley para que intentara un dique contra las hienas comecadáveres. Ese artículo fue reforzado con un dibujo que representaba a Hemingway desnudo y muerto, tenazmente visitado por cucarachas, moscas, toda la sabandija pensable. Tal vez hubiera alguna rata en el festín.

Algo muy parecido ocurrió con Quiroga vivo. Paridos a consecuencia de un cruce misteriosamente fértil entre dos viejas prostitutas llamadas envidia y ambición, decenas de enanitos declararon perimido el arte de Quiroga. Era necesario que los cuentos del maestro se hicieran a un lado en la historia literaria para dar paso a los que ellos, los nuevos y novísimos, pergeñaban para deleite propio y de la pretendida elite en que flotaban. Es decir, que los relatos quiroguianos, de ciudad o selva, que son para mí grabados en metal, exentos de adornos, se olvidaran para aplaudir acuarelas pintadas en el país de algún abanico. El maestro cometió el error de darse por enterado y publicó una respuesta que era desafío y afirmación. Sucedió lo inevitable. Ya ni Funes el memorioso recuerda los nombres ni los engendros de los aspirantes a iconoclastas.

Todos los cuentos de Quiroga, cualquiera fuera su tema, están construidos de manera impecable. Pero debo señalar que aquellos que se sitúan en Misiones están impregnados del misterio, la pobreza, la amenaza latente de la selva. Allí es imposible descubrir arte por el arte, regodeos puramente literarios. Porque la selva amparaba el horror del que supo el escritor y que venció la ferocidad de su individualismo. Supo de la miserable sobrevida -o persistencia del no morir- de los mensú, de sus sufrimientos callados porque conocían la esterilidad de expresarlas con la dulzura exótica de su idioma guaraní. Tal vez, raras veces, se les escapara un “añamembuí” dirigido al patrón invisible y de crueldad cotidiana e interminable. O al capataz de revólver y látigo; o al destino tan sabio en torturar y en suprimir explicaciones. Para el mensú, mantenido siempre al borde de la agonía, el patrón nunca visto tenía forma de hombre, pero era una empresa lejana e inubicable, una oficina con aire acondicionado, una compañía que seguiría floreciente mientras la selva conservara árboles para hachar y hombres para ir desangrando”[15].

En su última carta —dirigida a sus hijos— esribió: “Busco lo que casi nunca se encuentra. Soy capaz de romper un corazón por ver lo que tiene adentro, a trueque de matarme yo mismo sobre los restos de ese corazón”.

***

[1] “Cartas de la selva”, Osvaldo Aguirre, Radar, Página12, 27/5/07

[2] “Cartas de la selva”, Osvaldo Aguirre, Radar, Página12, 27/5/07

[3] http://letras-uruguay.espaciolatino.com/alzugarat/ferrando.htm; Washington José Pedro Bermúdez, Félix Polleri, Raúl Montero Bustamente, respectivamente, entre otros.

[4] «pequeño rey»; en la mitología griega, una pequeña serpiente cargada de veneno letal, capaz de matar sólo con la mirada; rey de las serpientes, siempre representado con características reptilianas.

[5] «Cuentos Escogidos», ed.Alfaguara, prólogo de Liliana Heker.

[6] “Profesor de literatura, lector refinado, áspero amante de la selva y de muchachas adolescentes, fotógrafo, admirador precoz del cine, loco, humorista, malhumorado, dispéptico, químico aficionado, testigo y causante de muertes cercanas, ciclista, mecánico amateur, padre singular”. («Cuentos Escogidos», ed.Alfaguara, prólogo de Liliana Heker)

[7] Día del escritor, instituido por la Sociedad Argentina de Escritores como homenaje al natalicio de Leopoldo Lugones.

[8] “El crimen del otro”, cuento, Horacio Quiroga.

[9] “Cartas de la selva”, Osvaldo Aguirre, Radar, Página12, 27/5/07

[10] “(…) tenía un coatí llamado Tutankamón, un búho llamado Pitágoras y el yacaré Cleopatra, además de una enorme canoa aerodinámica que calafateaba infinitamente y que no parecía una embarcación, sino una criatura de las aguas.” (“El hombre que nos enseñó a tener frío”, Juan Forn, Contratapa, Página12, 19/12/2014)

[11] “El hombre que nos enseñó a tener frío”, Juan Forn, Contratapa, Página12, 19/12/2014

[12] “Cartas de la selva”, Osvaldo Aguirre, Radar, Página12, 27/5/07

[13] “Cartas de la selva”, Osvaldo Aguirre, Radar, Página12, 27/5/07

[14] “Cartas de la selva”, Osvaldo Aguirre, Radar, Página12, 27/5/07

[15] Juan Carlos Oneti, “Horacio Quiroga. Hijo y padre de la selva”, 1987.

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