El pantano argentino transformado en un cenagal de depravación y decadencia. Milei y su ladronera libertaria recortan empleos, multiplican miserias y destruyen el Estado desde adentro como si introdujeran dinamita, vía oral, en el estómago de un escuerzo. Este régimen no solo cercena la dignidad del trabajo en general y de la libertad misma en particular, sino que mata a enfermos crónicos, jubilados, discapacitados y a toda forma de posibilidad colectiva, por puro placer ideológico y deleite de la crueldad.
En apenas 18 meses, el empleo público nacional cayó un 15,8 %, lo que equivale a 54.176 despidos entre noviembre de 2023 y junio de 2025 según el CEPA. Bajo la consigna del “Estado obeso”, Milei decretó la no renovación inmediata de miles de contratos y ejecutó retiros masivos. El efecto real: reducción de sueldos en términos reales de hasta un 31,5 %. El empleo es hoy un recuerdo, el ajuste se convierte en plaga; las personas, también.
El plan “motosierra” se aplicó brutalmente sobre el sistema de salud: redujo el presupuesto en un 48 %, despidió a más de 2.000 empleados del Ministerio de Salud, y disolvió agencias clave como DADSE, encargada de entregar medicamentos gratuitos a pacientes de cáncer y enfermedades raras. Al menos 60 personas han fallecido esperando tratamientos que el Estado ya no provee. Clínicas públicas como el Garrahan se declararon en emergencia: médicos residentes con caída salarial del 50+ % y carteles que claman: “Los niños con cáncer no pueden esperar”.
Hace apenas unos días, Milei vetó dos leyes claves aprobadas por el Congreso: una suba de pensiones del 7,2 % y otra que ampliaba las prestaciones a personas con discapacidad e invalidez, incluyendo pensión equivalente al 70 % del haber mínimo. Alegó que implicaban un gasto público no sustentable, reafirmando su lema y su miseria moral: “No hay plata”. Mientras tanto, jubilados sobreviven con ingresos por debajo de la pobreza; discapacitados ven sus derechos borrados por el decreto. Lo humano se convierte en variable de ajuste.
El desguace del Estado fue sistemático: eliminación de al menos 13 ministerios, disolución de agencias como INADI, ENOHSA y hasta Télam transformada en máquina propagandística; reducción brutal de programas culturales, científicos y sociales. El Conicet perdió presupuesto, becas y personal, poniendo en jaque la producción científica nacional. El plan es claro: un Estado saqueado, vacío, convertido en escenario despojado donde no hay voz ni memoria.
Imagínalo porque está pasando. Un pantano político donde las instituciones y los cuerpos de trabajadores se pudren bajo el sol negro del ajuste. Cada despido, cada reducción salarial, cada programa cortado, se convierte en un cadáver político flotando. Milei corteja la estética del conflicto —las motosierras, el show de puteadas— mientras el verdadero plan se ejecuta en silencio: vaciar el Estado, ensanchar las cuentas en dólares del 1% más rico y de la inexistente burgesía nacional; quieren pulverizar el Estado de derecho tal y como lo conocemos, enterrar a los vulnerables. La destrucción no es un accidente histórico: es Methodist tropical que baila sobre los despojos de lo público.
¿Qué queda después de la fiesta necrológica? Un Estado muerto en vida, una democracia en su putridarium, sin capacidad de destino ni autoridad legítima. Estamos siendo aplastados por tecnócratas perversos e insensibles. Más argentinos enfermos, muertos, jubiladxs condenadxs a la invisibilidad y el cadalso libertario. La credibilidad de cualquier relato político se erosiona, drenada por el cinismo de los argentinos que lo votaron.
Este régimen camina entre cadáveres alimentándose de parásitos institucionales y una narrativa reptiliana repugnante. La destrucción del empleo, la quita de asistencia a personas frágiles, la clausura sistemática del Estado: eso es la verdadera performance libertaria. Cuando el humo final se disipe, lo que quede será un pantano seco e infértil: un país sin salud, sin trabajo, sin memoria… con un ecosistema democrático inundado de silencio y rencor.

