Con una voz que se desplaza entre la contemplación y la intemperie, Eugenia Landriel nos introduce en el universo de su primer libro Vivo pendiente de ser devorada editado por Literatura Tropical. El cuerpo, la palabra y el paisaje se entrelazan como raíces que resisten la íntima tempestad. En esta entrevista, reflexiona sobre el agua como memoria y herida, la escritura como sobrevivencia, y el acto de publicar como una forma de persistencia silenciosa.
Vivo pendiente de ser devorada no funciona como un rótulo sino como una declaración poética y vital. Eugenia Landriel no lo eligió desde la premeditación, sino como un hallazgo que emergió del mismo proceso de escritura. Esa frase —que se siente como una amenaza y una promesa— condensa una sensación persistente: la de estar siempre al borde de ser descubierta, interrumpida, consumida. Esa inquietud, que se origina en la infancia, en los libros prohibidos y los versos escondidos, se transforma en una tensión que atraviesa cada poema.
El agua, recurrente en su imaginario, no responde a un idilio bucólico. Su carga es ambigua: es reminiscencia de infancia y, al mismo tiempo, una ausencia dolorosa en su geografía natal. Evoca el Bermejito no como postal sino como origen. En su voz, la naturaleza es la herida inicial de la que hablaba Gelman. Esa contradicción, entre belleza y toxicidad, entre vida y amenaza, impregna una poética profundamente ligada al territorio y al cuerpo.
La escritura aparece entonces como una forma de habitar lo inestable. No como una técnica sino como un acto de supervivencia: la poeta escribe desde un momento de quiebre, donde todo parecía perdido, pero donde la escritura —curada, compartida, reescrita— se vuelve trinchera y refugio. Es en ese momento, guiada por Lucas Brito Sánchez y la comunidad literaria que comenzó a rodearla, cuando sus poemas encuentran su cauce y su forma final.
Vivo pendiente de ser devorada es un espacio más cercano a la observación que a la tesis, donde cada poema se presenta como una superficie quieta, pero viva, que invita al lector a mirar sin urgencias, sin certezas. Como quien se asoma, sin saber qué hay debajo, al borde de un río oscuro.

Vivo pendiente de ser devorada by Eugenia Landriel
Año: 2025 / Páginas: 80 / Género: Poesía
Ilustracción - Collage de Portada: Julieta Ramos, Eugenia Landriel
Fotografía de Autora: Laura A. Aguirre
Diseño, Arte de Portadas y Compaginación: José González
Reseña de Contraportada: Lucas Brito Sánchez.
Dirección Editorial: Alfredo Germys
¿Qué inspiró el título Vivo pendiente de ser devorada y cómo refleja la temática de la obra?
Me gusta reconocer que el título no fue una búsqueda propia, de hecho considero que llega siempre después, como si yo sólo me encargara de la narración, consciente de alguna manera que emergerá desde la misma escritura. Sí me pasa en lo personal que define una sensación que tuve a lo largo de mi vida, estar pendiente de que me descubran haciendo “esto”, ya sea leyendo un libro que no debía, sobre todo de la biblioteca de mi tía, hasta escribir poemas o breves versos que algo transgreden. Un doblez en la intención de definir las cosas. Es un sentimiento que también lo experimento en la relación con mi entorno, y de esa manera se traduce en mi escritura. Una al acecho. No podría decirte con exactitud “refleja esto” “define aquello”. El libro contiene estados, sensaciones y percepciones de varios años concatenados unos con otros. Y me agrada poder ver en esos poemas la realización de esa incompletud.
En tus poemas, utilizas una rica imaginería relacionada con el agua y la naturaleza. ¿Qué papel juegan estos elementos en tu proceso creativo?
Es un vínculo extraño el que tengo con esos elementos, sobre todo con el agua, porque es un recurso natural que, de donde vengo, está en peligro de extinción. No hay agua potable allá aún. Y gran parte de los poemas que escribí, su base antes de la reescritura de estos textos, fueron gestados en una casa de barrio, un lugar pegado a un aeroclub que manejaba (y lo sigue haciendo) grandes cantidades de agroinsumos para las plagas, fumigando los techos y los tanques de las casas. Agua y naturaleza no son palabras recurrentes en mi memoria. Pero sí he vivido experiencias en la infancia, viajes en familia, en el Río Bermejito, y creo que allí yace el papel fundamental del proceso de escritura. Podría decir que es el primer río que me conecta a otros.
La voz poética en tu obra parece oscilar entre la vulnerabilidad y la fortaleza. ¿Cómo trabajas estas dualidades en tu escritura?
Más que duales, ambos términos los leo en una especie de complemento. No hay fortaleza sin un caudal considerable de vulnerabilidad en la vida. Así también sucede en la escritura, ni hablar en la lectura. Son prácticas de sobrevivencia, considero. Y si indago más en los términos, ambos reflejan un poco lo que sucede con el cuerpo y el espíritu cuando se sobrevive. La voz oscila según dónde esté parada la palabra para narrar algo.
¿Podrías hablarnos sobre el proceso de escritura de esta colección? ¿Hubo alguna experiencia personal que influyera en su creación? ¿Cuál o cuáles fueron los motores que te llevaron a publicar?
Este libro comienza con la reunión de poemas que fui registrando desde los cuadernos que llevaba escribiendo a mano hacia la computadora. Tenía algo así como 140 páginas, varias mudanzas de por medio, falta de registros digitalizados, dos intentos de curaduría y publicación que no iniciaron, hasta que lo comento con Lucas Brito Sánchez, que llevaba adelante un espacio de curaduría y trabajo en la escritura (El ojo enfermo), sumado al hecho de que ya era el librero que conocía en Resistencia, y comenzamos a trabajar juntos en mi poesía. Encontré una nueva forma de escribir y de leer lo que estaba haciendo, en un momento de mi vida y mi escritura donde, respondiéndote un poco sobre el motor, estaba en quiebre. Había perdido, o eso pensaba, demasiado en varios aspectos de la realidad inmediata, y esa escritura, ese espacio en toda la diaria para estar en contacto directo con mi escritura, fue fundante en el libro. Era mi ganancia, nada se perdía allí. El hecho de publicar fue una instancia materializada, producto de seguir intentando. Me suelo reír cuando pienso en los mails en el 2021 y los mensajes en Instagram, preguntándoles si podía enviarles lo que escribía. Siempre quise, pero mi cabeza en torno a mi escritura no maneja fechas ni plazos. Leo y escribo todo el tiempo, sobre todo en relación a lo que leo. Este es mi vínculo con la realidad, publicar es un verbo que se construye.
¿Cuáles autores/as consideras que influyeron de manera fuerte en este proceso de escritura?
Suelo tener como práctica de lectura anotar oraciones, fragmentos, versos, que me interpelan y que reconozco, pueden formar parte de la propia. En el momento en que estaba editando el libro, empecé a frecuentar de a poco la librería El árbol amarillo, comenzaban mis primeras conversaciones con Marce Ramírez, la dueña, y aparecieron los nombres que hoy forman parte de mi columna vertebral literaria: Anne Sexton, Claire Keegan, Adrienne Rich, Denise Levertov, Mariano Quirós con sus relatos cerca del río, apareció Cohen para no irse más. Predominan las mujeres en mi biblioteca, no importa la etapa que transite, pero mi influencia no tiene género.
Si tuvieras que situar tu poesía, ¿en qué espacio la encontraríamos más profundamente arraigada?
Una pregunta que sigo reflexionando. Leo el libro, ahora más que ya lo tengo en mis manos, y sigo pensando que es una poesía de contemplación. La intención no está puesta en debatir qué relato hay detrás de esas palabras; las uní de esa manera y las dispuse de esa manera con la intención de formar superficies para observar, no tanto para razonar. Eso hago cuando leo un libro, no estoy pendiente a saber si lo que leo es real o no, contemplo la narrativa. Busqué dentro del deseo que mi libro refleje lo mismo, contemplación.
