En esta entrevista, Fernando De Leonardis, sociólogo y escritor argentino, nos invita a adentrarnos en su obra Pulp Sextion (Ed. Literatura Tropical, 2024), un conjunto de ficciones post-pornográficas que trascienden las convenciones tradicionales de la narrativa. Con un enfoque en la edición y la corrección, De Leonardis articula relatos que exploran la sexualidad y abordan cuestiones profundas sobre la identidad, el género y las dinámicas sociales contemporáneas.
A lo largo de la conversación, el autor revela cómo las múltiples voces y discursos presentes en su obra generan diálogos y tensiones, desafiando las nociones establecidas de autoría y originalidad. Mediante técnicas como el collage y la citación, transforma cada relato en un espacio de reflexión crítica, invitando al lector a cuestionar las estructuras culturales que nos interpelan.
Con una trayectoria que abarca la curaduría de exposiciones artísticas y la creación literaria, De Leonardis se erige como un referente en la intersección entre arte y pensamiento social. Sus obras, que incluyen relatos, poesía y teatro, son un testimonio de su compromiso con la exploración de las complejidades humanas, ofreciendo una mirada aguda sobre la realidad que nos envuelve.
LITERATURA TROPICAL—: ¿Cómo logra Pulp Sextion ensamblar y articular los diferentes fragmentos textuales para crear una narrativa coherente y significativa?
DE LEONARDIS—: Antes de empezar a escribir, me propuse componer un conjunto de ficciones post-pornográficas que involucraran el pensamiento social. El prefijo “post” se debe a que habría relatos alrededor de (o atravesados por) la sexualidad (relaciones sexuales, entre sexos, etc.) que trascenderían/excederían la “pornografía”. Con ese hilo conductor en mente, emergieron los relatos. ¿Cómo logré articular una narrativa coherente y significativa? Con edición y corrección. Una vez reunidos los relatos, el trabajo de edición armó el puzzle: ¿cuál relato abre el libro y cuál lo clausura?, ¿qué relato sigue al primero?, ¿luego cómo mantener el interés en la lectura?, ¿dónde se leerían los relatos largos?, ¿y los microrrelatos?, ¿el título de tal cuento no podría llamarse de otra manera? Esas son algunas preguntas respondidas por la edición. Una vez convencido de que la edición estaba a punto, que había una unidad de sentido, me aboqué a la corrección de los relatos. En algún lugar leí que “escribir es sobre todo corregir”, sentencia atribuida a Ricardo Piglia: allí reside la modesta complejidad de la escritura.
LT—: ¿Qué voces y discursos predominan en la obra y de qué manera entran en diálogo o tensión entre sí?
DL—: Uso el lenguaje para hablar del lenguaje. Ora uso lenguaje docto para expresar asuntos vulgares, ora el lenguaje sucio refiere al habla culta. Mi amigo Domingo Faustino Sarmiento, quien prologó el libro, lo pescó enseguida y, adelantándose a posibles impolutas críticas, se expresó así: “los gramáticos son como el senado conservador, creado para resistir los embates populares, para conservar la rutina y las tradiciones; como los de su clase en política, su derecho está reducido a gritar y desternillarse contra la corrupción, contra los abusos, contra las innovaciones”. En efecto, hay en el lenguaje empleado abusos, corrupción, embates. ¿Sarmiento usó la palabra “política”? Pues bien, hay voces políticas en el libro. Y antropológicas. Y biológicas. Y también otras varias voces más. ¡Y a veces esas voces dialogan no sólo en determinado relato sino en otros! ¿De qué manera entran en diálogo o tensión entre sí? No lo responderé yo: cada lector/a completará el sentido.
LT—: ¿Cuál es el papel que juegan conceptos como la identidad, el género y la sexualidad en la construcción del texto?
DL—: No juegan un papel, más bien desempeñan papeles. Alguien posmo diría que “identidad”, “género” y “sexualidad” son significantes vacíos. Y quizá algo de ello haya en cada uno de los relatos del libro. En este sentido, la naturaleza de la mayoría de los relatos es ambigua, polisémica; tan polisémica y ambigua como podrían ser consideradas la “identidad”, la “sexualidad” y el “género”, palabras que, ciertamente, remiten a términos sociales en disputa. Hablando de disputa, ¿no hay un libro de Judith Butler titulado “El género en disputa”?
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LT—: ¿De qué forma el uso de técnicas como el collage, el mashup y la citación enriquece o complejiza la lectura de la obra?
DL—: ¿Hay intertextualidad y metatextualidad? Sí. Son características presentes en casi cualquier texto, oral o escrito, no importa el capital cultural acumulado de cada quien. En tal sentido, enriquece y complejiza a la vez. Sin efecto de verdad, no habría literatura. Y para que haya efecto de verdad, la trama debe tener alguna complejidad, la suficiente como para atar cabos al terminar de leerla. ¿La complejidad es popular? Sí, y a la medida de cada lector/a: no en vano una de las dos palabras del título del libro es pulp.
LT—: ¿Cómo desafía este libro de fragmentos las nociones tradicionales de autoría y originalidad en la literatura?
DL—: Desestimo que sea un “libro de fragmentos”. Hay unidad de sentido(s). Si por “fragmentos” se entienden determinados discursos cultivados en origen y trasplantados a un ecosistema textual artificial, ok. A este respecto, en el libro hay relatos que llamo “mashups”. Es un dispositivo que me permitió construir ficción a partir de la no ficción. Si se quiere, y yendo más allá y volviendo más acá de la etimología de la voz “textual” (trenzar, entrelazar), es como tejer individualmente, un punto que enlazado con otros conforma una pieza. Alguien dirá que toda autoría es un constructo social. En efecto, como escribió Sarmiento en el prólogo a Pulp Sextion: “el idioma de un pueblo es el más completo monumento histórico de sus diversas épocas y de las ideas que lo han alimentado”. Ergo, hay una gran y única autora: la humanidad por medio del general intellect.
Sinopsis
Artefacto-máquina de pulsional hibridez expansiva, este libro está ensamblado por piezas textuales antropomorfas y fractales, fragmentos encendidos y ficciones calientes que meten a la cama las nociones convencionales de género como mecanismos del lenguaje y signos como mercancías y como política de la historia de la sexualidad humana, la identidad y la teoría queer. Tan descarnado como sobrenatural, tan brutal como reverberante, no hay un solo lugar en este organismo vivo literario que no ponga a fagocitar voces y discursos, librando tensiones y cruces entre conceptos como masculinidad, feminidad, heteronormatividad y disidencia sexual, para que se devoren unos a otros.
Una sirena que practica empalagosas felatios, un signo como moneda viviente, una biblia en medio de una depredación sexual, una criatura que provoca masturbaciones colectivas, escrotos estirados con alfileres, un director de cine porno especializado en estudios queer, la antropología de algunas sociedades de Nueva Guinea cuyas actividades homosexuales son consideradas completamente masculinas, la meiosis o escisión de los pares en la formación de células activistas sexuales, un listado de órganos máquinas, un delirante y encamado diálogo entre Judith Butler y Sheila Jeffreys, son sólo algunos de los dispositivos de este muestrario polifónico que interpela las cuestiones de poder, lenguaje y representación en el campo de la sexualidad y la política.
De Leonardis es un escritor rara-avis sensacional, capaz de alumbrar incómodas verdades en ficciones asombrosas y aparatos literarios de incisiva erudición. Pulp Sextion es un fascinante viaje de regurgitaciones sexuales y políticas y lenguajes que se (re)significan a lo largo de toda una cadena de significantes.
Alfredo Germys



Fernando De Leonardis (1972 - Florida, Provincia de Buenos Aires). Es Licenciado en Sociología (UBA), especialista en museos, transmisión cultural y manejo de colecciones antropológicas e históricas. Curó acontecimientos artísticos interdisciplinarios que involucran el pensamiento social, entre otros la exposición “¿Cómo resuenan los acontecimientos histórico-culturales en la sala de exhibición de arte?” (Manzana de las Luces, 2019), el “Cabaret Literario” del Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires – FILBA (2013 y 2014) y, junto con Carla Imbrogno, la jornada de arte y pensamiento “Marx nace” (Teatro Nacional Argentino – Teatro Cervantes, 2018). Es editor de libros, gestor cultural, músico, nadador de aguas abiertas y escritor. Es autor de los libros Habitus + Excursiones (relatos), Entre la tristeza y la nada y otros incidentes e intervenciones textuales de ultraizquierda (microficciones), Un palito ortega por cada millón de tucumanos hambreados (poesía y ensayo), Diamantina (poesía), y de la pieza teatral Acusmático Karl Marx (estrenada en 2018 en el Teatro Cervantes, dirigida por Rubén Szuchmacher). Textos de su autoría fueron traducidos al alemán y al portugués.
ASÍ ESCRIBE
¿qué quería yo de los extraterrestres?
La inmensa noche gélida, la pequeña casa caliente…
En la casa de mi infancia los radiadores hacían que las habitaciones se sobrecalentaran. Pasábamos el invierno con las ventanas abiertas. Vivía en el borde.
El borde es el radiador que está debajo de la ventana de mi habitación. La ventana da a un parque muy creepy. Pero en la oscuridad el viento agita las siluetas de los altos robles y el aire frío y puro ilumina el cielo con su propio aura: todo parece majestuoso, hasta profundo.
Sentado en el radiador, con una toalla doblada protegiendo mi culo de las quemaduras, me asomo a la ventana. Mi cara quema cuando las mejillas calientes tocan el aire helado. Miro más allá de las temblorosas ramas negras. Tengo nueve años y llamo a los extraterrestres.
¡Deprisa! ¡Deprisa!
Los alienígenas no vendrán, no en este momento. Tampoco la gente de mi barrio, mis padres, todos los que conozco, que dormidos siguen trabajando, zombies al ritmo de la repetición, del imperativo de los días, sin alegría.
¿Qué quería yo de los extraterrestres? No me imaginaba que fueran maestros, ni que ofrecieran curas para el cáncer, ni que obsequiaran maravillas tecnológicas. Quería alegría. Jugar. Pensaba que la forma de conseguirlo era mediante una especie de tratamiento de choque, una sacudida de extrañeza, una alteración de la escala témporo-espacial. Ese era el trabajo de los extraterrestres. Sólo por estar aquí, pensaba que nos sacarían de este pozo llamado vida normal.
Más pronto que tarde y sin alienígenas a la vista llegó mi adolescencia gay. Muchas personas homosexuales tienen a mano la experiencia proustiana de enamorarse no de alguna otra persona sino de algún otro mundo mágicamente diferente del de la familia y la escuela. Estocolmo, París, San Francisco, Broadway, Hollywood no son huidas de lo cotidiano, son lo cotidiano transfigurado.
En ese borde, como decía, que es el radiador que está debajo de la ventana de mi habitación, sigo viendo pasar la vida durante mi adolescencia. Mejor dicho: la miserable vida de mis padres y vecinos, además de escuchar el viento que agita los altos robles. Ecos que apagan, más que despiertan, mi imaginación en esa solitaria adolescencia rodeada de rostros cansados y destinos desesperanzados.
Fue entonces que descubrí la teoría queer en vínculo con la ciencia ficción. No sé si es verdad que la narrativa literaria es un lugar donde tiene lugar la teoría (Judith Butler dixit), pero literatura y teoría encontré en mis lecturas de ciencia ficción adolescente. Ecos y replanteamientos recíprocos: en este mundo pero no de este mundo (Gilles Dauvé), desde mi oikos extraterrestre en ese agujero de casa familiar.
Aprendí de género y sexualidad por medio de las metáforas narrativas de la ciencia ficción, conceptualizaciones filosóficas y políticas sin praxis sexual. ¿Sin praxis sexual? Sí, pero no por eso dejaba de vivir el género como performance y la ciencia ficción como literatura de extrañamiento cognitivo. Una adolescencia lectora. Un avatar lector de ciencia ficción vigía, absorto, poroso, en soledad. Desde la teoría social me apropio de la cibernética leyendo literatura que como DJ dispara frases y mezcla palabras que en sí mismas reúnen historias, pueblos, tragedias, muertos. Sí, una literatura que intenta pensarse, ¿o una vida que desea ser pensada por la literatura? ¿Dice Donna Haraway que la frontera entre la ciencia ficción y la realidad social es una ilusión óptica? ¿Escribió Teresa de Lauretis que otro mundo no es una utopía, que ya está aquí, ahora, en la imaginación y enunciación de nuevas formas de comunidad por parte de sujetos deseosos de otros en este mundo?
Intento reconocer la realidad social detrás de mitos, leyendas y tradiciones de otro mundo:
- Los tibetanos llamaban al universo “madre” de la raza terrestre.
- Los nativos de Malakula afirman que la primera raza de humanos estaba formada por descendientes de “hijos del cielo”.
- Los sioux dicen descender del “pájaro del trueno”.
- Los incas creían descender de los “hijos del sol”.
- Los rapanuí remontan su origen al “hombre-pájaro”.
- Los mayas se consideraban “hijos de las pléyades”.
- Los griegos afirmaron que Maya, la mayor de las siete pléyades, engendró a Hermes con Zeus.
- Los teutones afirman que sus antepasados llegaron con los “Wanen voladores”.
- Los indios creen que descienden de Indra, Ghurka o Bhima, quienes surcaron los cielos en “naves de fuego”.
- Los hebreos recuerdan que Enoc y Elías desaparecieron para siempre en un “carro de fuego”.
- Los aborígenes de Samoa dicen que descienden de Tangalao, quien bajó del cielo en un enorme huevo brillante.
Cerca del radiador que está debajo de la ventana abierta de mi habitación, tumbado en la cama, leyendo ciencia ficción, las sábanas se amontonan descuidadamente sobre mis piernas desnudas. En la mesita de luz mosquitas canibalizan restos de una barra de chocolate. El bajo de Jaco Pastorius suena metálico desde mi pasacasette portátil. Cierro el libro y busco formas astronómicas en las manchas húmedas del techo. Pienso en irme de este pozo. Entonces retomo la lectura, que transcurre lejos de este agujero. Tengo dieciséis años y llamo a los extraterrestres.
¡Deprisa! ¡Deprisa!
Veo descender a Lao en tanga. Lao Zi llega para bendecirme. Detrás está Samuel Delany y en su mano un ejemplar de Dhalgren. Más atrás las pléyades incandescentes. Mi espalda sobre el cielo. Pronto gimo y brota espuma de mi boca mientras soy penetrado con energía cósmica.
Sol, luna, estrellas: entre mis piernas estiradas sobre la cama, abultado, palpita el universo.

