Espejismos blancos, ilustraciones de Jarumi Nishishinya

Sobre una serie de ilustraciones de Jarumi Nishishinya “Tintas-Textos II”

 

La cocaína es la droga más sensual de la destrucción. Los actos atroces originan a veces creaciones perfectas. La soledad no es una enfermedad: es un artilugio, una bomba que explota al lado tuyo. Debajo del mundo hay un submundo que no miramos o no queremos mirar o simplemente no queremos creer o, capazmente, no importe. Las cosas no dejan de estar ahí porque no podamos o no las miremos o no importen. Es, por así decirlo, más que un mundo, un universo espejado de confabulaciones oscuras y delirios desgarradores, que no retienen en el cuerpo más que la ansiedad y la decepción de no poder verlas, a las cosas mismas y a nosotres como parte de las cosas reflejadas, que quiebran o se rompen o caen, como un vaso de vidrio estallando en el piso, como una grieta que aparece en la pared, como un corchazo en el corazón. Lo quebrado, lo roto, el estallido, de eso hablan las ilustraciones de Jarumi Nishishinya. De quiebres y espejismos blancos.

 

Fotos: Lau Aguirre

 

Los trazos de Jarumi son dramáticos, escarban en la mixtura de la vida real y verdadera, la intimidad de la noche devastada, la fiesta descascarada, los reventados y las reventadas, les reventades. La tristeza y la traición como en Ji Ji Ji. En una entrevista en 2007 para la revista Rolling Stone, el Indio Solari contó sobre la letra la emblemática de la canción: “Ji Ji Ji es una risa perversa que marca una bidimensionalidad. Es como que todo lo que está diciendo no es ninguna afirmación. Porque si tenemos el cuchillo sobre la mesa, es simplemente un cuchillo, no es bueno ni es malo. La cocaína es una cosa, no es la culpable de nada”.

La cocaína estimula la liberación de adrenalina, serotonina y dopamina, el subidón o “rush” no dura mucho. Aumentan las pulsaciones, se entumece la nariz, la garganta, la cara, los labios. Los colores y los sonidos parecen más claros, el hambre ya no retuerce y la fatiga abraza la ilusión. Las inhibiciones se vuelven cascotes, rebosan la confianza y la autoestima. La euforia se apodera de los cuerpos dioses que celebran la inmortalidad del instante antes del bajón y el derrape tropicaloide. En las pinturas de Jarumi, los cuerpos desnudos asumen su debilidad trastornada, se entrelazan y entreveran, duros, entregados y amortajados como en una maravillosa fascinación trágica, arrastrados y enlutados, se buscan, se encuentran, copulan, la fiesta debe celebrarse a cualquier precio.

La tinta parece mullida, caótica, los gestos sensuales y libidinosos, la Gran Lady que acaricia y no besa, lo mejor de nuestra piel que no nos deja huir. El cuerpo es ahora un objeto, como una mesa, una silla, una taza, un par de zapatillas o una mesita de luz. También puede ser un tugurio, una frontera. Excitados extraños salen y entran de su cuerpo-objeto, la puerta siempre está abierta, la luz está apagada y está prohibido encenderla. Adentro, a oscuras, ella se interpela, ella misma llora, quiere ser real y verdadera, la Gran Lady, el diablo está ahí y es una maldita perra, es una perra voraz que la ama y la besa, lame su herida abierta. Ella se mira, no hay nada ahí, solamente blancas, suntuosas cordilleras.

Las ilustraciones de Jarumi parecen revueltas, hay multitudes enfiestadas, reyes caídos, lobos aullando por dos, tres líneas de merca. La libertad es una puta embustera. Los actos atroces originan a veces creaciones perfectas. Los tugurios son palacios dionisíacos, las reinas intercambian coronas oxidadas, el cuerpo es el cuerpo sólo si es penetrado o penetra, las lenguas pueden volar, las heridas no sanan, los perros simplemente observan.

Los vicios adquieren texturas ásperas pero creativas. En esta serie, Jarumi captura la volatilidad, siempre en expansión, sobrepuesta a la desintegración paulatina de la vida noctívaga. La merca de los días subsiguientes compone la imposibilidad de la lírica posmoderna, destrozada o moribunda. Nadie puede detenerse en silencio cuando la versificación, el trazo, la línea, culmina en polvos múltiples y desaforados. Lobos depredadores; la lucidez de las noches es una manifestación opúsculo del lenguaje. La acción literaria confabula el deseo, lo formatea. La belleza es el instante y el amor coagula fisuras en el tiempo. Aspirar cordilleras blancas como si fueran consumados, arrebatados polvos. La ficción desdobla la realidad y entonces y sólo entonces las dibujos de Jarumi pueden disolver gerundios y quebrar katanas de templado acero parpadeando la siesta profusa de palmeras y soles tremendos. Es más sencillo de lo que parece: sostener la incertidumbre del mañana en el sueño apócrifo de quienes subyugan y aplastan sombras terribles del pasado; lo trivial desaparece si estás bien adiestrado para el coito verbal.

“La cocaína la consume quien ahora está sentado a tu lado en el colectivo, la esnifó para despertarse esta mañana. También esnifó el chofer al volante del colectivo que te lleva a casa porque quiere hacer horas extra sin sentir calambres en las cervicales. La consume el portero de tu edificio, pero si no la consume él entonces la está consumiendo la profesora que da clases particulares a tus hijos, el profesor de guitarra de tu sobrino, los actores de la compañía de teatro a la que irás a ver esta noche, el veterinario que cura a tu gato. La consume el intendente y los ministros. La consume el gobernador. El constructor de la casa en la que vives, el escritor al que lees antes de dormir, la periodista a la que escucharás en la radio, en la televisión. Pero si, pensándolo bien, crees que ninguna de esas personas puede esnifar cocaína, o bien eres incapaz de verlo, o mientes. O bien, sencillamente, la persona que esnifa cocaína está parada ahí, sos vos”[1].

La ilusión es que parezca, que parezca que no. La cocaína es la droga más sensual de la destrucción. Los actos atroces originan a veces creaciones perfectas. El cuchillo sobre la mesa es simplemente un cuchillo, no es bueno ni es malo. La cocaína es una cosa, no es la culpable de nada.

 

Alfredo Germignani

Resistencia, viernes 28 de septiembre de 2018

 

 

[1] Fragmento CeroCeroCero. Cómo la cocaína gobierna el mundo, de Roberto Saviano.

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