Ruido & Literatura > Historia de Los Cenobitas

Funes - LitterPor Alberto Litter

Siempre tuve a bien para mí sostener en público que los milicos jamás me hubieran tocado un pelo si yo hubiese sido montonero o guerrillero en los 60. Soy un maniático del orden y la pulcritud, una vez monté un escándalo de proporciones a una empleada doméstica por un palito de yerba que encontré sobre la tecla i de mi computadora portátil, la puse de patitas en la calle sin indemnización y casi la hago palear con un ñeri de la compinchada que —siempre— por un $Roca me hace gamba. Tengo todo perfectamente ordenado: cinco mil doscientos setenta y tres cidís originales, mil doscientos discos de vinilo, cinco mil terabytes: de la música más exquisita y excepcional y fabulosa de todos los tiempos y de todos los géneros posibles y probables, ordenada de la A hasta la Z por autor y catalogada criteriosamente sólo como yo podría hacerlo. Lo tengo todo catalogado así —criteriosamente—, en una nube en internet, un hosting mío propio creado personalmente para mí, donde conservo los archivos digitales, debidamente documentados, fechados y numerados, incluso tengo copias de todos los libros que escribimos con Funes.

Siempre fuimos escritores fracasados sin talento, en lo único que pensábamos era en triunfar, incluso en el fin de los tiempos, teníamos que sacar nuestra tajada. Ser famosos en la vida real verdadera. La vida de las celebridades literarias aplaudidas y festejadas, esa clase de escritores queríamos ser.

Yo, por ejemplo, siempre quise ser el Nick Cave de la literatura.

A Funes, Fernando el escritor y periodista fracasado, le dije que él tenía que ser el Jim Morrison de la literatura.

Los Cenobitas

Si de todas maneras el mundo se irá abducido inexorablemente por un retrete, qué más da si más temprano que tarde, me importa un huevo que la literatura sirva para algo o no.

Eso también le dije a Funes.

Los autores dejaron de existir.

Incluso los grandes buenos escritores no reconocidos como yo.

Dejaron de existir.

Pero son los autores los que venden. Escritores anónimos no reconocidos, de la talla de Paul Negro por ejemplo -, lo sostienen. “El que vende es el autor, a eso lo tenemos muy en claro”, dicen. Hay que vender, saber venderse a sí mismo. Obtener réditos dinerarios y de ser posible ser traducido a sesenta idiomas.

Sería lo ideal.

Total, todo es afanado.

Sin embargo, en la vida real verdadera —que es como una vida no-literaria— éramos punteros de la literatura argentina del desenfado. Escribíamos básica y sencillamente porque sí, porque podíamos. Porque todo estaba perdido. Nos gustaba la literatura dura, áspera, desgarradora, visceral. Buscábamos textos maravillosos, lisérgicos, ruidosos. Nos encantaba el barbarismo delirante, el escritor cagándose a trompadas con sus personajes, la historia explotando por los aires y la sangre salpicando al lector. Que nada tenga sentido. Que parezca no tenerlo.

Eso era lo que hacíamos, escribir.

Leer y afanar.

Leer y escribir y trabajar para sobrevivir, nada más.

Bueno, también hacíamos ruidos.

Usábamos máquinas para hacer ruidos. Una horrible guitarra de una sola cuerda, computadoras, tabletas, celulares, distorsiones, guitarras desafinadas, cajas potenciadas, bafles, luces estroboscópicas y psicodelias lumínicas multi-rítmicas, cualquier cosa que pudiera emitir sonidos horribles y tuviera aspecto de horrible. Había una estética que trabajar. Entonces fundamos una banda de rock. No era exactamente una banda de rock, pero nosotros —Funes y yo— decíamos que era una banda de rock, Los Cenobitas.

Mentira.

No existíamos.

(Todo era robado, afanado).

Incluso el nombre de la <<banda de rock>> era trucho:

Los Cenobitas.

Le pusimos ese nombre porque nos pareció pretencioso y sobredimensionado. Los Cenobitas aparecen en la novela de Clive Barker, El corazón condenado. Son demonios, criaturas infernales, monjes plenipotenciarios del gore ochentoso, verdaderos catálogos de la desfiguración y el horror visceral de la carne mutilada. Así lucirían nuestros sonidos si pudieran verlos sangrar y flagelar de placer. Así de horripilantes serían.

Por eso.

Para demostrar que todavía podemos seguir inventando géneros inventamos el nuestro propio muy personal, un género subterráneo y escandaloso: el harsh-noise o “ruido áspero”. Montamos un circo alrededor de ello y auspiciamos espectáculos performáticos de literatura, así lo “vendíamos”: <<espectáculos performáticos de literatura>>.

Funes leía o recitaba novelas o poemas y/o los improvisaba distorsionando su voz frente al micrófono hasta el averno de la fealdad extrema auditiva, exhibiendo su habitual jeta de vampiro colocado, era un demente sensacional; y yo, gran duque mandamás de la música total absoluta, <<DJ Sultán del Horror[1]>>, pisaba con mezclas en tiempo real continuo aquellas alucinaciones guturales, valiéndome de mi computadora portátil únicamente, conectada a una caja potenciada y bafles rugiendo atmósferas indescriptibles y abominables cintas pregrabadas.

Así, con el verso de la banda de rock, vagábamos por partusas barriales, villas miserias, antros suburbiales, bares y pubs chetos y rolingas y electrónicos, tiendas comerciales de indumentaria hipster posmo, centros culturales urbanos y alternativos, museos del folklore y la chabacanería dizque gauchesca, cementerios de copleros y de titanes, talleres literarios (dictados por escritores desempleados, igual o peor de pusilánimes que nosotros), fábricas abandonadas, fiestas posmodernas revival, recitales de rock, ferias de libros, festivales narrativos y simposios académicos sobre la vida y la obra de don Aledo Luis Meloni. Hasta supimos colarnos en una muestra de arte contemporáneo.

Robábamos las miserias, las broncas, las mierdas y —a veces también—, cuando podíamos, las ideas de otros escritores y de otros artistas y músicos verdaderamente talentosos y decadentes y de otras personas comunes y corrientes normales también, como los sociópatas del sistema de Salud Mental con los cuales experimentábamos en laboratorios sonoros perturbadores, y las convertíamos: a veces en artefactos literarios, a veces en ruido, a veces en las dos cosas juntas.

Incluso grabamos un disco de culto: Noise for the terror and pain.

Eso hacíamos con Funes cuando no estábamos trabajando para la aparatosa burocracia política del Partido Oficial enseñoreado por los insuflados corruptos enanos para los cuales prestábamos nuestros espectrales servicios de redacción exprés. Funes para el ministro de las Finanzas magíster Núñez Azcuénaga, y yo para el presidente Legislante Gutiérrez Irala. Ambos esperpentos plenipotenciarios del Señor Gobernador real verdadero creían tenernos, a Funes y a mí, de monigotes y lameculos; cuando en realidad nosotros éramos quienes los usábamos de forros a ellos con el propósito más estúpido e inútil del mundo: escribir.

“A esos dos pelados hay que tenerlos cagando”, solía comentar en voz alta Núñez Azcuénaga en la oficina del Señor Gobernador real verdadero, según me transmitió días antes del proverbial preludio del apocalipsis vaticinado por Bug Lion, una secretaria privada de la gobernación con quien eventualmente solía copular cuando no tenía otra cosa mejor que hacer.

Leer. Escribir. Hacer ruiditos. Simular. Ése era todo el secreto de nuestro exitoso fracaso. Bailar sobre la cornisa, la fatal ficción de la realidad real verdadera expuesta en lo maravillo fantástico de la cotidianidad doméstica. Adquirir experiencias y crear universos excepcionales.

Eso era todo, ante la imposibilidad de poder seguir los consejos del maestro King: de leer cuatro horas al día y de escribir cuatro horas al día, en horario comercial.

Ahora que todo está literalmente devastado y que no importa nada, incluso para una persona como yo, un grandísimo hijo de puta como yo, Alberto Litter, creo sinceramente en la posibilidad de volver a ser yo mismo real y verdadero después de todo. Ahora mismo tengo renovados votos de Fe y creo en la posibilidad del Amor. Lo importante no es poder creer, empero. Lo importante es que no hay cosas importantes. Eso es lo único importante. Parecer, parecer es importante. Escribir a través de personajes parece real, crea efectos estilísticos propios de la autoficción localista, que es como auto-masturbarse o auto-suicidarse, según el escritor que escriba, el lector podrá o no ser una mierda insalvable.

Yo, por ejemplo, creo sinceramente en la posibilidad de ser yo de nuevo, yo mismo real y verdadero. Ahora justo ahora estoy pensando que no hay que huir sólo por huir o si huyo tan sólo por huir quiero huir despavorido y reventado huyendo tan solo como un perro cascoteado como un caballo garroteado como un gorila que duerme donde quiere donde se le da la gana pero que de todas maneras execró por vía anal cientos de mitos planificados como los tumores de testículos que padecen los poetas indies cuando defecan poemas malditos.

[1] Mi verdadera habilidad consistía no obstante en presentarme como un centinela de las oscilaciones sonoras pergeñadas por un supuesto psicótico delirio residual mío propio muy personal, durante el proceso mismo de la escritura, ya que cada una de ellas, de las imágenes-sonidos, de las palabras-ruidos, vivían y morían un determinado período de tiempo y entre ida y vuelta, entre una cosa y la otra, funcionaban como portales temporales o agujeros narrativos en mis laceraciones textuales mías propias de Alberto Litter. Así, desencadenaba el descajete sonoro con mis desquiciantes sesiones performáticas. El mote de “DJ Sultán del Horror” fue acuñado por Enrique Symns durante una <<performática cenobita>> tras la cual sufrió una apoplejía literaria y murió fumando hachís marroquí, tal y como lo había soñado en una de sus novelas underground cuyo nombre siempre me es imposible recordar.