Huele a fórmula

Por Marcos Caceres

 

“Alguien dijo, no importa qué, alguien dijo.”
Michael Foucoult

 

Y un hombre viejo, si es lector,
se parece a lo que ha leído,
como Don Quijote.
Andrés Rivera – El síndrome Marlowe

 

 

Nunca empiezan.

Explotan.

De una.

Así son mis sueños.

No sé lo que es dormir tranquilo.

 

Y desde que nos pegamos esa cruzada en su casa, don Marcos, cada vez que sueño, veo morir al Pastor en sus manos.

Sí, don Marcos, bajo el filo de su cuchillo.

No me lo recuerde, esta pared que divide nos escucha.

Gracias por el cacharro azul que hace de mate.

Robar ese crédito no fue un sueño, pero no va con mi experiencia de asfalto.

Sí, don Marcos. Del crédito supe el mismo miércoles. Por la tarde, ya lo estábamos buscando.

Todo listo.

Creímos con Pastor, que habría más dinero en su casa, o que Belén Garrido estaría ahí, con el crédito de la biblioteca.

¿Otro más?

Vuelve muy seguido ese mate.

Como le decía, todo ocurrió en un día, ¿no?

Pastor y yo no imaginamos que fuera tan mísero el crédito para bibliotecas.

Yo sólo escuché (durante el ciclo de cine) que su mujer no estaba, y que a cargo de la biblioteca quedó usted.

Más tarde, yo me enteraría del nombre de ella, que hasta entonces no lo sabía. Nosotros acabábamos de llegar de capital con Pastor, habíamos conseguido un Chevy.

Impala del 70.

Imagínese, don Marcos.

Pastor quedó negociando la venta en un bar y yo entre a la biblioteca a ver una buena peli.

Sí, la misma en la que usted habló de un tipo.

Marlowe, creo que fue, eso escuché.

Philip o Charlie, no me acuerdo.

Otra vez, gracias por el mate.

Cuando la proyección se pausó, saliendo de la biblioteca, busqué a Pastor para ver la plata. Me esperaba en un bar. Había contactado con un tal Urristy. Me contó los billetes uno por uno sobre la mesa. Me dijo que el gordo Urristy le tumbó el precio. Que era robado y usado el chivo, y no sé qué más, pero estaba perla. Ojalá lo hubiera visto, don Marcos. Hice de cuenta a un hombre sin códigos y condenado.

Pastor me miró: entraba yo en San Jenaro Bar. Enseguida palmeó su bolsillo izquierdo. Un jean celeste y gastado. Dinero había. Saludé mirando el mostrador donde estaba el mozo.

Charlaba.

Había un pedido envuelto en papel madera junto al cajero. Hice seña al mozo de inmediato para que no se molestara. No tenía dinero. Vi gordo el bolsillo de Pastor, pero con él nunca se sabe.

¿Cómo?

No lo escuché, don Marcos.

¿Usted iba al San Jenaro Bar?

Claro… pueblo chico…

Supe más tarde, que el pedido envuelto en papel madera era para usted.

Pero, dígame, don Marcos, ¿qué se tomaba?

¿Johnny Walker?

Sin hielo, sin esclarecer. Por supuesto

Volviendo a lo que nos ocupa, don Marcos.

Pastor vendió. Hicimos una birrola, mientras uno por uno me contaba los billetes. Me convidó un cigarro. Después de contar, me aclaró, que al gordo Urristy lo pecheó. Para que no se haga el gil. Estaba llevándose alta máquina por pocos palos. Pastor algo más le sacaba al gordo ese. Y le sacó. Ese gordo: ni códigos y condenado, agitó fuerte la dirección de su casa, don Marcos.

¿Qué? ¿Otro mate?

Sí, muy amable, gracias.

Me imaginé, don Marcos: eso jugaba en contra. San Jenaro es un pueblo. Todos se conocen, y que el gordo haya cantado así una dirección, la suya don Marcos, me pareció…

No sé… muy fácil.

Pero le dije, don Marcos.

Nunca empiezan.

Explotan.

Así son mis sueños.

Esa mañana temprano nos hicimos del Chevy. Disparamos al sur por la ruta de Santa Fe. Entramos en San Jenaro Norte: Pastor se deshace del móvil, yo miro cine y usted lo revela (guión y crédito), y el gordo Urristy nos canta su dirección. Faltaba algo: el nombre de su mujer.

Cuando me acerqué al mostrador a pagar, estaba la vianda. Envuelta en papel madera. Con tinta azul decía “Don Marcos, Garrido Belén”

Todo en esa mañana de miércoles.

Pero seguíamos con poca monta. Lo del crédito vino bien en principio. No éramos de ahí. En todo caso del asfalto.

Entrabamos en su casa. La guita debía de estar en uno de sus libros: esos de Andrés Rivera. Desvalijábamos su biblioteca y listo.

Reconozco que no esperaba reacción de un abuelo como usted, don Marcos, ni de alguien que coordina un taller de cine en una biblioteca pública.

¿Cómo?

Sí, las novelas policiales claro.

Esa misma tarde del miércoles entramos en su casa. Derribamos la puerta del zaguán. Quisimos encontrar el crédito de la Biblioteca Popular “Guido Fioravantti.”

Nos cruzamos.

¿Para qué seguir? El resto lo sabe, don Marcos.

Yo zafo. Pastor cae bajo el filo de su cuchillo.

Me largo. Queriendo huir de las sirenas me caigo. Y me ponen justo al lado de usted.

Una sola pared que nos divide y separa.

Y acá estamos: un tarrito azul que hace las veces de mate, unas cuantas pocas novelas policiales, los cuadernos de tapas duras que trajo Garrido. Y estas rejas.

 

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