El amor en tiempos de cuarentena – Episodio 8

LA ÚNICA PARTE QUE ME HACE DELIRAR DE ESTE HORRIBLE CUENTO ES: “¿ME AMAS, BELLA?”. “NO, BESTIA”. ESTO ES DELICIOSO. DELICIOSO.

Alberto Laiseca

GRACIAS A LA INVENCIÓN DE LAS PTOMANÍAS ES POSIBLE CONSERVAR EN CASA LA MUJER QUE SE ADORÓ, INCLUSO EN EL BOLSILLO, EN UN ESTADO VOLÁTIL Y ESPIRITUAL, CONVERTIR A LA AMADA EN UN FRASCO DE SALES (…) RESPIRALA LOS DÍAS DE ANGUSTIA Y ASPIRARLA SOBRE UN PAÑUELO LOS DÍAS DE FELICIDAD.

Joris-Karl Huysmans

Al poner en escena los últimos y algo extraños acontecimientos, me creo obligado a retomar mi narración con algunos pormenores biográficos de los personajes que son, de alguna manera, necesarios para comprender la historia. En efecto, el último episodio —en el que aparecen los papás de Luis sumidos en total transformación y María pobre desprecia a Luis pobre, decidiéndose éste último a robar un depósito—, parece mirar más bien al pasado de los personajes, como si el relato se volviera psicológico, y se centrara no ya en la historia en la que se encuentran los personajes, en la trama, sino en la historia de los personajes mismos. Pues bien, empezando por Luis, el demonio quien, desde luego, es el personaje más extraño, hay que decir que, en el papel del hijo menor consentido en su extravagante egoísmo —el egoísmo es, por cierto, la principal condición demoníaca en contraste con la caridad de la obra angélica—, aún en ese papel, Luis colmaba todas las expectativas de sus abolengos al estar excepcionalmente capacitado para el mal. Vulnerable a todas las flechas del pecado, haragán, facineroso, con ese empacho por todo que se supone de un inmortal y el cinismo de un soberano, dotado Luis, además, de una belleza a más no poder, con algo incluso de angelical —como angélica es la pasta con la que se hacen los demonios—, hacía recordar a la figura del cliché del cine yanqui: el eterno adolescente brabucón rico y extremadamente sugestivo que crecía en fama merced crecía su violencia; un verdadero príncipe de las tinieblas. Para colmo, Luis era mitómano y se desempeñaba, dije, como falso abogado —una figura relacionada al diablo, cuyo significado es engañador—, porque sabía perfectamente que, para ser eficaz, el reinado de su mal tenía que ser seguro y efímero, pues la falsa felicidad que ofrecían sus encantos no valía los horrores que infringía a sus víctimas. El asunto era que la mamá de Luis —la bruja mayor del clan, dueña del imperio inmobiliario***, convencida de que la fortuna era la base de la maldad—, la mamá de Luis quería aprovechar la fuerza tremenda de su hijo para hacer el mal a gran escala, o sea, que Luis sirva al igual que sus hermanos (otros demonios) para engordar las cuentas bancarias de la empresa familiar. Pero a Luis le interesaba el mal sólo para satisfacerse, era completamente indiferente a esa y a cualquier otra clase de servidumbre; un vago profesional, cuya indiferencia universal le servía para ahuyentar cualquier proyecto que quisiese participarlo de su valor. El papá de Luis, por otra parte, no era el papá de Luis. Es decir, no se sabía quién era el papá de Luis: la mamá cambiaba de amante con cada luna (rasgo que Luis había heredado) y obligaba al sujeto que la acompañaba a tratar a sus hijos como si fueran propios; sujetos, por lo demás, sin cualidades ni motivaciones de ningún tipo y, a menudo, hombres grandes enfermos, tristes, como el que aparece acompañándola en el departamento de María. Como sea, la cuestión es que la mamá de Luis sufría mucho por la arrogancia de su hijo (sus hermanos, directamente lo odiaban), cosa que a él le tenía verdaderamente sin cuidado. Es más, exponía sin pudor su perverso poder usando todas las mañas del mal con el primero que se le cruzara: la chanza, la burla, la mentira, el rencor, la ira, el goce idiota por el dolor ajeno y el narcicismo exacerbado que perjudicaban, de este modo, el prestigio de la empresa. El asunto era que, aquel mediodía, la mamá había ido con el papá al departamento de María para suplicarle a Luis que reconsiderase su posición respecto de la empresa y comenzara a ayudarlos; la pandemia estaba asolando el negocio y se precisaba mucho más que el cinismo de sus hermanos para afrontar la crisis, era necesario convocar al demonio y brindarle lo que requiera. Pero Luis era en efecto el verdadero demonio, no podía amar, ni siquiera la fortuna, y haría falta un conjuro extraordinario en su nombre para hacer laburar a semejante atorrante, cosa que hasta a la mamá, con todo su poder, iba a resultarle una tarea dificilísima. La historia de Luis pobre era, por su lado, muy distinta, y se diría de él que estaba en las antípodas de la forma de vida de los ricos. Aunque esto no respondía al hecho de que, por algún motivo, Luis pobre guardara cierto resquemor a los ricos. Al contrario, los admiraba sin ninguna clase de envidia; le parecían gente de otro planeta, como si fuesen seres que no eran exactamente humanos pero que participaban del mismo mundo. De cualquier manera, Luis pobre era un ladrón de poca monta, y me atrevo a decir que un ladrón de esa calaña se define antes que nada por robarle a los ricos, como era al menos en su caso, en el caso de Luis pobre, que se fijaba muy bien de que aquél a quién le robaba lo fuera. Sin embargo, Luis pobre no tenía necesidad de robarle a nadie, si es verdad, como se dice, que la necesidad no conoce ley y que entonces hay ladrones que roban por necesidad. Luis pobre no tenía necesidad de robarle a nadie, siempre había tenido la posibilidad de trabajar: la mamá tenía hace más de quince años el puesto en la feria paraguaya (donde terminaría trabajando) y el papá era albañil, junto a quien aprendió el oficio acompañándolo a las obras. En realidad, lo que le pasaba a Luis pobre era lo mismo que le pasaba a toda su generación: el innecesario impulso de robar lo que sea a quien sea en cualquier circunstancia. Una especie de dispositivo social que había asaltado, valga la ironía, a Resistencia city tropical en los años en que Luis pobre entraba en la adolescencia y, como todo lo malo que se aprende a esa edad, a Luis pobre robar le había resultado algo común, natural, si se quiere, como en esa época para todo el mundo robar resultaba extrañamente natural. Al principio le robaba a su mamá y a su papá y a sus compañeros y a sus parientes (aquellos que iban a su casa). Pero una vez, re loco con la vagancia de la villa, salió a robar armado en una moto, y no paró más. La ira que sentía cuando sacaba el arma y les apuntaba a sus víctimas llenaba el vacío de donde brotaban, como un destino aplastante, sus conductas delictivas. Tuvo suerte, Luis pobre, nunca tuvo que disparar; tal vez porque sus víctimas jamás atinarían a resistírsele al verlo tan bravo y salvajemente robusto, tirándoseles encima con el arma, como era su estilo. Fueron épocas terribles para Luis pobre, de mucha culpa, pero también de mucha plata. Un día, con el Pelado, en una moto y cada uno con un arma robaron una panadería, tres quioscos, dos estaciones de servicios, y realizaron cinco asaltos en salidas de cajeros y cuatro arrebatos de carteras a transeúntes. La cuestión es que juntaron tanta plata que, al día siguiente, Luis pobre se compró una moto (robada) y se llenó de ropa, gastando menos de la mitad. ¿De dónde saca la plata? se preguntaba la gente en la verdulería cuando veían a la mamá de Luis pobre hacer las compras en el vecindario. Ella los oía e iba con el comentario al Negro, el papá de Luis pobre, quien se reía nerviosamente de la vergüenza al oírla, aunque le dijera que se reía de ellos, diciéndole: «Hablan así porque también tienen delincuentes en sus casas.» El papá de Luis pobre le decía esas cosas a la mamá y se reía, pero con él, con Luis pobre, era muy distinto, a él le tiraba el tren encima: «¡La puta que te parió, Luis… vas a caer preso, pelotudo, ¿y ahí qué mierda vamos a hacer?… tu mamá se va a volver loca… nunca voy a olvidar lo que estás haciendo… pará ya, Luis!» En aquella época tenían un Fiat Duna hecho pelota y, cuando estaban solos, cuando la mamá bajaba a hacer compras y ellos dos la esperaban en el auto, o cuando salían solos por alguna razón, el Negro aprovechaba para gritarle esas cosas dentro del auto. Era el método del Negro, por así decirlo, para hablar con su hijo. Hasta que un día Luis pobre, sin más, dejó de robar, sepultando el asunto; un año después, murió el papá y Luis pobre comenzó a trabajar con su mamá en el puesto de la feria. ¿Qué lo había detenido? ¿Por qué había dejado de robar Luis pobre? ¿El papá le había ganado la pulseada moral y la vergüenza reparó sus actos o había algo más? Había algo más, desde luego: Luis pobre había dejado de robar porque se había enamorado de una vecina y pensó que ella jamás iba a amarlo si él era un delincuente. A Luis pobre le gustaban demasiado las chicas, en efecto, y no iría a perdérselas por nada del mundo, menos por andar robando sin necesidad. De todas formas, la chica no le dio bola y una tarde, en el auto, terminó pidiéndole disculpas a su papá, reconociendo todas las pendejadas que había hecho, así se refirió. Sin dudas, en el último episodio, cuando María pobre lo desprecia y él se decide a robar, Luis pobre sufrió una repetición de aquellas épocas. Una continuación, dado que, si bien él había dejado la delincuencia para poder ser amado, el amor de María pobre, en su opinión, había sido cruel y deshonroso, de manera que creía que ella no merecía ninguna clase de renuncia de su parte y, la ira que le provocaba volver a robar, aliviaba el desasosiego que le traía el desamor en medio de la locura de la cuarentena. Ahora bien, todo era un mal entendido. Yendo a María pobre, si bien no estaba enamorada de Luis pobre como él lo estaba de ella, no lo despreciaba ni nada que se le parezca, al contrario, sentía una enorme atracción por él y, en poco tiempo, merced a los acontecimientos se precipiten, esa atracción terminaría convirtiéndose en un gran amor. María pobre ya había estado con chicos como Luis pobre, peores que él incluso, de hecho, su último novio estaba preso por un crimen que había cometido en un asalto. Como sea, la cuestión es que el trato de María pobre que a Luis pobre le había parecido grosero, en realidad, respondía a una especie de prejuicio, a saber, un trato desconfiado y amenazante que María pobre aplicaba ante cualquier sospecha de violencia machista y una alerta constante para cortar automáticamente cualquier manifestación de ello. Cuando Luis pobre apareció en el Volkswagen, en la casa del matrimonio rico que trabajaba demasiado, ella advirtió de inmediato que había ido al lugar para manifestarse con violencia y, entonces, se puso en alarma. Por eso actuó como actuó y le dijo lo que le dijo. (Por esa misma razón le devolvió a Luis pobre el celular que le había enviado; el gesto le había parecido invasivo, superior a la amabilidad con que ella se había manejado y esto le generó desconfianza.) De cualquier manera, María pobre no despreciaba a Luis pobre. Días antes, de hecho, cuando había conseguido un nuevo celular, lo extrañaba y había pensado en llamarlo, sin más, con la excusa tonta de preguntarle por la salud de su mamá y por si había podido sacar el IFE. María pobre, en efecto, era una persona muy atenta a su economía y a la economía de los demás, se diría de ella que podía llegar a ser rica, al menos por la manera en que la atrapaba el asunto, y verla hacía pensar en los millones de mujeres argentinas que emergen de la nada de una villa miseria. Como sea, la cuestión es que no llegó a llamarlo porque, antes de que se decida a hacerlo, Luis pobre había aparecido y ella se había alarmado demasiado. Volviendo a los ricos, María resulta ser, en efecto, la más desdichada de todos los personajes: pasó la cuarentena en su departamento con un chico de quien se había enamorado pero que la terminó violentando y, como si esto fuera poco, el chico era el diablo, de tal suerte que la violentaba de un modo mucho más que físico y psicológico, la violentaba de un modo inusual, a saber, de un modo metafísico. María llevaba una vida dichosa, encumbrada, feliz, en la que nunca había tenido un episodio tan cercano con el dolor extremo y, desde luego, tampoco había sido presa de un hechizo. El asunto era que María tenía una vida normal, y se diría de ella que no parecía una persona rica, sino alguien común y corriente, aunque esto no era así de ningún modo. Resulta que el doctor, el papá de María, había heredado tardíamente una fortuna multimillonaria que ella (hija única) cobraría más tarde o más temprano. Dicha fortuna rivalizaba de hecho con la fortuna de la familia de Luis, detalle en el cual podía verse la cruel ironía de su destino, la ironía del destino de María, porque Luis la había elegido para someterla suponiendo, justamente que, por su aspecto, era una mujer sin ninguna relación con la fortuna. Ahora bien, desde luego, lo sorprendente de todo era la condición de Luis, y María, ni nadie, podía dejar de sorprenderse, de desestructurarse, mejor dicho, ante semejante pelotudo luciferino. En cuanto a lo demás, la hermosura de Luis la ponía ante un espejo, la hacía visibilizar estereotipadamente su propio cuerpo como condición para gozar de su belleza, de la belleza de Luis, sin que María, por otra parte, tuviese algún inconveniente con ello. Era una chica más bien menuda, pero bonita, aunque mayormente simpática y enérgica y muy inteligente, a quien, por lo demás, sólo le importaba trabajar de psicóloga y su historia con los chicos era más bien escueta y algo difusa; había tenido tempranamente un novio en la secundaria con quien había durado hasta el segundo año de su carrera universitaria, varios chicos de los que se había enamorado luego de algunos acercamientos que no continuaron y nada más. Toparse con el horror que Luis le infringía, no sólo no tenía relación con la pena de amor que ella conocía, sino que superaba cualquier cosa que pudiera imaginarse, lo cual, por supuesto, hacía enredarla cada vez más. Y bien, tenemos los retratos sintéticos de nuestros personajes: Luis, el demonio, Luis pobre, el delincuente, María pobre, la sufrida y María, la desdichada, quienes llegan a la escena final de esta historia, la escena del contagio, totalmente definidos por el relato, una historia que ya debería haber terminado de hecho, o mejor, una historia que nunca jamás debería haber empezado, pues no hay nada más perverso e inútil que escribir sobre el amor en los tiempos de la cuarentena.

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