El amor en tiempos de cuarentena – Episodio 7

HARÍA CUALQUIER COSA POR VOS.”

Mariana Enriquez, Nuestra parte de noche.

EL AMOR, POR AGRADABLE QUE SEA, GUSTA MÁS POR LA MANERA EN QUE SE PRESENTA QUE POR SÍ MISMO.”

La Rochefoucauld

Por Ariel Sobko

«¡Hola, Negro!» «¡Pelado, ¿cómo estás?!» «Bien, che… ¿y vos? ¿Volviste a ver a la mina, Negro?» «¡We, boludo! No sabés… me devolvió el celular.» «¡¿En serio, boludo?!» «Sí, boludo.» «Los regalos no se devuelven, ¡boludo! Pero bueno, escuchame, Negro. Te llamo por algo.» «¿Qué pasó?» La conversación telefónica se producía mientras Luis pobre estacionaba el Volkswagen en la esquina de la casa del matrimonio rico que trabaja demasiado. Continuando con los hechos del episodio anterior, Luis pobre iba al lugar supuestamente con el propósito de salvar a María pobre de las artimañas explotadoras del matrimonio rico. «Escuchame, Negro. ¿Necesitás guita?, porque hay un laburito… ¿viste?» «Mh.» «No hay que meter caño ni nada, quedate tranquilo.» «Eh…» «¿Viste que no hay puchos por ningún lado?» «No.» «Bueno, por la calle Franklin hay un depósito de cigarrillos. Conseguí la llave del acceso trasero y estoy yendo a robar todos los días. Se los vendo al kiosco ***. ¡Y, no sé!, estoy haciendo mucha guita, ¿viste? ¡Jaja!» Largó, el Pelado, una carcajada cínica. Luis pobre bajó del auto, sacó del bolsillo la caja de cigarrillos y el encendedor y se paró en la vereda para fumar. «Te voy a pasar la llave, andá y sacá todo lo que puedas, ¿eh? Yo después voy a andar por tu casa.» El tono del Pelado era cada vez más subyugador. «¡Eh! ¿Y si me pescan? ¿Viste cómo está la cana con la cuarentena?» le dijo Luis pobre. «¡¿Qué?! Pero si no existe la cuarentena, pelotudo. ¿Vos no salís de tu casa, Negro? ¡Jaja! No pasa nada con la cana, gil. Recién salí de ahí con una parva de cigarrillos. Ayer fui cinco veces… Hay muchísimo, ya vas a ver… Pero en algún momento se va a cortar el laburito así que hay que meterle. ¿Te paso la llave?» Pasaron unos segundos antes de que Luis pobre conteste algo. Segundos en los cuales, la fuerza de los acontecimientos le vencía a Luis pobre la ordinaria resistencia de no pensar en su pasado delincuente, su pasado delincuente que contenía, por cierto, escenas de él entrando armado a una casa de madrugada o robando en la vía pública con la modalidad de motochorro, como muchas veces lo había hecho incluso con el propio Pelado. «Ya te llamo» le dijo y le cortó. Prendió un cigarrillo y lo fumó mirando las nubes, pensando varias cosas a la vez. Pensaba en juguetes. Veía, de hecho, en las nubes, formas de distintos juguetes. Para él la cuarentena tenía que ver directamente con los juguetes, o, al revés, los juguetes tenían que ver directamente con la cuarentena, porque Luis pobre, sabemos, vivía de vender juguetes en la feria paraguaya, cerrada desde entonces. Por otra parte, hay que decirlo, Luis pobre ya había mal gastado la poca plata que había juntado con la venta del stock que le había quedado cautivo. La blancura de una nube grande y voluminosa, en la cual Luis pobre veía la forma de un osito de peluche, le recordó, la blancura de la nube, la piel de María pobre y pensaba en aquello para lo cual había ido hasta allí, hasta la casa del matrimonio rico que trabajaba demasiado. Sabía bien lo que tenía que hacer: encararlos y darles su parecer a cerca del hecho de haber obligado a María pobre a romper la cuarentena. De cualquier manera, Luis pobre sabía muy bien que estaba cometiendo una locura. No le importara en absoluto a María pobre, como tampoco, por otra, pensaba Luis pobre, a María pobre parecía importarle demasiado su papá. Era una locura y no valía la pena lo que estaba haciendo por ella. A veces podía verlo muy claro, Luis pobre —como ahora lo veía, fumando ese cigarrillo mirando las nubes—, y entonces pensaba en olvidarse de María pobre, olvidarse de todo y dedicarse a conseguir plata para poder aguantar la cuarentena y comprarle los medicamentos a su mamá. Sin embargo, tiró el cigarrillo, subió al auto y volvió a vigilar el movimiento en la casa del matrimonio rico que trabajaba demasiado. Por su lado, en ese mismo momento, María se detenía en la vereda de la catedral para armar su teléfono celular y llamar a Fulvia y a su papá. Tan decididamente y sin saber por qué se detenía en la vereda de la catedral, presa, María, ciega por la repetición y por la amnesia del hechizo de Luis, y con la cara rota a golpes por él, por Luis, en el departamento. La cuestión es que María llamó a Fulvia muy dolorida y muy desconcertada: «¡Hola, María! ¡Te estaba llamando! ¿Dónde estás?» «¿Dónde estoy?» dijo perdidamente María e hizo una pausa, levantó la vista y se encontró con la gran puerta en arco a dos alas de la catedral cerrada. «Salí a caminar, estoy en la vereda de la catedral» dijo después. «Yo estoy en la vereda del edificio de tu departamento. Quiero verte. ¿Volvés rápido?» le dijo Fulvia. «¿Al departamento?» «Te escucho algo extraña, María. ¿Estás bien?» «Sí, sí. Ya regreso al departamento, esperame ahí.» Después, María, llamó a su papá, pero, y a pesar de haber insistido, el papá no le atendió las llamadas. Regresó apresuradamente a su edificio para encontrarse con Fulvia. Como se había apresurado demasiado, llegó a la vereda del edificio tan agitada que le costó recuperarse. Fulvia la estaba esperando con los brazos cruzados; tenía, Fulvia, un barbijo amarillo. ¿Dónde quedó ese estado físico que te conocía, María? le dijo Fulvia bromeando antes de saludarla con los codos. Si bien las lentes oscuras de María eran grandes, Fulvia pudo verle las orejas rojísimas y algunas contusiones violáceas que le rodeaban la zona. La veía, además, Fulvia a María, muy desmejorada, encorvada, extremadamente delgada y vestida de una manera inadecuada para ser ella. Sin más le preguntó Fulvia qué le había ocurrido que tenía las orejas así. ¿Cómo así?, dijo María y Fulvia quiso acercársele, pero María retrocedió. Tenés las orejas lastimadas. ¿Yo? ¡We, María! ¿Me estás jodiendo? Perdoname, Fulvia, no me siento bien. Me doy cuenta… pero ¿qué te pasó? María bajó la mirada, se sacó las lentes y miró a Fulvia, quien, al verle los ojos destrozados, se sobresaltó, descruzó los brazos y se llevó las manos a la boca, al barbijo. Pero… ¡María! ¡¿Qué te pasó?! Me robaron, le dijo María. No sabía cómo mentirle a Fulvia sobre el hecho de su cara destrozada, le daba miedo y vergüenza; no sabía cómo mentirle porque, en efecto, no recordaba nada en relación al hecho, producto del hechizo de Luis. Tenés la cara reventada, María, ¿te vio un médico? María no le respondía y Fulvia le mostraba su escepticismo ladeando la cabeza. Así que fue un robo, le dijo. Sí… ¿Y cuándo te pasó esto? Ayer a la noche… ¡¿Ayer a la noche?! Sí… ¡Me estás mintiendo, María! ¿Tu papá sabe lo que te pasó? En ese momento, María volvió a sentir el dolor de cabeza que había sentido al despertarse, se le nubló la vista y tuvo que decirle a Fulvia que no se sentía bien y que iba a subir a su departamento. Como quieras, le dijo Fulvia, pero no te veo nada bien, qué querés que te diga, deberías ir a un médico. El dolor de cabeza súbitamente se le agudizó a María y sintió mareos y náuseas, y una fuerte presencia en su cabeza que la obligaba, la presencia, a dirigirse de inmediato al departamento. Volvió a colocarse las lentes, esquivó a Fulvia —quien, al verla descompensarse, había vuelto a acercarse a María— y entró corriendo al edificio. Antes de ingresar y dirigirse a los ascensores, giró para mirar a Fulvia y decirle que no se preocupara por ella, pronto la llamaría. Fulvia le negaba su conducta con la cabeza sin decirle nada, volviendo a cruzar los brazos. Mientras, en el Volkswagen, Luis pobre seguía vigilando el movimiento en la casa del matrimonio rico que trabajaba demasiado. No lo hemos dicho, pero, a todo esto, Luis pobre había tenido que hacer un quilombo para estacionar el auto en el lugar. Sucede que la mayoría de las calles de acceso al centro de Resistencia city tropical estaban completamente valladas y el resto de ellas con controles policiales, de manera que tuvo que improvisar un barbijo con el paño del auto que llevaba en la guantera e idear una excusa para que lo deje pasar la policía. Sin embargo, nada de eso tuvo lugar y el control policial lo dejó pasar sin detenerlo. La cuestión es que la esquina de la calle de la casa del matrimonio rico estaba vallada, y entonces Luis pobre tuvo entrar con el auto en contra mano, girar en la esquina vallada y ponerse a mano del recorrido de la calle, de suerte que, suceda lo que suceda, pueda retirarse con facilidad. Las dos escenas que vienen a continuación, del lado de los chetos y del lado de los pobres cada una, son escenas singulares porque contienen el momento simultáneo en que los personajes de la historia sufren nuevamente la serie de hechos universales —que impuso la cuarentena y que el relato había desplazado por el drama particular—, es decir, la pandemia se vuelve real para ellos, ya sabremos por qué y por un momento vamos a mantenerlo en la intriga. La cuestión es que después de evitar a Fulvia, en medio de una gran confusión, María tomó el ascensor y entró al departamento, donde se encontró sorpresivamente con el papá y la mamá de Luis, y, al mismo tiempo, por su parte, Luis pobre vio llegar en contramano el auto negro polarizado del matrimonio rico, que estacionó en la vereda de la casa y que bajó de él el hombre, la mujer, María pobre y las dos criaturas que estaban a su cuidado. María pobre reconoció el auto de Luis pobre y, cuando lo vio, adivinándolo todo de inmediato, antes de que él reaccione se dirigió corriendo hasta donde estaba y se puso en la ventanilla, como para, de alguna manera, impedirle bajar. ¡¿Qué hacés acá?! le dijo María pobre. Luis pobre tenía la ventanilla del auto baja. Hola, María…, le dijo. ¡¿Qué pensabas hacer, Luis?! ¡¿A qué viniste?! Luis pobre iba a decirle algo más, como vine a verte o quiero hablar con vos, pero le sorprendía (y le fascinaba) ver María, tenerla ahí —ella había apoyado las dos manos en marco de la ventanilla y se inclinaba acercando su rostro con barbijo al interior del auto­—, como si eso, que ella apareciera, nunca hubiese sido posible. Mayormente le sorprendía, sin embargo, escuchar la tos que tenían el hombre y la mujer del matrimonio rico que trabajaba demasiado. Una tos seca, reiterada, que, sumado al encorvamiento de sus cuerpos, daba a las claras una señal de preocupación. El hombre no llevaba barbijo (sí la mujer) y ni siquiera se tapaba la boca para toser. María pobre trataba de distraerlo, a Luis pobre, al ver que él no paraba de mirar al matrimonio rico, alarmándose por la tos que presentaban. ¿Qué le pasa a tu gente, María?, le dijo Luis pobre, ¿de qué es esa tos que tienen? Los señaló con un dedo riéndose nerviosamente. A todo esto, el matrimonio rico parecía estar esperando a María pobre para entrar a la casa. Una de las criaturas, la más pequeña, quiso ir con ella y la detuvo la mujer. En efecto, era el momento y las circunstancias que Luis pobre había estado esperando que se cumplan para llevar a cabo su plan, y sin embargo la escena del malestar respiratorio del matrimonio rico lo desconcertaba. Escuchame, esta gente no está bien y tu papá está enfermo, le dijo a María pobre, ¿cómo vas a seguir viniendo a esta casa? Ella, quien parecía haber estado esperando que Luis pobre dijese algo para seguir provocándolo, le dijo que cómo quería que consiga plata si no era trabajando, y que, en todo caso, él debería ocuparse de lo mismo antes de estar siguiéndola como un idiota. Le dijo, además, que ni siquiera habían cogido y que él estaba obsesionado con ella. Luis pobre sintió la ofensa como una brutal agresión. La violencia le hizo abrir los ojos, se le agrió la boca y empezó a temblar. Encendió el auto antes de volver a hablarle a María pobre y a decirle que era una grosera y una irresponsable. Bueno bueno que no sos nadie, te digo, para venir a hablarme así, pelotudo, le dijo ella, y, finalmente, se retiró de la ventanilla del auto. Luis pobre puso primera y salió del lugar. No podía digerir los improperios de María pobre, desde luego, aunque menos podía digerir, por cierto, la imagen del matrimonio rico que trabaja demasiado tosiendo bochornosamente. Cuando pasó al lado de ellos, del matrimonio, el hombre le clavó la mirada mientras se agitaba por los espasmos de la tos, abriéndole a propósito la boca de manera grotesca. Tenía el rostro sin color y las ojeras negras. Luis pobre salió del centro, estacionó el auto en la primera calle que accedió lejos de los controles, y se bajó. Estaba descompuesto. Le costaba respirar y se le nublaba la vista. Era joven, Luis pobre, para tener un infarto, pero la experiencia le hizo doler el corazón, literalmente. Sin poder contener la ira que le acompañaba al dolor que sentía en el corazón, Luis pobre prendió un cigarrillo y empezó a fumarlo puteando en voz alta contra María pobre, para con quien sentía ahora un odio infinito, que, como un cachetazo, ese odio, le devolvía una vergüenza monstruosa. Sin más, con la cara de la mamá en la cabeza y las manos temblorosas, Luis pobre, sacó el celular del bolsillo, llamó al Pelado y le dijo: «Hola, Pelado. ¿Dónde estás? ¡Pásame la llave del depósito! ¿Por la calle Franklin dijiste?» A su vez, en ese mismo momento, María ingresó al departamento encontrándose sorpresivamente, decía, con la mamá y el papá de Luis. Volvía a sentir de pronto, María, el efecto soporífico que le provocaba el hechizo de Luis en su cercanía, quien, a todo esto, Luis, estaba completamente transformado en bestia. Los ojos rojos de plastilina, la melena verde, los dientes de azufre y la voz inhumana. Una sola cosa nada más era novedosa en él: tenía, Luis, dos pequeños cuernos en las cienes con las contexturas del marfil y de color púrpura. Como si esto fuera poco —aunque, al margen del delirio, María ya había visto las transformaciones de Luis—, la mamá y el papá de Luis no eran, tampoco, para nada normales. La mamá de Luis medía como tres metros, tocaba el techo del departamento con la cabeza si no se encorvaba y los miembros del cuerpo eran de un tamaño proporcional; la cabeza era cuatro veces más grande que la cabeza de una mujer normal. El papá de Luis, todo lo contrario, el papá de Luis era diminuto, del tamaño y el parecido del hombre rata que salía por la televisión, quien, dicho sea de paso, cosa muy importante: sin taparse la boca, no paraba de toser —con la misma tos convulsiva descripta más arriba para el matrimonio rico, el mismo rostro sin color, las mismas ojeras negras grandes—, y escupía sin parar en el piso del departamento. (Ninguno de los dos llevaba barbijo.) Desde luego, los papás de Luis también eran brujos y el departamento de María se había convertido de pronto en un verdadero aquelarre. En efecto, con la presencia de ellos, con la presencia de la mamá y del papá de Luis en el departamento, el lugar no era el mismo, como si se hubiese trasladado a otra dimensión. Ellos mismos ya daban una extrañeza con su sola presencia, pero quiero decir que la extrañeza contagiaba físicamente al lugar y a las cosas. Los muebles, los artefactos eléctricos y electrónicos, los espacios (las distancias), lucían distintos. Parecía ser de noche (aunque estaban en plena mañana), detrás de las cosas brotaba una especie de humo multicolor volátil y los espacios que las separaban estaban contraídos, como sucede en los sueños. A todo esto, María no se sacaba el barbijo ni las lentes. ¡Sacate el barbijo y las lentes para saludar a mis padres, no seas atrevida! le gritó Luis. Estaba, Luis, sentado a una punta de la mesa con los pies arriba; la mamá y el papá estaban parados. ¡Adonis! ¡Por favor! Dejala en paz a María, le dijo la mamá desde el techo, con una voz tan rara que parecía más bien ruidos que formaban una voz. El papá rata no paraba de toser y de escupir en el piso. Hola, ¿qué tal? les dijo María saludándolos a la distancia con la palma de una mano en alto. Estaba a punto, María, de desmayarse. Sin embargo, justo en ese mismo momento, sonó a su lado el timbre del portero electrónico. El sonido que emitía el artefacto sonaba en esa dimensión como un eco distorsionado, al punto que tardó María para darse cuenta de que estaba sonando. Se incorporó y, en la imagen de la pantalla del artefacto, pudo reconocer a su papá, al doctor, y, detrás de él, a un costado, a Fulvia, a quien la reconoció por el barbijo amarillo. Y bien, como podrán ver, una cosa llevará a la otra y, a partir de ahora, las intrigas que había dejado el narrador se volverán indicios, los personajes ingresarán en la posibilidad real del contagio y la historia se volverá una tragedia, género que, después de tantos géneros visitados, en efecto, debería caberle a la perfección a una historia de amor en tiempos de cuarentena. Que ningún lector se pierda los últimos episodios.

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