El amor en tiempos de cuarentena – Episodio 1

 “NO ES CIERTO QUE CUANDO SE ESTÁ CERCA DE LA MUERTE SE VE PASAR LA VIDA. LO ÚNICO QUE SE SIENTE ES UN MIEDO ATROZ Y PENA, PENA POR LO QUE QUEDÓ POR HACER, POR LOS HIJOS, POR LA PROPIA ESTUPIDEZ, POR EL DESPERDICIO, PERO, SOBRE TODO, MIEDO.”
Mariana Enriquez

Por Ariel Sobko

Episodio 1

Luis y María se conocieron la madrugada del 14 de marzo en un boliche, se subieron al auto de él y se fueron a terminar la noche juntos al departamento de ella, en un edificio chetísimo del centro de la ciudad. O, de otra manera, Luis pobre y María pobre se conocieron en la casa de un amigo de Luis pobre en la villa, él le pidió que le dejara acercarla en su auto hasta su casa y terminaron manoseándose en el auto. Podemos hacer de cuenta que estamos en una historia o en otra, como quieran, lo cierto es que en un momento determinado van a empezar a parecerse y a confundirse, es inevitable, la vida de los chetos se va a parecer a la vida en la villa y viceversa. Existe, de cualquier manera, una secuencia de hechos generales y otra secuencia de hechos particulares respecto a cada uno de ellos, de las vidas de Luis y de María y de Luis pobre y de María pobre. Como sea, la historia es que el 14 de marzo a las nueve de la mañana, Luis pobre se despertó en su casa, donde vivía con su mamá enferma, y se preparó para ir a trabajar. Luis pobre era feriante. Tenía un puesto de ventas de juguetes en la feria “paraguaya”, como es que la llaman en Resistencia city tropical. Se afeitaba Luis pobre y, desde luego, pensaba en María pobre, su piel que le parecía suave y tersa como la de un osito de peluche. Después, Luis pobre, siguió afeitándose pensando en un osito de peluche y en su puesto de ventas en la feria. María pobre, por su parte, en ese momento salía de su casa para ir a hacer las compras y volver de inmediato a preparar el almuerzo. Tenía que dejar lista la comida para su papá, con quien vivía y quien estaba enfermo, postrado, más exactamente, por un derrame cerebral que había sufrido dos años atrás. Tenía que dejar lista la comida, María pobre, y después tenía que salir volando para su trabajo. Desde luego, cuando elegía los tomates en la verdulería, María pobre también había pensado en Luis pobre, su alta estatura y la falta de delicadeza que le hacían lindo ella no sabía por qué. Desde que el papá había sufrido el derrame cerebral, María pobre, no había estado con ningún chico, ella, quien, por cierto, gustaba mucho de los chicos. Luis pobre y María pobre tenían treintaidós y veinticinco años. Mientras tanto, en el departamento de María, Luis y María estaban a punto de terminar su tercer encuentro amoroso, tras lo cual, Luis pasó al baño y esnifó completo el cuarto de gramo de cocaína que le quedaba de toda la merca que se venía metiendo desde la tarde del día anterior. Olvidándose de Luis y de que Luis había pasado al baño, María pensó en su papá y se preocupó sin motivo alguno, al menos sin motivos aparentes. El papá de María era un hombre de setenta y dos años que gozaba de buena salud. No lo sintió en el cuerpo, pero tuvo la sensación de un miedo atroz, como si un edificio se le viniera encima o la atacase un yaguareté. Buscó su celular y lo encontró enredado en las sábanas; había quedado en silencio. Tenía varias llamadas perdidas de su papá. Bajó de la cama, se puso un vestido largo sin bombacha, y se dirigió a la cocina con la idea de preparar un desayuno que pudiera ejemplificar a Luis del estilo de vida que ella llevaba, a Luis, quien, por cierto, le parecía un imbécil. Antes, María, llamó a su papá. «Hola, papá. ¿Cómo estás?» «Bien María. ¿Vos?» Luego de escuchar a su papá de buen ánimo, le cortó con la excusa de que volvería a llamarlo de inmediato y tuvo el desayuno listo en quince minutos. Había batido café, tostado pan, exprimido naranjas, cortado frutas y puesto un florero de centro de mesa. Todavía Luis no salía del baño. Acababa de recibirse de psicóloga, María, y estaba a punto de empezar a trabajar en un consultorio privado que, con la ayuda de su papá, había montado en una de las oficinas de la planta baja del mismo edificio en donde vivía. Luis, en cambio, no hacía nada. Era un cheto mitómano que se dedicaba a la vagancia y a las drogas bajo el amparo y la fortuna de su familia. A las drogas desde hacía muy poco tiempo (era la primera vez que Luis tomaba tanto) pero a la vagancia se había dedicado toda la vida. Mentía que estudiaba abogacía. Un verdadero payaso. Ahora bien, y este era el verdadero problema para María: Luis era hermosísimo, tenía un físico privilegiado, ojos azules, cabello rubio, lacio y sedoso, que lo llevaba largo hasta los hombros al estilo de Kurt Cobain, un joven al que ninguna mujer y ningún hombre podía resistírsele. En su familia lo llamaban Adonis, de hecho. Y no era nada fácil, por cierto, para María, una muchacha de aspecto común y corriente, lidiar con un dios de la belleza; sin embargo, su desprecio por él iba en aumento. María y Luis tenían veintiséis y veintidós años. Por lo demás, María pobre trabajaba de empleada doméstica al cuidado de dos criaturas, de cinco y de cuatro años, en la casa de familia de un matrimonio rico que trabajaba demasiado y le pagaba muy poco. Luis pobre había dejado la merca hacía seis años y, desde entonces, se dedicaba a vender juguetes en la feria. En realidad, el puesto era de su mamá, pero hacía tres años que ella venía luchando contra un cáncer, y entonces, de un tiempo a esta parte, venía encargarse él completamente del negocio. De los mayoristas, los viajantes, los demás feriantes, verdaderos sátrapas con los cuales a Luis pobre le costaba muchísimo manejarse, y eso que él era un tipo atrevido y seguro, eso que en otro tiempo él había metido caño en cualquier esquina valiéndose de su altura y de su aspecto terriblemente mayor. Nunca pensaba en su pasado Luis, de todas formas. El asunto es que subió al auto -el auto de su mamá, un Volkswagen corsa blanco modelo 2013 que estaba impecable- y se dirigió a la feria. En ese momento, media hora después de haber ingresado, Luis recién salía del baño. Por supuesto, María ya había desayunado y había salido al balcón para volver a llamar a su papá. «Papá, ¿estás bien?» «Claro, sí. Ya te lo dije. Pero, lamentablemente, hija, tenemos un apocalipsis en ciernes.» «¡¿Qué decís, papá?!» «Tenemos muchos casos de coronavirus en Argentina. Los viajeros están trayendo el virus de afuera. Se suspenden las clases y en breve vamos a tener que entrar en cuarentena obligatoria en todo el país. Nos vamos a tener que quedar en casa sin salir y sin poder acercarnos entre nosotros, por mucho tiempo, hija…» María había tenido el presentimiento. Justo en ese momento, escuchó desde dentro del departamento un impacto y el estallido de un objeto de vidrio contra el piso. Por sus cálculos, era el florero con el cual había decorado la mesa para el desayuno. Las persianas americanas de las puertas del balcón estaban cerradas, de manera que, cuando salió del baño, Luis no se dio cuenta de que María estaba afuera, en el balcón. «¡Hija, ¿me escuchás?!» «Sí, papá. Pero no puedo hablar en este momento… Te pregunto algo rápido: ¿voy a poder trabajar?» «No vas a poder abrir el consultorio, María. Estados Unidos acaba de ser declarado país de riesgo. New York está complicadísimo…» «¡Bueno! Te llamo más tarde.», le dijo María, cortó y entró. Efectivamente, Luis estaba haciendo un video para Instagram con su celular cuando se llevó por delante el florero tirándolo al piso. Uh, loca, disculpame, le dijo al verla aparecer como un rayo o como un asesino desde el balcón. Estaba haciendo un video para Instagram, agregó completamente alterado. ¿Te volviste loco, pelotudo? ¡No hagas ningún video! Bueno, bueno… no te pongas así, perdón. Igual, debo reconocer que te esmeraste con el desayuno. No hagas videos, ¿ok? Ok, dijo Luis y le sonrió mostrándole sus dientes perlados y perfectos. Así desayuno yo todos los días, dijo María. Mentira, no puede ser, ¿dónde te entra todo?, ¡estás re flaca!, dijo Luis prendiéndose de una tostada y riéndose de ella mirándola de costado. Era verdad, María estaba muy flaca. Le asombró el descaro de Luis, pero le salió con otra cosa: Tenemos muchos casos de coronavirus en Argentina, dijo. Estados Unidos acaba de ser declarado zona de riesgo, agregó. ¿Quién te dijo eso? Mi papá, acaba de informarme. No puede ser… ¿Qué no puede ser, pelotudo? No es cierto lo que dice tu papá, María. Dijo eso, Luis, y agregó, tras cartón, un dato aterrador, con el tono de idiota que utilizaba y que por cierto a María ya había logrado fastidiarla: Mis papás están en New York y no me dijeron nada. ¿Tus papás —tosió—, perdón —dijo—, tus papás están en New York dijiste, Luis? Sí. María volvió a toser. Bueno, le dijo después, Estados Unidos es zona de riesgo y la Pandemia llegó al Chaco, está en todas las noticias. El papá de María era un cirujano plástico jubilado que tenía la información al dedillo como la tiene un periodista influyente o un ministro de la nación, aspecto que ella había heredado. Naa, María, insistía Luis masticando la tostada, confía en lo que te digo, no pasa nada, no pasa nada… María necesitaba pasar al baño y además quería bañarse, pero lo cierto es que al oír a Luis se descompuso y no pudo evitar dirigirse con urgencia. Antes de cerrar la puerta del baño, sin embargo, pudo decirle, casi gritándole, que, si sus papás eran como él, entendía perfectamente por qué no le habían dicho nada del “bicho”, así se refirió, tu falta de materia gris parece venir de familia, chabón. En ese momento, María pobre llegaba a la casa donde trabajaba y le abría la puerta Zoe, la mayor de las criaturas del matrimonio rico que trabajaba demasiado, y, posteriormente, Lucía, la menor, le saltaba en la cabeza despeinándole por completo la trenza cosida que con tanto empeño se había practicado. En ese mismo momento también, Luis pobre pensaba por segunda vez en ella y tenía una erección dolorosa mientras estacionaba el Volkswagen en la vereda de la feria, sin saber, Luis pobre, que ese día haría la mejor venta en lo que iba del año, mejor dicho, que haría la mejor venta de los últimos años. A las cuatro de la tarde, con los bolsillos llenos, llamó por teléfono a María pobre: «Hola, María. ¿Cómo estás? Soy Luis. Me hice un rato para poder hablar con vos, tengo mucho trabajo… Te llamo porque —se rio de golpe—, no sé, no daba para escribirte, me parece…» «No, claro.» Sonaba cortante María pobre. «¿Estás bien?» «Estoy cuidando a los chicos.» «¿Qué chicos?» Se escuchó un ruido muy fuerte del lado del teléfono de María pobre. «¿Qué es eso?» «Los chicos que estoy cuidando.» «Claro…» Luis pobre se rio de nuevo, después hubo un silencio y le dijo: «Quiero volver a verte, hoy» «Yo también.» Él volvía a tener una erección dolorosa, sin embargo, entre los gritos desaforados de las criaturas que se escuchaban, ella dijo que lo llamaría más tarde y le cortó. A la noche volvieron a verse y pasearon por la ciudad en el auto de Luis pobre tomando cerveza con idéntico final del día anterior. Por otra parte, Luis se quedó hasta el lunes en el departamento de María a cosechar el beso que crece en el comienzo del amor. Así es entonces como llegamos al lunes 16 de marzo, y los días empezaron a pasar como locos. A mitad de la semana, es decir, el miércoles 18, todo el mundo tenía la sensación de que el tiempo volaba y, a la vez, que habían pasado muchos más días de los que en realidad. En efecto, como el papá de María se lo había advertido, a partir del viernes 20 de marzo el país entero entraría en cuarentena obligatoria, promulgada en principio hasta fin de marzo, aunque se temía de un comienzo que iba a prolongarse. Este es el momento a partir del cual las vidas de María y Luis y de María pobre y de Luis pobre comienzan a parecerse y a confundirse, el momento a partir del cual la secuencia de hechos universales comienza a tener preponderancia sobre la secuencia de sus hechos particulares. Al fin y al cabo, María dejaría que Luis pasara con ella la cuarentena en el departamento, luego de haberlo ayudado a preparar la casa para sus padres, en donde se aislarían en su regreso de New York con la probabilidad de traer importados el virus. María dejaría que Luis pasara con ella la cuarentena porque se apiadaba de su situación y, por otra parte, porque no podía desprenderse de su belleza. María pobre y Luis pobre, por su lado, se aislaron con su papá y su mamá respectivamente, ambos pobladores de riesgo. No le fue nada fácil, por cierto, a María pobre obtener esas circunstancias, es decir, quedarse en casa con su papá. Hasta el jueves 18, tuvo que aguantar la miserable insistencia del matrimonio rico que trabajaba demasiado para que pasara la cuarentena con ellos, cuidando de las criaturas y limpiando la casa, con el pretexto de duplicarle el sueldo que, dicho sea de paso, recién el lunes 22 se dignaron a pagarle lo adeudado de marzo. Así las cosas, esta historia recién comienza, los chetos en sus cómodos ambientes se lavan las manos noche y día, se controlan, piensan y debaten en sus cabezas cuando se quieren tocar la cara, se la pasan haciendo videos llamadas y resucitan los teléfonos fijos. De pronto, ya nada es como antes y aparecen nuevas normas para la vida, que a nadie les cae bien y todo el mundo respeta en medio del estupor y del miedo. Y bien, ¿qué va a pasar con nuestros personajes? No es posible saberlo. Hay que leer la serie de episodios hasta el final.

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