Historiadores del desfalco emocional

Liz no es despistada pero ese otoño invernal que tardó en llegar vino con olorcito a café, puchos, nostalgia derramándose por sus pómulos.

La tarde está más fría que de costumbre o era si no, como habría ella de saberlo de igual manera, el tránsito cortado de la tarde que le dan ganas de anclarse en una silla de bar. Se corre el saco. Imagina todas las cosas que podrían hacer juntos y lo traduce a su vida doméstica: todas las bufandas que tengo y no traje ninguna, puteó: Encima, esta úlcera de mierda viene a joderme hoy, justamente hoy lunes. Aunque está cansada y le faltan los findes largos, se obstina y camina unas cuadras más. Son solamente unas cuadras más. A la parada del Museo de la Memoria. Se piensa para sí misma como si su cabeza fuera un chofer y su voz una pasajera.

En la esquina dos policías o aprendices. La molestia en el ojo, el ojo malo, el que siempre le jode la vida, ya no la deja enfocar más allá de los borceguís. Están parados sobre la ochava de la imprenta y fotocopiadora «LAMASCA». El sábado en lo de la  hermana leyó varias veces Voz de la Verdad. La casa de su hermana es de esos ecosistemas que todavía compran el papel prensa desvirgado, o sea que los titulares prácticamente infectaron sus ya permeables mentes. El ex novio de Gran Mono y actual alcalde de la ciudad inauguró un ciclo de cine sobre cómo comportarse estoicamente frente a las masas del vulgo, en la escuela de policías del Subtropicando Profundo, e instó en su discurso a desarraigarse de las corrientes desideologizadoras del amarillismo propugnador, ya que reconstruyó vagamente en su memoria, o básica y sencillamente razonó, más bien razonó, que la posta venía por el lado de sugerir a los aspirantes a novatos pitufos que no debían perderle la paciencia al ciudadano común y corriente al cual le debían servicio y devoción; pues, en su desaguisado conceptual muy adentro suyo, urdió que la maquinaria mediática contribuiría en tal sentido. Como si su cabeza fuese un chofer y su voz una pasajera, así anda Liz.

¿Por qué concha no me escriben?, se dice. Qué joden con audios, videos y este tipo que me llama, en calidad de colega o de papá. Un pesado. No entienda nada. La vereda se estrecha con las sillas y la gente se despide del doble turno. Es terrible pensar en volver a tu vida doméstica, ¿no?

— ¡Liz!

— ¡Furiel!

— ¿Laburando?

—Saliendo de. Estoy desde las siete y media. Sí, de corrido… —dice y sobre pronuncia su cansancio arqueando sus cejas. Sus ojos se achinan hasta desaparecer. La molestia en el ojo es pronunciada y le jode como le joden las pijas soberbias. La comparación es absurda, pero la pensó así. Se la aguanta y su cabeza le dice a la pasajera: Bájese acá.

— ¿Un café? —Señala hacia el interior del bar que estaba ahí, a pasos nomás.

—Dale.

Entran y se ubican cerca de la puerta, a un par de metros de la ventana. Sabe que el ojo le está pasando boleta del fin de semana recién pasado; el humo que se impregnó a su maltrecha córnea, es realmente jodido. La molestia en el ojo va a durar lo que dure el encuentro, eso lo sabe, también. Pero quiere quedarse, quiere estar ahí. El chofer todavía la acompaña. ¡Mierda! ¡Dónde me querés llevar! ¡Dónde quiero ir!

En un acto de obsecuencia indiscriminada Liz le pide disculpas porque hoy está loca o lo que es peor, piensa, en todo caso culpó al ruido que cual semillas tiradas al costado del camino crecieron y crecieron asimilando su propia memoria de largo plazo y lo que es peor, piensa, la verborragia insoportable rebalsando agua hervida y que las flores del mal que la tropical que los haikus y los poetas bastardos, la musa el colegio los papás, el trimestre. Todo junto así seguido. En fin, todo eso. Todo muy confuso. O lo que es peor, todo eso llega justo. Antes de que el mozo termine de acercarse a la mesa que ocupan se levanta y agarra únicamente el teléfono celular para ir al baño. A no aguantarse, como los perros, había dicho el doc. Es que en ese tiempo siguió llamando y vibrando y ahora ella, y ahora ella lo agarraba como una manta muerta. El mismo contacto titiló y titiló en la pantalla.

A la vuelta, el chofer asegura los chirridos, los volantazos. El olor a caucho quemado de piquete jodido. Más intenso se ponía en estado latente, en serio realmente: a Liz casi le daba igual que sea  ficción o realidad. La sangre o el cuerpo. Palabras que de algún modo la atraviesan mientras está. Cuando salen de la boca de un escritor fracasado nadie sabe exactamente de qué diablos estamos hablando. Pero, cuando el ojo viene picoso, como cuando pica la concha, la pasajera se pone mandona y el chofer se impacienta.

El ruido adquiere forma si se lo deja contener, eso piensa. Eso cree. La charla viene cargada, ah sí. En una mesa con una chica de colita rubia teñida y un muchacho de campera blanca está el Dany, de la imprenta. Toman un café y hablan de Lázaro Báez y la esquina de Austral construcciones, ahí por calle José María Paz. Alguno se pone más calentito que otro y la voz de la razón se posa, en diferentes tonos de bronca y en pausadas e intermitentes confabulaciones políticas, sobre la planicie mental que converge a toda criatura primitiva. El volumen de la televisión está alto, bastante alto, y obviamente prendido en un picadito de ligas mayores. La cosa es que el ruido adquiere forma si se lo deja contener, si es dejable. Eso lo sé. Para conocer la realidad, no hay que consumir las noticias ni leer los diarios, sino literatura, eso es todo, proclama y sorbe, irresoluto, un sorbo de café. El humo del cigarrillo, la ficción sangra por dentro, a la altura de la garganta. La creación demanda caos, lo tropical en cambio deconstruye. El sacrificio no es tal. La libertad como objetivo, es toda mentira. El aturdidor silencio de los espectros, piensa y le gusta mascar la idea.

Ahora teme que el silencio se esté volviendo insoportable y chifla al chofer. Estás muy linda, le dice la voz. Revolviendo la mochila encuentra el librito que el poeta de la editorial Nulú le había recomendado y manotea unas hojas de cuaderno que estaban ahí adentro. Furiel está ahora con el celular y en postura de pedir rápidamente la cuenta. Él siempre está ocupado. Las molestias, el sentido atormentado (o los hiperestímulos). Es el aire, sí, quizá sea el aire. La sangre de la pasajera sólo recarga mediante la actividad aeróbica. Es una ventaja, a veces. Repitió una vez sat nam, pasado un segundo respira y expira por la nariz. Creo que entiendo lo de poner el cuerpo. Muchos nervios. Siente sobre todo temblar los dedos de sus manos. Saber que la palabra lo es todo, lo es prácticamente todo. Para pasarle una hojita que decidió pasarle, escribe, qué ocurrente.

Respiro entre cortado

                esperar el resultado

              administro la paciencia

                                      no decirlo,

                                                       manejarlo

                                                                          atesoro recuerdos,
                                                                                              anhelo otros tantos.
                                            Candombear el mientras tanto.

                                                                                                       Y aún sabiendo

                                                                                                                 que el decir

                                                                         comparte, cura, vence

                                                    si al tiempo ratifica el cáncer

                                                    espero esquivo sugestiono
                                                                                                         y buceo la palabra

                                                       como salvavidas ah hoc.

La cara de “esto es una verga” que puso  —él, dice, siempre dice, que escriben mal su apellido, que también lo pronuncian mal— no merece más descripción porque la mera imagen mental que se evoca de esas palabras es sencillamente incongruente, no tiene ningún sentido como Macri presidente. Traga saliva. Entra a cagarse de la risa. “Me encantó Diario de un fanático de Scarlett Johansson, es una novelita de culto”, arriesga. Otra incoherencia, procuro ejemplificar, estar a la altura de las circunstancias, justificar el delirio de obsecuencia mientras lo veo recorrer la hoja con su mirada espantada y naturalmente descolocada. Es un acróstico, sostiene. De ninguna manera podría ser esa porquería una novelita de culto. La manifestación no sería, entonces, revelarse así, descaradamente mientras otros observan la acabada como si fuera un picadito de fútbol. No es así como lo quiero. La sangre sigue chorreando por otras mesas de cirugías. Por otras manifestaciones del lenguaje. El tipeo es una de ellas. Tipear significa descubrir. Hacer bailar los dedos sobre el teclado. Mientras tanto se le escapa o deja escapar adrede que en el sacrificio, eso dice, en el sacrificio las birras pueden hacer olvidar. Ella sabe que no es cierto pero olvidar es muy valioso para quien no puede o no sabe cómo gritar. Por eso lo entiende y se reconstruye sobre sí misma, es el cuerpo, se piensa, la literatura es cuerpo. No, proclama, desabrochándose un botón de su camisa, dejando, parcialmente, expuesta la rabiosa sombra de su escote, no sé si realmente dimensionan los tipos que el cuerpo a veces es hombre, a veces es mujer. Ella piensa para sí misma, en sus adentros suyos muy particulares, porqué me tocó esta vida de mierda. Lo piensa seriamente, como si fuera real verdadero.

Las hojas manoteadas llaman levemente llamado la atención del escritor. Consignas, podas, paciencia, viento de costado: lectores…. forros, orden lógico-sanitario: mano, boca, tetas, concha y —a esta altura en práctica exclusiva y final— culo. Realmente nunca sabe cómo las cosas van desatándose unas tras otras, abriéndose sobre sí. Encimándose unas sobre otras como frazadas bajando en invierno. Ya está ahí. Está todo, nada más que no se da cuenta. Hay que hacerlo. Se lo pide su concha, la pulsión sobre sí. La escena en realidad es una ilusión. Bajate ya o te cobro el doble, dice el chofer.

Se despiden en la vereda de Nicodemo. Falo y concéntrica metáfora la de la sangre y el cuerpo, piensa: la verdad es que hay mucho, mucho ruido pero lo que no hay es literatura. Si no hay literatura no hay cuerpo. Ahora no sabe si lo piensa o lo masculla en voz alta. Furiel se va en dirección a la avenida 9 de Julio. Ella quiere creer que se va. Pero en realidad no se va nunca. En realidad él le dice mientras ella cree que se va que las cosas son así, que simplemente no habría que pensar tanto. Que las cosas pasen y punto. La literatura también es lo que puede pasar; pero es sobre todo lo que no puede pasar, lo que no pasa nunca.

Piensa. Ella, el chofer. Piensan ambos a un solo tiempo, producen nuevas fisuras, signos lanzados al espacio. Ya tengo bastante con el ojo. Hay que morir de todos modos. Le gusta verlo irse ya por la vereda de Librería García. Todavía tengo pilas, capaz pueda caminar otro trecho. Pero no sé, al mismo tiempo me siento cansada, me duelen los talones de los pies. Puedo tomarme un remis. El ojo va a tener que bancar a la concha. Bancar significa hacer el aguante, amortiguar el derrape. La pulsión sexual acumula y revienta. La leche sale disparada para todas partes, salpica a todos los personajes dando vueltas alrededor de la escena. Es una locura, lo sabe. Pero está bien, así tiene que ser.

Nadie entiende nada y está bien. Así tiene que ser, no tienen que entender nada. En realidad no hay nada que entender. Hay energías que gravitan en torno a pesadumbres domésticas. Es difícil, lo sé. Vaya si lo sé. Yo mejor que nadie lo sé y por eso mismo no puedo bajarme, aunque me cobres el doble, piensa, ya desconectada del Subtropicando Profundo. Empieza a reírse. Sopla un viento helado. Los vidrios están empañados. Baja la ventanilla, una caricia helada la devuelve sobre sí misma, plegándola hacia el otro la de su realidad real verdadera. Como un guijarro lanzado al río, las ondulaciones de la realidad se disuelven en cruentas cuchilladas sobre las orillas de quien ahora es otra y ella misma al mismo tiempo.

Puede que parezca una estupidez pero no lo es. Le digo eso, que no me voy a bajar, que este cuento termina cuando yo lo termino de contar, no cuando a él o a vos se les ocurre que tiene que terminar. Es un error pensar que la literatura no pueda leerse si el sujeto que busco no está. Lo importante es saber que todo puede pasar siempre y cuando sea posible que pasen las cosas que tienen que pasar. Eso es todo lo que tenés que saber; lo demás lo cerramos después o lo vamos cerrando sobre el vamos. Le digo al chofer que siga; más que decírselo se lo ordeno.

Lo que mata es la ansiedad, piensa. Ya no puedo ser yo misma; aunque a veces se es naturalmente una misma, no es mi caso. Lo sé perfectamente, hace años que lo sé y no hice nada al respecto. Debería haber hecho algo. Pero si no lo hice no es porque no quise sino porque no pude. No es una justificación, claro. Pero puede serlo. Vos me entendés, ¿no? Mi adicción a las drogas, al alcohol, a la pornografía. Mi adicción a los ruidos. A la soledad de las cosas. Mi adicción a dar los pasos correctos, determinados, seguros. Mi adicción a la paja de mí mismo desdoblándome en sacudidas violentas. Piensa en todo lo que le dijo Furiel pero piensa sobre todo y reiteradamente en lo que no le dijo y ella pudo adivinar porque la literatura es el cuerpo aunque no puedas tocarlo.

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