Una historia de ciencia ficción tropical (con Mary Elizabeth Winstead)

Fragmento de la novelita Mary Elizabeth SuperStar

 

Una sacudida la trajo de vuelta a la realidad, o al menos eso pensó. El principio fue volver de una pesadilla. Volver a la realidad. La realidad era salir del sopor de las pesadillas donde se confunden o se disfrazan las fantasías íntimas. Pero ¿tanto como para olvidar su nombre? Fue un parpadeo eléctrico, un zumbido que la devoró. Lo sintió al abrir los ojos, porque los destellos, las imágenes fragmentarias vinieron después como si fueran oleadas de resúmenes noticiosos atormentándola frente a la televisión. No podría describir en detalle las imágenes que desfilaron por su mente, o sea, no podría explicarlas ni siquiera ella misma, más bien por supuesto: se sentía extraña de sí misma, como si un día hubiera despertado y no reconociera su rostro frente al espejo de otra realidad.

Dudó del sueño mismo, de la vigilia, del limbo, de la realidad, de la ficción y de todo lo demás que anidaba en su pasado alternativo y que, naturalmente, ella ignoraba. Mary Elizabeth comprendió inmediatamente que el mundo siempre rodaría en sentido contrario a las convicciones íntimas que engendró precipitadamente licuando ucranias cósmicas y viajes en el tiempo. Ella no lo sabía. Todavía no lo sabía; pero no estaba frente a sí misma sino frente a otra verdad de sí misma. Otra ella de sí misma.

Ciertamente: todo lenguaje tiene un costo y la confección de los relatos que estructuran la prosa de un universo, su tono, sus formas, su estilo, no fue una tarea sencilla. Sin embargo, ella no imaginó que lo real y lo fantástico fueran como espejos borrosos enfrentados multiplicando un confuso universo dicotómico, un tipo inclasificable de punto Jonbar, que ella y todos los demás, las demás criaturas humanas, muy íntimamente, poseen. Como se puede poseer un don, sin saberlo. O una enfermedad.

 

*

 

Un parpadeo bastó para que su mundo se derrumbara. Un desdoblamiento de espacio-tiempo la escupió a los prolegómenos de una ciudad brutal, desvariada y neurótica, llamada Subtrópico Profundo. Organizada en barrocos archipiélagos flotantes, saturados y oxidados de antiguos containers metálicos y atravesado por enmarañadas masas de cables y tendales de vidrios, caóticos y fragmentarios y geométricos destellando bajo el cielo azulado como si fuera un cielo intermedio, gravitando detrás de una gran muralla de cadáveres apilados, exhibidos en mutilada gramática justiciera, debajo de las putrefactas aguas del sinuoso Río Negro. Abigarradas extensiones de bloques habitacionales de fachada dramática y húmeda, contaminados.

El éxodo masivo de pudientes escandalizados con la invasión de salvajes y ñeris, convirtió aquella zona exclusiva del anglocriollaje en una feria multitópica donde comerciaban desde repuestos para ginoides multiseculares antiguos hasta complejos vitamínicos y receptores hipertrofiadores del tiempo. En los alrededores de estas tiendas superpobladas de toda clase de individuos y mafias, junto al portón estelar de ingreso a un prostíbulo regenteado por deformados hombrecitos de piel escamosa, se revela un callejón o pasadizo, húmedo y oscuramente siniestrado, encima del cual se levanta un cartelito aparatosamente luminoso de letras atiborradas que deja leer: “TODAS LAS VIDAS, LAS MUERTES CONCEBIBLES, PASADAS Y FUTURAS, PROBABLES O IMPROBABLES, VEROSÍMILES O FANTÁSTICAS”.

 

*

 

La antigua Ruta 16 escupió una camioneta Gladiator que rodaba a toda velocidad echando fuego por el escape. Apareció zigzagueando, procurando sacarse de encima una horda de entidades ectoplásmicas de doppelgänger que en vuelos rasantes intentaban tumbar el cacharro volador. A pesar de la entereza que pujaban los dobles demoníacos, el conductor se las amañó muy bien con volantazos bruscos y firmes, sacándoselos de encima. Lo logró después de varios barquinazos e incluso llegó a dañar el ala de un doppelgänger que chorreó un espeso líquido negro antes de terminar rodando sobre unos pastizales quemados.

La Gladiator continuó tambaleante algunos metros más y frenó envuelto en una nube humeante a un costado de la ruta. La puerta del pasajero se abrió y bajó la actriz Mary Elizabeth Winstead, celebridad de Hollywood. Morocha sensacional, treinta y tantos de edad, metro setenta de estatura y cabellera azul. Traía puestas gafas tipo Raybans, una blusa blanca con la imagen promocional de su última película, unos jeans clásicos recortados por encima de las rodillas y unas botas negras leñador. Su reproductor biológico multimedia (intrauriculares implantados detrás de sus orejas) configuró una lista de canciones, en su mayoría de Natasha Khan. Sobre su cintura, del lado izquierdo, colgaba un machete enfundado en cuero de carpincho, y del otro lado, casi a la altura del muslo, su mano diestra descansaba encima de la culata blanca de una Smith & Wesson automática. También traía consigo una cinta de cartuchos de recargas con proyectiles y un cuchillo de combate con empuñadura plateada, que ocultaba a la altura de su pantorrilla.

Mary Elizabeth sudaba como una esponja. El sol de Subtrópico Profundo es cruel y más por esta época del año, mazazos de fuego aplastan la ciudad bajo un sopor infernal. Cordilleras de nubes escarlatas surcan el cielo arrastradas por un viento caliente. 58 grados centígrados bajo el atardecer abrasador. 23 minutos para las 20 horas. Es jueves, del año en curso.

Tres días atrás, Mary Elizabeth W., estrella de filmes de terror y ciencia ficción y de otros géneros menos auspiciosos, fue rescatada de una purga perpetrada por miembros del temerario escuadrón parapolicial conocido oficialmente como Unidad de Control del Espacio Público, al servicio del Partido Amarillo del Restaurador Absoluto, en los archipiélagos flotantes periféricos de Subtrópico Profundo, donde habitaban los bárbaros. Los habían obligado, era la muerte o el exilio simulado. Tres generaciones de parias desaparecerían si no. Mejor fue salvar sus vidas, sobrevivir aunque no más sea que en las villas extremas del lenguaje.

¿Quién era ella? Nadie lo sabía. Nadie la había visto allí. Simplemente había aparecido en el conteiner habitacional del escritor Fernando Funes, eso al menos se desprende de sus Diarios de Autoficción, que un día como hoy despertó y ella estaba allí, recostada junto a él. Decididamente no habían pasado la noche juntos. Mary Elizabeth W. ya estaba vestida, saltó de la cama hecha una masa de nervios, transpirada, con sus piernas enredadas entre las sábanas. De súbito Funes giró a la izquierda y cayó al piso y sintió, por el golpe, un tirón en la cintura. Ambos se asustaron pues ninguno sabía quién diablos era el otro; pero, en todo caso, Mary Elizabeth W. era la intrusa, así que fue interpelada por Funes o más bien, pensó Funes que no la conocía, que era hermosa, sí, pero definitivamente no la conocía, o sí, sí, sí que la conocía, lo sabía, sabía que era ella, ¿podía ser ella?, ¿en verdad podía ser ella?

Entonces, recuerda Funes qué fue lo primero  que Mary Elizabeth dijo. Qué fue lo primero que Mary Elizabeth le dijo, como saliéndose de sí misma, siendo ella y no-ella al mismo tiempo:

—Todas las vidas, las muertes concebibles, pasadas y futuras, probables o improbables, verosímiles o fantásticas. —Señaló con su mano hacia atrás, por encima de su hombro, la meseta retrotrayéndose hacia el pasado remoto de los tiempos primigenios donde gobernaba el instinto depredador de los primates. Permaneció un instante pensativo y sacó enseguida una media sonrisa austera, casi imperceptible, como volviéndose a encajar dentro de sí—. Un creador debe destrozar los corazones de sus personajes, a trueque de matarse sobre esos restos. Hay que negar sus historias, maldecir sus límites ficcionales, y preguntarse finalmente quién es real, quién es verdadero.

Dicho esto, en el siguiente instante, Funes se enamoró de Mary Elizabeth Winstead. Ella lo supo enseguida y, como si nada, como para no dejarlo en ridículo, de buena que era nomás, así, recién aparecida de la nada, interpuso al mismo tiempo a la persona-actriz y a la persona-personaje, dando lugar a una revelación aparente aunque auténtica, que, en ese contexto fantástico de lo real, es la fecha de un cumpleaños, justamente el suyo, y que resultaría determinante en el futuro apocalíptico de Subtrópico Profundo.

Mary Elizabeth W. se recogió el pelo hacia atrás con una bandita elástica, imperturbable. Se perfiló abarcando con sus ojos aquel infierno. Lució, sí, todo esto: vintage-punk-pritty-gore, en medio plano americano. Activó una pista: “Santa Monica” por Honus Honus. Los loopeos de nostalgia residual a veces lograban traspasar las mesetas sobre las cuales velaban las memorias alternativas de Subtrópico Profundo, como una reverberación espectral oscilando, haciendo eco entre dos o más mundos. Mary Elizabeth recordó, aunque no sabía por qué, que la canción hablaba sobre los excesos y la pérdida del control, el momento en que uno se da cuenta que no puede dejar de esnifar cocaína[1].

Funes sacó la cabeza por la ventanilla del conductor de la Gladiator, algo exhausto. La miró deseándola como puede desearse a una estrella de Hollywood.

—Voy a acompañarte —dijo con sequedad, y amagó con bajarse.

—Debo hacer esto sola, Funes —reprobó Mary, lanzando una mirada severa por encima de sus Raybans de realidad aumentada—. Volveremos a vernos, lo prometo.

La cara de Funes se entumeció. Era un gesto típico de él, de taciturna disconformidad. Se arrebolaba desde el cuello hasta la frente. A veces Mary Elizabeth pensaba que Funes era un niñito caprichoso a quien debía orientar, cuidar, proteger. De alguna manera se sentía responsable por él, aunque en realidad el rol del escritor fracasado consistía, a la inversa, en velar por la integridad de Mary Elizabeth. Por más que a veces se sintiera desautorizado por ella, lo que verdaderamente lo llenaba de bronca y confusión era ­el hecho de sentirse vulnerable frente a uno de sus personajes más reales y verdaderos y por ello mismo muy entrañable, a razón de que Funes le había manifestado —de alguna manera, o sea, casi abiertamente— su amor incondicional de fanático. Ya que jamás la conocería personalmente, no quería perderla en la ficción simulada de Subtrópico Profundo, de donde Funes jamás podría salir o escapar o exiliarse.

Pero Mary Elizabeth era una mujer temeraria y altiva. Había que ser muy sonso para no darse cuenta que su sobrada experiencia en el arte de la cinematografía estaban más allá de la comprensión de Funes, fuera fracasado o no, o de cualquiera de sus personajes más o menos recientes de su literatura local. Bastaba con apreciar su temple de guerrera brava y contestataria para saber que el desdoblamiento del punto Jonbar que la escupió sin memoria ni chip intracraneano de recuerdos tumultuosos de su vida anterior de celebridad, no pudo sin embargo desintegrar su temperamento génesis, que Funes sí sabía pero no podía revelárselo por temor de que se perdiera en el revés de la trama. Salvo, eso sí, por aquellos raptos de sinceridad, que eran más bien extemporáneas a cualquier devenir pretérito del lenguaje.

Funes se sentía como siempre se sintió en todas las vidas y en todas las muertes que por destino le tocaron en suerte en Resistencia; como un perro cascoteado; como un androide mutilado atrapado en la pesadilla humana de un corazón desamado; como un montículo de palabras y verbos y adjetivos amontonándose en escenas fragmentarias acumuladas en los garajes literarios de la zozobra imperceptible de quien jamás podrá contar una historia de principio a fin. Sucumbiendo ante la belleza que desparramaba la humanidad de Mary Elizabeth, pero sobre todo sucumbiendo ante la ineluctabilidad de las precipitaciones de quien está condenado a soñar aquello que jamás podrá ser o realizar.

Bastaba —nada más— verla a Mary Elizabeth alejarse de la Gladiator en dirección al cartelito luminoso de la entrada a Crematus para comprender que la plenitud frente a lo desconocido es virtud de templanzas extranjeras. Así caminó Mary Elizabeth bajo el portentoso arco de hierro machacado de bienvenida de Crematus, bordeado por aquellas tiendas comerciales desvencijadas y las miles de andrajosas vidas anónimas que allí se fundían pululando al calor bravísimo del sol buscando la supervivencia de quienes están condenados a padecer simplemente por haber nacido en la miseria de Subtrópico Profundo.

Avanzó por una callecita ripiada sobre cuyos costados abundaban bares y antros de calañas múltiples y de servicios extraordinarios como la producción de cápsulas hipertrofiadores del espacio-tiempo, que sumían a sus consumidores en ensoñaciones deprofundis de híper-realidades alternas o pasadas o futuras o simuladas; como los quirófanos de conversión de androginia; como los cuartos de copulación zoomórficas y necrofílicas; como las discotecas perennes o el tráfico de arte y literatura penado por el decreto de regulación de la creatividad. Mary Elizabeth se perdió entre las multitudinarias catervas ante la psicótica mirada de Funes, quien, ya con el cacharro volador gravitando, la observó hasta perderla de vista.

Mary Elizabeth se internó en la densidad tumultuosa en busca de un aéreo deslizador, esquivó un banco de biopunks y un viejo androide desfigurado andando sobre sillas de ruedas, le regaló una sonrisa cariada. Una jauría de perros callejeros la arribó pocos metros antes de llegar al acceso de una compleja estructura de túneles y montacargas ascendentes. Allí la recibió un enano macilento exigiéndole la paga de un peaje. Mary Elizabeth metió la mano en el bolsillo de su sexy jean recortado y extrajo cinco pastillas ensobradas de blackies originales. Los ojos del enano se desorbitaron; no veía hace años aquellas drogas psicoactivas.

—Úsalas con cuidado, son extremadamente efectivas y pueden ponerte a volar una semana entera.

—Lo sé —dijo el enano, sin dejar de mirar las blackies en la palma de su mano—. Te daré mi mejor aéreo deslizador.

El ascenso a Crematus duró alrededor de tres, cuatro minutos. En el trayecto abrió el enlace codificado que le envió Funes a su reproductor multimedia, una reliquia que sólo Funes podría atesorar en su archivo discográfico: “Mary Elizabeth Winstead” por Frantic Clam, del disco Celebrity. Ni bien descendió de la plataforma, al final de los intrincados túneles, un androide doppelgänger se arrojó sobre ella echando ectoplasma ácido por la boca, procurándose de prepo un ataque frontal. Mascó polvo y fue decapitado en el intento. El filo curvo del machete de Mary Elizabeth quedó chorreando una sangre negra y viscosa.

Continuó. Una serie interminable de containers superpoblados y atiborrados unos encima de otros como cascadas de arenas húmedas conformaban capas derretidas aunque contundentes y estrepitosas de villas y ranchos rizomáticos, enmarañados de conexiones clandestinas eléctricas y de fibras ópticas y un laberinto de tendales de ropas y trapitos secándose al viento pútrido y temperamental del nordeste bajo la anaranjada esfera hundiéndose en la escalonada meseta arbórea de Subtrópico Profundo, ondeando en latigazos incandescentes sobre las picadas aguas del Paraná.

Más adelante, advirtió una voluminosa torre de humo negro desabriéndose en tentáculos sobre el cielo abierto y repentinamente anochecido y tiernamente flamígero. Cada tanto aparecía una hilera de señoras con extrañas erupciones rojas en sus caras, aplastadas en silletas tomando mate y croando como sapos; un puñado de ñeris brotados de hongos verduzcos en sus transpirados cueros, jugando a la pelota y tomando agua amarronada de las griferías clandestinas provenientes del Paraná; heladeros tintineando en sus bicicletas osciladoras, flotas de caballos mecánicos, descacharrados, empujando tráileres saturados de frutas y verduras y hortalizas editadas genéticamente y bolsitas de Soylent, el alimento sintético producido en los laboratorios clandestinos de Subtrópico Profundo, que erradicó la hambruna a costo de mutaciones y malformaciones congénitas y enfermedades cancerígenas y venéreas en los sectores más vulnerables del salvaje y fangoso hábitat tropicalíptico.

Una pila de cadáveres de pudientes amarillos de la última purga generalizada se chamuscaba entre llamas humosas en carretas de hierro donde generalmente los ajusticiaban. El hedor del pudientaje devorado por las llamas la puso de buen ánimo, aunque era ciertamente soporífero. Tosió, protestó contra las políticas sociales del Benefactor Absoluto y siguió avanzando entre cortinas errantes de murciélagos espantados por tentáculos de humo tóxico penetrando los oblicuos ventanales de un titánico monobloque gravitante abandonado.

Mary Elizabeth se ocultó detrás de un montoncito de cadáveres cuando escuchó el traqueteo de motonetas osciladoras de la Policía Penitente. Pasaron raudamente a las risotadas levantando una polvareda cenicienta y echando chispas de lumbres danzarinas. Un ñeri desenfundó una tumbera sónica desde un balconcito de los containers superiores del megabloque principal. Dos detonaciones agitaron las olas de las realidades verdaderas simultáneas y un desaguisado triperío reventó por los aires ocasionando una lluvia parcializada de sangre y miembros mutilados. Para no enchastrarse, Mary Elizabeth se dejó rodar sobre una parva de occisos del pudientaje capitalino recién traídos de las purgas y arrojados por un camión flotador recolectante de cadavéricos primigenios de la tercera generación.

Una vez en el suelo Mary Elizabeth se reincorporó desempolvándose sus firmes nalgas luego de un brotecito de arcadas secas y granuladas. Enseguida después salió al trote siguiendo el rastro humoso cortinado del monobloque precipitante, que echaba lengüetazos secuenciados de fuego por sus ventanas. Atravesó un baldío de amarillos empalados y zigzagueó un bosque de caños hasta traspasar una vastedad confusa de cartones publicitarios holográficos, donde encontró un puestito de venta de choripanes atendido por un paraguayito exiliado de diez u once años. Le preguntó al pibe, algo agitada, si conocía a un tipo apodado Vinchuca. El pibe asintió afirmativamente con la cabeza y apuntó con su brazo a una puerta de chapa herrumbrada encastrada a un muro de ladrillo visto luminiscente, a unos cincuenta metros de allí. Caminó hasta el umbral y golpeó tres veces, y una cuarta vez luego de una breve pausa. La puerta se entreabrió apenas y asomó un pelado cráneo ensombrecido parcialmente. Cuando la luz titilante de un foquito rojo adornando sobre el marco superior de la puerta, descubrió su cara y preguntó secamente:

— ¿Mary Elizabeth?

—Sí.

—Demuéstralo.

Suspiró fastidiada y, desenfundando su machete, dijo:

—Este es mi amigo especial que rebanará tu sucio cogote con un beso, si no nos dejas pasar ahora mismo.

 

*

 

Un puñado de minutos más tarde Mary Elizabeth se encontró corriendo por los pasillos de una discoteca perenne, donde comulgaban borders noctívagos de géneros divergentes emulados desde el populoso Crematus. Poetas estéreos clamaron en rimas al verla, apurados por recitarle obscenidades. Delegaciones de encumbrados gerentes del Benefactor Absoluto pernoctaban en aquel antro comprando voluntades del sindicato general de modelos, pagando permisos especiales vip con píldoras hipertrofiadores del tiempo de máxima pureza. Los goldmonkeys se desperdigaban en incalculables pistas de juerga durante semanas enteras.

Las discotecas perennes fueron concebidas por la pervertida mente del ingeniero indígena Longo Fisher. Un complejo rizomórfico de containers especialmente diseñado para satisfacer las estructuras de goce de pudientes amarillos de linaje puro y pudientes impuros colonizados, éstos últimos escupidos por el mestizaje medio tropicante. Fisher era fanático del black metal noruego y tenía su propia banda de black metal noruego de la cual él era líder y vocalista y los otros dos, que ejecutaban el bajo y la batería, eran androides confeccionados y ensamblados por el propio Fisher quien además se encargó de enchufar personalmente los soportes informáticos intracraneanos específicos de aquel género extremo; todo esto, sí, en una cabina gravitante donde ensayaban solamente durante el día ya que por las noches debía atender los asuntos espurios de la discoteca.

Fisher negociaba con los clientes (en su mayoría pudientes conversos) a través de su leal socia de cohecho ilícito, de conchabos y de tajadas: la sinuosa y aristocrática Chaparrísima Huppans, secretaria General del Sindicato de Modelos. Coimeaban a los policías penitentes del ayuntamiento, quienes le brindaban seguridad y habilitación municipal a cambio de selectos packs de juerga gratuitos que incluían por lo general prostitución infantil pansexuada y consumo pernicioso de estupefacientes hipertrofiadores. Acumulaban gordos fajos de dólares brindando servicios exclusivos que sólo podían pagar los pudientes y cuyas prácticas estaban condenadas moralmente y prohibidas por leyes terribles como necesarias, como la regulación de cumplimiento efectivo y obligatorio de la prestación de servicios sin remuneración monetaria en cualquiera de las innumerables sucursales corporativas que el Benefactor Absoluto poseía en territorio subtropicante, si así lo requiriese su investidura, por el motivo que fuera. En cualquier momento dado, tan sólo una orden directa y a viva voz del Benefactor Absoluto bastaba, y grupos de tareas hacían el trabajo sucio, podían hacer casi cualquier cosa, desde colocar cabezas en picas, a vejaciones públicas, a la crueldad y la hambruna.

La discoteca de Fisher alcanzó dimensiones inesperadas llegando incluso a emular enmarañadas ramificaciones de lo autóctono, que desdibujaban aquel enrevesamiento barroco pululante de Crematus desde una vista de plano general cenital con la disposición segmentada por pistas de decorados selváticos y amaneceres y atardeces redimensionados y enmarcados en mesetas espigadas bajo una gran bola de boliche oscilante. Había quienes, obviamente, no conocían sus centenares de pasillos y habitáculos de juergas y pistas de dance-dance y cuartos especiales vip interconectados entre sí y se extraviaban durante días y a veces hasta el personal de limpieza los encontraba en estado de putrefacción o pasados de rosca con la poderosa cocaína escarlata que el propio Fisher producía en los laboratorios de su plataforma gravitante.

Mary Elizabeth supuso que su estadía en la discoteca no pasaría desapercibida así que resolvió moverse rápido. Acudió a la barra, entreverándose entre la voraz multitud danzante de la pista temática de los 80, se acodó y pidió un fernet con agua tónica, en las rocas. Bebió un trago y aprovechó para preguntarle al barman dónde podía hallar al tal Vinchuca. El barman era un andrógino tatuado, de look post punki, le indicó con la mirada en dirección a los containers superiores a través de cuyos barandales plateados podía vérsele rodeado de modelos del sindicato e incluso en compañía de la mismísima Chaparrísima Huppans, en un sector vip de la pista alucinógena humeante.

Un DJ piloteando una plataforma individual oscilante descendió repentinamente de la cúspide cuadrafónica cuando explotó la versión más sucia y prepotente de “NO” por YAK, y las multitudes reventaron en agite y descontrol, alzando sus brazos en lo alto, saltando e inyectándose cápsulas hipertrofiadores del tiempo en la yugular.

Vinchuca divisó la presencia de Mary Elizabeth y su cara transmutó primero en decepción y después en miedo. Saltó de los sofás ante el desconcierto de Chaparrísima y sus modelos y corrió metiéndose en un pasillo angosto a lo largo del cual parpadeaban luces rojas intermitentes. Mary Elizabeth empujó a la bailarina que se contorsionaba desnuda sobre un plato oscilante particular. Oyó apenas un ey quejoso de la sexygirl despatarrada en el suelo y ascendió raudamente varios metros hasta el conteiner en cuestión, desde donde saltó desenfundando su machete y pisando sobre la mesita rectangular donde descansaban los tragos de la secretaria General del Sindicato de Modelos y sus femme fatales, las cuales lógicamente se derramaron salpicando sus fluorescentes vestiditos revivals.

—¡¡Ay qué horror!! —tronaron al unísono las divas.

Mary Elizabeth pivoteó sobre la mesita rectangular ratona y pegó otro salto más largo y resoluto, corrió veinte metros adentrándose por aquel angosto pasadizo cuya iluminación se apagaba y se encendía secuenciadamente. Revoleó su machete lanzándolo a las piernas de Vinchuca quien había ganado varios metros adelantándosele y ya se perfilaba desaparecer sobre una curvatura Jonbar del lenguaje cuando en forma súbita y escandalosa sintió que su sistema nervioso colapsaba y su cerebro dejaba de enviar señales químicas al resto de su cuerpo y éste comenzaba a sacudirse en espasmos, sucedidos de caleidoscópicas visuales y obviamente tropezó desparramándose sobre el suelo y lamentablemente no alcanzó a ver si el machete había llegado a voltear a Vinchuca o no.

 

*

 

Mary Elizabeth Winstead despertó sintiéndose sofocada y sus extremidades experimentaron una sensación de pulsión primero, de aplastamiento después. Intentó reincorporarse pero las penumbras enseguida espesaron sus ojos neutralizando las fuerzas invisibles que la doblegaban. Dónde diablos estoy, pensó. No podía ver nada. Procuró mover sus dedos pero los sintió pesados al igual que sus brazos y sus piernas como si éstos hubiesen sido reemplazados por prótesis de plomo. Su espacio era reducido, comprimido. Se sintió ensimismada, físicamente imposibilitada. Sospechó que podrían haberla neutralizado con alguna clase de somnífero rizomórfico. Sospechó que su cuerpo se hallaba en estado de limbo lingüístico, de cementerio de lenguas muertas. Sospechó —naturalmente— que sus conjeturas eran demasiado rebuscadas y omitió de entrada la posibilidad de sentirse fuera de juego. Dejó escapar un suspiro breve pero intenso. Transpiraba. De la multiplicación de la identidad, a la ficción de identidad unitaria, sopesó. Cerró los ojos un instante. Soñó o retornó a la realidad real verdadera. Cuando volvió a abrir los ojos ya no estaba allí.

Tiritaba, desnuda, de cúbito dorsal, entre dos párrafos desmembrados. Cuando Funes la vio allí no lo podía creer. ¡Era ella, sí! ¡Tan hermosa como en todas sus películas!, pensó y dejó de teclear como si lo hubieran desenchufado de Subtrópico Profundo. Se refregó los ojos con los nudillos para saber si (efectivamente, en efecto) era ella misma Mary Elizabeth Winstead, la real verdadera Mary Elizabeth Winstead, la actriz que le gustaba en serio y no un producto más de sus innumerables simulacros como lo fue la novelita Diario de un fanático de Scarlett Johansson. Imposible de creer para cualquier mente sana si no fuera porque la literatura recurre a atajos incomprensibles y por eso mismo improbables. Los gustos de Funes pasaron de una blonda a una morocha y ahora le gustaba nada más y nada menos que una prima lejana de Ava Gardner, a quien también decidió escribirle y dedicarle (no a Ava, claramente, sino a Mary Elizabeth) una novelita protagonizada por ella misma, con la intención de enviársela a los Estados Unidos y con la esperanza de que ella misma, también, pudiera protagonizar la versión cinematográfica.

Había incluso anotado su dirección de fan-mail en un papelito adhesivo amarillo y lo pegó en el panel de corcho, frente a su computadora, incrustándole incluso dos chinches de cabezas rojas, para no olvidarse al momento de enviar la galera original o la edición de autor, cuando cualquiera de éstas estuviera terminada y corregida; desde luego, estarían acompañadas en cualquier caso por una carta de presentación escrita en un tono serio y responsable pero sobre todo muy profesional. Había pensado, en ese momento justo, volvió a pensar, que también habría que traducir al inglés la novelita, si es que conseguía algún presupuesto, algún dinero. Las traducciones son costosas pero quizá, volvió a pensar, con el software indicado, podría craquear el sistema de pagos de Subtrópico Profundo y conseguir un préstamo.

Funes levantó la vista y la dirección seguía ahí:

 

Mary Elizabeth Winstead

Baker Winokur Ryder Public Relations

9100 Wilshire Boulevard

Suite 500

West Tower

Beverly Hills, CA 90212

USA

 

Bajó la vista y Mary Elizabeth todavía estaba allí, acurrucada entre esos dos párrafos a los que Funes —oportunamente— había desmembrado[2]. Con el dedo índice de la mano derecha removió el párrafo que había pretendido para su distopía novelada y la encontró allí, hecha una bollito, desnuda. Sus ojos se encontraron con los de Funes y así quedaron, gravitando, un instante, ambos. Hasta que ella habló primero:

—No me mires así, dame algo para cubrirme —ordenó Mary Elizabeth.

—Pero…

—Sí, soy yo, Mary Elizabeth Winstead, tu actriz favorita… ¿Qué? ¿Esperabas a Scarlett? Lamento decepcionarte

—No entiendo… Cómo…

—No tenemos tiempo, Funes —lo cortó en seco Mary y elaboró un gesto arqueando sus cejas y abriendo apenas su boca. — ¿Qué estás esperando?

—Ah, sí, ropa… Ya vuelvo —dijo, casi titubeando.

Salió eyectado de su silla, atravesó una puerta y regresó con un pack de papel de seda para armar cigarrillos y se lo alcanzó. Mary tomó el pack rectangular de cartón y lo cruzó con una mirada severa.

— ¿Es lo mejor que pudiste conseguir?

—Fue lo primero que encontré. —Asomó su pelado cráneo por encima del escritorio y la tanteó con el dedo.

— ¡Ey!

— Perdón.

—Basta de tonterías. Sí, soy real.

—Esto no tiene ningún sentido —decretó Funes, sentándose.

—No importa si lo tiene o no lo tiene. No hay tiempo para explicaciones, Funes. La historia es real. Lo único que tenés saber es que hay que hallar la manera de regresar a nuestros mundos. Estamos en peligro, podríamos desaparecer si no —Mary plegó varios retazos del papel de seda e improvisó un vestido y luego agachó la cabeza para ver cómo lucía y volvió a mirarlo a Funes—. Luzco bien, ¿no?

—…

—Entiendo perfectamente que te sientas intimidado… Bueno, mi tamaño no es el real exactamente… Digamos que soy una escala miniaturizada de mí misma, pero realmente soy yo, real y verdadera. No hay margen para otra realidad. —Hizo una pausa breve, respiró y largó. —Debo regresar a Hollywood, debes ayudarme Funes.

— ¿Hollywood? ¿De qué diablos estás hablando, Mary? Nadie quiere vivir en Hollywood, ni en los Estados Unidos, hace más de cincuenta años que una inteligencia autónoma bioartificial creada por Julian Assange reemplazó con clones de famosos de Hollywood producidos en serie a la gran mayoría de la ciudadanía norteamericana, exceptuando los inmigrantes ilegales, quienes fueron usados para tareas domésticas. La Estatua de la Libertad fue embalada y enviada a China, Manhattan colapsó y…

—Los detalles de este presente son irrelevantes, al menos para mí —reveló Mary, asomándose al monitor de la computadora portátil, señaló con su brazo—. De allí vengo yo.

— ¡Qué!

— Esto es serio, podrías desaparecer… Todos podríamos desaparecer…

Funes experimentó un torrente de dejavúes. Se sintió interpelado por la potencia inmanente de las ficciones producidas por su cuerpo, acontecido en un insight detonador y apabullante que lo sacudió desde sus adentros suyos propios muy particulares. Podría estar alternando universos bajo el reino de un sueño de profundis. Podría estar muerto. Podría ser la ficción de una ficción. Podría.

Un reto de Mary Elizabeth lo espabiló:

— ¡Ey! ¿Me estás escuchando?

—No, sí sí. Regresar a Hollywood… Entendido… —Alcanzó a balbucear, refregando los nudillos por los ojos después de sacarse sus anteojos. Se reclinó sobre ella y la empujó un poquito con su dedo índice, dándole toquecitos por su hombro—.

— ¡Ey! ¡Me estás lastimando!

— ¡Un momento, enseguida vuelvo! —dijo Funes y rajó del garaje creativo.

Mary Elizabeth montó en cara larga y cruzó los brazos en señal de fastidio. Igual ya no importaba porque no había nadie para verla rezongar en el cubículo clandestino donde Funes transgredía la normativa municipal de regulación de la creatividad literaria escribiendo dos horas por día, por lo general entre las 20 y las 22. Y sólo aquellos escritores designados por el régimen, con autorización sellada y rubricada por el Ministro de Pulcritud Lingüística, estaban autorizados a escribir.

Mary Elizabeth oyó murmullos en la parte superior del cubículo. Reconoció la voz de Funes. Conversaba con alguien, aunque no alcanzaba a entender qué decían, sólo oía murmullos. Se suponía que ella no lo conocía al escritor, pero en cambio sentía que sí. Aunque lo cierto es que jamás lo había visto ni en su vida pasada de celebrity, ni en ninguna otra, si es que tuvo otras vidas alternas, era muy poco probable que conociera a un escritor fracasado de Subtrópico Profundo.

¿De dónde, entonces, había venido? ¿Cómo explicaba el hecho de haber, literalmente, caído de entre dos párrafos descartados de algún cuento experimental mal tramado y tan fragmentado, sin regulación de trama narrativa? ¿Por qué sabe que sólo Funes podría ayudarla a regresar a Hollywood? ¿Por qué conocía su infame obra? ¿Acaso la había leído? ¿Scarlett? ¿Cómo pudo haber sido tan obvio?

 

*

 

—Ferdinand López.

—Sí, qué pasa Funes. ¿Tenés idea de la hora que es? Estoy intentando terminar un ensayo sobre la literatura posmocultista de Houellebecq!

— ¡Houellebecq! Vaaamos. ¡Houellebecq es un payaso!

—De eso, justamente, trata mi investigación; de los payasos que escriben.

—Mirá, López, no tengo tiempo para adjetivar la impertinencia y la falta de seriedad con las que pretendés embadurnarme. De cualquier forma te estoy llamando por otra cosa.

—Sí, decime qué pasa.

— ¿Te acordás de la actriz de la que te había hablado?

— ¿Cuál, Funes, cuál? Todo el tiempo me hablás sobre un montón de actrices, le escribís novelas, ¡qué sé yo cuál actriz, déjame de joder! ¿Tenés idea de la hora que es?

—Mary Elizabeth Winstead.

— ¿Quién es esa? Pero no te gustaba Scarlett Johansson.

— Sí sí, le escribí una novela y todo, Diario de un fanático… Pero es otra historia, olvídate.

—Bueno, sí. Qué pasa con la actriz esta…

—Mary Eliza…

— ¡Sí, esa misma! ¡Mierda!

—Bueno, escuchá esto.

—Ajam.

— Mary Elizabeth Winstead, la actriz, de carne y hueso… está desnuda en mi escritorio, al lado de la computadora, la encontré entre dos párrafos descartados de la novela que estaba, justamente, escribiendo para ella. ¡Es increíble! ¡Habla español! ¡Tiene el tamaño de una Barbie!

—A ver… Pará un poco, Funes. Las píldoras que te convidé el otro día, te dije que tuvieras cuidado, que debías ingerirlas en pequeñas dosis…

—No, pará, boludo, en serio estoy hablando. Tengo en mi escritorio una versión en miniatura de Mary Elizabeth Winstead, la actriz de Hollywood. Es de carne y hueso, lo juro. Tenés que comprobarlo con tus propios ojos y ayudarme, no sé qué hacer. Vení a mi dúplex antigravitatorio, ¡ya!

— ¿Ahora?

—Sí, dale. Tomate un flymoto.

—Pero mirá…

Funes ya había cortado la comunicación para cuando el licenciado Ferdinand López procuró excusarse y evitar así aquel traslado (que consideraba) absurdo al dúplex antigravitatorio del escritor fracasado, ubicado en una de las villas más brutales de Subtrópico Profundo, Crematus. Y en un flymoto, encima. Ni siquiera es capaz de pagarme una motoneta oscilante, no, si este tipo es un hijo de puta, pensó Ferdinand López mientras se calzaba jean y camisa a cuadros.

—Mary Elizabeth Wins… no sé cuánto…, pero qué hijo de una gran puta. —Lanzó una risotada temerosa aunque audible. Tosió y despertó a Natalia Berenschustein, su señora esposa, quien hasta hace un momento dormía la mona mientras Ferdinand López incurría en desvariadas disquisiciones enfermizas con el otro delirante de Funes, y obviamente lo interpelaba creyendo que la cordura de su señor esposo había virado:

— ¿Ferdinand, otra vez estás hablando solo? Amor, ya te dije que no me gusta que hablés solo.

—Es Funes, mi amor. Volvé a dormir.

— ¡Funes, a esta hora! ¡Qué quiere ahora!

—Parece que derrapó con las píldoras que estoy probando en él. Me voy a Crematus.

— ¿Crematus? ¡A esta hora!

—Ustedes sí que no pierden el tiempo.

— ¿Qué querés decir con eso?

—Que no pueden vivir drogados, Ferndinand.

—Puff, qué sabés vos de literatura —susurró.

— ¿Cómo? ¿Qué dijiste?

—No, nada. ¿Dónde quedó mi botiquín de píldoras?

—Están en la heladera, al lado los huevos, los dejaste ahí el otro día cuando volviste a la madrugada, duro como peronista garroteado, de la cata de fafafa que hicieron en lo de Luquitas.

—Callate, no estaba tan duro. Estaba, sí, puede ser, algo pasado de pasta tal vez; pero producto de la investigación que estoy llevando adelante sobre las drogas, la literatura y el cuerpo. Hace muchísimos años que investigo sobre lo mismo, Natalia, lo sabés muy bien, llegará el día que literatura hago corpus y entonces…

—Bueno, sí sí. Mañana la seguimos, ¿ok? Cuando te vayas, no te olvides dejarme mi credencial amarilla sobre la ratona del living y no te olvides de llevar la tuya. Mirá que la policía penitente está descontrolada, son insaciables. Si no tenés acreditación para circular por la calle, labran acta y te sodomizan en el acto.

Ferdinand López bajó las escaleras por los conductos tubulares del bloque de containers antigravitatorios donde vivían él y su esposa Natalia Berenschustein, hace poco más de un lustro.

Faltaban 23 minutos para las 20 horas. Jueves, 28 de noviembre del año en curso.

 

*

 

En efecto, era del tamaño de una Barbie, comprobó el licenciado Ferdinand López. Mary Elizabeth Winstead ya estaba vestida, Funes le alcanzó un jeancito recortado, una remerita con la imagen de Pinhead (que el propio Funes había confeccionado para los accesorios de una las muñecas intervenidas por su hijita Eva Luna, muy especialmente, para la película de muñecas y muertos vivientes que planeaban filmar juntos, con una cámara antigua grabadora reproductora de VHS), y unas botitas tipo leñador. Ferdinand López planteó que la búsqueda del lenguaje tiene un costo, y la confección de los relatos que estructuran la prosa del mundo no es tarea sencilla para cualquier literator normal, común y corriente.

Nadie imaginó sin embargo, en esta fucking historia, que la realidad real verdadera y la fantasía simulada funcionaran como espejos borrosos enfrentados. Multiplicando un confuso universo dicotómico, un tipo inclasificable de punto Jonbar.

—El desdoblamiento de espacio-tiempo, Funes, la condujo directamente a una de las zonas más brutales de Subtrópico Profundo: villa Crematus. —Ferdinand López encendió un cigarrillo y se acercó al tragaluz ovalado que daba al archipiélago de villas miserias flotantes, y su mirada se perdió en ellas un instante pasado el cual se sonrió, y dijo—: Está pasando en este momento.

Mary Elizabeth se sentó sobre una pila de libros (El libro de los finales de Labert Angelo, Bestiario de Cortázar, Los pichiciegos de Fogwill, Haikus de Meloni, Pájaros en la boca de Samanta Schweblin, El grano en la voz de Ronald Barthes, La valija de fuego de Aldo Pellegrini, Cuentos extraordinarios de Edgar Allan Poe, Sumisión de Houellebecq y los cuentos completos de Marcelo Cohen), y estudió a Funes con la mirada, quien por su lado destapó un malbec; sirvió una copa para Ferdinand López, una para él mismo, y a Mary Elizabeth Winstead le sirvió un chorrito en un dedal metálico que encontró encima de la heladera ya que encima de la heladera de la familia Funes podían encontrarse todas las cosas que uno podía imaginar, simplemente aparecían allí en el momento justo.

—Mary, ¿probaste el malbec argentino? ¡JO! —dijo Funes, levantando la copa—. Sigue siendo el mejor vino del planeta, incluso en el fin del mundo. —Bebió largo y tendido. No dejó una gota de vino y depositó la copa sobre el escritorio, junto a la pila de libros encima de la cual Mary Elizabeth parecía disolverlo de bronca con la mirada.

Seguidamente Funes sacó de su biblioteca un ejemplar de tapa dura de Simulacra de Philip Dick, cortó unas líneas de mercurio escarlata, la cocaína diseñada por Ferdinand López para el mercado de escritores que buscaban nuevas experiencias narrativas. Funes se encorvó y esnifó, suave y elegantemente dijo después—: Creo que acá está la clave de todo.

—Así es —asintió Ferdinand López, arrimando su nariz al libro de Dick. Esnifó también dos pequeñas dosis, luego bebió vino y finalmente encendió otro cigarrillo. Hizo una pausa para generar suspenso y opinó acercándose a Funes sin dejar de mirar raro a Mary Elizabeth de a ratitos—. ¡No te das cuenta lo que está pasando! —insistió, zamarreando por los hombros al escritor fracasado—. ¡ES EL MERCURIO ESCARLATA! ¡Finalmente está funcionando! ¡Mis drogas funcionan! Podemos plegar el espacio-tiempo-lingüístico, no por nada Todorov proclamó en la página 234 del Diccionario de enciclopédico de las ciencias del lenguaje que “la escritura, más aún que el habla, parece relacionada con la magia, la religión, la mística”. En pocas palabras, querido Funes, mi compuesto puede hacer que Mary Elizabeth vuelva a Hollywood.

Ambos delirantes cruzaron miradas cómplices y cruzaron miradas sugestivas y provocadoras también con la actriz en cuestión, quien pegó un sorbo largo y decantado y después clavó un saltito desde lo alto de la pila de libros, gateó sexymente hasta la portada del libro de Dick, esnifándose una delgada línea, granulada, de cocaína escarlata.

El contexto pareció borronearse detrás de su cabellera azul, como si se desgajara la realidad presente que los contenía.

Un sonido grave, distorsionado y golpes de tambor desgarraron la escena.

La puerta de entrada del dúplex antigravitatorio voló en pedazos. Un grupo comando motorizado de la policía penitente irrumpió en el dúplex antigravitatorio y redujeron a Ferdinand López y a Fernando Funes con sus pistolas aturdidoras de balines electroshock. Mary Elizabeth logró escabullirse detrás de una montaña desordenada de libros de poesía de la Galaxia Ratona de Belén Gache. Trepó hasta una ventanita ovalada entreabierta y huyó por allí. Las fuerzas persuasoras dieron vuelta la casilla a patadas. Suerte que esa noche no dormían allí los hijos de Funes ni su esposa Andrea Pérez Cristaldo (cuyo parecido a la Scream Queen de los años 60, Barbara Steele, es realmente sorprendente) a quienes dos semanas atrás había enviado a Paraguay tras la semana trágica que dio inicio a los linchamientos contra los pudientes; lo que originó una escalada de violencia y después una guerra civil sin cuartel entre el pudientaje unitario amarillo y el barbarismo federal armado.

 

*

 

Aprovechando su tamaño, Mary Elizabeth trotó entre las pantorrillas de los uniformados penitentes y logró subirse a un patrullero oscilador sin ser vista. Se ocultó debajo de la butaca del acompañante. Una treintena de ñeris andrajosos cascoteó el oscilador cuando éste salió propulsado. Una jauría de perros persiguió la sombra huidiza de la nave por algunos metros levantando una polvareda sobre un zigzagueante caminito ripiado.

Llegaron al destacamento faltando 20 minutos para las 20 horas. Ferdinand López y Fernando Funes fueron registrados en la mesa de entrada, donde —todavía desencajados a causa de la descarga aturdidora— debieron vaciar sus bolsillos y someterse a un doloroso sellado láser de antecedentes en sus antebrazos. Esposados los condujeron a una celda mohosa de ladrillos vistos, donde no había más que dos colchoncitos pulguientos y percudidos finitos como tapetes, un lavabo poblado por cucarachas neones y un inodoro pletórico de heces de todos los colores. “¡Drogadictos de mierda!”, gritó uno de los policías penitentes y revoleó, en un solo y contundente chicotazo de su experimentado brazo tonfeador, un garrotazo que se arqueó surtiéndole con igual intensidad a ambas nucas, derribándolos bajo el eco atronador y acústico de aquella celda futurista.

— ¡UUUHHH! ¡HIJOS DE PUTA! —bramó Ferdinand López arrastrado en el piso agarrándose la nuca con las dos manos.

— ¡Ahhhhhhhh! ¡Así que sos gallito vos! —dijo el penitente y ahí nomás le acomodó un puntazo en el estómago que lo dejó sin aliento.

Clausuraron las rejas de fierro con una tarjeta magnética y después se alejaron por un pasillito cagándose de risa. Funes estaba acurrucado contra la pared, frotándose la nuca. Ferdinand López todavía yacía en posición fetal; recién empezaba a reponerse. Soltó un escupitajo de sangre, y dijo:

— Natalia va a matarme cuando se entere de esto.

— ¡¿Qué mierda estamos esnifando, López?! Me dijiste que la fafafa escarlata sólo indagaría en mi conciencia profunda. Estamos divagando como pelotudos en algún plano ontológico de lo multidimensional, las realidades alternas producidas por Subtrópico Profundo  —interpeló Funes poniéndose de pie.

— Sí, es un flash, ¿no?

— ¡Dejate de joder, no podés ser tan hijo de puta! —protestó Funes, un poco en broma un poco en serio, y sacó un cigarrillo machucado del bolsillo de su jean aunque no tenía con qué encenderlo, lo paseó unos segundos saboreándolo entre los labios con expresión ceñuda y desantojadiza, y enseguida nomás cambió radicalmente su expresión facial: a la de, por ejemplo, un Bob Dylan enterándose de que obtuvo el Nobel de Literatura: — ¿Y ahora que mierda vamos a hacer? El Corpus Falos de élite penitente seguramente nos sodomizará.

—Esperemos.

— ¿Cómo?

—Algo seguramente pasará.

— ¡Pero qué puta va a pasar, acá no pasa nunca nada! ¡Qué me estás diciendo!

—Si mis precipitaciones alucino-semánticas son aproximadas, mi querido Funes, podríamos estar en cualquiera de los planos ontológicos de realidades reales verdaderas que Subtrópico Profundo produce como tentáculos.

—Es lo que te había dicho yo.

—Sí, claro. ¿Pero cuál es la verdad real verdadera?

—Ninguna.

—Y entonces qué sentido tiene todo esto.

—Ninguno.

— ¿Me estás jodiendo?

—Bajo ningún punto de vista.

—Al menos, ¿podremos saber quiénes somos?, ¿de dónde venimos?

—No, jamás. No preguntes huevadas, Funes. ¿A quién carajo le importa eso? Todo es fragmentario y obsceno.

—No todo. Yo soy real y verdadera —dijo Mary Elizabeth Winstead, colándose entre los fierros de la celda—. Es cierto, tal vez no estaré entera. Ni tendré mi tamaño real verdadero, mis proporciones, mis curvas, pero sé cómo sacarlos de esta suite… mis queridos.

Los ojos de Ferdinand López palpitaron en estupor, como, por ejemplo, los de Vargas Llosa cuando se enteró de que Bob Dylan ganó el Nobel de Literatura y estalló en histeria canónica. Funes se sonrió de costadito cuando Mary Elizabeth contó que neutralizó a los guardas penitentes y los obligó a entregarle el plástico para abrir la celda. Ferdinand López desconfió enseguida porque pensó, cómo pudo ser que una celebridad hollywoodense —así chiquitita como era, del tamaño de una Barbie— haya podido doblegar en fuerza a dos mastodontes entrenados y armados. De todas maneras, evaluó Ferdinand López, qué mierda importa, como sea, con tal de rajar de esta celda fétida, cualquier cosa podría ser viable pues la realidad real verdadera producida por Subtrópico Profundo eran tantas e innumerables como improbables, o sea que cualquier cosa podía pasar siempre y cuando la historia no tuviera ningún sentido.

— ¿Qué están esperando? ¡Vamos! —dijo Mary Elizabeth y arrojó el plástico al piso y lo deslizó con el pie hacia adentro.

— ¿Y qué se supone que hagamos ahora? —preguntó Funes en general.

—Debemos volver a Villa Crematus —respondió Mary Elizabeth.

Funes lanzó una mirada a Ferdinand López buscando su aprobación.

—Supongo que tiene razón. Pero antes debemos recuperar mi botiquín, ahí conservo doscientos gramos de cocaína escarlata. La necesitaremos.

 

*

 

Funes la punzó con el dedo, al principio con suavidad, y, como vio que no reaccionaba, probó zamarrearla un poco. Pero igual, nada. No se despertaba. Pensó que podría ser un androide sintético en miniatura pero descartó la idea de inmediato cuando acarició su cadera y ella se movió apenas, como si buscara acomodarse, acurrucándose aún más en su ensoñación.

Así empezó Mary Elizabeth Winstead a crecer en su sueño, sueño que cualquier escritor local puede tener, imagínense si no: Mary Elizabeth Winstead creciendo en la palma de su mano, cómo podría ser cierto, cómo podría ser real, es de muy mal gusto escribir historias así de rebuscadas y pretenciosas, una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa, lo dijo el propio autor real y verdadero Fernando Funes, en otra novela lo dijo, las historias deben ser historias y los personajes deben ser personajes. Si no hay trama, no hay historia.

Mary Elizabeth despertó sin saber cómo ni cuándo ni bajo qué circunstancias había aparecido en un departamento ubicado por calle Mitre, en Resistencity. Un smartphone encima de su mesita de luz la despertó cuando sonó la alarma programada con la pista “Noise Pollution” por Portugal.TheMan, del disco Woodstock. Ya había recuperado su altura habitual, de celebridad de Hollywood.

23 minutos para las 20 horas. Es extraño, pensó Mary Elizabeth Winstead, hoy es mi cumpleaños.

Afuera, cordilleras de nubes rojizas surcaban el cielo tropical. 58 grados centígrados bajo el atardecer abrasador. Miércoles, 28 de noviembre del año en curso.

Enseguida escuchó sonar el timbre tres veces. Se levantó de la cama y se vistió a las apuradas. Se calzó lo primero que encontró: una blusa blanca con la imagen de Pinhead, unos jeans azules clásicos recortados y unas botas tipo leñador. Rumbo a la puerta, todavía divagando entre hilitos de sueño, el timbre volvió a sonar con aparatosa insistencia.

Observó por la mirilla de la puerta: Era Fernando Funes, otro Fernando Funes, del pasado o del futuro, vaya uno a saber, llevaba gafas de montura blanca y barba de mes y medio. Todas las vidas, las muertes concebibles, pasadas y futuras, probables o improbables, verosímiles o fantásticas, pensó Mary Elizabeth. Dudó un segundo, pero terminó jalando el picaporte.

—Vengo personalmente a entregarle esta carta —dijo el otro Funes.

***

 

[1] Según la memoria rígida de Subtrópico Profundo, Mary Elizabeth Winstead protagonizó —en un universo alterno de su otra vida de película— el vídeo de la canción “Santa Mónica” donde se la ve conduciendo, obviamente, con rumbo aparente, a Santa Mónica, California. También colaboró en los coros y los arreglos, junto a la voz del cantante Ryan Kattner, reveló que la letra de “Santa Mónica” habla sobre unos amigos que “dejaron que los malos hábitos tomen el control”:

 

[2] Al parecer, Funes habría buscado abrir dos nuevos frentes de batalla: «estéticas nuevas de las formas clásicas» versus «la distopía tropical»; y si bien ya casi tenía resuelto el dilema, pensó, justo en ese momento, que también podrían existir variantes indeterminadas. Es muy divertido escribir, no hay que pasar por alto esta dimensión. El estilo es una especie de atractivo más para el viaje, lamentablemente. Pero estamos hablando de literatura —ahora voy a cambiar de bando y hacerme su biógrafo—, un texto biográfico que es pensado con ayuda del instrumento político tiene con todo más posibilidad de comunicar que otro, en el estado actual de nuestra civilización y culturas, porque es un instrumento de autoficción. Aunque más no sea desde un punto de vista periodístico, hay que aceptar el estilo. No me dejaré encerrar en el falso dilema entre estilo y sobriedad. Lo que es serio, lo que en verdad importa acá, es estar en el significante. O sea que es estar, también además, en el estilo, porque allí comienza la escritura.

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