Subtrópico Profundo – Cap. 2

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Ir a capítulo 1

Era una fiesta cogotuda en un caserón gravitante de lujo ubicado en alguna exclusiva zona área inmobiliaria de la aristocrática rivera tropical. El ingreso: «SOLO CON INVITACIÓN». Tremendas naves espaciales de cromadas llantas y plateados zócalos lucían en la playa de estacionamiento. Fajos y fajos de dólares, unos puestos encima de otros. Chetos de toda índole ostentaban un andar meticuloso, trajeados como para una liturgia tropical se desplazaban escoltados por impactantes y sensuales baby-dolls y boy-dolls, clonados por el Sindicato de Modelos.

Iban en procesión enfilando hacia una escalinata ancha e iluminada a sus flancos por esculturas proveídas por la Fundación Magnum de Esculturas Vivientes. El ingreso era custodiado por un grupo comando de gorilas de trajes amarillos y vinchas bio-digitales de interacción simultánea y armas automáticas. Bajo el marco rústico de una puerta doble vidriada, iluminadas tenuemente por mangueras led de colores y antorchas y velas rojas esparcidas estratégicamente en pedestales musgosos y despintados, ululaban las entumecidas jetas de los gorilas de la seguridad del predio, encargados de chequear las invitaciones.

Pero Marian no lucía como un jipi ni mucho menos parecía uno. De lejos parecía —capaz— hasta una persona importante. Caminó con paso firme, espontáneo. Tenía swing. Atravesó un micro jardín vertical de cactus de miniatura y flores silvestres de bronce que decoraban un hall con esculturas humanoides dentro de enormes cápsulas transparentes tenuemente iluminadas. Siguió por un caminito zigzagueante de piedras calizas cuyo recorrido final culminaba en unas escalinatas principales, donde finalmente se sumó a la procesión.

En el montón, Marian se encontró con una ex. Una veinteañera con quien había salido uno o dos meses, no se acordaba. Ni siquiera su nombre. Se saludaron protocolarmente, dos besos en la mejilla. “Inútil e inservible, vago, vividor y egoísta, narcisista y caradura”, le había dicho su ex novia, cuando le pidió que abandonara inmediatamente su departamento tras encontrarlo en su propio sofá belga con una amiga demasiado amiga.

Él sabía perfectamente que ella adoraba la buena vida, eso sí recuerda. Salir de shopping dos, tres veces a la semana, renovar el vestidor todos los sábados, vida social plena, gym, spa, noche, siempre beauty.

Algo tenían en común: a ninguno le gustaba trabajar. Ambos vivían de noche y de la noche y eran ventajistas experimentados.

Se cruzaron miradas de arriba abajo y lo supieron enseguida: estaban probando suerte. Él, al menos, venía con el papelito que le había entregado el profesor Pan y que muy probablemente no tuviera ninguna validez llegado el momento. De todas maneras ya lo presentía pero sin embargo probó, también, suerte. Ella estaba ahí por lo mismo. Comerían, beberían gratis y con mucha suerte engatusarían alguna presa a quien podrían chupar la sangre y el dinero hasta que se acaben y todo vuelva a comenzar.

Lógicamente, lo mejor era entrar juntos.

—Lo siento, pero ninguno de los dos está registrado en la lista —dijo uno de los gorilas, con vernácula potencia en su voz, jugando con una birome entre sus falanges, encorsetado en un traje de púlpito amarillo con solapas de oro y moño color petróleo.

Como una experimentada lagartija metiéndose entre recovecos imposibles, Marian sonrió para sí mismo, se llevó un cigarrillo a la boca y lo encendió con un Zippo paraguayo, humeó, y apuntaló como si fuera una celebridad ejecutiva del gobierno de Mono:

—No tiene sentido, debemos estar, mire bien por favor. —Se acarició las cejas usando las yemas de los dedos mayor y pulgar de la mano derecha, del centro hacia afuera. Sonrió.

—Es una fiesta privada —contestó el gorila. Se rascó el cuello, y lanzó a Marian y su compañera un ultimátum depredador. Ladeó su cabeza, y dijo: —No hay ningún error.

—No es posible —jeteó Marian.

—Que él se quede acá esperando —embocó la ex de Marian, probablemente viendo que la situación se empantanaba. Se metió entre él y el guardia, quien ya se empezaba a incomodar manifestándolo expresamente, reventándose los nudillos, haciéndolos sonar—. Yo entro y busco a quien nos invitó, y todos somos felices. —Se sonrió.

—Seamos breves, ¿si? Porque me estoy cansando. ¿Quién los invitó a ustedes dos? Si responden bien, los dejo pasar. Si la respuesta es incorrecta… —Chascó los dedos, el mayor y el pulgar de la mano derecha e inmediatamente aparecieron dos lungos haitianos con remeritas blancas ajustadísimas, anteojos espejados y collares y brazaletes dorados.

—El Ingeniero Profundo nos invitó —dijo Marian, tajante.

A uno de los negros haitianos, el de bulto exuberante, se incomodó cuando Marian mencionó a Profundo. Se arrimó por encima del hombro del otro jetón y susurró algo en su oído. Mientras ladeaba insistió:

—Podrías describir al Ingeniero Profundo.

—Claro que puedo describir a mi amigo, todos los conocen. Siempre viaja en su auto flotador, es un Señor de la Noche… ¡Por favor! ¿Qué es esto? ¿Un interrogatorio?

El monífero haitiano lo socavó con la mirada, estaba a punto de surtirlo cuando, aparentemente, recibió un mensaje. Posó su mano sobre su audífono bio-implantado, que lucía incrustada en sus sienes, y cambió de parecer inesperadamente.

—Disculpen las preguntas, pueden pasar.

 

Básicamente el caserón del Black River era un armatoste modernoso minimaloide de cubos luminiscentes encajados unos arriba de otros. La sala principal albergaba a los invitados repartidos como soldaditos de plásticos arrojados al azar adentro de una caja de zapatos. Un ejército de mozos desfilaba con bandejas plateadas rebosadas de copas de champaña y aperitivos agridulces. Las paredes de la sala principal latían colores vaporosos y ligeros, como un blanco brumoso de madrugada o un verde selvático de mediodía. Intervenciones holográficas disparaban fractales tridimensionales. Un celebrado DJ local desplegaba intermitencias sonoras cósmicas y reverberados electrodubs, metido adentro de una estructura metálica cúbica ubicada en un recodo rematado con dos palmeras inflables de polímero.

Ululaban ilustres sicofantes, abotargados artistas plásticos, timbreros de la confusión, malagueños escultores, transdroides aborígenes, pioneros del digital attack, ilustradores de conflictos, comunicadores de catástrofes, dadores de culpas, litoraleños chovinistas, ceócratas del memorándum, doctores doctorados, poetas performáticos, acróbatas del dramatismo, tituladores de apocalipsis, degenerados sexuales, timberos del Dharma, burócratas de la emancipación, y recuas de millennials y gentuza metroasexuada y andrógina posmo pos, congregada allí en fantástica sinfonía de mostración de materialismo dialéctico y de llamamiento a la cópula.

Lo primero que hizo Marian fue manotear una copa de champaña, y lo segundo fue deshacerse de su ex. Ella se hubiera separado de todas maneras, pensó. Antes de decirle chau, Marian le recordó que pudo entrar a la fiesta gracias a él y que agregaría el favor a la lista de cuentas pendientes. Ella sonrió, desenrolló el dedo mayor de su puño derecho y lanzó al aire un beso imaginario haciendo piquito con los labios contraídos; después desapareció entre los boy-dolls del Sindicato de Modelos, que contorsionaban sobre plataformas gravitantes unipersonales de baile, mientras sus bronceados músculos eran untados en vaselina, por jovencitas alienadas y adoradores de los polímeros.

Marian se acodó sobre la barra. Encendió un cigarrillo justo cuando terminó su copa de champaña y otro mozo la repuso. Una traílla de chicxs pin-up pasó adelante suyo a las risotadas, enaltecidos con tragos largos de gin-tonic, debatían respecto de la perfección estética posmo pop de la compositora y modelo británica Sophie Ellis Bextor. El noctámbulo ñeri de la noche correteó a una jovencita a la cual engatusó rápidamente con su parla. “No soy actriz, soy artista”, le dijo la bailarina que había abordado al azar. La jovencita estaba a punto de morder el anzuelo cuando dos rinocerontes se apostaron a sus espaldas.

—Parece que te buscan —dijo ella.

—Venga con nosotros, alguien quiere verlo. Será breve, no se preocupe —dijo uno.

Marian los recortó:

—No bailo con chicos. Me decías… —Procuró retomar la conversación con la bailarina.

—No me obligue a usar la fuerza —insistió el rino que primero lo había interpelado, el más bonachón. Mirándolo asesinamente desde un plano cenital, instó al susodicho que acompañarlos será la única opción. Lo atenazó amablemente por la nuca con una de sus manotas, y girándolo en dirección contraria Punk se lo llevó sin más como a una media cargada de arena. Punk prometió a la bailarina que volvería. Ella sonrió y lo siguió con la mirada hasta entremezclarse entre el gentío.

 

Las puertas metálicas del ascensor se abrieron del medio hacia arriba y abajo. Un depósito rústico transformado en una especie de oficina de mandos, saturada de pantallas de montón de tamaños y entretenimientos holográficos, distribuidos alrededor de un escritorio plateado detrás del cual brillaba una biblioteca cromada, colmada de libros antiguos. Sobre un costado, unos sofás y sobre otro costado, dos guardaespaldas. El lugar parecía un garaje apenas iluminado por las fosforescencias azul verdosa de las pantallas y las holografías. De las penumbras salió un hombre calvo, de mandíbula carretillada y tez mortecina. Se sentó a la silla detrás del escritorio, sobre el cual había montoncitos de carpetas rojas.

Marian intentó encender un cigarrillo pero uno de los rinos se lo sacó de la boca y lo apagó cerrándolo su puño frente a los ojos de Marian, un llamado de atención. Después el rino sacó del bolsillo de su sacó las identificaciones de Marian —que las había hurtado en el trayecto— y las puso encima de la mesa. El viejo las agarró y las batió entre las manos mientras las calificaba como un profesor rencoroso.

—Su carné social está vencido, señor McCulloc.

—Lo voy a renovar, cuál es problema —contestó.

El viejo ladeó una sonrisa sin despegar los labios.

—Sí, evidentemente usted vive de noche, señor McCulloc. —Marian seguía parado. Las pesadas manos de los rinos, una sobre cada hombro, pesaban como yunques—. En la entrada dijo que venía de parte del ingeniero Profundo, que estaba en la fiesta y que debía encontrarlo.

—No sé, tal vez decidió terminar la noche en otro lado.

El viejo le pidió que describiera a Profundo, que describiera cómo era físicamente Subtropicando Profundo. Marian titubeó. Enseguida después aseveró que lo conocía “hace mucho”. Y detalló, intentando sonar como si fuera real:

—Él me invitó, me dijo que viniera, lo vi hace un rato. Seguro viene para las cinco, le gustan los finales de las fiestas, el tipo es algo rebuscado —Se sonrió. El viejo juntó las cejas en señal de fastidio—. ¡Las resacas que habremos pasado juntos fueron inolvidables! Otro día con más tiempo, se las contaré… —Una de las manos, la que atenazaba su hombro izquierdo, apretó con fuerza e hizo crujir sus huesos. Marian lanzó como un quejido.

—Evidentemente usted tiene mucha suerte, señor McCulloc, porque yo jamás pude conocer al ingeniero Subtropicando Profundo. Justamente, organizo fiestas para poder conocerlo.

Punk se sonrió y no le quedó más que escupir la verdad o algo parecido a eso:

—Bueno, en realidad no lo conozco tan bien… Solamente mencioné que lo conocía para poder entrar.

—Y funcionó muy bien, señor McCulloc —expresó el viejo, reacomodándose su trasero en la silla—. Ahora está acá frente a mí, conmigo. En retribución —prosiguió—va a encontrar a Profundo por mí.

—Por qué no contrata un detective, es gente que suele hacer un buen trabajo —soltó Patricio Punk.

El viejo negó con la cabeza.

—Pero usted, señor McCulloc, al igual que Profundo, vive de la noche. Así por lo menos, su vagabundeo tendrá un propósito. Y una motivación: cincuenta mil pesos, diez mil ahora, en efectivo y por adelantado, el resto cuando encuentre a Profundo. —El viejo abrió un cajón y sacó un sobre marrón con el dinero y lo deslizó sobre el escritorio.

Marian miró de reojo el sobre.

—No soy a quien busca —dijo Marian. El viejo se levantó de la silla y lo escrutó severamente con sus clarísimos ojos azules y le pasó la mano. Marian la estrechó, y mientras estrechaban sus manos y el viejo apretaba con fruición, lo interpeló:

—En efecto, señor McCulloc. Usted es la persona que estoy buscando.

 

Viajando dentro del flytaxi de vuelta a las andadas, rumbo hacia otro tugurio, Marian contemplaba la ciudad disipándose en el devenir de sus cosas y sus trajinares. Todo estaba igual que siempre o parecía estarlo, pensó Marian. Pero Marian no piensa a las cosas ni en general ni en particular. Marian solamente va y va. Flotaba sobre las calles húmedas un manto amarronado, como si las cosas que pasaran delante de sus ojos fueran sucesivas fotos en sepia concatenándose a su corteza cerebral y vibrando en la punta de sus cabellos. La noche es así en Resistencia city tropical.

Llegó a un tugurio de las márgenes sociales de la noche falaz. Pagó el flytaxi, bajó y cruzó la calle y entró. Esta vez no tuvo que sortear a ningún patovica; era un conocido suyo. Pasó de largo saludándolo con la mano y preguntándole por el resultado de un partido de fútbol.

El bar tenía las paredes ladrilladas e iluminación diluida en haces cálidos y colores primarios. Estatuillas de San La Muerte, talladas en hueso humano, algunas de tamaños extraordinarios, decoraban santuarios holográficos ubicados en un altar atiborrado de velas fluorescentes. Sonaba “What Do I Do” de Andrew Savage pero Marian tenía ganas de escuchar a Jehnny Beth. Fue a sentarse a su mesa del fondo, junto a la barra.

 

 

Rudy Pan discutía por teléfono, parado a unos metros de él, dando vueltas en círculos. Pegó dos, tres gritos y colgó. Se acercó a la mesa y se sentó frente a Punk protestando:

— ¡A la mierda las apuestas! —protestó Pan, y sentó a la mesa.

—Me sucedió algo extraño —comentó Marian.

Un mozo dejó sobre la mesa una botella de champaña.

Marian contó todo a Pan, que un viejo loco le ofreció cincuenta mil pesos para encontrar a un tipo, un tal Profundo.

—Si no fuera por lo de la guita, diría que te metiste en algo turbio —embocó el emérito profesor Pan y preguntó, armando cara de despojado—: ¿quién es ese tal Profundo?

—No tengo idea —dijo Marian, echándose para atrás, y bebió a sorbitos de la copa la champaña.

Pan tenía aspecto dostoievskiano, era mofletudo y su jeta se ceñía en penumbras. Aguardo un instante, y propuso:

—Conozco un poli. Suelo comprarle información para mis conchabos. Pero también funciona intercambiando información, si le das un dato, él te da otro.

—Pero solamente tengo un número de celular —se quejó Marian—. El número de teléfono que me dio el viejo loco. Me dijo que si encontraba a Profundo, lo llamara inmediatamente.

—Suficiente —sentenció Pan—.

En eso llegó el patovica de la entrada y se sentó a la mesa y comentó:

—Ese tal Profundo pisa fuerte, vino a este bar dos o tres veces y tal vez aparezca en una hora y solamente tengas que ir a cobrar la guita.

Pan lo miró al patovica y se volvió sobre Marian y dijo:

—Este pelotudo tienen tiene razón, solo tenemos que hacer correr la voz entre la gente del hampa que conocemos y seguro aparecerá.

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