Subtrópico Profundo – Cap. 1

1

 

El noctámbulo ñeri del Gran Humedal encendió un porro dulce Snowdawg II, saboreó su textura firme, su aroma frutal, y exhaló cortinas de humo por las fosas nasales. Se relajó. Siguió caminando. Marian es un as de la perfidia, un busca gold, un domador de suegras consumado. Sabe que para entrar a Disco Perrando tiene que hacerse el chico Gosling.

Arremetió armando jeta de sobrador cuando, pasando por al lado de una fila de modelos jijiji —a quienes, cual conquistador natural—, acometió su sonrisita más pop. Las modelos, no vanas de fiestas locas, le devolvieron la gentileza. Luz verde, imaginó, todo puede pasar. Pero todavía era temprano para flirtear a lo Foxy Lady. La victoria estaba en estado de expansión. A punto de cruzar la puerta metalizada de acceso, cuando un brazo hercúleo se metió entre él y la expansión de la conquista.

Era Benito, el patovica. Se la tenía jurada, quería convertir su jeta en un cuadro de Bacon. Benito era enorme, un metro noventa y cinco de altura y ciento veintitrés kilos de músculos inflados con esteroides inyectables.

— ¡Ni sueñes que vas a pasar! —Lo apuró, presionando su antebrazo contra el pecho del galán. Presionó fuerte, le dolió la fricción a Marian—. Te dije que no quería verte otra vez por acá, qué pasa, ¿me estás cargando? —Casi podía sentir su aliento aguardentoso soplándole la nariz. Se ofuscó, haciéndose el gracioso, tampoco le quedaba otra:

— ¡Vamos, Benito! —dijo, como diciendo: “Dejate de joder, ¿cómo no me vas a dejar pasar a mí?”, aunque queriendo sonar como: ¿En serio no me vas a dejar pasar a mí?

— ¡Lacra! ¡Zángano! ¡Mierda con dos patas! ¡¿Cuántas veces te dije que no quería verte más por acá?! —retrucó Benito, su tatuado antebrazo atenazaba el esternón de Marian hasta complicar su respiración, luego lo zamarreó unos segundos y recién después lo soltó. Removió el aire con su dedo índice, practicando su jeta una actitud de fastidio, y lo ultimó—. Si te veo parado un segundo más dentro de mi campo visual, no te velan a cajón abierto. ¿Me entendiste? ¡Rajá de acá, rata!

No tuvo chance. Rajado volvió por donde vino. Caminó seis, siete, ocho pasos, frenó y encendió un cigarrillo apuntando el mentón para arriba. El cielo está despejado. La luna partida a la mitad. Siguió caminando. Echó humo por la boca. A pocos metros del tugurio, volteó y observó a Benito. El hijo de puta de Benito.

Escuchó las carcajadas del mastodonte. Estaba regodeándose, mostrando sus cuádriceps inflados artificialmente frente a un grupito de reconocidas modelos del ambiente, entre las que sobresalía por supuesto Chaparrísima Huppans, secretaria general del Sindicato de Modelos. Era una rubia platinada de make-up felino y encandilador. Su humanidad sexual de exageradas curvas y contracurvas contenidas adentro de un vestidito anaranjado fluorescente —con estampados tropicales en fucsias repentinos— a punto de estallar. Un metro ochenta y dos centímetros de piel dorada y untada en ingentes cantidades de potes de crema humectante, impactantes tetas siliconadas y largos y fornidos brazos y piernas salpicados de tatuajes tribales y superfluos. Benito se perfilaba hacia Chaparrísima, le mostraba sus bíceps.

Es un insano mental, no puede estar decidiendo quién entra y quién no, pensó Marian.

 

Gente famosa y perpendicular se muestra en Disco Perrando. Es un antro solicitado por la selecta y aceitosa fauna del gran humedal litoraleño. De todo pasa en sus pistas de baile y pasillos y bares y compartimentos vip, cualquier cosa puede pasar, en cualquier momento. Es blindado a la luz solar y está abierto las veinticuatro horas. Mucho chicobien, de guita regalada, adolescentes acomodadas y colocadas, de vida despreocupada, playita, gym y próspero devenir dinerario. Mucho chanta también, muchas papas fritas. Pescados a montones. Cocodrilos. Políticos, narcos, empresarios, banqueros, abogados, estafadores, contadores de la mafia local de la city, aglutinadores de dólares y facilitadores de tragedias, para todas y todos había un lugar en Disco Perrando.

No es el caso concreto Marian, que en realidad no se llama Marian sino Mariano McCulloc.

Fue el propio Mariano quien autoproclamó su mote. Servirá, pensó: es grasoso, pretencioso. Es chic, es cool, mensuró Marian. Su condición de perpetuo desocupado lo obligó a arreglárselas solo desde la época de la secundaria, cuando huyó de la mediocridad del periférico Barrio San Cayetano y de su casa de los cintarazos de su padrastro alcohólico y de su madre cocainómana.

Al principio se enfocó en el narcotráfico, cuyas ganancias eran abundantes y no se comparaban con la de una ocupación honrada como la de albañil o cuidacoches o fletero o arbolito de la city porteña o ministro de educación o policía o anarquista ponebombas. Si algo había tenido Marian desde niño, a pesar de haber nacido en un barrio tremebundo, era una excepcional belleza física. Su lindura y avidez, pivoteada estratégicamente en su temperamento álgido y cariñoso y su sentido del humor y su apertura para la comprensión del funcionamiento del género femenino, lo ensalzaron como una figura predominante del pop noventista.

Acabada la secundaria y terminada su carrera en el narcotráfico por causa de una aventura amorosa con la hembra propiedad del capo narco del cartel de la Tropicana, que terminó en trapisonda y tiroteos y cuchilladas, huyó para sobrevivir a la narcótica ensoñación de la vida nocturnaria que una y otra vez, hiciera lo que hiciera, lo acariciaba sólo bajo las estrellas corruptas de una profesión de engaños, estafas y joda.

En esos niveles de vida, infiltrándose y adaptándose rápidamente a los excéntricos caprichos de los privilegiados hijos del poder, conquistó la noche. Se hizo noctívago de profesión. Aprendió cómo sacar ventaja frente a situaciones adversas, e incluso cuando no tenía un peso para pagar una piojera y descansar hasta la noche siguiente, Marian siempre se las arreglaba para dormir bajo sábanas limpias y perfumadas.

Por eso, cuando vio venir a su presa caminando por la misma vereda, en sentido contrario, se espabiló. Era uno de los cocainómanos más populares del mundillo de la fafafa, vocalista de la banda de pop electrónico Los Lamisiles. No recordaba su nombre, pero lo sabía de igual modo un papanatas estupendo. Tengo salvada la noche, pensó.

— ¡Ey, yo te conozco! —exclamó, jocoso y dicharachero, al borde de la sobre actuación Marian, casi mandándose al frente. Hizo un esfuerzo exagerado cuando abrió los brazos como si fuera a darle una calurosa bienvenida. El cocainómano se muestró confundido y aminoró el andar. Marian aprovechó para seguir engatusándolo—. Te conozco… Del fin de semana pasado… ¿Te acordás que fui tu plomo en el recital que dieron para los chicos pobres de El Impenetrable? —Mentira. Marian jamás había siquiera agarrado una escoba en su puta vida, nunca le gustó laburar, y ciertamente el vocalista de Los Lamisiles jamás había visto un indio en su vida.

—… es la primera vez que te veo —respondió él, forreándolo en seco. E intentó seguir caminando.

— Sí, nos conocemos —insistió Marian, adelantándose—. Me hiciste un favor y quiero devolvértelo. —Hizo un gesto con su dedo pulgar, llevándoselo a la nariz. Le guiñó un ojo y se acercó al Lamisil para su susurrarle–. Tengo mercurio de la Tropicana, la mejor calidad… Virtualmente pura.

La jeta del cocainómano pasó de la confusión a la alegría en un instante.

— ¡Uuuy sí! —exclamó haciéndose el sonso, se agarró de la cabeza con las manos, despabilándose—. Ahora te recuerdo, querido… —Estrechó la mano de Marian y luego lo congratuló con dos palmaditas en el hombro—. Vamos… vamos adentro, yo invito.

 

Obviamente: Benito dejó pasar al cocainómano pop, quien por su condición de famoso gozaba del privilegio de pasar gratis a todos lados. El vocalista lamisil fue recibido bajo las puertas metalizadas de acceso a Disco Perrando por un público escueto aunque afectuoso, que empastó al campeón con abrazos y sonrisillas condescendientes de bienvenida. Lo avivaron, sobre todo, las modelitos del Sindicato. Marian secundó al cheto, pero Benito lo interceptó de nuevo. Misma forma, mismo método.

— ¡Creíste que ibas a escapar, pelotudo! —lo cruzó. Frunció el ceño de tal manera que Marian pensó que entre sus cejas podría doblar un cuchillo Tramontina.

— ¡Estoy con él! ¡Estoy con él! —apuntó Marian con el brazo extendido, agitándolo, en dirección al cocainómano pop. Sacando chispas Benito lo pecheó, forcejearon un poco. Benito se mofó.

— ¡Oh sí! ¡Con él! Seguro que sí… —Lo agarró por los hombros como a una musculosa percudida recién enjuagada y volvió a zamarrearlo, antes de tenderlo.

— ¡Ey! ¡Ey! —se berreó Marian.

El cocainómano pop se había detenido para coquetear con Chaparrísima y su escolta de insufribles modelitos intolerablemente cool. Pintón hipster de la precipitante urgencia benzoilmetilecgonina, acudió al llamado de auxilio y lo chistó a Benito. Batió el aire con su dedito y Benito, no sin componer un gesto de fastidio, no tuvo más que dejarlo pasar.

Sacó la soguita roja acordonada del pedestal, y liberó el acceso.

—Gracias —dijo Marian de oídas, cuando pasó junto a aquel zoquete de músculos y cerebro atrofiado.

Benito mascó tirria, y lanzó un latiguillo.

—Salvaste el culo, rata —susurró, y se quedó mirándolo entrar muy a su pesar. Rechinaron sus dientes y su mandíbula carretillada tronó como una amoladora, aunque enseguida volvió a concentrarse en sus bíceps.

 

Adentro de la Disco Perrando el cocainómano pop enredó su brazo sobre la nuca de Marian, en una zona próxima a las barras y al bullicio, compuso el gesto típico y universal de quien quiere esnifar fafafa, dándose toquecitos delicados en las fosas nasales. Pegó una ojeada  en dirección a los baños y apuró.

Marian jamás tuvo el maravilloso alcaloide tropano cristalino consigo. Venía a cuento nomás, había que entrar a la Disco Perrando. Con la misma jeta que lo encaró, recalculó palpándose los bolsillos de los pantalones y los interiores de su saco verde oliva, y reconoció que en realidad se la olvidó antes de salir, que lo disculpe, que recién se acordó. Para darle más credibilidad a su versión mencionó que se la olvidó sobre la mesita de luz, en una bolsita ziplox. Después le preguntó:

— ¿No tendrás vos para convidarme?

El drogón sólo atinó a sonreírse. Calzaba una camperita negra de cuero y pantalones chupines ajustados color fluorescente púrpura. Tenía actitud de artista autobiográfico. Un peinado indie noventoso envolvía su cabeza como a una vía láctea, lucía media barba de una semana y siete días y abusaba de un tic despreocupado. No era muy inteligente, evidentemente actuaba como lo haría cualquier celebridad pop de su lamentablemente viralizada raza de millennials posmo apáticos, ensimismados en su cromada existencia de consumo de drogas sintéticas y brillantina virtual de las redes sociales. Es decir, era un verdadero idiota.

— Jipi de mierda —dijo el idiota, y se fue.

 

Cuando Marian se deshizo del cocainómano paneó la escena en curso. Ni arrancaba la joda real. Iluminación cálida, brumosa. Gente dispersa gravitando de mesa en mesa, más que nada: modelitos, políticos y celebridades de la televisión. Pansexuales intercambiando fluidos en rincones penumbrosos de la previa de la Disco Perrando, también se podía encontrar. Música dub-ambiental: “The Soft Parade” de los Doors, por Sons of Hippies. Spots publicitarios tridimensionales se replegaban en cascadas azuladas sobre sí mismos. Adolescentes exuberantes entraban y salían de los baños, conectados analógicamente a sus computadoras portátiles.

Marian se paseó junto a la barra desplegando una sonrisita incipiente de viernes o sábado por la noche. Un pasillo circular lo condujo hacia unas escalinatas metálicas que lo llevó a su vez a una zona exclusiva de habitáculos que albergaban sillones tapizados con cuero de yaguareté cincelado y mesitas redondas al estilo francés adormilado y ornamentados en su centro con un proyectorcito apuntando al techo rojísimo de lunares blancos, donde se reproducían hologramas publicitarios. Desfiló por los habitáculos espiando por las puertitas entreabiertas hasta que Marian encontró a quien andaba buscando: el profesor emérito Rudy Pan, a quien se veía muy bien acompañado acurrucado dentro de las tetas de una veterana de compañía del Sindicato. Bebían champaña Don Perignon.

Rudy Pan era un consumado nocturnauta y compinche de juergas de Marian. Solía mostrarse acompañado de divorciadas de belleza sofisticada. Marian entró enseguida y no dudó un segundo en sumarse a la mesita y encender un cigarrillo. Pidió al servicio de mesa que le trajeran lo mismo que bebía Pan, e inició enseguida la conversación:

—Che, hay que hacer algo con Benito —comentó ni bien depositó sus nalgas en la silla—. Siempre tengo problemas para entrar, me hace la vida imposible… Es un hijo de puta. —Chupó su cigarrillo, paneó el escote profundo de la divorciada que acompañaba al profesor emérito, y luego volvió la vista a su compinche, que, sentado frente a él, en silencio, se desdibujaba de fastidio en medio de la semipenumbra  humosa del exclusivo antro. Arriba, en el techo, una publicidad del régimen del Virrey —. ¿Qué hacemos esta noche?

Pan lanzó una mirada rencorosa:

—Vos no sé, nosotros nada —contestó Rudy en seco, tirándose hacia atrás y colocando su brazo entre la nuca de la divorciada y el respaldo de la silla—. Mariana está cansada, tal vez veamos una película en casa… —Tenía una voz finita, pero firme. Su mirada de asco era legendaria en la noche de la city.

Marian, palpando en el aire que la cosa no venía por ahí, cambió de tema. Fue al punto:

— ¿No tenés nada para mí?

—Alguna vez tendrás que conseguirte tu propia droga —fulminó Pan. Bebió un sorbo de su whisky y descansó la mano derecha en la rodilla de la divorciada. Sintió cierta pena por la precipitada vida de migajas de Marian McCulloc, quien hace añares venía escarbando en las contiendas de las noches tropicales, sobreviviendo de prestado.

El profesor emérito lo ayudó una vez, una noche, a cambio de un favor para despistar a un secuaz del cartel de la Tropicana, y ya no se lo pudo sacar de encima. Se hicieron compinches, a la fuerza.

—Sí, tengo algo para vos. —Metió la mano dentro del bolsillo interior de su chaleco de cuero rojo. Sacó un papelito blanco del tamaño de una tarjeta personal y lo depositó encima de la mesa. Luego, como si nada, continuó manoseando la pierna de la tal Mariana, regalándole caritas mimosas y obsecuentes. Enseguida volvió la vista hacia Marian y, pasándole un papelito doblado al medio que sacó de otro bolsillo,  Pan dijo:

—Podés conseguir más en esa dirección. Si preguntan, vas de parte mía —Marian agarró rápidamente el papelito y lo guardó en el bolsillo de su pantalón. Con el dedo meñique de su otra mano deslizó el sobrecito del centro hacia el borde de la mesa y lo dejó caer. Bebió otro sorbo de Don Perignon y meneó el vaso haciendo colisionar los cubitos de hielo. Se sonrió. Sus ojos emitieron un brillo cautivador. Su pulgar aplastó la colilla del cigarrillo dentro del cenicero.

—Gracias —dijo, levantándose—. Después seguimos conversando.

—Sí, sí, después nos hablamos —contestó el profesor Pan aunque sin prestarle más atención al asunto—. Yo te llamo, no apagues el celular, eh. —Pan finalmente lo despidió y volvió a enfocarse en la eyaculación de mimitos presurosos al oído de la divorciada, quien lanzó una mirada lasciva a Marian antes de marcharse.

A la salida, otra vez, lo interceptó Benito.

— ¡Voy cagarte a trompadas! ¡Voy a matarte! Una mierda menos le hará pensar mejor a la gente. —Lo increpó el rinoceronte tomándolo con sus puños por las solapas del saco, y sacudiéndolo como a una baby-doll sin baterías lo acorraló contra una zona penumbrosa, fuera del alcance panóptico de las cámaras de seguridad y del muro perimetral de acceso a Disco Perrando cuyas puertas de acceso Benito custodiaba como una comisaría de la moda. Darkside retumbó desde el interior de la pista de baile. “Freak, go home” en su versión original electro-dub del glamoroso Psychic.

Benito estaba a punto de surtirlo cuando un rodado gravitante de vidrios espejados descendió junto al cordón de la calle sin detener la marcha del motor. Una de las ventanillas bajó. Parecían observarlos desde dentro. Benito cogoteó y no dudó en componer una sonrisita condescendiente.

—Ingeniero Profundo, ¿cómo está usted? —apresuró en saludar Benito como si estuviera frente a una autoridad del régimen—. Esperamos tenerlo muy pronto por acá. —Asintió con el mentón en señal de reverencia. —El flotador volvió a elevarse, dejando debajo una humareda blanca que rápidamente se esparció  por la húmeda calleja de la discoteca.

Marian lanzó una carcajada:

—Estamos muy lejos, es imposible que el tal Ingeniero Profundo te haya escuchado. Además, ¿cómo alguien puede llamarse así?

— ¡Claro que me escuchó! —ladró Benito, empujándolo a un costado y lanzándole un escupitajo que por poco y se estrella en su pecho. El mastodonte gruñó y lo puteó acaloradamente—. ¡Rajá de acá, rata miserable! El ingeniero Subtropicando Profundo es un Señor de la Noche. Vos en cambio, jipi, estás con el tiempo prestado. ¡Estás muerto! ¡Muerto! ¿Me escuchaste? —Amagó con lanzar una trompada pero fue suficiente para que Marian trastabillara y tropezara con el desnivel de la calleja, y tambaleara—. ¡No quiero volver a verte por acá! —lo ultimó finalmente, revoleando su puño al aire como si fuera un machete.

Marian caminó en dirección a los countrys flotantes del Río Negro, una zona exclusiva de la aristocracia del régimen y jefes corporativos y jefes narcos del cartel de la Tropicana. Encendió un porro arrugado que encontró en su bolsillo, caló hondo, aguantó unos segundos la respiración y soltó el humo. Se sintió plenamente revitalizado a pesar del incidente con Benito. Sacó el papelito que le había entregado el profesor Pan y lo desplegó y leyó la dirección y dobló en la esquina siguiente. Ese hijo de puta de Benito, me las voy cobrar algún día, pensó.

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