La cometa

«Algodón que se va, que se va, que se va».
¿Dónde se va el algodón?

 

— ¡Dame to’a la guita qui te pidí, o le hacemo quilmbo a la Stafuza! ¡¿Me escuchaste lo que ti dije?! ¡¡¡Sacame la guita ya!!! ¡Ya! ¡Las triscienta luca! —gritó Armando Rebenque Carranda, haciendo estallar la furia de su enorme puño contra el escritorio del secretario municipal, Eugenio Gallordomo, ante la casual presencia de la notarial asistente de éste, quien intercambiaba fugaces miradas de complicidad con su amante mientras enviaba mensajitos de texto a sus amiguitas con el celular corporativo de los funcionarios públicos, que pagan todos los subtropicantes con sus impuestos.

— ¡Pará un poquito, Rebenque! —bramó Gallordomo, frotándose la nariz con sus dedos índice y mayor, un tic recurrente cada vez que se ponía incómodo.

— ¡Qué pará! ¡Qué pará! Sacame la guita o le armamo flor de quilombete a la intendenta, ¿m’intendiste?

Gallordomo no podía comprender cómo aquella criatura gorda y obesa lo estuviera increpando de manera descarada, en su propio despacho de la Municipalidad de Resistencia City Tropical. La jeta anaranjada de la intendenta radioactiva Edith Flecos Stafuza colgaba de un cuadro porongoso a sus espaldas. En una pequeña habitación (que antes fue un depósito de pelotas pinchadas), de no más de dos por tres, todo sucedía vertiginosamente: el sonido metálico de las paletas del ventilador girando y soplando un viento caliente que soplaba por debajo de las axilas de Carranda desprendiendo de allí abajo un fétido olor a catinga, que contaminó todo el cuartucho donde hace un par de meses nomás comenzó a funcionar la oficinita guasca del secretario Municipal de la Cultura Tropical, tal era el cargo con el cual lo había congraciado Stafuza para afrontar el período de campaña eleccionario para renovar cargos en toda la polis subtropical.

Rebenque Carranda, conocido guitarrero del folklor más ramplón y grasiento, había estado dos meses atrás, sentado ahí, en ese mismo despacho, sacándose una foto de prensa junto a un flamante Gallordomo (que días después fue publicada en el diario La Voz de la Verdad), luego de la firma de un convenio-marco que permitiría a un grupúsculo de músicos populares (autodenominados “populares”), por él regenteados, hacerse de un cúmulo de actuaciones gratuitas en distintos centros comunitarios del Chaco Profundo a cambio de una jugosa suma de dinero de seis ceros para “bajar línea” a favor de la campaña proselitista STAFUZA GOBERNADORA.

Por eso Eugenio Gallordomo no podía creer cómo aquel gordo, siendo media mañana de un viernes, ¡último día de la semana!, todavía tuviera cara para estar sentado de nuevo frente a él, que le había gestionado el pago anterior, chantajeándolo, exigiéndole más guita y pegándole a su escritorio de manera sistemática y repetida. Sin embargo, Eugenio Gallordomo no podía perder la compostura; era un político ante todo y era su deber administrar los intereses culturales tradicionales del Partido Anaranjado Tropical.

— ¡Pará un poquito, Rebenque! ¡Dejá de gritar! —Volvió a insistir el funcionario, levantándose de la silla y rodeando el escritorio de chapa oxidada, algo nervioso—. ¡Bajá un cambio, querés! No te puedo sacar trescientas lucas de un día para el otro, ya conocés cómo son los trámites acá… además, ¿qué hicieron con la guita que les depositamos hace dos meses? ¡Dejate de joder, Carranda!

—… is qui lo músico populare necesitan trabajá, compañiro —retrucó el gordo, bajando el tono de voz, ahora más quejoso que demandante.

La secretaria de Gallordomo seguía enviando mensajitos de texto, apartada en un rincón de la oficina, cumpliendo a la perfección su función de hacerse la pelotuda, la que no está escuchando nada. El lugar apestaba a transpiración avinagrada. Volaron tres moscas.

Rebenque Carranda por su lado no movería su culo de allí hasta obtener algún beneficio (en el siguiente orden): personal primero y gremial después. Por algo lo habían nombrado delegado plenipotenciario del autodenominado Círculo Tradicional de Folkloreros del Subtrópico: porque sus pares lo consideraban un capataz en materia de carroñarle al Estado guita para actuaciones chamameceras, las cuales a veces ni siquiera se realizaban a causa de las grandes cantidades de vino barato con soda que ingerían antes, durante y después de los mortales asados con los cuales engordaban mes a mes hacía tiempos primigenios.

—Mirá, Rebenque… Voy a proponerte que hagamos lo siguiente —dijo Gallordomo, se sentó otra vez en su silla y, dibujando una sonrisita conciliadora en su cara, anotó en un pedacito de hoja de resma usada la suma de dinero que le ofrecería a la Rebenque Carranda y sus músicos populares, a cambio de evitarle un quilombo pre-eleccionario a la alcaldesa Stafuza. El funcionario deslizó el papelito con su dedo índice sobre la superficie del escritorio, hasta que el gordo chanta lo agarró. Observó detenidamente la suma de dinero propuesta, y arrugó la pera condiciendo con ello que la consideraba un vituperio. Su oblonga jeta, repleta de pocitos porosos, sudaba la gota gorda. Una de las moscas se depositó sobre su hombro y comenzó a frotar sus patitas traseras.

—Eugenio, yo no li puedo caé a lo´vago con ista miseria, chamigo —lo regañó Rebenque, lamentándose, y agitando el papelito en su mano en señal de desaprobación—. No nos alcanza ni pa’la docena de empanaá, vo me entendé, Euginio… Mirá que si no vamo a tené que movilizarno nomá y plantarno nomá con la carpa frente al municipio, con guitarriada y oya popular, ¿eh?, y eso no le va a gusta na’a la Stafuza.

—Bueno, mirá, hagamos una cosa, Rebenque. Me estoy cansando, viste… —retrucó el secretario municipal Gallordomo, evidentemente hartado de la situación—.Te saco la mitad de lo que me pedís y te pago en dos meses, la primera parte ahora… es lo que hay. A cambio vos me tenés que hacer el laburito que te pedí para Stafuza. Ya sabés, en el Primer Festival Provincial de la Naranja, será en Pozo del Muerto Profundo, en Samuhú.

Carranda sacudió la cabeza. Pero la mosca seguía allí, sobre su hombro. Puso la mano encima de su pansa, dejó el papelito con la vieja cifra sobre el escritorio y con fingida naturalidad soltó una carcajada graznada dejando en el ambiente un barandal a vino terrible; una carcajada devenida en ataque de tos tuvo consecuencias similares, salpicando trocitos de viscosidad mucosa de color amarillento, que, lanzados perpendicularmente al espacio abierto desde el interior de su aguardentosa boca, fueron a dar en distintas zonas de la espantada carucha de Eugenio Gallordomo.

Rápidamente su asistente, secretaria y amante, quien gozaba de un modesto contrato de gabinete de sesenta mil cuatrocientos cincuenta y siete pesos al mes, acudió en su ayuda escandalizada, lanzando grititos, ay, ay, ay, meneando en sus manitas unos pañuelitos descartables y dejando que el teléfono celular que pagan todos los ciudadanos tropicantes cayera al piso y se rompiera. El secretario Municipal de la Cultura Tropical se paró en forma inmediata, producto del asco que le dio el gordo chanta, y se limpió la cara con los pañuelitos descartables mientras su notarial asistente pululaba a su alrededor.

Rebenque Carranda demoró algún tiempo en ponerse de pie, ya que sus caderas eran extremadamente anchas y encima media casi dos metros; le costó una barbaridad zafar su gran culo de allí. Una vez superada esta dificultad, la mosca que frotaba las patitas traseras sobre su hombro echó a volar. Dio algunas vueltitas y terminó su periplo sobre el escritorio, donde Rebenque la aplastó con la áspera palma de su mano. Y luego, mirando a su interlocutor público y su notarial asistente, dijo:

— Ta bien, si vó me dicí que isto es lo que tené pa’dano, yo ti crio compañiro y acá mesmo nomá cerramo il convenio dil fistival, llamamo a la prensa y hacemo la foto… —Rebenque la tenía clara. Y lo sabía. No iba a poder sacarle más guita a Gallordomo; a pesar de que su cara de boludo lo tentaba para arrancarle alguna que otra tajada más, desistió poniendo punto final a la apretada y llevándose de buenas a primeras ciento cincuenta mil pesos.

Gallordomo no aguantaba más el hedor que expelía Carranda por todos sus poros en su oficinita asfixiante. Así que rápidamente ordenó a su secretaria que mandara armar el convenio y que a más tardar el viernes, le dijo, le depositarían el pago en la cuenta bancaria de la Cooperativa de Músicos Tropicales Lda. presidida, naturalmente, por Carranda. Antes de que atravesara la puerta, la secretaria se inclinó hacia adelante para alzar el teléfono celular que había caído al piso, empinando su enorme culo a la vista de la platea masculina presente.

—… que venga Funes a sacar la foto para la prensa —mandó Gallordomo, a lo último, justo en el momento en que su secretaria cruzaba la puerta y la cerrara delante de ellos meneando sus tropicales nalgas, y él quedara a solas con el gordo Carranda, más conocido por su alias paisajístico, Rebenque, folklorero de ley, chamamecero del sapucay paisajístico, domador de coplas tutelares, mateador tempranero de la resaca sangrienta, ortodoxo de la chacarera del monte, allí con él, estrechando su mano sudorosa y aceitosa y debiéndole ofrecer una sonrisita fingida, rebuscada. Todo sea por Stafuza, santificado sean tus Flecos.

“Ciento cincuenta mil pesos no son nada a cambio de lo que conseguí”, se dijo a sus adentros adentrísimos el funcionario público de la city tropical, al tiempo que miraba a los ojos saltones de Carranda. “Nos evitamos un quilombo, y fui yo quien lo evitó. Yo solito negocié la guita con este gordo hijo de puta y desactivé el quilombo que se nos venía encima, alguien tenía que hacerlo, ¿no?, ¿Quién, si no yo, hubiera podido resguardar la imagen política de nuestra señora intendenta Edith Stafuza, nuestra guía, nuestra líder espiritual? Encima estamos en plena campaña, tenerlos a estos hijos de remil putas chamameceando en las puertas de la comuna, nos afectaría en las encuestas… Claro, si el gordo y su grupúsculo de ladronzuelos no son ningunos caídos del catre. Pero es mejor tenerlos de nuestro lado, mientras tengamos la guita y podamos pagar, pagamos. Y de paso repartimos entre los naranjo-amigos que jugarán para nosotros en la campaña, ¿no?”.

 

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