Autobiografía de una estrella porno

Por Dylana Davilon

Cuando descubrí por pura casualidad que era exactamente igual a la actriz sueca Greta Garbo —más parecida, eso sí, a la Garbo de los años del cine mudo— salí corriendo a contárselo a papá. Pude habérselo dicho a mamá, a mi hermano Fausto o a mi prima Julieta. O pude haber recurrido incluso a mi novio de entonces, Severino, o llamar por teléfono (suerte que no lo hice) a mi amiga muy especial Verónica. Sin embargo, no sé por qué, pensé en papá. Papá debe saberlo, dije. Quizá porque coincidió que ese día, un sábado de tarde, si la memoria no me traiciona, aprovechando su franco, se instaló en su taller de trabajo a contemplar su colección de portadas de diarios y estaba allí, solo, conmigo, en casa. Yo, arriba, en mi habitación, terminaba de ducharme y apenas salí del baño vi en la tevé (todos los televisores de mi casa siempre estaban encendidos, sea la hora que sea), mientras me iba secando el pelo con la toalla, vi aparecer, decía, a la actriz en cuestión, que era igualita a mí, fue un momento nada más, pero me bastó para darme cuenta del parecido sorprendente.

Me calcé mi remera de Dylan y un jean (que encontré entre el caos de ropas que había sobre la cama) y disparé a buscar a papá; bajé las escaleras, atravesé el comedor, la biblioteca y la sala de estar y, poquito antes de llegar al taller (que en realidad era una pieza amplia que solíamos utilizar de depósito y que él mismo acondicionó para albergar sus periódicos), oí gemidos intensos, pausados, ocultos. Me detuve. Di unos pasos más y entreabrí muy despacito la puerta. Puse el ojo y la luz moribunda de una lámpara fue suficiente para distinguir a mi amiga muy especial Verónica mamándosela a papá junto a su escritorio.

Se la chupó un rato, tal vez unos siete o diez minutos, y después papá la agarró de sus cabellos dorados y se la echó de espaldas contra la mesa mientras que con su otra mano desabrochó los botones del pantalón y sacó su pija grande y erecta, le levantó la pollera e hizo a un costado el hilito dental de su tanga y se la hundió hasta el fondo. A Verónica se le escapó un ay contenido, dolido. Profundo. Me dio repulsión al principio pero después no podía dejar de mirarlos coger, de ver cómo papá se la hundía y cómo ella en verdad lo gozaba.

Tal vez no lo supe en ese momento—o sí, lo supe— aunque no lo entendía del todo bien, en todo caso, ni estaba del todo tan claro; sí, es cierto, había sido la primera vez, pero con el correr de los meses esas mismas escenas se repitieron y yo asistí a ellas como una espectadora oculta y privilegiada, a quien no le importaba un carajo ni las guampas a mamá, ni la traición indigna de papá, sólo aquel encuentro furtivo que se producía cada sábado por la tarde y que, debo confesarlo, no siento culpa ni remordimientos, y es más, tal vez me sienta orgullosa de mí misma, qué digo tal vez, lo estoy, estoy orgullosa porque ese polvo hizo de mí la estrella porno que hoy soy. Fue el primer orgasmo que el destino tuvo conmigo.

Entonces tenía diecisiete. No, dieciocho. Sí, tenía dieciocho años. Me acuerdo bien porque a los pocos días de esa cogida furibunda de papá, Julieta celebró su cumpleaños en un campito que habíamos heredado de mi abuelo en Tirol. Un lugar salpicado de árboles y margaritas y casitas enclenques y atardeceres azules como capas sucesivas de cielo que caían una tras otra sin descanso hasta donde los ojos alcanzaban a devorar los campos. Fue un mediodía, sí, que mi prima cumplía veintipico, y la familia toda se congregó para celebrar con un portentoso asado y naturalmente beber a lo tropical.

Mamá Martha rozaba los cuarenta y tantos, siempre andaba afligida y apocopada; tenía sin embargo una lengua mordaz que tajeaba caras con la misma facilidad con que podría hacerlo un bisturí rasgando la carne. Papá Eugenio, siempre espléndido, jovial, como si se despertara cada día con un sol sobre la cabeza como de sombrero. La abuela Carmen estiraba la mandíbula o para acomodarse su prótesis dental o para contar las mismas historias del abuelo una y otra vez y otras veces como si lo fuéramos a extrañar al hijo de puta. Mi hermano Fausto, homosexual reprimido, adicto a la masturbación, se las arreglaba como podía para llevar a casa una minita diferente cada tanto para que mamá y papá no se dieran cuenta y de paso aprovechaba el muy desgraciado para que le hicieran una buena paja; por lo general eran amiguitas que se morían de ganas por cogérselo, pero no había caso, era puto. Mi prima Julieta, un genio irremediable, podía recitar de memoria las primeras cuatrocientos setenta y tres páginas de Los Soria sin tragar saliva. Ale Percudido, mi noviecito de entonces (todavía escarbo entre mis sesos procurando dilucidar qué diantre le hacía visto), sólo sabía repetir (quiero decir recitar), cuando lo hacía, ante cualquier comentario que oía por ahí, un poema cuya autoría se atribuía aunque años más tarde descubrí su plagio: Los polvos más atroces culminan a veces en las acabadas más perfectas. Era un boludo de ésos que yo podía manipular a mi antojo; y es que a mí nunca me gustó que me dijeran lo que tenía que hacer, y este vago era una compañía que no me generaba mayores molestias, estaba ahí, al lado mío, y lo tenía al lado mío como un amuleto que me protegía contra la soledad, a la que siempre le tuve un terror incalculable.

Mis tíos eran tanto o más hijos de puta que mi abuelo paterno; pero por aquel entonces a mi abuela le quedaba poco tiempo de vida producto de un cáncer de páncreas y papá Eugenio naturalmente se empeñaba en darle todos los gustos, mimarla, acompañarla y consentirla, como si eso fuera a cambiar las cosas. No digo que mis tíos se volvieron buenos repentinamente, o menos hijos de puta en todo caso, o que mi viejo abdicara a su calentura e infidelidades… En fin, yo nunca creí en esas cosas, digo: en las buenas intenciones. Las cosas se hacen o no se hacen, y punto. Ah, sí, casi me olvidaba de ella. Justamente ella. Fue una amiga y fiel amante, Verónica. Tuvimos una aventurita, sí; pero después se volvió loca por papá Eugenio, se enamoró de él, y la familia se enteró ese día; mamá Martha los encontró cogiendo en el baño. Vaya si se pudrió todo.

De mí, hoy que me conocen todos los pajeros del planeta, pueden decir cualquier cosa sobre mi historia. Pero ese día en el campito de Tirol, me llevó el diablo para siempre. Todo pasó después del asado que preparó Eugenio. Julieta y yo descansábamos destartaladas sobre los sofás, mirando en la televisión una maratón de Viernes 13 de los años noventa. Mi abuela Carmen, mis tíos, mamá y papá, como hacían siempre, se quedaron de sobremesa charlando. Fausto, Ale y Verónica veraneaban y tomaban sol en la piscina del patio, a unos cincuenta metros de allí se esparcía una alameda de lapachos bellísimos. Al rato, vuelven a la casa por cervezas Ale y Fausto. Dónde está Verónica, preguntó Julieta a Fausto. Cómo, no volvió todavía, dijo sorprendido y contó que no se sentía bien, que el asado no le había caído bien, que venía al baño. Pero eso fue hace más de media hora, respondió.

Salimos a buscarla. Afuera, varios metros antes de llegar al sendero de lapachos, Martha explicaba a la abuela Carmen y a mis tíos la sala de juegos que tenía pensado construir papá junto a las cabañas de huéspedes. Che, no la vieron a Verónica, preguntó Fausto. No, dijo Martha. Y papá, pregunté yo. Se fue al baño, contestó mamá, hace más de media hora; andá fíjate cómo está, viste que tu padre sufre del estómago, esa gastritis lo va a matar si no se cuida. Encima, comentó mamá, con todo lo que comió hoy… Y ahí, clic, sonó un ruidito en mi cabeza, la ficha que se caía y que yo ya palpitaba semanas atrás; pues algún día debía reventar todo por los aires. Le dije que sí, que iría a buscarlo al baño y agregué que tal vez se acostó a dormir la siesta. Te acompaño, me dijo Julieta. No, no hace falta, no te preocupes, vuelvo enseguida, dije.

Me quedé unos minutos espiando, a través del cerrojo de la puerta, la cochina mamada que Verónica le practicaba a papá, que ya estaba en las últimas porque le decía, le decía a Verónica: Dale, dale, dale que ya termino. En eso llegó mamá y me vio acuclillada y me dijo entre enfadada y atónita que qué estaba haciendo ahí, y abrió nomás de un empujón la puerta del baño preguntando: Eugenio, estás bien. Verónica, arrodillada encima de la pija de papá, se asustó, se corrió enseguida y golpeó su cabeza contra la papada del lavabo. Eugenio largó un AAAHHH extendido y placentero y con eso, a igual tiempo, escupió el polvo que salpicó y se desparramó en la cara de Martha. A Martha le dio un ataque de histeria y pegó un grito que debió escuchar a kilómetros a la redonda. Llegaron mis tíos, detrás mi abuela y enseguida Fausto, Ale y Julieta. Qué pasó, qué pasó, preguntó mi tío asustado. Todos montaron enseguida una cara de desconcierto. Hijo de puta, qué hijo de puta, gritaba mamá limpiándose las mejillas embadurnadas de semen. El resto de los presentes que iban llegando a la escena se asomaron ingenuamente como si curiosearán un tonto espectáculo de semáforo callejero y la vieron a Verónica, acurrucada, llorando a los pies de papá y éste, en bolas, con los pantalones bamboleándoseles a la altura de los tobillos y con la pija todavía erecta, que lentamente comenzaba a ablandarse.

La verdad es que yo no lo pude soportar. Esa escena fue tan, tan… Hoy no sabría cómo describirla mejor. Simplemente ahí estaba yo, desdoblándose de risa frente a la desconcertada mirada de toda mi familia y mis amistades. Me pareció tan gracioso que me desgarré el estómago a carcajadas mientras Ale murmuraba como un mariquita:

Los polvos más atroces culminan a veces en las acabadas más perfectas.

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