Donde duermen los gorilas

La noche del martes 27 de junio del año 2375 quedó registrada en la memoria de la gran mayoría de los habitantes de Tropical City como un día trágico y sangriento. “¿Dónde duerme un gorila?”, se preguntó en voz alta el legendario escultor octogenario Godofredo Epifanio, frente a una jauría de antropófagos del New York Time, del Le Monde, del Neue Zürcher Zeitung, del International Herald Tribune, del Asahi Schimbun, de El País, del Corriere della Sera, y frente a otra treintena de perros carnívoros corresponsales de los conglomerados mediáticos continentales y desde luego nacionales y locales. Todos se preguntaron lo mismo: qué pasó. Cientos de tropicantes fueron masacrados brutal y sanguinariamente. Y el único sobreviviente de la Masacre de las Esculturas —más tarde conocida como «La noche de las esculturas vivientes»— estaba ahí, divagando con gorilas. Los crímenes se produjeron en distintos puntos de la ciudad aunque la mayoría de los occisos fueron hallados decapitados o cercenados o eviscerados, brotando en un río de sangre que caía por las escalinatas del Museum Magnum.

Los días posteriores fueron de estupor y espanto, y entre la tropicana bienpensante corrió, mediante aparatos de bio-reproductibilidad sociable y aplicaciones informativas holográficas micro-segmentadas de impacto policíaco, la versión de que “las esculturas habían cobrado vida propia” —fundamentaron los opinólogos de los noticioides vespertinos— aparentemente por causa de algún tipo de “anomalía biológica”, declararon oficialmente las autoridades políticas del Partido Amarillo y del y del Ministerio de Justicia y enviados especiales de las Corporaciones Unidas del Sur.

Las encuestas fueron contundentes. Un 64,8% de la tropicancia pensaba que la masacre fue producto de un “castigo divino”, mientras que un 26,2% lo consideró un atentado de los terroristas del populismo vernáculo. En tanto, un 6,3% culpó a los rusos y el 2,7% restante aseguró que fue un “ataque extraterrestre”.

La confusión generalizada provocó trapisondas en la vía pública y saqueos de supermercados y hubo bloqueos de calles y revueltas civiles. Como un cascote lanzado contra la cavidad orbital de un poli penitente, la sangre salpicó la purga y la anarquía trepó con la inflación y la fuga de divisas. La policía se acuarteló. Los ministros enviaron a sus dobles holográficos a los focos de conflictos para negociar una salida pacífica. Cuando aparecieron extremistas religiosos parapoliciales de la Iglesia del Fin del Mundo, las zalagardas descontrolaron y el clímax político densificó el estado de excepción. Manadas avinagradas de ñeris multicolores se movían como iguanas nerviosas en la incandescente siesta de la city. En la plaza central del Cambio Perpetuo, sobre el mediodía amarilloso, bajo el cielo encendido y entre rechonchos y tajeados palos borrachos y literas de copulación pública, solían apedrear a los detractores de Godofredo Epifanio mientras los recolectores del Ministerio de Sanidad Social hacían la vista gorda y sólo intervenían una vez consumada la paliza. Contando 67 millennials, 8 jubiladas, 77 mujeres, 4 hombres y 15 pansexuales sintéticos, que hicieron un total de 171 tropicantes muertos, las purgas provocaron tal descalabro que el régimen de Gran Mono, presionado por el enviado provincial del Virrey, decretó estado panóptico de excepción y prohibió las cúpulas y desconectó las Redes Sociales de Subtropicando Profundo.

El linchamiento más dramático fue el de un transdroide. La patota parapolicial penitente odiaba a los sintéticos transformistas y solían salir a cazarlos avalados por el Ministerio de Culto. Atraparon uno. Fue en una razia nocturna en inmediaciones del Centro de Convenciones «Domingo Cavallo». Lo empalaron vivo en las escalinatas de la Iglesia Catedral. Después lo desconectaron usando una tenaza oxidada, ¡ni siquiera lo reinicializaron! Divulgaron fotos y vídeos del posterior descuartizamiento en perfiles truchos de redes sociales, como “escarmiento aleccionador frente la desobediencia sintética programada”, aseguró el vocero de prensa del régimen de Gran Mono.

La imagen elegida para promocionar el correctivo: la cabeza del transdroide henchida y descabellada, en primerísimo primer plano, hecha un guiso de cables oleaginosos y lucecitas de neón y circuitos triturados chorreando la típica sangre achocolatada de los robots.

Destrozaron su cráneo metálico usando ejemplares extra-large de la Biblia. Un libraco de 5 kilos y ¾ gramos de peso, cuatro mil quinientas setenta y seis páginas ahuesadas de la Palabra de Dios, tapas duras de algarrobo enchapadas en plata esmerilada, y un anguloso y filoso lomo de diez centímetros, puede ser un arma mortal si es utilizada como un martillo.

La espiral de violencia ponía en peligro el monífero orden imperante y ante la insistente presión mediática de los principales conglomerados mediáticos del mundo pero sobre todo del influyente diario holográfico local La Voz de la Verdad, la zoocracia de Gran Mono reaccionó igual que un yaguareté acorralado y lanzó rasguñazos para todos lados. Se cerraron los colegios y los edificios públicos y se anuló la actividad comercial y ganadera y algodonera y sojera y cualquier otra clase de actividad.

A través de un memorándum interno, Gran Mono otorgó a empleados públicos y privados licencia sin goce de haberes por tiempo indefinido. El prosecretario de Coyuntura Interna y el ministro de Ciencia y Tecnología coincidieron en señalar que la resolución se extendería “hasta nuevo aviso”, pero que no había razones para decir que un fenómeno anómalo podría transgredir nuestras leyes naturales. “Todo pueden ser explicado científicamente”, enfatizaron.

Si bien la medida causó revuelo y descontento en las corrientes sindicalistas del oficialismo y la oposición, contribuyó —eso sí— a despejar el normal discurrir de la urbanidad de la chismorrería populosa, que a diario generaba el pobrerío hambriento con sus neurosis de reclamos básicos y los bullicios de sus críos y sus trastos y sus carretas y caballos garroteados, infringiendo la Ley de Visibilidad Ética y Estética de la city. Para las autoridades, “el lado positivo de la masacre —así lo explicaron en tortuosas y repetitivas conferencias de prensa—, fue habernos ahorrado durante dos semanas la problemática de sostener la mirada erguida frente a los marginales ñeris”.

Dos semanas duró la paranoia colectiva. La justicia se mostró turbada e incompetente. El plenipotenciario letrado Roland Bermúdez, mariscal de la Suprema Corte de Justicia y emisario de las Corporaciones Unidas del Sur, casi muere atragantado con una empanada salteña mientras puteaba contra los operativos de peritaje forense, que seguían sin dar resultados alentadores ni arrojar pistas. La realidad saturada y sobredimensionada, producida por los mecanismos de ficción micro-segmentados del unicato del Virrey, era infalible.

En horas de confusión, corrieron dos versiones. No faltaron operadores de prensa y de servicios y diputados que culparon a Godofredo Epifanio de un complot armado para desestabilizar la imagen pública de Gran Mono, adosado a la figura política del Virrey en territorio bárbaro, y a quien siempre se lo veía centelleante en las fotografías que se tomaban juntos y que capturaba su equipo de prensa para marketinear que las cosas iban por el buen camino. El mítico escultor también fue señalado por mantener vínculos sediciosos con armeros del Partido Amarillo, quienes “habrían financiado un supuesto ataque terrorista en territorio federal neutro aunque bajo control del unicato porteñero”, escribió un periodisto de La Voz de La Verdad.

Después de la disolución de la ex República Argentina y la reconfiguración geopolítica del territorio nacional, cien años atrás, se crearon la República Federal del Sur y la República Federal del Norte y su anexo la ex República Teocrática del Paraguay, naturalmente asociadas a las Corporaciones Unidas del Sur. La primera, bajo el dominio del gobierno revolucionario ancestral mapuche, y la segunda bajo estricta órbita y sometimiento de la Orden Mitrista Autocrática del Puerto de Buenos Aires, ex Ciudad Autónoma de Buenos Aires, que utilizaba los vastos y ricos campos de tierra fértil del salvaje Norte argento para saquear y exportar las riquezas que el suelo y la naturaleza proveían al puñado de familias latifundistas plutocráticas, y así poder financiar la manutención de la vida holgazana consistente básicamente en aburridos campeonatos de polo y arrojamientos de manteca al techo.

Los 300 mil kilómetros cuadrados que conformaban la ex Provincia de Buenos Aires habían dejado de existir. A la vista, desde perspectiva aérea en contrapicada: un cementerio de cadáveres no identificados y de desaparecidos, macilentos y refritados. El campo de batalla donde masacraron a tres millones de argentos durante las guerras civiles que provocó la emigración masiva de millones de porteñeros que se afincaron en territorios aledaños para comercializar órganos y extremidades de animales y humanos.

Con los años, devino en la conformación de baldíos enripiados y chozas ñatas y mataderos, como en el principio de los tiempos. Vientos entumecidos por los hedores putrefactos golpeaban la costa del Río de la Plata frente al ex Aeroparque Newberry, por causa de los torrentes humosos de mierda química, arrojados por las corporaciones farmacológicas de drogas alucinógenas producidas por el Virrey para manipular el control mental de los porteñeros y de los pelotudos en general, que le creían fuera del territorio bonaerense.

Mercados de menudeo e intercambio de bienes y servicios materiales e inmateriales vinculados a raleas y chanchullos y perversiones de categorías morbosas y extrañas, se multiplicaban por Corrientes y Callao, por Plaza de Mayo y los dos Congresos. La puta Buenos Aires convertida en un gran tacho de basura, una ladronera roñosa amortiguada por malones cagados de hambre y analfabetos y criaturas asexuadas y haraganes leguleyos y enfermos terminales y jipis de todas las nacionalidades y loquitos de todas las edades.

Adentradas, aparecían como cabezas de peronistas garroteados, panorámicas superpuestas de villas oblicuas y perpendiculares, que subían y bajaban caóticamente, atenazándose unas con otras, otras interponiéndose, unas encimas de otras, como si afloraran en el aire en medio de largos telones de nylon negro, chapas onduladas y oxidadas y agujereados trozos rectangulares de cartones meciéndose entre redes de tendales desde las cuales colgaban harapos percudidos y aceitosos.

 

Aquel contexto extremo y viciado de gatopardismos nacionalistas no era ajeno a la mirada severa de Godofredo Epifanio, sacramentada figura pública de temeraria influencia, rígido circunspecto del patrimonio escultórico de la city y gerifalte del discurrir culturoso oficialista, quien según las conveniencias y las connivencias de turno operaba en favor de unos u otros aunque siempre se reafirmaba dialoguista y social demócrata. Si bien su avanzada edad no le permitía asistir como en otras épocas a eventos artísticos, todavía permitía que los jóvenes artistas le envíen fotografías de sus obras escultóricas, las cuales catalogaba con un tildado y una equis, respectivamente, “ESTO SÍ, ES CULTURA”, “ESTO NO, NO ES CULTURA”. Siempre que descargaba una definición en ese respecto, lo hacía atenazando sus cejas y acariciándose la barbilla, secundado por una recua de súbditos del Museum Magnum que bisbiseaban mientras él evaluaba las fotografías.

Su jeta mustia y su tez achocolatada acentuadas por una mirada rencorosa y crispada, arqueada por cejas cenicientas y rollizas, exageraban un aura paternal de dudosa intelectualidad y empalagoso culturicismo mesiánico, que los periodistas locales se encargaban de enseñorear con titulares bondadosos únicamente para animar su fervorosa solemnidad elitista.

La Voz de la Verdad solía publicar extensos editoriales en favor de la “gran labor cultural” de la Fundación Magnum, que regenteaba la administración del Museum Magnum así como la totalidad de las obras escultóricas de la city, que antes de la Masacre ascendían a un total de 6.787 esculturas: 3.237 de materiales tradicionales (madera, metal, cascotes, etcétera), 2.155 holografías (clones, tridimensionales, analógicos, etcétera) y 1.395 de partes humanas (por lo general extremidades y órganos como hígados, estómagos, pulmones, entrañas y especialmente cabezas), de las cuales un 56% eran gravitatorias.

Por el emplazamiento de nuevas esculturas —que históricamente alentó el chovinismo turístico de «Ciudad de las Esculturas»—, y la reparación y el mantenimiento del total del parque escultórico de la city, Fundación Magnum facturaba sumas millonarias. De los numerosos gobiernos de Gran Mono, porque los gobiernos de Mono fueron numerosos, recibió generosos subsidios dolarizados, mecenazgos de dudosa procedencia, aportes «extraordinarios especiales», «cometas», fuga de divisas y prostitución vip, tal era el colorinche trasfondo del tejemaneje enhebrado por el legendario Godofredo Epifanio, quien ya había solicitado al antepenúltimo Government Monkey la aprobación de la Ley Magnum, que legalizó el uso de partes humanas en las obras escultóricas que adornaban las calles terrestres y aéreas de la city. El último año, más de 1.300 cadáveres fueron decapitados y eviscerados con fines estéticos y después, de ser embalsamados o despellejados o rebajados usando diversas técnicas de aplicación bio-neuronal, los usaban como piezas tridimensionales que causaban gran impacto visual a sus interpeladores públicos. Obviamente había gente que no estaba de acuerdo pero la gran mayoría tropicana abrigó con ilusión y esperanza la posibilidad de que sus difuntos pudieran formar parte del patrimonio cultural.

En incontables reportajes, Godofredo Epifanio tuvo que salir a dar explicaciones, pues si no se cruzaba, una niña o un niño camino al jardín con sus padres o tutores, con una escultura de bronce empotrada a un brazo o un muslo o unas vísceras inclusive, que, por muy embalsamadas o estilizadas que estuvieran, producían espanto y repulsión verlos empotrados o colgando, de retorcidas instalaciones o montajes bio-mecanizados, que obviamente espantaba a niños y adultos por igual. Godofredo sonreía gravemente cuando le decían que no podía ser llamada «obra de arte» una escultura que tuviera partes humanas.

—Tengan paciencia. Ya van a entender —repetía Godofredo, polémicamente, a quienes lo cuestionaban—. Ningún verbo en potencial es excesivo.

 

Cuando Godofredo Epifanio decidió cortar la circulación vehicular de la avenida de Los Inmigrantes, frente al ex Black River, para reclamar el pago atrasado de un subsidio millonario que algunos de los gobierno de turno de Mono le adeudaba, los medios de comunicación editorializaron la cuestión y se mostraron zozobrados ante la “situación de permeabilidad de la cultura”. Lanzaron largos parlamentos replicados programáticamente en favor de “todo lo que hizo” Godofredo, a quien calificaron de “mito cultural viviente”, y esencialmente hicieron lo que saben hacer: hundir el dedo en el tajo, y cómo puede ser posible esto, esto otro, lo otro y aquello otro, repetían unos y otros, indignados.

La suma millonaria que reclamaba Godofredo Epifanio impactaría en la cuenta bancaria de la Fundación Magnum, y su principal destino: financiar la reparación y el mantenimiento de las esculturas terrestres y gravitantes, emplazar las nuevas, remodelar las antiguas o aquellas que, por tal o cual razón, hubiesen sido vandalizadas. Mientras que un porcentaje nada despreciable del subsidio estatal sería invertido en comprar cadáveres, los cuales serían distribuidos entre artistas cercanos ideológicamente al gobierno de Mono, al Virrey y naturalmente a las Corporaciones Unidas del Sur, pues él mismo se había proclamado Celador Infranqueable de las “esculturas vivientes”, así llamaba a sus engendros. Orgulloso de haber sido, él mismo en persona, el primer escultor en empotrar partes humanas a esculturas, o sea, a «obras de arte».

Aquel día sin embargo Godofredo lucía especialmente más viejo. Especialmente más exacerbado que de costumbre. El viejo se zarandeaba como gallina cascoteada, destartalándose en llantos frente a las cámaras de televisión. Escenografiado más atrás, sobre sus hombros, pasaban enormes mamotretos de quebracho y algarrobo y de otros metales serviles como la chapa y alambres y fierros oxidados. De incomprensibilidad multifórmica y abordaje tosco y desapasionado. De temática azarosa y contrahecha, encajados a veces a pantorrillas y costillas, manos, un pie, vísceras y pulmones, pares de pechos, tráqueas, una nariz, húmeros, hígados, un páncreas, detalles faciales como ojos especialmente cavidades orbitales pero también labios y cavidades nasales, pómulos y cejas y la piel de la frente o de la espalda, numerosos cráneos, saliendo y entrando de instalaciones tremebundas que intercalaban sombras y luces enrevesadas de minimalismos boscosos y tabulaciones sórdidas, casi reales y sintéticos, con simulador tridimensional incorporado a su base de datos. Las obras más experimentales y aterradoras fueron sacadas a las calle por orden de Godofredo, quien ordenó a su patrulla de mantenimiento que la dispusieran repartidas por allí nomás, como fuera, no tan juntas unas de otras, pero esparcidas lo suficientemente como para que la tropicana se diera cuenta, que había pleito.

Pronto comenzó el ensimismamiento de peatones que eventualmente pasaban por allí. Matronas barriales que iban o volvían por el pan y las cebollas y los tomates perita y los pescuezos cárnicos y las menudencias para el guiso carrero del mediodía. Ñeris patasucia mendigando moneditas para el vino y las máquinas expendedoras de ácidos alucinógenos. Algún que otro bienaventurado haciendo footing o flexiones de brazo sobre la remanencia del ex Black River. Perros ladrando. Gatos apareándose. Y también por allí, curioseando, la chismorrería suburbial, combándose sobre la escena hasta compactarse en una entidad u horda bajo el solazo centelleante.

Llegada la algarada a su punto álgido, las lucecitas de tabletas y celulares se encendieron para capturar las primeras imágenes y transmitir en directo por todos los canales y sintonías y redes sociales de Subtropicando Profundo el reclamo cultural del viejo Godofredo Epifanio, zumbado de cerca por un par de sabuesos de Magnum.

Era el marco ideal para la foto de prensa. Godofredo se sentía una santísima celebridad de la prestidigitación y la artería y quizá lo era, pues sabía muy bien cómo planificar impactantes cimbronazos mediáticos. No era para menos, todos los gobiernos de Mono lo malacostumbraron con tributos gansos y sobrecargados. Lo reverenciaron como a un semidiós, cuando no había hecho más que legalizar el descuartizamiento y evisceración de cadáveres para fines artísticos. La primera vez que se filmó —y con ello estrenó— la motosierra automática que se había implantado en el brazo izquierdo durante su último viaje en chárter alquilado a Ámsterdam—, lo hizo aserruchando el brazo putrefacto de un ñeri desaparecido durante las últimas revueltas civiles contra el régimen del Virrey. Posteriormente subió el vídeo a la memoria de Subtropicando Profundo y la socializó en tropicana. El brazo despellejado, y otras extremidades del ñeri, cosidas a puñaladas, aparecieron taraceados a una escultura de urunday con forma de alcachofa o piña enrevesada de cables y mangueras de luces, que pendulaba sostenido por cadenas colgantes desde lo alto de una estructura triangular de tres metros de altura, debajo de la cual había un copón romboide de vidrio blindado, repleto de agua, donde se retorcían cientos de anguilas eléctricas modificadas genéticamente que descargaban hasta 1.600 voltios cada una. El resultado fue extraordinario. Si bien los primeros miembros humanos en desuso —reutilizados tras la sanción el decreto Magnum para obras escultóricas— carecían de movilidad, Godofredo había recreado en su taller-laboratorio, usando circuitos programáticos específicos de prediseño y automodelación y copias tridimensionales del Anguillidae, el primer circuito voltaico para movilizar extremidades u órganos de muertos.

En off, los funcionarios allegados a Epifanio argüían que el viejo ya estaba gagá, aunque reconocían su aporte a los procesos de transculturización tropicana afianzados durante los dos últimos gobiernos Monos: su “avanzada edad” —decían— ya no le permite “diferenciar la realidad del Subtropicando Profundo”. Un par de semanas después de la Masacre, un informe especial del suplemento Venus de Willendorf del prestigioso Instituto Celador de Esculturas Trans Humanas, reveló que Godofredo Epifanio alteraba su percepción de la realidad con psicofármacos de realidades aumentadas apócrifas. El informe publicó la descripción de su último terapeuta —también desaparecido y posiblemente desguazado y utilizado en algunas de sus esculturas—: Sus oídos zumban todo el tiempo, incluso cuando duerme o intenta descansar. Hay un ruido metido adentro de su cabeza, graznándola. «Es como una motosierra eviscerando su cerebro» —dice. Tantos años, piensa el viejo Godofredo, motosierra, amoladora y taladro, sin usar protectores auditivos, lo dejaron sordo. Ya casi no escucha. “El viejo a veces se levanta y dice que sí a todo, otro día se despierta y dice que no a todo. Te mira fijo, como si te escuchara, pero no entiende una mierda”, confesó su último amante, el transdroide paraguayo Emir Fernández.

Encima cuando dormía mal, nadie lo soportaba e incluso sus laderos más íntimos, conociéndolo, le rehuían. Aquella mañana, antes de montar la algarada, mantuvo una escaramuza con funcionarios del Ministerio de Cultura que consistió básicamente en trenzarse con ellos insultándolos y usando palabras soeces. Pese a las advertencias que Godofredo Epifanio les hizo llegar, no depositaron sus jubilaciones de privilegio anticipadas y tal  como había acordado con las autoridades de turno, tampoco garparon las subvenciones millonarias de la Ley Magnum. Ni todo lo demás, que habían acordado acometer, no lo hicieron. No pagaron.

— ¡Maldita democracia de Monos! —protestó Godofredo Epifanio, alzando ambas manos abiertas por encima de los hombros y agitando los brazos. Su equipo de prensa capturó imágenes alusivas y concluyentes de aquel instante histórico. Tenía levantada la cabeza, solemnizada la barbilla, cerró los ojos y se frotó las órbitas con los puños, y ordenó—: ¡SAQUEN LAS ESCULTURAS A LA CALLE!

Godofredo denunció que el Ministerio de Cultura no depositaba desde hace tres meses los fondos correspondientes de la Ley Magnum a la Fundación Magnum, y detalló que las deudas que corresponden al mes de mayo ascendían a 553.167 dólares, mientras que el segundo pago era de 723.372 dólares; y el tercero era por un valor de 718.973 dólares. “Mono nos debe más de un millón de dólares. Hoy es un día negro para el arte, me duele tener que poner las esculturas en la calle para realizar un corte de circulación vehicular aéreo y terrestre”, expresó el emérito, frente a cientos de miles de luminarias android que lo apuntaban desde distintos ángulos de la realidad.

La fuente romboide repleta de anguilas eléctricas estaba allí, sobre ella pendía la alcachofa de cuyo interior brotaban, como purulencias reventadas, extremidades y vísceras que temblequeaban y se derretían, aceitosas, entre mangueras luminosas y lucecitas de neón. También había una estructura cónica de cobre de unos siete u ocho metros de altura, desde cuyo vórtice brotaban y caían cabezas humanas decapitadas en medio de una cascada de malteada de todos los colores. También había una araña gigante hecha con huesos humanos, trash tecnológico, hilo sisal y bombitas transparentes de líquido cefalorraquídeo enquistados en multitudes a sus ocho patas ortopédicas animadas. Una grotesca carcaza de quebracho colorado, asemejada a una enorme cabeza de caballo, fiera, contrahecha, de hocico garrapiñado y quijada nerviosa, recubierto de músculos y piel cuarteada de indio civilizado.

Y finalmente la atracción principal del piquete cultural: un Gigantopithecus blacki de tres metros de altura, de brilloso pelaje negro, imponente, luciendo sus colmillos con la boca abierta como para tragar tres sandías enteras de un solo bocado y erguido, sobre sus colosales pantorrillas, inflaba el pecho amenazadoramente. El enorme simio se golpeaba con ambos puños la caja torácica y hasta rugía, tenía bolas abultadas y un pene abrumador. La escultura fue diseñada holográficamente por el propio Godofredo, quien, por pedido especial de un egregio miembro de la Fundación Magnum, fue sepultado debajo del Gigantopithecus, dentro de una crisálida translúcida desde donde podía vérselo, en posición fetal, desnudo, descomponiéndose.

— ¿Dónde duerme un gorila? —preguntó retóricamente Godofredo Epifanio, procurando sacarse de encima un enjambre de micrófonos, cámaras, grabadores y flashes fotográficos. Dibujó una media sonrisa sañuda y rodeó con sus ojos negros el centenar de gentuza hormigueando por las escalinatas del domo piramidal de la Fundación Magnum, desde donde podía verse el embotellamiento vehicular y el caos generado por los mamotretos escultóricos y un puñado de motonetas gravitantes dibujando rulos como moscardones en el aire. Godofredo pausó la escena un instante y volvió a repetir: «¿Saben, ustedes, dónde duerme un gorila?» Los periodistas lo escudriñaron rabiosamente. El viejo Epifanio sostuvo la mirada.

—Un gorila duerme donde se le da la gana. —sentenció, y desató la carnicería.

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