Una aventura ecosexual

—Yo nunca quiero tener hijos —comentó Naylén Huppans, y cerró un segundo los ojos. Sintió el tórrido viento norte soplándole la cara, las partículas de polvillo metiéndose por sus poros, sonrió y enseguida abrió los ojos de nuevo y miró a su acompañante Fabricio Delhi.

—No creo en la familia, sabés. —Él la escuchaba como quien escucha a un loro verde relamiéndose las plumas.

Viajaban en bicicleta rumbo a Colonia Benítez. Salieron temprano el sábado. Era enero. Había nubarrones sueltos pero despejó enseguida. Tenían planeado pasar la noche allí. El día estaba radiante. En la rotonda habían tomado la segunda salida en dirección a la Ruta 16. Más adelante, en la otra rotonda, agarraron la primera salida hacia la Ruta 11.

En el acceso a Colonia Benítez, tenían que reunirse con un grupo de amigos. La diseñadora gráfica Camila Espiguereda, la empleada pública Carolina Ramírez, el actor Mariano Casanova y el realizador audiovisual Eduardo Tardío. Pasarían la noche en la cabaña de Fabrizio, cuyo enorme patio era lindante con la densidad boscosa de la naturaleza tropical

Naylén y Fabrizio se gustaban más o menos. Ya habían estado juntos un par de veces. Ella se había recibido de Comunicadora Social pero después de trabajar algunos años como reportera gráfica en el matutino La Voz de la Verdad abandonó todo y decidió no trabajar más. Juntaba dinero haciendo artesanías, y viajaba. El sur de Brasil, Paraguay, la costa uruguaya eran sus destinos favoritos. Volvía a Resistencia cada tanto, montaba una exposición fotográfica, juntaba más dinero y volvía a viajar. Fabrizio no necesitaba ni trabajar ni ganar dinero. Heredó cuatro valiosas propiedades en el casco céntrico de la city, y los alquilaba. No importaban los gobiernos que pasaran, él siempre tendría esas cuatro propiedades para alquilar hacer dinero y vivir, el tiempo que le plazca, de rentas.

A Fabricio, Naylén le parecía muy snob. Pero sin embargo estaba fascinado con las aureolas escarlatas de sus tetas y su apretada vagina rosada y sus piernas sobre todo sus piernas doradas y su nalgas bronceadas. A Naylén, Fabrizio le parecía un poco “quedado”. Pero sin embargo la seducía qué él viviera como una estrella de rock sin serlo y además, decía, que la hacía reír y con eso era suficiente ya que para Naylén la risa revitalizaba su confabulación astral, los planetas se alineaban y su aburrimiento existencial desaparecía.

En sus numerosos viajes Naylén consumió toda clase de drogas y le gustaba regodearse de esas experiencias. Sostenía que lo hacía de manera “responsable”, que su cuerpo —su cuerpo, decía, paseándose las manos por las caderas— estaba en comunión con su espiritualidad y su energía en equilibrio con su corazón y en alianza con la vida real verdadera que tenía, decía.

Predicaba que las drogas se consumen en dosis homeopáticas para que el cuerpo pueda entregarse a la sabiduría del goce y a la inmanencia del mantra perpetuo. Pero cuando experimentó con ayahuasca su estado de consciencia se modificó radicalmente. Consideró que el veganismo era una opción de vida y de conducta de vida que revelaba su verdadero yo interior. Empezó a juntarse con artistas contemporáneos y gente de temperamento libidinoso. Todas las causas eran justas para Naylén siempre y cuando ella tuviera la oportunidad de desnudarse y contonearse, en gimnásticas performáticas callejeras. Ella era siempre una de las atracciones principales en las innumerables movilizaciones contra el reformismo permanente de Virrey Macri.

—Yo soy libre —dijo Naylén—. Eso lo tenés que saber antes que nada. Si querés estar conmigo. Lo tenés que saber, Fabrizio.

—Sí ya sé Naylén, me lo dijiste un montón de veces. —Estaban algo exhaustos. Atrás dejaron el Río Tragadero, las pocas esculturas que quedaban íntegras, o en pie, del Monumento a los Caídos de la Masacre de Margarita Belén. Era media mañana y el sol asfixiaba. Fabrizio había insistido en viajar en su coche, en media hora estarían allí pero Naylén y Carolina, fanáticas de las bicis, insistieron con las vacaciones, el sol, el aire libre y el espectáculo de la naturaleza chaqueña.

 

Naylen desarrolló una comunión especial con los árboles. Ella decía que amaba a los árboles y a la Madre Naturaleza, pero sobre todo a los árboles. Meses antes de volver al Chaco estuvo en Australia donde se unió a la nueva corriente de eco-sexuales. “¿Qué mejor manera de conectarse con la tierra que a través del sexo?”, le comentó a Camila en una comunicación holográfica que mantuvieron dos meses atrás y en la que también anticipó que volvería a Resistencia. También le envió un selfie-vídeo de unos treinta y tantos segundos donde se la veía junto a otros ecosexuales completamente desnudos y enfebrecidos, danzando estúpidamente alrededor de una instalación enrevesada de carnívoras nephenthes holdenii, famosas flores por su forma de pene que alcanzan hasta unos treinta centímetros de altura, y a las cuales masturbaban con fruición. Todo, bajo un tendal de luces psicodélicas y extraños trances chamánicos, para una realización audiovisual performática que llamaron Ecosexual Bathhouse, y se llevó a cabo en el Real Jardín Botánico de Victoria en Melbourne.

 

Naylén y Fabrizio descansaron bajo la sombra de un majestuoso timbó colorado, sobre cuyo tronco apoyaron sus bicis. Bebieron agua de botellitas mientras esperaban al resto sentados sobre el pasto reseco y entre orejas de negro —fruto del timbó—, a varios metros de la ruta. Vieron una iguana enorme cruzar frente a ellos y escabullirse entre los matorrales.

— ¡Uy qué calor que hace! —protestó Fabrizio, secándose la transpiración de la frente con el brazo—. ¿Será que van a tardar mucho? Voy a mandarles un mensaje. —Amagó sacar el celular de su mochila.

—No es necesario —comentó de inmediato Naylén—. Mirá, allá vienen.

Mariano venía pedaleando adelante. Le seguían Camila y Carolina y por último Eduardo. El calor castigaba sobre la cinta asfáltica y parecía difuminarlos en una nube vaporosa de gas. Estaban empapados pero se los veía contentos. Todos tenían gorrita y protector solar y anteojos.

Naylén se sonrió. Fabrizio le devolvió la sonrisa y después clavó la mirada en sus pechos. Naylén era desesperadamente bella y Fabrizio la deseaba desesperadamente.

—Nuestro fin de semana será maravilloso —dijo ella, colgándose de sus hombros.

—Ya te veo… —dijo, despacito, él, imaginando penetrarla.

— Qué…

—No, nada.

— ¡Llegamos! —grito, de lejos, Camila. Apoyó la bici sobre unos pastizales, igual que los demás—. ¿Todo bien?

— ¡Sí, es maravilloso que estemos acá! —dijo Naylén, lanzándose a sus brazos— ¡Qué bueno volver a verte, amiga!

Camila lo miró a Fabrizio y Fabricio esquivó esa mirada.

 

Fabrizio actualmente salía con Camila pero se había acostado —muchas veces— con Naylén y con Carolina. Carolina siempre intimó con Mariano. A Mariano le gustaba Fabrizio pero Fabrizio no era gay y no podía sacar los ojos de la vagina cosmopolita de Naylén desde que llegó de Australia. Eduardo se había acostado por primera vez la semana pasada con Carolina. A Carolina no le gustaba tanto, era más su amigo, pero estaba bien siempre y cuando touch and see you later. A pesar de no ser su pareja, Carolina le mintió a Eduardo cuando éste la invitó a salir el viernes pasado; ella adujo que saldría con sus amigas, pero en realidad se encontró con Camila porque a ella, a Carolina, le gustaba Camila y Camila sabía que cada vez que llegaba Naylén, Fabrizio tenía sexo con ella, su best friend. Entonces Carolina consolaba a Camila acostándose con ella. Más allá del buen sexo, Fabrizio nunca llegaría a nada con Naylén ni ella con él. Camila lo sabía y por eso aceptaba los revolcones de Fabrizio. Mariano, que además de actor era un carnívoro pansexual, sabía que no llegaría a tener sexo con Fabrizio jamás, así que de vez en cuando se acostaba con Camila cuando ella no se acostaba con Carolina. A veces, en ocasiones especiales, se acostaban los tres: Mariano, Camila y Carolina. A Eduardo le gustaba Carolina pero siempre que Naylén volvía a Resistencia dormían juntos.

La cabaña de Fabrizio Delhi era sensacional. Estaba ubicada a pocos kilómetros del acceso a Colonia Benítez. Para llegar había que hacer un caminito sinuoso de tierra ladeado por los campos de cultivo y procesamiento de marihuana del Laboratorio de Cannabis Experimental y las instalaciones científicas del Complejo de Criptobotánica y de Reserva Natural Estricta de Botánica Oculta y Botanomancia. El ingreso al predio de la cabaña estaba custodiado por un jaranerío de palmeras violentas y cactus insondables, emperifollados por irregulares desplazamientos de esteros y pastizales indecorosos. Había que pasar la tranquera. A los ladridos los recibieron Osho y Sheela, dos mastines de kumaon brutos y torpes que chocaban sus cabezas todo el tiempo.

Naylén ya conocía la cabaña. Naylén y desde luego Camila y Carolina y Eduardo y Mariano también conocían la cabaña de Fabrizio. Solían organizar maratónicas fiestitas metro-asexuadas y orgías descontroladas al aire libre durante siestas y tardes y noches con banquetes interminables y narcolépticos. Allí no los molestaba nadie. La chacra más cercana era la de Don Pérez, tres kilómetros al noroeste. El resto era densidad boscosa. Microrrelieves arbóreos y contingencias herbáceas abrigaban la cabaña, entre espesas selvas de ribera. Cinco dormitorios. Dos baños. Cocina comedor. Sala de estar. Patio. Quincho y parrilla. Piscina. La heladera y el frízer rebalsaban de cerveza artesanal, mejunjes culinarios para vegetarianos esnobistas y pócimas vegánicas indigeribles.

Ni bien llegaron arrojaron sus mochilas en la sala de estar como catapultas y se metieron a la piscina. Las bicis quedaron amontonadas bajo el quincho. Osho y Sheela se revolcaban en los pastizales.

Después del chapuzón, Camila y Naylén salieron a caminar por el monte. Divisaron una manada de monos desplazándose entre la arboleda, como sombras. Naylén le contó cuánto amaba la Tierra, cuánto podríamos aprender de ella para salvarla, y lanzó:

—Queremos cuidar el planeta y queremos hacerlo de manera que sea sensual.

Camila intentaba escucharla mientras pisaba en puntitas de pie un sospechoso colchón de ramillas secas de donde imaginó podía salir un serpiente o un alacrán gigante.

—Ah, sí, lo del “sexo pensativo”

—No, Cami, meditativo. “Sexo meditativo”. Nos ayudó a encontrarnos con la naturaleza, sabés. Aunque no —no siempre, dijo, y sonrió— implica penetración ni sexo como muchos creen y nuestros detractores repiten para desacreditarnos.

Camila imaginó a Fabrizio y a Naylén desnudos, enrevesados sobre un tronco seco de quebracho colorado detrás de altos yuyales, haciéndolo con la Madre Naturaleza en medio de movimientos pasmosos.

—Nuestro interés —continuó Naylén— es la promoción de un cambio de paradigma de la Tierra como madre, a la Tierra como amante. Porque la Tierra no tiene que amarnos incondicionalmente, nosotros a ella sí.

Habían llegado a la costa. El Río Tragadero tragaba cosas por allí. Eso decían. Por eso se llamaba Tragadero el río, porque tragaba cosas. Lo contemplaron un momento. Como no tragaba nada, mojaron sus pies. El sol satinaba sus amarronadas aguas. No podían ver sus pies debajo del agua pero sí sentir el fango. El agua pasando los tobillos. Los pececitos zumbando entre sus pies. Los monos aullando. Los pájaros. La claridad peligrosa del monte.

Sopló un viento ramplón.

Naylén cerró los ojos sonriendo. Los abrió de nuevo para decir:

—Volví para quedarme en Chaco, amiga. Quiero establecerme acá, en Colonia Benítez. Vine a proponerles que nos vengamos a vivir todos a la cabaña, que seamos de las primeras comunidades eco-sexuales de América Latina.

 

El paseo por el Tragadero fue espléndido. Naylén dijo a Camila que al mediodía, en el almuerzo, compartiría sus intenciones con el resto del grupo, y, a la noche, en una velada especial, realizarían un rito de iniciación.

Cuando volvieron a la cabaña, Fabrizio encendía el fuego para el asado en el quincho, bebía cerveza y jugaba con su celular. Carolina y Eduardo, sentados al borde de la piscina, pantorrillas bajo el agua, dorados bajo el sol, se lanzaban miraditas y sonrisitas. A Naylén esto último no le gustó una mierda. Los miró de reojo y capaz Eduardo cazó la indirecta. A Naylén en realidad no le caía bien Carolina a pesar de que tenía buen sexo con ella, pensaba que era mediocre por eso era empleada pública.

Mariano recién se había duchado. Su figura era extraordinaria y voluptuosa y Naylén y Camila, recién entradas a la cabaña, lo devoraban con los ojos mientras él se paseaba por toda la casa con la toalla arrollada hasta la cintura. Naylén y Camila fueron a la cocina y se prepararon jugo de remolacha y manzana y limón, con cubitos de hielo. Mientras, lo seguían mirando a Mariano que clavó su culo estirado en el sofá y encendió la televisión y no paró de hacer zapping. Cinco minutos después Naylén y Camila se aburrieron. La primera se fue a sentar al lado de Eduardo a ver cómo hacía zapping o a escucharlo hablar de sí mismo pues le encantaba escuchar a los actores hablar de sí mismos, y además estaba semidesnudo y podría mirarlo más de cerca mientras mantenían conversaciones superfluas, pensó. La segunda fue directamente a comer, a grandes bocados, la cabeza de Fabrizio. Le dijo que Naylén se había vuelto loca.

—Ay no sabés las cosas que me dijo, amor. —Apoyó sus manos en los hombros de Fabrizio, que escarbaba entre las brasas con el atizador, humeaban las costillitas, el vacío, los chinchulines, los chorizos, la morcilla—. Me dijo —dijo Camila— que quería que todos fuéramos hippies como ella.

— ¡Cómo que hippies! —reculó, tirando el atizador junto a la parrilla.

—Y sí mi amor, yo te dije que era ridículo que nos volviéramos a juntar.

 

—Bueno, chicas, chicos, quiero decirles… que… bueno… como ustedes ya saben… antes de estar en Australia viajé a París, donde… bueno… ustedes ya saben… vieron mis fotos en las redes… con la famosa actriz y cantante… Soko… —Nadie sabía quién era Soko, salvo Carolina que por ahí, bisbiseó, la oyó mencionar en Youtube.

—No es esa chiquita rara que fue la noviecita de la chica esta… hmmm… la de Crepúsculo.

—Kristen Stewart.

—Sí, esa.

—Malísima esa película.

—Sí, de lo peor.

— ¿Sí, no?

Naylén carraspeó.

—Che, a ver, déjenla hablar a Naylén, que quiere decirnos algo —intervino el comensal.

—Gracias Fabri —se paró levantando la copa, sonrió—. Olvídense de Soko y de Kristen Stewart. Porque lo que estoy a punto de proponerles nos cambiará la vida a todas, a todos, a todes… Esta noche, mis queridos, cuando Acuario domine las estrellas en la hora de Venus, y  la conjunción de la Luna y Aldebarán de la constelación de Tauro revelen a Júpiter, en dirección al sureste… —Fabrizio carraspeó y Camila lo codeó. Eduardo enviaba y recibía mensajes en su teléfono celular. Carolina y Mariano bufaban en complicidad. Naylén se dio cuenta enseguida, así que apuró el asunto—. La Tierra es nuestro amante —“Uy otra vez”, susurró Camila—. Estamos loca, pasional y ferozmente enamorados, y agradecemos esta relación, todos y cada uno de todos los días… Hacemos el amor con la Tierra. Somos terrófilos, pirófilos, aerófilos y acuófilos. Sin pudor masajeamos la Tierra con nuestros pies y la masturbamos con nuestras manos, y hablamos eróticamente con las plantas. Somos naturistas, adoradores del Sol y la Luna y contempladores de las estrellas. Acariciamos las piedras, gozamos con los ríos, a menudo admiramos las curvas de la Tierra… Esta noche, bajo mi tutela y coordinación y experiencia en artes amatorias naturistas, tendrán la posibilidad de hacer el amor a la Madre Naturaleza… Por primera vez…

 

Nadie quedó conforme con el speech de Naylén. Camila pensó que Naylén estaba loca. Fabrizio pensaba cómo podía acercase a Naylén, estar un rato a solas con ella, sin que Camila se diera cuenta. Carolina no sabía muy bien qué pensar en general ni en particular tampoco, pero le pareció inmoral y libidinoso, aunque muy cool, hacer el amor con la plantas. Mariano no dejaba de apreciar el bulto de Fabrizio y Camila era la única que se daba cuenta. Eduardo sospechó que Naylén se había vuelto demente y era peligrosa y además ya habían tenido sexo así que lo mejor era hacerle caso en todo lo que dijera.

Para la ceremonia de iniciación, Naylén, a través de su dealer exclusivo en Resistencia city —su propia prima hermana Chaparrísima Huppans, secretaria general del Sindicato de Modelos del Chaco—, se proveyó de las drogas necesarias para el ritual orgiástico. Dos días atrás, lo mandó a buscar un bolso negro a Fabrizio a lo de Chaparrísima, antes de acostarse con él. Adentro del bolso había triptaminas, feniletilaminas. Algunos antipsicóticos, también opiáceos. Cannabis, seguro. Hongos, obvio. Y estimulantes naturales.

Fabrizio recargó la nevera portátil con cervezas.

Eduardo y Carolina se encontraron casualmente en el baño y tras un breve coqueteo entre ambos hubo acceso carnal. Fueron diez minutos, suficientes. Naylén se dio cuenta, no dijo nada pero pensó que Eduardo estaba cayendo muy bajo al revolcarse así con una empleada pública y se agendó mentalmente recordárselo la próxima vez que tuviera sexo con él.

Camila y Mariano tomaron sol.

Sobre el vamos, o sea, después de equiparse para la expedición naturista al monte chaqueño, Naylén les recordó por tercera vez que la ceremonia debía realizarse minutos después de la caída del sol.

—El sol no se cae —le corrigió Camila, que era diseñadora gráfica y alguna vez se lo corrigieron a ella también—. Técnicamente, somos nosotros los que damos vueltas. No sé, me parece que todo ecosexual debería saberlo…

Naylén conservó la calma aunque el comentario de la empleada pública le causó náuseas. Se llamó a sí misma a desempeñar su futuro cargo de gurú ecosexual con responsabilidad por lo que no respondió como en un principio pensaba hacerlo. Le hubiera dicho: “Negra de mierda, arrastrada, regalada…” Pero acertadamente optó por ser políticamente correcta y le respondió para salir del paso:

—Ay, Caro, es una parábola.

Carolina lanzó una risita.

Intervino Eduardo, que no intervenía casi nunca, y salvó la disputa:

—Déjense de joder las pelotas. Dios no existe y punto.

 

Naylén les dijo que no olvidaran llevar repelente para mosquitos, leña, bosta seca de caballo —de vaca también sirve, la bosta seca— para arrojar al fuego y espantar con la humareda la mosquitada, cuchillo de caza también lleven —“aunque no vamos a cazar nada”, añadió y lanzó una mirada malagueña a Carolina, y se sonrió y continuó—, linternas, encendedores, el bolso con los fármacos y la bebida espirituosa, para celebrar. Jijiji.

—No se olviden el kit anti-zombi —dijo Fabrizio.

—No seas pelotudo —desenvainó Camila.

—No, en serio —insistió Fabrizio, levantó su remera, y lució sus abdominales cuadriculados y la culata de una Bersa Thunder calibre .22, entre la cintura y el ombligo, enganchada debajo de su cinturón—. Con una éstas —continuó, sacando la pistola y mostrándola al grupo—, se cargaron al pelotudo de Nisman.

—Che, no hablen así. Era un fiscal de la Nación —sornó Mariano, quien en general y en particular también consideraba a sus semejantes frívolos e irreales.

—Un pelotudo irremediable —comentó Camila, encendiendo un porro.

—A Nisman no lo mataron —protestó, indignada Carolina—, se pegó un tiro. Era muy blandito. Lo apretaron un poquito y reculó.

— ¿Cómo sabés? —la interpeló Eduardo.

—Suficiente, ya no importa —sentenció Naylén—. Vamos, es la hora.

 

Mediando la tardecita la pitonisa y sus apóstoles caminaron en dirección al Tragadero. Rato después, se difuminaron monte adentro. Los yuyales, una vez oculto el sol, eran insobornables. Fue extraño, pero refrescó prontamente. Por suerte se untaron en el cuerpo una docena de potes de repelente y Naylén distribuyó túnicas verdes con capuchas debajo de las cuales, obviamente, debían estar desnudos de cara al ritual de iniciación. Caminaron un kilómetro, hasta el río. Todos fueron en silencio, en hilera. Los pasos crujientes. Los estertores del monte. Siempre hay estertores en el monte. Es así. Criaturas. De toda clase hay criaturas. Las criaturas hundiéndose en la densidad peligrosa del temerario Subtrópico Profundo. La naciente hermandad circunscripta bajo el génesis de la luna atizada alineada con Marte, de temperamento colérico y espinoso. Las estrellas, ¡qué hermosas! Todo era perfecto, tal y como Naylén lo imaginó.

Cuando llegaron a la costa, encendieron un fuego. Del otro lado del tragadero podían verse lucecitas, centelleos, provenientes de las instalaciones del Complejo de Criptobotánica y de Reserva Natural Estricta de Botánica Oculta.

El ritual no puede fallar, pensó.

— ¿Tomaron sus drogas? —preguntó en general.

Todos asintieron. Enseguida ordenó que hicieran un círculo alrededor de la lumbre y se tomaran las manos.

—El mundo de las plantas está bajo la influencia de los planetas y está destinado a alimentarse de la criatura humana, para poder subsistir. Hoy, nosotros, Madre, nos entregamos… —Naylén dejó caer la túnica verde. Su cuerpo lucía sensacional. Todos la imitaron y, también, dejaron caer sus túnicas.

— ¿Y ahora qué? —preguntó Carolina.

Crujieron los árboles, y los animales pronta e inesperadamente callaron. Húmedos y fangosos palpos, salpicados de filosas suculentas, acariciaron por un momento los bronceados pechos de Carolina y se metieron entre las piernas de Naylén y rodearon la cintura de Camila y se retorcieron entre las piernas de Eduardo y acariciaron los huevos de Fabrizio.

Árboles cortos y gruesos brotaron del fango moviéndose hacia el río sobre sus raíces rojas granuladas. Palpitaron el instinto salvaje, la corrupción multitudinaria de la naturaleza los agazapó en pocos segundos. Como un serpentario, las ramas de aquellos árboles se enroscaron hasta triturar. Carolina lanzó un quejido cuando una de esas ramas quebró su cuello y la envolvió entre sus tentáculos y con brutal energía y velocidad infernal la levantó como un trofeo en el aire y la arrojó hacia sus raíces, que la destrozaron y evisceraron en segundos. Camila ni siquiera alcanzó a gritar, desmembrada en tres pedazos igual que Fabricio. Cuando reventaron los cráneos de Eduardo y Mariano sonaron secos, lejanos. Naylén sonrió, el tentáculo penetró. Y todo terminó.

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