1. Carefree es frescura… ALABADAS SEAN LAS PALMERAS

Por A.G.

Tengo algunos recuerdos de la escuela primaria, algunos pocos, sí, capaz los conservo como souvenir. Especialmente el último año. Está alojados en mi disco duro. De vez en cuando accedo a la memoria, chequeó adentro y respiro hondamente. La plaqueta de mi memoria está jodida. Hay zonas negras, grises, de colores. Los recuerdos se borran, cambian, no sé, a veces no son los mismos y otros desaparecen.

Ahora, más desgastado aunque con numerosas plaquetas de memoria que me procuré a lo largo de mi vida tropical, puedo inocular el virus de la literatura en esos pasados y reescribirlos.

Mientras ejercito este proceso más cuenta me doy de lo estúpido que fui, pero sobretodo de los estúpidos que eran mis amigos. Había uno especialmente, un idiota a la altura de sus posibilidades. Vaya uno a saber qué ideas se retorcían entre los cableados de sus sesos, vino este amigo un día y se le ocurrió que yo debía llamarme Carefree, como la marca de toallitas femeninas, furor publicitario de los años 90.

Nunca entendí por qué me decían Carefree. O sí, bueno, lo entendía, quiero decir. Asociaban a mi persona con lo femenino y construían así el significante de lo femenino como inferior o rebajado, y el significante del marica, del puto, como algo, una cosa, de la que mofarse y cagarse de risa. Porque un hombre no puede ser marica. Por entonces no existía en mi vocabulario la palabra bullying, era el año 93 y yo tenía 12 años.

Carefree es frescura, Carefree es frescura… Frescura femenina, me cantaban mis amigos de la escuela primera. No eran todos así, pero la manada de la que queríamos ser parte se regía a través de una ecuación muy estricta. Había una manada especialmente dedicada a pasar muchas horas frente al televisor y otras tantas horas quemando sus plaquetas de sonido procesando discos compactos de Guns N´ Roses o de Nirvana.

Uno de ellos, era el líder natural. Un rubiecito que se vestía como Axl Rose pero bailaba como Diego Torres. No guardo registro de su nombre, qué extraño. Lo cierto sin embargo es que me colocó el mote de Carefree. Tal vez vio la publicidad y le gustó Araceli González aunque ciertamente estuve, estoy y estaré lejos de parecerme en algo a Araceli González.

Tampoco guardo registro de que me molestara que me llamaran Carefree. De hecho en algunos archivos me encuentro yo mismo cantando la canción de la publi; hasta llegué a bailarla y todo, y eso que siempre fui un tronco para el bailable.

En otros registros, decía, encuentro que el mismo que me decía Carefree me fastidiaba porque tenía un reloj pulsera que me había regalado mi mamá y yo lo usaba en la muñeca derecha. Y resulta que mi amigo el rubiecito me decía que los varones usaban los relojes en la muñeca izquierda y no la derecha.

—Es de marica usar el reloj en la derecha —me decía. Al principio no me importó pero después de una semana de asedio, me afectó terriblemente. Siempre fui un chico sensible. Enrabié y me largué a llorar.

Las autoridades del colegio llamaron a mi mamá. Mamá vino y me habló. Me dijo que lo que dijo ese chico eran todas pavadas, que cada uno elige cómo quiere usar sus ropas y sus cosas, y que eso no es incumbencia de nadie. Y me dijo que estaba mal, muy mal, insultar a las personas que preferían vestirse de manera diferente o, por ejemplo, usar el reloj en la muñeca derecha.

Cuando mamá se fue no me acuerdo si fue ese mismo momento, en algún recreo, o unos días después, no importa, mi amigo volvió a la carga y me fastidió porque me largué a llorar como un marica por sus cargadas.

—Fuiste a llevarle el cuento a tu mamita. —Era un primor mi amigo. —Ay Carefree, Carefree —me decía.

Sin duda lo peor llegó después. Influenciado por mi amigo, hice una cosa muy estúpida, tanto me avergüenza que la guardo en una carpeta apartada de mi escritorio digital, la tengo a mano siempre, de vez en cuando la chequeo, para que no cambie ni me olvide.

Resulta que estábamos en una fiesta en casa de una amiga. Yo estaba profundamente enamorado de una chica con la que éramos novios hace algún tiempo. “¡Cómo! ¿Todavía no te la atracaste?”, me dijo mi amigo. Se refería a que si jamás nos habíamos besado con mi novia de séptimo grado. Se burló un rato de mí, exhibiendo sus numerosas conquistas. Luego mi amigo me dijo que había llegado mi momento, que tenía que pedírselo. Reunió a otros amigos y juntos, como si yo marchara al frente de un escuadrón de pelotudos, me alentaron tanto que al final accedí.

No sé por qué, ella y yo, en un momento de la fiesta, estábamos sentados en la escalera que da acceso a la terraza, donde los demás compañeros de curso bailaban lentos de Los Enanitos Verdes. “Tengo que hablar con vos”, le dije a mi novia. “Sí, qué pasa”, me dijo ella, agarrándome de las manos. Y fue en ese momento que le dije, le dije así exactamente:

— ¿Podemos atracar? —Mi novia me miró entumecida, jamás voy a olvidar su cara de horror. Bajó por las escaleras como si estuviera huyendo de un zombi. Después de eso, nuestra relación terminó y nuestra amistad ya no fue la misma. Yo realmente lo lamenté porque estaba enamoradísimo de ella. La lloré todo el viaje de fin de curso.

Ella era una chica muy capaz y formada, abanderada o escolta de la escuela, aprendía idiomas, viajaba a Noruega y Nueva Zelanda en intercambios culturales, muy de moda por esos años entre familias pudientes de clase media de Subtrópico Profundo. No supe más de ella, capaz se fue a vivir a algún país de esos del primer mundo, que siempre son mejores que acá.

Mis amigotes de la primaria hablaban de atracar, eso significaba “besar a una chica con la boca abierta”. Yo tuve un beso de verdad recién a los 14. Atracar siempre me pareció una palabra espantosa, en tanto resignificada a la vez como cosificación a la vez como pulsión sexual. Para los pescadores significa acercar una embarcación a otra, amarrarlas a la costa del muelle. También significa asaltar, robar. Y, claro, besar a una chica con la boca abierta, según la experiencia de mi amigo, también había que, una vez en curso el beso, meter la lengua adentro de la boca. Eso era de macho, decía, meter la lengua adentro de la boca.

—Tenés que atracarla a la minita —predicaba mi amigo—. Pasa que vos sos muy Carefree, por eso no podés —remataba, casi siempre, mi amigo.

 

 

 

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