Callar para que pueda ser palabra

De lo que no se puede hablar, hay que callar.
Wittgenstein, Tratactus lógico filosófico.
El célebre precepto de Wittgenstein, indica de hecho que, puesto que indicándolo ha podido imponerse silencio a sí mismo, en definitiva, para callarse, hay que hablar. Pero ¿con qué clase de palabras? Esta pregunta tiene un sentido político acuciante, que no nos permite desinteresarnos del tiempo presente, el cual, abriendo espacios de libertad desconocidos, nos hace responsables de nuevas relaciones.
Blanchot, La comunidad inconfesable.

 

 

Por Ariel Sobko

Lic. En Filosofía

 

Callar no sólo es necesario para que pueda ser la palabra, sino que incluso llega a ser suficiente para decir algo. Es suficiente con callar para decir varias cosas a la vez, suficiente callar para alcanzar la indiferencia o el desdén, incluso, suficiente callar para alcanzar la mística del mundo. Pero ocurre que, para callar, hay que hablar, de modo que el silencio representa un exceso de lenguaje.

El exceso de lenguaje —o lenguaje del exceso—, que representa al silencio de quien calla, es el que explora Alfredo Germignani junto a la plataforma Literatura Tropical, en su última obra Callaré como Pirrón. A lo mejor por eso es que el guion tiene cierto aire barroco, porque de algún modo sus personajes deliberadamente agotan (o quieren agotar) sus posibilidades, llenando de este modo ese camino de hablarlo todo para poder callar. De hecho, la obra transcurre sobre un abrumador colchón de páginas sueltas, rotas, de libros, que los personajes, cuando no están en locución, están leyéndolas constantemente o destruyéndolas.

Por lo demás, Pirrón de Elis, el filósofo griego, dirigió su silencio en forma de escepticismo contra la polis. Ahora: ¿a qué dirige su silencio la obra de Germignani, en definitiva, por qué buscan callar sus protagonistas? Pues bien, la obra de Germignani dirige su silencio y calla por el amor. Porque Callaré como Pirrón es, por cierto, una historia de amor (confusa y desgarrada, como toda historia de amor), como si sus personajes quisiesen en su afán de una palabra barroca cerrar la herida de la pena de amor.

Yo diría que Callaré como Pirrón, pertenece al pop negro, mejor dicho, al pop desgarrado, al mejor estilo de El cuervo, película de David J Schow y John Shirley, o de Sin City, de Robert Rodríguez.

Una última apreciación. Dicen que toda gran obra, de alguna u otra manera, se dirige necesariamente hacia los más antiguos mitos, casi siempre es Prometeo u Orfeo, a veces también en Sísifo. Pues bien, Callaré como Pirrón hace referencia a Harpócrates, dios griego del silencio, y es un detalle que engrandece la obra, sobre todo porque, en efecto, la atañe en absoluto. Nadie que desee lo mejor puede dejar de ir a verla.

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