Mientras tomaba un chop

Por Alfredo Germigani

 

El ingeniero Gerardo Alumbrelli jamás imaginó que sentarse a la mesa de un barcito céntrico a beber un chopp junto a su familia ocasionaría una revuelta cívica que por muy poco no culminó en linchamiento patriótico y posterior renuncia del gobernador Gran Mono. Como todos saben, a partir del 2020 todos los gobernantes a cargo pasaron a llamarse Gran Mono, a la manera de los gobernantes primigenios del Paleolítico pero en el marco de una ficción futurista. Alumbrelli era consciente que desde el decretazo que puso en funciones al Gran Comendador del Tabernáculo la gente andaba con los ánimos crispados y en la calle, en la plaza, en los colectivos, te cagaban a trompadas por cualquier boludez o te linchaban si te veían cara de negro y ñeri malnacido. Sin embargo, el ingeniero Alumbrelli vislumbró que podía sacar mucho provecho personal suyo muy particular cuando aceptó el cargo público que el Gran Comendador del Tabernáculo le había propuesto oficialmente, enviado por Gran Mono.

Pero, cuando la ingeniera Edith Flecos Stafuza prometió inyectar a la red eléctrica de la city ciento treinta y ocho mil millones de voltios mensuales, a partir de un compuesto químico secreto basado en la segregación perpetua de jugo de naranjas —sí, jugo de naranjas naranjas— y darle así solución definitiva a los permanentes cortes de suministro de energía eléctrica, todo el mundo, incluso el propio Alumbrelli, pensaron que era un chiste. Que se trababa de una broma pesada de muy mal gusto, más que nada por el lema de la campaña proselitista: Fusión Naranja, que aludía a la controversial Fusión en Frío prometida por Gran Mono en la campaña anterior y jamás cumplida, como la mayoría de las promesas de Gran Mono. De todas maneras, la alcaldesa Stafuza pasó a liderar la intención de votos en las encuestas e incluso fue entrevistada en televisión prime time por el criogenizado periodista semivivo de Nelson Castro.

Días atrás, el Eterno Pontífice Paparopulo Francesco no vaciló en encomendarle especialmente la cuestión: “Edith, vos tenés que ser la próxima gobernadora tropical”. Después de bendecirla con la señal de la cruz, “Su Santidad —detalló a su regreso de Roma la alcaldesa— alzó ambos brazos y levantó levemente la vista papal hacia el prístino cielo italiano y su sotana comenzó, así divinamente, por obra y gracias del Señor, a irradiar luminiscencia, luminiscencia avalada oficialmente por Dios Padre Todopoderoso”. Todo con Stafuza era así, rosado kitsch.

En el 2019, un golpe de Estado orquestado por Niño Macri y financiado por la milicia de la Asociación Mundial del Rifle derrocó al Gobierno Federal y decretó Estado Permanente de Unitarismo Mitrista. Una vez en el poder, Niño Macri se autoproclamó Virrey Perpetuo de Buenos Aires y encomendó a la comunidad cristiana la decapitación de pansexuales e infieles. Impuso We Will Rock You como cortina musical en sus apariciones holográficas publicitarias, y organizó entregas gratuitas de cápsulas inyectables de solución salina para aumentar la densidad de las tetas de las mujeres y ganar así el cariño popular de la gente.

El Gran Comendador del Tabernáculo advirtió a Alumbrelli que el trabajo, en aquel contexto político y social, sería complicado. Le dijo que Gran Mono le dijo que le dijera que debía gobernar para los niños pobres que tienen hambre tanto como para los niños ricos que están tristes. “Leí todas las obras de Sócrates y estoy en condiciones de afirmar que hay cosas que sabemos que sabemos. También hay cosas desconocidas conocidas, es decir que sabemos que hay algunas cosas que no sabemos. Pero también hay cosas desconocidas que desconocemos, las que no sabemos que no sabemos —dijo El Gran Comendador del Tabernáculo, y, palmeando el hombro de Alumbrelli, corrugó su pera puntiaguda, compuso un incompresible gesto simiesco, y remató mirándolo a los ojos—. Tenés que poner la jeta, compañero”.

El ingeniero Alumbrelli acarició suavemente sus bigotes con la yema de sus dedos índice y pulgar, permaneció pensativo unos instantes y respondió que sí, que estaba dispuesto a hacer el trabajo sucio, que pondría su jeta siempre y cuando, advirtió, eso sí, y era esto innegociable, se rubricaría un memorándum firmado por él mismo ascendiéndose —sí, él mismo, a sí mismo, ascendiéndose— de la categoría I a la L, lo que representaría un aumento superior al cincuenta por ciento de su salario de bolsillo y también, ingresarían en el paquete, los viáticos, los restaurantes, el combustible de los vehículos oficiales de alta gama (a disposición en forma constante y permanente, con chofer, las veinticuatro horas), y por último unos jugosos contratillos para su señora esposa y sus bienamados vástagos, quienes desempeñarían tareas como sus plenipotenciarios asistentes y núcleo duro de su Secretaria Privada.

El Gran Comendador del Tabernáculo se mostró meditabundo. Metió la mano en el bolsillo interno de su saco fosforescente y sacó una cápsula blanca de benzoilmetilecgonina, la partió al medio chasqueando los dedos y las llevó hasta su nariz y las esnifó; fueron dos nariguetazos precisos, muy profesionales. Después digitó una videollamada con su teléfono celular; del otro lado de la pantallita apareció Gran Mono y dijo que ya lo sabía todo y aprobó en el acto el enroque golpeándose el pecho y, sin más, cerró la videollamada.

EL SECRETARIO DE DEFENSA DE LOS ESTADOS UNIDOS ACONSEJA ACOSTUMBRARSE A UNA GUERRA PERPETUA. El titular de tapa de La Voz de la Verdad llamó poderosamente la atención del ingeniero Alumbrelli y rápidamente continuó la lectura del copete: “Durante su participación en un foro de seguridad mundial organizado en Aspen, Colorado, el secretario norteamericano de Defensa y Exportación de Democracia a Medida, Chuck Hagel, declaró que estamos viviendo en tiempos que darán lugar al Nuevo Orden Mundial”. La jeta de Alumbrelli se comprimió en un punto negro y borroso y se preguntó a sí mismo si él sería parte del Nuevo Orden Mundial y si Gran Mono lo sería y si lo sería también el Virrey Macri y si El Gran Comendador del Tabernáculo podría serlo también. Tales eran las cosas que pensaba el ingeniero Alumbrelli, muy temprano a la mañana, cuando desayunaba sus habituales palmeritas del San José y una espumosa tacita de café con leche.

Estudiar el flujo del lenguaje es una manera de estudiar la conciencia. El autor real verdadero nunca podrá terminar de desarrollar un contexto ya que siempre, siempre hay algo que agregar, que se puede agregar. Es el texto leído en la propia interioridad, que pone en crisis la idea de representación. La idea de tradición en cambio es un contexto que viene cerrado, empaquetado. La tradición enmarca cómo se localiza el lugar desde el cual se conoce, hay que tomar una determinación. Fíjense si no el caso de Juan Molinari: es paradigmático, teniendo en cuenta que el espacio lo sitúa en un flujo narrativo de sentido simbólico aunque no obstante coyuntural al futurista relato.

Fue un artista conceptual mediocre, trágicamente aturdido por causa de la marginalidad y el macrismo recauchutado. Se casó con la última ciudadana boliviana y procreó media docena de vástagos a los que debía alimentar. Acudía todos los días a un centro de asistencia social ubicado a ciento cincuenta metros de su casilla gravitatoria para carenciados, en espacio aéreo usurpado, a unos quinientos metros del monumento flotante de granito puro erigido en memoria de Gran Mono. Allí Molinari recogía diariamente las bolsitas con el líquido vitamínico que mantenía con vida a su prole y que el Gobierno distribuía hacía un año en forma gratuita con moderado éxito a los negros en situación de indigencia extrema. “Con las bolsitas vitamínicas evitamos que se mueran, y estamos erradicando la delincuencia”, había declarado una semana atrás el ministro de la Felicidad, Teobaldo Cauteloso.

Así y todo, cuando la empresa japonesa Orient Industry anunció la creación de su nueva gama de muñecas hechas con silicona de alta calidad —las cuales se veían tan reales que era difícil distinguirlas de una mujer real verdadera a primera vista—,  Cauteloso ordenó la importación de cien mil de aquellas muñecas sexuales valuadas en sesenta y siete mil quinientos treinta y seis pesos con noventa y nueve centavos por unidad. Como la guita que le sobraba a Cauteloso no era suya también pidió modelos especiales: las había rusas, asiáticas, chilenas, africanas, correntinas, rioplatenses, y réplicas exactas de Susana Giménez y Moria Casán, éstos últimos revestidos en carácter de «especiales» serían repartidos entre el interinato de primera y segunda instancia y el resto de las muñecas entre los marginales machos de las castas explotadas. Eso sí, solamente a los mayores de dieciocho años, para evitar confrontaciones estériles con Su Santidad Paparopulo Francesco y mantener, al mismo tiempo, conforme a Gran Mono en tiempos electorales.

Cuando la mujer de Molinari volvió de su trabajo esclavo mal pago de catorce horas diarias como diseñadora holográfica de la corte publicitaria de Gran Mono y encontró a los niños jugando a la revolución agraria con las últimas zanahorias que había en la heladera y a él, su marido, aplastado en el catre del habitáculo, culo arriba, bombeando a la muñeca sexual asiática distribuida gratuitamente por el Gobierno, montó en cólera y lo asesinó a los hachazos. A los niños les pidió que colaboraran, que trapearan el piso con lavandina y limpiaran los charcos de sangre y juntaran las piernas y los brazos de papá Molinari y los pusieran adentro de bolsas de nylon negras y que las arrojaran por el balcón, eso le dijo a su media docena de críos la mujer del artista conceptual Juan Molinari.

“¡Hay que tomar una determinación!”, sugirió con tono imperativo e impostado, aunque muy entusiastamente, el Gran Comendador del Tabernáculo al señor gobernador Gran Mono, recién llegado del Canal de Panamá. Del viaje inesperado por el caribe se trajo un souvenir abominable que presumió encorvándose sobre sí mismo frente al Gran Comendador como si fuera un niño rico odioso y presumido. Se sintió, en algún punto, la razón por la cual sus antepasados primitivos existieron.

Nadie conocía a ciencia cierta la ubicación real verdadera del búnker de Gran Mono. Desde una plataforma espacial instalada en Taco Pozo, la astronave de Gran Mono salía eyectada hacia la atmósfera, se remontaba a la estratósfera de manera tal que en uno o dos minutos podían estar, él y su séquito de peluqueros, tomando decisiones de alto impacto institucional, en un paraje selvático de Pampa del Infierno o en Villa Río Bermejito, en una ubicación secreta, obviamente. El Gran Comendador del Tabernáculo conocía la sabiduría de Gran Mono: él y solamente él podía dar las órdenes. Razón por la cual conjeturó que lo mejor era madrugarlo, azuzarlo intencionalmente con la cuestión de mayor sensibilidad social en la agenda política de Gran Mono: la anarquía.

“¡Vagos de mierda, no quieren laburar!”, farfulló Gran Mono ni bien escuchó la palabra anarquía. Por la comisura de sus labios chorrearon hilillos de baba. Estaba mascando tirria, estudiando la manera de impulsar una purga democrática, establecer una fecha, una vez por año, la gente tendría la posibilidad gratuita de palear a cuanto negro de mierda se le diera la gana. El Gran Comendador del Tabernáculo no quería, empero, llegar tan lejos, así que carraspeó la garganta cuando le empezaron a brillar los ojitos a Gran Mono y le dijo, le sugirió más bien, que las decisiones drásticas sólo podrían conducirlo a derrapar en las encuestas lo cual no sería beneficioso para el Gobierno teniendo en cuenta la cercanía de las elecciones y lo más importante de todo, sin duda alguna, pondría en juego la dinastía del mandato de su hijo Gran Chimpancé. Esto último conmovió a Gran Mono. El Gran Comendador volvió a esnifar otra cápsula de benzoilmetilecgonina y ladeó una sonrisa y le dijo a Gran Mono, acercándose a su peluda oreja:

— Enviemos al ingeniero Alumbrelli.

— ¿Y quién puta es Alumbrelli? —cuestionó Gran Mono rascándose la nariz.

— Gerardo Alumbrelli, señor —dijo El Gran Comendador, intercalando un suspiro, deslizó el dedo sobre la pantalla de su teléfono celular y se disparó una proyección holográfica con la ficha biográfica tridimensional del ingeniero girando sobre su propio eje y desplegando una serie de gráficos y tortas estadísticas interactivas. Y prosiguió: —Es la persona idónea para ocupar el cargo, no es homosexual, la mayoría de sus clones tomaron la comunión y jamás se masturbó.

— Alumbrelli, eh. Alumbrelli… —dijo Gran Mono, frotándose la pera con la mano.

Un centenar de aeronaves no tripuladas merodeaban el archipiélago de villas gravitatorias que oscilaban sobre las ruinas del ex Puente General Manuel Belgrano. Habían sido enviadas por el ministro del Orden Público y la Buena Conducta, Florcito Power, con el propósito de vigilar en simultáneo al pobrerío mientras plenipotenciarios de Teobaldo Cauteloso distribuían las muñecas sexuales entre el negrerío, monitoreados por las cámaras de vigilancia conectadas al simulador de vuelo espacial que El Gran Comendador del Tabernáculo tripulaba desde una ubicación secreta, estratégicamente convenida, para mantener el operativo a raya y muy especialmente para controlar que las cosas no se salieran, valga la redundancia, de control.

Sin embargo, alrededor de las doce y media del mediodía, cuando el solazo ardía en lo alto como una bola de fuego, policías del Escuadrón Pacificador del Virreinato mitrista, responsables de la repartición de las muñecas sexuales en el territorio aéreo usurpado, “fueron presa del descalabro sexual que produjeron las enormes tetas artificiales de una treintena de femeninos, que —según se desprendió del informe oficial redactado por el sargento de la División Motorizada Pacificadora, Rubber Bullet— calentonearon a los agentes de la ley y el orden, luciendo escotes profundos e indecorosos, por lo que se procedió a la posesión de los mismos.

“Dicho accionar policial, debidamente justificado, causó que las enajenadas acudieran a la violencia y nos amenazaran con romper nuestras jetas con botellas de cerveza, razón por la cual di a mis oficiales la orden de proceder sujeto a derecho según lo establecido por la Ley de Insinuación Obscena N°6969, inciso c, apartado d, del capitulado CXVIII, que establece: «Los agentes de la ley y el orden podrán tener acceso carnal al sujeto femenino que se comporte de modo indecente frente a los mismos, situación que será determinada in situ a discreción por el guardián de mayor jerarquía presente en el operativo». Por lo cual —consignó, para redondear, el sargento Bullet en su informe oficial—, se procedió legítimamente según la normativa, actuando tal y como lo establecen los parámetros legales del Código Único de Penetración Carnal de la Argentina, que prohíbe explícitamente la sodomía pero autoriza otras formas de acceso carnal al sujeto femenino, en caso de que el responsable jerárquico encuentre a la sospechosa en delito fragrante”.

El doctor Abu Muhammad, ministro de Salud del gabinete esperpéntico de Gran Mono, explicó a La Voz de la Verdad que las cápsulas inyectables se aplican por detrás de cada glándula mamaria en ingestas cantidades de centímetros cúbicos, las cuales contienen una solución especial de cloruro de sodio, que aumenta el volumen de tetas hasta lograr el tamaño deseado. “Solamente la perversa mente de Virrey Macri podría haber lucubrado una maniobra premeditadamente ruin y perversa”, remató el doctor Muhammad, iniciando así —todavía sin saberlo— una torsión semántica en el flujo del lenguaje del devenir de los hechos simulados, por lo cual el autor real verdadero al final del cuento, sí logró urdir una técnica que le permitió administrar la complexidad de la maquinaria arborescente del contexto total, tirando por tierra el falso mito de que siempre queda algo por agregar.

La idea de tradición, entonces, no enmarca cómo se localiza el lugar desde el cual se conoce, sino que lo determina. Es el texto leído en la propia interioridad, que pone orden a la idea del caos. Es imposible tomar una determinación y no contar absolutamente nada.

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