¡Una novelita digital inesperada!

 

PRIMERA PARTE

 

Por Alfredo Germigani

Hace una década que la actriz Mary Elizabeth Winstead ocupa el puesto N°1 de mi lista personal de actrices favoritas.

No sé exactamente por qué lo ocupa pero sí sé por qué no lo ocupan otras actrices, como Scarlett Johansson, de quien escribí una novelita corta llamada Diario de un fanático de Scarlett Johansson y ni siquiera se dignó a interponer una demanda judicial para evitar que mi pequeña tirada de autor provinciano de cien ejemplares pudiera producir un escándalo nacional e internacional que llamara la atención de una editorial corporativa que me contratara y me pagará por engordar el número de páginas, dar entrevistas, hacer una película, cosas así, tal y como le sucedió escritor francés Grégorie Delacourt, que publicó en 2013 la novela La primera cosa que se mira, cuya protagonista, Jeanine Foucaprez, es una misteriosa mujer que le pide ayuda a un mecánico de coches en un pueblucho al Norte de Francia, y que es descrita como la réplica exacta de la actriz estadounidense. Johansson demandó al autor por “atentado” a la vida privada, pero solo obtuvo 2.500 euros por daños e intereses, mientras que el libro vendió más de ciento cincuenta mil ejemplares.

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La portada del escritorsucho francés.

Yo escribí muchos años antes una novela de similar argumento y harto más osada y usé su nombre en el título y envié un par de ejemplares al correo postal de su club de fans, y ningún abogado me llamó. Incluso un amigo editor, el mismo que rechazó todas las galeras de novela que presenté en su editorial mundialista, me dijo que Diario de un fanático de Scarlett Johansson se había convertido en una novela de culto. Nada más errado, fue mi primera novela y si no fuera porque ese maldito club de fans que jamás le entregó el libro a Johansson o a sus letrados, yo hubiera sido Delacourt y hoy las editoriales corporativas se pelearían por representarme. También, es cierto, pudo incidir el hecho de que yo vivo en Chaco, y Delacourt en París.

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La portada de un verdadero fanático.

Lo cierto es que hoy ya no me interesa que me llame ningún abogado ni me interesa Scarlett Johansson; creo que ya nunca actuó bien desde Perdidos en Tokio. Razón por la cual, todo, Mary Elizabeth comenzó a ocupar con justicia el primer lugar del podio.

Lo primero que hay que decir de Mary Elizabeth Winstead es que sabe muy bien lo que hace y lo que hace muy bien es actuar. Entre la ficción y la realidad, en el medio. Está donde hay que estar.

De otro modo sería imposible rendirle pleitesía fervorosa tal como yo se la rindo; incluso habiendo escrito una novela corta en la que, a diferencia de Diario de un fanático, asigno el rol protagónico de interpretarse a ella misma. Sí, fui más lejos, e hice que Mary Elizabeth Winstead real y verdadera se interpretara a sí misma, siendo ella más real y verdadera que en la vida real y verdadera, cosa que acertadamente no hizo en ninguna de sus películas.

Nos tiene mal acostumbrados el cine hollywoodense, cada tanto nos quieren soplar una figurita que no actúa bien pero que hace muy bien de sí mismx en todas las películas que protagonice, como es el caso de Julianne Moore o Ricardo Darín.

Actuar mal es hacer de sí, transpolar un personaje real verdadero a otrx que no lo es del todx; no (hablamos de) actuar mal propiamente dicho, pues incluso actuando mal se puede sacar un buen resultado, como es el caso de la señorita Dakota Johnson, que tan mal no actúa pero cuya calculada pésima performance en Cincuenta sombras de Grey no hace más que reafirmar lo buena que puede llegar a ser una película, de tan mala que es. ¿Cómo explicaríamos entonces que Dakota Johnson interprete el papel protagónico de la remake de Suspiria, el mismo que Jessica Harper interpretó en 1977, clásico del cine giallo y obra maestra de Dario Argento, papá de Asia Argento (quien ocupa, dicho sea de paso, el puesto N°8 de mis actrices favoritas)?

Pero volvamos al primer puesto. Una de las razones fundamentales por la que Mary Elizabeth Winstead es la mejor de todas, es porque es la prima segunda de Ava Gardner. Yo no vi ninguna película con Ava Gardner pero una vez leí una crónica de new journalist que Tom Wolfe escribió sobre ella, creo que era Tom Wolfe quien había escrito sobre ella, y que ya ni siquiera recuerdo, aunque a juzgar por la sensación que me quedó de aquella lectura no puedo afirmar ni una cosa ni la otra, salvo por el incomprobable hecho de que es la prima de Ava Gardner, razón más que suficiente para que Mary Elizabeth haya obtenido el primer puesto. No es la única razón arbitraria por la que ocupa el primer puesto. O sea, hay que tomarse muy en serio el oficio de rankear actores, no es tarea así nomás, no nos pagan un peso por ver tantas películas y la gran mayoría de ellas las olvidamos al día siguiente y nadie nos paga la consulta con el oftalmólogo, no lo cubre la obra social, el dolor de ojos que nos queda no es sobreactuado, la migraña no la saca un descanso.

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La inmortal Ava Gardner

No sé cuándo exactamente me enamoré de Mary Elizabeth Winstead. Creo, si mal no recuerdo, que la amé después de Destino Final 3, una película olvidable como todas las de la saga aunque de poderosa fascinación teenager. Nadie olvida tan fácilmente una máxima como “No hay escapatoria de los designios de la Muerte”, dicha por Tony Candyman Todd, y del modo en que sólo podría hacerlo Tony Candyman Todd, y con el tono con que sólo podría hacerlo Tony Candyman Todd pero sin ser Tony Candyman Todd, sino el mismísimo y personificado Satán, que encuentra (capaz sin quererlo), su justa y memorable reminiscencia noventosa, y en Mary Elizabeth Winstead la razón por la que a las malas películas (a algunas, no a todas) también hay que verlas hasta el final.

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Destino Final 3

Como fana línea fundadora de Mary Elizabeth Winstead tengo que decir que es injusto tener por cierto que la amamos a partir de su interpretación de Ramona Flowers en Scott Pilgrim contra el mundo (2010). Cierto es que amamos a Mary Elizabeth Winstead use cabellera fucsia, verde, azul o roja, sea del color que sea, insisto: la amamos. Pero la euforia teenager de millennials retropop la endiosó única e injustamente por haber dado vida a Ramona Flowers; lo cual no es excluyente ni definitorio, si no véase y escúchese el vídeo de la canción que lleva su nombre y que Beck compuso para la película homónima. Unx podría sentir, en un parpadeo, cómo la aceleración cardíaca aumenta dramáticamente cuando Mary Elizabeth hace caritas.

Otra cosa que hizo sensacional a Mary Elizabeth Winstead: aprobar un casting “maníaco” (así lo denominó ella) de Quentin Tarantino para Death Proof (2007). En la peli interpreta a una porrista tan sexi como letal, cuyo nombre es Lee Montgomery. Pues bien, Lee Montgomery puede lanzar patadas mortales. Lee Montgomery puede cantar a capela “Baby It´s You”[1]. Lee Montgomery lo hace muy bien: cuando canta: Mary Elizabeth Winstead también:

Otro de los momentos más intensos de mi vida fue cuando me enteré de que Mary Elizabeth Winstead protagonizaría una precuela de la original The Thing (1982) de John Carpenter. The Thing es mi película favorita de terror por muchos motivos, los cuales no desentrañaré en este artículo y no creo que vaya a hacerlo en otros artículos pues ya se escribió mucho sobre The Thing y no estoy especialmente interesado en escribir sobre The Thing sino en el protagónico de Mary Elizabeth Winstead en The Thing (2011), que interpreta a una paleontóloga de la Universidad de Culumbia, Kate Lloyd. Unos investigadores noruegos van a pedir su ayuda después de descubrir un platillo volador y un “organismo” extraterrestre enterrados en el Ártico. La macana es que después, como se sabe, el organismo alienígeno despierta y se pudre, mal, tode. La peli se ubica temporalmente antes de la de Carpenter. O sea que todo lo que pasa, argumentalmente hablando, es el inicio de la pesadilla concebida en la novela corta de ciencia ficción ¿Quién anda ahí? de John W. Campbell, aparecida por primera vez en 1938. No recuerdo ya la cantidad de veces que vi ambas películas (mi compañera suele recriminarme que las vuelva a mirar, cada tanto una y otra vez), la de 1982 y la de 2011 (y también la bizarra, la de 1952) así que me siento con avales más que suficientes para afirmar que la actuación de Mary Elizabeth es sólida y convincente y que recuerda a una joven Sigourney Weaver en Alien: el octavo pasajero (1979) de Ridley Scott.

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Haciendo lo que hay que hacer: quemar la cosa.

Otra de las pelis magistrales protagonizadas por Winstead, más reciente, es Avenida Cloverfield 10 (2016). Allí comparte pantalla con el titán John Goodman, a quien amamos desde Barton Fink y El gran Lebowski y quien eventualmente ocupa el puesto N° 37 de mis actores favoritos. Para mí, la mejor de las tres del Universo Cloverfield es la que protagoniza Mary Elizabeth, que interpreta a Michelle, una diseñadora que huye a Luisiana tras una discusión con su novio, pero, en el camino, tiene un accidente automovilístico. Es rescatada por Goodman, que hace de loco malo. Michelle despierta bajo tierra, en un búnker, ya que supuestamente —le asegura Goodman— hubo un ataque nuclear que volvió a la superficie inhabitable. En el búnker también hay otro loquito, Emmett el lugareño, que tuvo la “suerte” de ser acogido por el samaritano Goodman. Los tres deben convivir en el búnker, aunque el propietario es el que manda y todes deben acatar sus órdenes y mostrarse siempre agradecides. Pronto descubren que Goodman es un psicópata asesino y la cosa se pone jodida. Goodman ejecuta de un corchazo al lugareño y, en medio de la conmoción, Michelle debe apurar su plan de escape. Cuando finalmente logra salir a la superficie, se entera de que en realidad no hubo tal ataque nuclear y que su presencia llama la atención de extrañas criaturas e incluso una nave espacial intenta secuestrarla pero ella logra zafar y convertirla en una bola de fuegos artificiales, luego de arrojarle una bomba molotov. Todo esto, en medio de un maravilloso anochecer apocalíptico en alguna zona rural del estado de Luisiana, Estados Unidos de América. Amo esta película de ciencia ficción por muchas razones, pero la razón de todas esas razones es una sola: Mary Elizabeth Winstead.

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Todavía no lo puede creer.

Pero si hay que hablar de lo mejor de lo mejor, lo mejor que hizo Mary Elizabeth fue Faults (2015), película dirigida por Riley Stearns, escritor quien por entonces era su pareja. Acompañada por el dramático Leland Orser, Mary Elizabeth hace de Clarie, quien supuestamente fue sometida a una lavado mental y secuestrada por una secta. Ansel (Orser), un gurú de la autoayuda en bancarrota, moroso y fracasado, es contratado por los padres de Clarie para que la rescate de aquella secta malvada y les devuelva a su niñita. Con el consentimiento de los padres, Ansel secuestra a Clarie, la lleva a un hotel donde, después de los razonables encontronazos entre el raptor y la víctima, él pide que permanezca con él durante cinco días, nada más que cinco días, propone, para hacerla entrar en razón, y ella acepta. A partir de acá arranca un delirio perfectamente medible y cuantificable, calculado, que prevalece gracias a pequeños hechos fantásticos que parecen no tener explicación y que sin embargo rodean a la persona de Clarie. El final es soberbio, cierra y abre las puertas del universo fantástico y el espectador ni siquiera se da cuenta de qué lado quedó. Mary Elizabeth Winstead otra vez sale triunfal y más hermosa y sensacional que nunca. En la captura de pantalla que tomé, en su cara puede apreciarse una belleza que no es revelada ni brilla cuando sonríe, sino cuando aflora furiosa y rebosada de rabia y yo puedo ver en sus ojos el fuego en el que quiero consumirme sin pensarlo.

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Mary en Faults, la mejor de todas.

Naturalmente, después hizo otros trabajos artísticos de menor calibre, como haber interpretado a la hija del legendario John McClane en la cuarta entrega de la saga Duro de Matar, o como aquella película en la que hace de una bailarina que lucha por sus sueños, y baila mucho y… bueno, ya saben, al estilo de la mierda del sueño americano y esas cosas. Pasa que Mary Elizabeth estudió danza en un programa de verano en la prestigiosa Joffrey Ballet School de la ciudad de Nueva York, y baila muy bien, ciertamente, aunque preferiría verla desenvolverse en algún musical, que cante y baile, esto es lo que le pido, encarecidamente, como fan, que no haga más películas de baile, que por ahí no va la cosa.

En Factory Girl  (2006) hizo de Ingrid Superstar; bien, pero pocos minutos de pantalla. En Tocando fondo (2012) interpretó a Kate Hannah y compartió protagónico con Aaron Paul, el Jesse Pinkman de Breaking Bad. Una maestra de escuela de Los Ángeles, y su marido, “Pinkman”, tienen problemas de alcoholismo. Con esta última peli, ganó un montón de premios, es dramática y sentida, y la actuación de Mary Elizabeth se lleva puesta a la de Pinkman, a quien se ve extraño sin ladear el profesor Walter White. Otra buena historia cuyo reparto encabezó Mary Elizabeth fue Alex de Venice (2014), es una linda cinta que comparte con el gran Don Johnson, que hace de su padre. Alex es abogada, una abogada de las buenas, y tiene que lidiar con la vida misma cuando su marido la abandona cansado de tener que hacer las tareas domésticas y cuidar a les niñes, mientras ella hace el trabajo duro todo el día. Esta peli es emotiva y profunda con poco, y trata sobre la búsqueda de Alex por reencontrar sentido a las cosas sencillas y amadas que nos rodean aunque no sepamos mirarlas; aquellas cosas que nos hacen estar vivos sin tener que rendir cuentas a la libertad estereotipada de echarte a andar sin más como un trotamundos sin brújula, y aprender a ver que hay lugares en el mundo donde podemos ser más libres que todas las carreteras juntas haciendo zigzag.

Para televisión, hizo The Returned (2015), donde Mary Elizabeth vuelve de la muerte junto con otra gente y nos preguntamos entonces qué diantre pasó, como, si estaban muertos, volvieron de la muerte, así sin más, regresaron a la vida y a sus hogares y obviamente, no sin más, se armó la hecatombe. En BraindDead (2015) Mary Elizabeth hace de una asesora de un senador demócrata en una conspiración delirante bien, que tiene por protagonista unas pequeñas hormigas extraterrestres que se meten en la cabeza de los políticos norteamericanos para controlar y dominar el mundo. Y, claro, la tercera temporada de Fargo (2017), donde comparte pantalla con Ewan McGregor e interpreta a una mujer fatal, Nikki. En el set de filmación de Fargo, Mary Elizabeth y McGregor se enamoraron, él abandonó a su esposa de siempre, Eve Mavrakis, con quien tuvo no uno, no dos, no tres, sino cinco hijos. A ella la putearon los fans católicos pro-vida de McGregor, la llamaron “rompe hogares”. También las hijas la putearon por redes sociales, se armó un quilombo. Todo después de esta foto:

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¿Por qué?

No importa que haya dejado un morocho por un rubio archipop, Mary Elizabeth Winstead seguirá ocupando el puesto puesto N°1 de mis actrices favoritas por otra década más, siempre y cuando siga emparentando su carrera artística a los géneros de terror y ciencia ficción, caso contrario descenderá al séptimo o duodécimo lugar y volverá a subir Charlzie Theron o Ashley Lawrence de Hellraiser, mal que me pese.

 

 

Segunda Parte

 

Por Fernando Funes

Una sacudida la trajo de vuelta a la realidad, o al menos eso pensó. El principio fue volver de una pesadilla. Volver a la realidad. La realidad era salir del sopor de las pesadillas donde se confunden o se disfrazan las fantasías íntimas. Pero ¿tanto como para olvidar su nombre? Fue un parpadeo eléctrico, un zumbido que la devoró. Lo sintió al abrir los ojos, porque los destellos, las imágenes fragmentarias vinieron después como si fueran oleadas de resúmenes noticiosos atormentándola frente a la televisión. No podría describir en detalle las imágenes que desfilaron por su mente, o sea, no podría explicarlas ni siquiera a ella misma, más bien porque se sentía extraña de sí misma, como si un día hubiera despertado y no reconociera su rostro frente al espejo de otra realidad.

Dudó del sueño mismo, de la vigilia, del limbo, de la realidad, de la ficción y de todo lo demás que anidaba en su pasado alternativo y que, naturalmente, ella ignoraba, Mary Elizabeth comprendió inmediatamente que el mundo siempre rodaría en sentido contrario a las convicciones íntimas que engendró precipitadamente licuando ucranias cósmicas y viajes en el tiempo. Ella no lo sabía. Todavía no lo sabía; pero no estaba frente a sí misma sino frente a otra verdad de sí misma.

Ciertamente: todo lenguaje tiene un costo y la confección de los relatos que estructuran la prosa de un universo, su tono, sus formas, su estilo, no fue una tarea sencilla. Sin embargo, ella no imaginó que lo real y lo fantástico fueran como espejos borrosos enfrentados multiplicando un confuso universo dicotómico, un tipo inclasificable de punto Jonbar, que ella y todos los demás, las demás criaturas humanas, muy íntimamente, poseen. Como se puede poseer un don, sin saberlo.

Un parpadeo basta para que tu mundo se derrumbe. Un desdoblamiento de espacio-tiempo la escupió a los prolegómenos de una ciudad brutal, desvariada y neurótica, llamada Subtropicando Profundo. Organizada en barrocos archipiélagos flotantes, saturados y oxidados de antiguos containers metálicos y atravesado por enmarañadas masas de cables y tendales de vidrios, caóticos y fragmentarios y geométricos destellando bajo el cielo azulado como si fuera un cielo intermedio, gravitando detrás de una gran muralla de cadáveres apilados, exhibidos en mutilada gramática justiciera, debajo de las putrefactas aguas del sinuoso Río Negro. Abigarradas extensiones de bloques habitacionales de fachada dramática y húmeda, contaminada.

El éxodo masivo de pudientes escandalizados con la invasión de salvajes y ñeris, convirtió aquella zona exclusiva del anglocriollaje en una feria multitópica donde comerciaban desde repuestos para ginoides multiseculares antiguos hasta complejos vitamínicos y receptores hipertrofiadores del tiempo. En los alrededores de estas tiendas superpobladas de toda clase de individuos y mafias, junto al portón estelar de ingreso a un prostíbulo regenteado por deformados hombrecitos de piel escamosa, se revela un callejón o pasadizo, húmedo y oscuramente siniestrado, encima del cual se levanta un cartelito aparatosamente luminoso de letras atiborradas que deja leer: “Todas las ciudades concebibles, pasadas y futuras, probables o improbables, verosímiles o fantásticas”.

La antigua Ruta 16 escupió una camioneta Gladiator que rodaba a toda velocidad echando fuego por el escape. Apareció zigzagueando, procurando sacarse de encima una horda de entidades ectoplásmicas de doppelgänger que en vuelos rasantes intentaban tumbar el cacharro volador. A pesar de la entereza que pujaban los dobles demoníacos, el conductor se las amañó muy bien con volantazos bruscos y firmes, sacándoselos de encima. Lo logró después de varios barquinazos e incluso llegó a dañar el ala de un doppelgänger que chorreó un espeso líquido negro antes de terminar rodando sobre unos pastizales quemados.

La Gladiator continuó tambaleante algunos metros más y frenó detrás de una nube humeante sobre un costado de la ruta. La puerta del pasajero se abrió y bajó Mary Elizabeth. Morocha sensacional, veintitantos de edad, metro setenta de estatura y cabellera azul. Traía puestas gafas del tipo Raybans, una blusa blanca con la imagen promocional de su última película, unos jeans clásicos recortados por encima de las rodillas y unas botas negras leñador. Su reproductor biológico multimedia (intrauriculares implantados detrás de sus orejas) configuró una lista de canciones, en su mayoría de Natasha Khan. Sobre su cintura, del lado izquierdo, colgaba un machete enfundado en cuero de carpincho, y del otro lado, casi a la altura del muslo, su mano diestra descansaba encima de la culata blanca de una Smith & Wesson automática. También traía consigo una cinta de cartuchos de recargas con proyectiles y un cuchillo de combate con empuñadura plateada, que ocultaba a la altura de su pantorrilla.

Mary Elizabeth sudaba a mares. El sol de Subtropicando Profundo es cruel y más por esta época del año, orladas de calor, un infierno. Cordilleras de nubes escarlatas surcan el cielo arrastradas por un viento caliente. 58 grados centígrados bajo el atardecer abrasador. 23 minutos para las 20 horas. Jueves, 13 de marzo del año 2375.

Tres días atrás, Mary Elizabeth W., celebridad de filmes de terror y ciencia ficción y de otros géneros menos auspiciosos, fue rescatada de una purga perpetrada por miembros del temerario escuadrón parapolicial Unidad de Control del Espacio Público, al servicio del Partido Amarillo del Restaurador Absoluto, en los archipiélagos flotantes periféricos de Subtropicando Profundo, donde habitaban los bárbaros. Los habían obligado, era la muerte o el exilio simulado. Tres generaciones de parias desaparecerían si no. Mejor fue salvar sus vidas, sobrevivir aunque no más sea que en las villas extremas del lenguaje.

¿Quién era ella? Nadie lo sabía. Nadie la había visto allí. Simplemente había aparecido en el conteiner habitacional del escritor Fernando Funes, eso al menos se desprende de sus Diarios, que un día como hoy despertó y ella estaba allí, recostada junto a él. Decididamente no habían pasado la noche juntos. Mary Elizabeth W. ya estaba vestida, saltó de la cama hecha una masa de nervios, transpirada, con sus piernas enredadas entre las sábanas. De súbito Funes giró a la izquierda y cayó al piso y sintió, por el golpe, un tirón en la cintura. Ambos se asustaron pues ninguno sabía quién diablos era el otro; pero, en todo caso, Mary Elizabeth W. era la intrusa, así que fue interpelada por Funes o más bien, pensó que no la conocía, que era hermosa, sí, pero definitivamente no la conocía, o sí, sí, sí que la conocía, era ella, ¿podía ser ella?, ¿en verdad podía ser ella?

Entonces, recuerda que le dijo:

—Todas las ciudades concebibles, pasadas y futuras, probables o improbables, verosímiles o fantásticas. —Señaló con su mano hacia atrás, por encima de su hombro, la meseta retrotrayéndose hacia el pasado remoto de los tiempos primigenios donde gobernaba el instinto depredador de los primates. Permaneció un instante pensativo y sacó enseguida una media sonrisa austera, casi imperceptible—. Un escritor debe describirlas minuciosamente al lector, saber cuáles son sus límites, las condiciones en las que se mueve la ficción.

Mary Elizabeth W. se recogió el pelo hacia atrás con una bandita elástica, imperturbable. Se perfiló abarcando con sus ojos aquel infierno. Lució vintage-punk-pritty-gore, en medio plano americano. Activó una pista: la balada “Laura” por Bat For Lashes. Fresca, sincera, agradable cadencia; habla sobre una superestrella atrapada en un “pálido sueño triste”. Ella siempre se sintió así, atrapada en un sueño. Pálido y triste. Los loopeos de nostalgia residual a veces logran traspasar las mesetas sobre las cuales velan las memorias de Subtropicando Profundo.

Funes sacó la cabeza por la ventanilla del conductor de la Gladiator, algo exhausto. La miró deseándola como puede desearse a una estrella de Hollywood.

—Voy a acompañarte —dijo Funes y amagó con bajarse.

—Debo hacer esto sola, Funes —reprobó, lanzando una mirada severa por encima de sus lentes de realidad aumentada—. Es importante que encuentres con vida a Dylana. Nos volveremos a ver, te lo aseguro.

La cara de Funes se entumeció. Era un gesto típico de él, de taciturna disconformidad. Se arrebolaba desde el cuello hasta la frente. A veces Mary Elizabeth pensaba que Funes era un niñito caprichoso a quien debía orientar, cuidar, proteger. De alguna manera se sentía responsable por él, aunque en realidad el rol del escritor fracasado consistía, a la inversa, en velar por la integridad de Mary Elizabeth. Por más que a veces se sintiera desautorizado por ella, lo que verdaderamente lo llenaba de bronca y confusión era ­el hecho de sentirse vulnerable frente a uno de sus personajes más reales y verdaderos y por ello mismo muy entrañable, a razón de que Funes le había manifestado —de alguna manera, o sea, casi abiertamente— su amor incondicional de fanático. Ya que jamás la conocería personalmente, no quería perderla en la ficción simulada de Subtropicando Profundo, de donde Funes jamás podría salir o escapar o exiliarse.

Pero Mary Elizabeth era una mujer temeraria y altiva. Había que ser muy sonso para no darse cuenta que su sobrada experiencia en el arte amatorio y de los encantos estaban más allá de la comprensión de Funes o de cualquiera de sus personajes más o menos recientes de su filmografía. Bastaba con apreciar su temple de guerrera brava y contestataria para saber que el desdoblamiento del punto Jonbar que la escupió sin memoria ni chip intracraneano de recuerdos tumultuosos de su vida anterior de actriz, no pudo sin embargo desintegrar su temperamento génesis. Salvo por aquellos raptos de sinceridad, que eran más bien extemporáneas a cualquier devenir pretérito del lenguaje.

Funes se sentía como siempre se sintió en todas las vidas y en todas las muertes que por destino le tocaron en suerte en Resistencia; como un perro cascoteado; como un androide mutilado atrapado en la pesadilla humana de un corazón desamado; como un montículo de palabras y verbos y adjetivos amontonándose en escenas fragmentarias acumuladas en los garajes literarios de la zozobra imperceptible de quien jamás podrá contar una historia de principio a fin. Sucumbiendo ante la belleza que desparramaba la humanidad de Mary Elizabeth, pero sobre todo sucumbiendo ante la ineluctabilidad de las precipitaciones de quien está condenado a soñar aquello que jamás podrá ser o realizar.

Bastaba —nada más— verla a Mary Elizabeth alejarse de la Gladiator en dirección al cartelito luminoso de la entrada a Crematus para comprender que la plenitud frente a lo desconocido es virtud de templanzas extranjeras. Así caminó Mary Elizabeth bajo el portentoso arco de hierro machacado de bienvenida de Crematus, bordeado por aquellas tiendas comerciales desvencijadas y las miles de andrajosas vidas anónimas que allí se fundían pululando al calor bravísimo del sol buscando la supervivencia de quienes están condenados a padecer simplemente por haber nacido en la miseria de Subtropicando Profundo.

Avanzó por una callecita ripiada sobre cuyos costados abundaban bares y antros de calañas múltiples y de servicios extraordinarios como la producción de cápsulas hipertrofiadores del espacio-tiempo, que sumían a sus consumidores en ensoñaciones deprofundis de híper-realidades alternas o pasadas o futuras o simuladas; como los quirófanos de conversión de androginia; como los cuartos de copulación zoomórficas y necrofílicas; como las discotecas perennes o el tráfico de arte y literatura penado por el decreto de regulación de la creatividad. Mary Elizabeth se perdió entre las multitudinarias catervas ante la psicótica mirada de Funes, quien, ya con el cacharro volador gravitando, la observó hasta perderla de vista.

Mary Elizabeth se internó en la densidad tumultuosa en busca de un aéreo deslizador, esquivó un banco de biopunks y un viejo androide desfigurado en sillas de ruedas le regaló una sonrisa. Una jauría de perros callejeros la arribó pocos metros antes de llegar al acceso de una compleja estructura de túneles y montacargas ascendentes. Allí la recibió un enano macilento exigiéndole la paga de un peaje. Mary Elizabeth metió la mano en el bolsillo de su sexy jean recortado y extrajo cinco pastillas ensobradas de blackies originales. Los ojos del enano se desorbitaron; no veía hace años aquellas drogas psicoactivas.

—Úsalas con cuidado, son extremadamente efectivas y pueden ponerte a volar una semana entera.

—Lo sé —dijo el enano, sin dejar de mirar las blackies en la palma de su mano—. Te daré mi mejor aéreo deslizador.

El ascenso a Crematus duró alrededor de tres, cuatro minutos. En el trayecto abrió el enlace codificado que le envió Funes a su reproductor multimedia: “Little Sun” por Blues Pills. When the night is lonely. / And you got no place to go. / Cover your eyes, is a falling. / The other side is calling. / All the world is left alone. / Still remember where you told me / you never leave me on my own. / Where are the ones I used to know? Ni bien descendió de la plataforma al final de los intrincados túneles, un androide doppelgänger se arrojó sobre ella echando ectoplasma ácido por la boca, procurándose de prepo un ataque frontal. Mascó polvo y fue decapitado en el intento. El filo curvo del machete de Mary Elizabeth quedó chorreando una sangre negra y viscosa.

Continuó. Una serie interminable de containers superpoblados y atiborrados unos encima de otros como cascadas de arenas húmedas conformaban capas derretidas aunque contundentes y estrepitosas de villas y ranchos rizomáticos, enmarañados de conexiones clandestinas eléctricas y de fibras ópticas y un laberinto de tendales de ropas y trapitos secándose al viento pútrido y temperamental del nordeste bajo la anaranjada esfera hundiéndose en la escalonada meseta arbórea de Subtropicando Profundo, ondeando en latigazos incandescentes sobre las picadas aguas del Paraná.

Más adelante, advirtió una voluminosa torre de humo negro desabriéndose en tentáculos sobre el cielo abierto y repentinamente anochecido y tiernamente flamígero. Cada tanto aparecía una hilera de señoras con extrañas erupciones rojas en sus caras, aplastadas en silletas tomando mate y croando como sapos; un puñado de ñeris brotados de hongos verduzcos en sus transpirados cueros, jugando a la pelota y tomando agua amarronada de las griferías clandestinas provenientes del Paraná; heladeros tintineando en sus bicicletas osciladoras, flotas de caballos mecánicos, descacharrados, empujando tráileres saturados de frutas y verduras y hortalizas sintéticas y bolsitas de Soylent, el alimento sintético producido por los laboratorios de Subtropicando Profundo, que erradicó la hambruna a costo de mutaciones y malformaciones congénitas y enfermedades cancerígenas y venéreas en los sectores más vulnerables del salvaje y fangoso hábitat tropicalíptico.

Una pila de cadáveres de pudientes amarillos de la última purga generalizada se chamuscaba entre llamas humosas en carretas de hierro donde generalmente los ajusticiaban. El hedor del pudientaje devorado por las llamas la puso de buen ánimo, aunque era ciertamente soporífero. Tosió, protestó contra las políticas sociales del Benefactor Absoluto y siguió avanzando entre cortinas errantes de murciélagos espantados por tentáculos de humo tóxico penetrando los oblicuos ventanales de un titánico monobloque gravitante abandonado.

Mary Elizabeth se ocultó detrás de un montoncito de cadáveres cuando escuchó el traqueteo de motonetas osciladoras de la Policía Penitente. Pasaron raudamente a las risotadas levantando una polvareda cenicienta y echando chispas de lumbres danzarinas. Un ñeri desenfundó una tumbera sónica desde un balconcito de los containers superiores del megabloque principal. Dos detonaciones agitaron las olas de las realidades verdaderas simultáneas y un desaguisado triperío reventó por los aires ocasionando una lluvia parcializada de sangre y miembros mutilados. Para no enchastrarse, Mary Elizabeth se dejó rodar sobre una parva de occisos del pudientaje capitalino recién traídos de las purgas y arrojados por un camión flotador recolectante de cadavéricos primigenios de la tercera generación.

Una vez en el suelo Mary Elizabeth se reincorporó desempolvándose sus bonitas nalgas luego de un brotecito de arcadas secas y granuladas. Enseguida después salió al trote siguiendo el rastro humoso cortinado del monobloque precipitante, que echaba lengüetazos secuenciados de fuego por sus ventanas. Atravesó un baldío de amarillos empalados y zigzagueó un bosque de caños hasta traspasar una vastedad confusa de cartones publicitarios holográficos, donde encontró un puestito de venta de choripanes atendido por un paraguayito exiliado de diez u once de edad. Le preguntó al pibe, algo agitada, cierto, si conocía a un tipo apodado Vinchuca. El pibe asintió afirmativamente con la cabeza y apuntó con su brazo a una puerta de chapa herrumbrada encastrada a un muro de ladrillo visto luminiscente, a unos cincuenta metros de allí. Caminó hasta el umbral y golpeó tres veces, y una cuarta vez luego de una breve pausa. La puerta se entreabrió apenas y asomó un pelado cráneo ensombrecido parcialmente. Cuando la luz titilante de un foquito rojo adornando sobre el marco superior de la puerta, descubrió su cara y preguntó secamente:

— ¿Mary Elizabeth?

—Sí.

—Pues demuéstralo.

Suspiró fastidiada y, desenfundando su machete, dijo:

—Este es mi amigo especial que rebanará tu sucio cogote con un beso, si no nos dejas pasar ahora mismo.

*

Un puñado de minutos más tarde Mary Elizabeth se encontró corriendo por los pasillos de una discoteca perenne, donde comulgaban borders noctívagos de géneros divergentes emulados desde el populoso Crematus. Poetas estéreos clamaron en rimas al verla, apurados por recitarle obscenidades. Delegaciones de encumbrados gerentes del Benefactor Absoluto pernoctaban en aquel antro comprando voluntades del sindicato general de modelos pagando permisos especiales vip con píldoras hipertrofiadores del tiempo de máxima pureza. Los goldmonkeys se desperdigaban en incalculables pistas de juerga durante semanas enteras.

Las discotecas perennes fueron concebidas por la pervertida mente del ingeniero indígena Longo Fisher. Un complejo rizomórfico de containers especialmente diseñado para satisfacer las estructuras de goce de pudientes amarillos de linaje puro y pudientes impuros colonizados, éstos últimos escupidos por el mestizaje medio tropicante. Fisher era fanático del black metal noruego y tenía su propia banda de black metal noruego de la cual él era líder y vocalista y los otros dos, que ejecutaban el bajo y la batería, eran androides confeccionados y ensamblados por el propio Fisher quien además se encargó de cargar personalmente los soportes informáticos intracraneanos específicos de aquel género extremo; todo esto, sí, en una cabina gravitante donde ensayaban solamente durante el día ya que por las noches debía atender los asuntos espurios de la discoteca.

Fisher negociaba con los clientes (en su mayoría pudientes conversos) a través de su leal socia de cohecho ilícito de tajadas: la sinuosa y aristocrática Chaparrísima Huppans, secretaria General del Sindicato de Modelos. Coimeaban a los policías penitentes del ayuntamiento, quienes le brindaban seguridad y habilitación municipal a cambio de selectos packs de juerga gratuitos que incluían por lo general prostitución infantil pansexuada y consumo pernicioso de estupefacientes hipertrofiadores. Acumulaban gordos fajos de dólares brindando servicios exclusivos que sólo podían pagar los pudientes y cuyas prácticas estaban condenadas moralmente y prohibidas por leyes terribles como necesarias, como la regulación de cumplimiento efectivo y obligatorio de la prestación de servicios sin remuneración monetaria en cualquiera de las innumerables sucursales corporativas que el Benefactor Absoluto poseía en territorio subtropicante, si así lo requiriese su investidura, por el motivo que fuera. En cualquier momento dado, tan sólo una orden directa y a viva voz del Benefactor Absoluto bastaba, y grupos de tareas hacían el trabajo sucio, podían hacer casi cualquier cosa, desde colocar cabezas en picas, a vejaciones públicas, a la crueldad y la hambruna.

*

La discoteca de Fisher alcanzó dimensiones inesperadas llegando incluso a emular enmarañadas ramificaciones de lo autóctono, que desdibujaban aquel enrevesamiento barroco pululante de Crematus desde una vista de plano general cenital con la disposición segmentada por pistas de decorados selváticos y amaneceres y atardeces redimensionados y enmarcados en mesetas espigadas bajo una gran bola de boliche oscilante. Había quienes, obviamente, no conocían sus centenares de pasillos y habitáculos de juergas y pistas de dance-dance y cuartos especiales vip interconectados entre sí y se extraviaban durante días y a veces hasta el personal de limpieza los encontraba fiambrados o pasados de rosca con la poderosa cocaína escarlata que el propio Fisher producía en su plataforma gravitante.

Mary Elizabeth supuso que su estadía en la discoteca no pasaría desapercibida así que resolvió moverse rápido. Acudió a la barra, entreverándose entre la voraz multitud danzante de la pista temática de los 80, se acodó y pidió un fernet con agua tónica, en las rocas. Bebió un trago y aprovechó para preguntarle al barman dónde podía hallar al tal  Vinchuca. El barman era un andrógino tatuado de look post punki, le indicó con la mirada en dirección a los containers superiores a través de cuyos barandales plateados podía vérsele rodeado de modelos del sindicato e incluso en compañía de la mismísima Chaparrísima Huppans, en un sector vip de la pista alucinógena humeante.

Un DJ piloteando una plataforma individual oscilante descendió repentinamente de la cúspide cuadrafónica cuando explotó la versión más sucia y prepotente de “NO” por Yak, y las multitudes reventaron en agite y descontrol, alzando sus brazos en lo alto, saltando e inyectándose cápsulas hipertrofiadores del tiempo en la yugular.

Vinchuca divisó la presencia de Mary Elizabeth y su cara transmutó primero en decepción y después en miedo. Saltó de los sofás ante el desconcierto de Chaparrísima y sus modelos y corrió metiéndose en un pasillo angosto a lo largo del cual parpadeaban luces rojas intermitentes. Mary Elizabeth empujó a la bailarina que se contorsionaba desnuda sobre un plato oscilante particular. Oyó apenas un ey quejoso de la sexygirl despatarrada en el suelo y ascendió raudamente varios metros hasta el conteiner en cuestión, desde donde saltó desenfundando su machete y pisando sobre la mesita rectangular donde descansaban los tragos de la Secretaria General del Sindicato de Modelos y sus sexygirls inmortales, las cuales lógicamente se derramaron salpicando sus fluorescentes vestiditos revivals.

—¡¡Ay qué horror!! —tronaron al unísono las divas.

Mary Elizabeth pivoteó sobre la mesita rectangular ratona y pegó otro salto más largo y resoluto, corrió veinte metros adentrándose por aquel angosto pasadizo cuya iluminación se apagaba y se encendía secuenciadamente. Revoleó su machete lanzándolo a las piernas de Vinchuca quien había ganado varios metros adelantándosele y ya se perfilaba desaparecer sobre una curvatura Jonbar del lenguaje cuando en forma súbita y escandalosa sintió que su sistema nervioso colapsaba y su cerebro dejaba de enviar señales químicas al resto de su cuerpo y éste comenzaba a sacudirse en espasmos sucedidos de caleidoscópicas visuales y obvio que tropezó desparramándose sobre el suelo y lamentablemente no alcanzó a ver si el machete había llegado a voltear a Vinchuca o no.

*

Mary Elizabeth Winstead despertó sintiéndose sofocada y sus extremidades experimentaron una sensación de pulsión primero, de aplastamiento después. Intentó reincorporarse pero las penumbras enseguida espesaron sus ojos neutralizando las fuerzas invisibles que la doblegaban. Dónde diablos estoy, pensó. No podía ver nada. Procuró mover sus dedos pero los sintió pesados al igual que sus brazos y sus piernas como si éstos hubiesen sido reemplazados por prótesis de plomo. Su espacio era reducido, comprimido. Se sintió ensimismada, físicamente imposibilitada. Sospechó que podrían haberla neutralizado con alguna clase de somnífero rizomórfico. Sospechó que su cuerpo se hallaba en estado de limbo lingüístico, de cementerio de lenguas muertas. Sospechó —naturalmente— que sus conjeturas eran demasiado rebuscadas y omitió de entrada la posibilidad de sentirse fuera de juego. Dejó escapar un suspiro breve pero intenso. Transpiraba. De la multiplicación de la identidad a la ficción de identidad unitaria, sopesó. Cerró los ojos un instante. Soñó o retornó a la realidad real verdadera. Cuando volvió a abrir los ojos ya no estaba allí.

Tiritaba, desnuda, de cúbito dorsal, entre dos párrafos desmembrados. Cuando Funes la vio allí no lo podía creer. ¡Era ella, sí! ¡Tan hermosa como en todas sus películas!, pensó y dejó de teclear como si lo hubieran desenchufado de Subtropicando Profundo. Se refregó los ojos con los nudillos para saber si (efectivamente, en efecto) era ella misma Mary Elizabeth Winstead, la real verdadera Mary Elizabeth Winstead, la actriz que le gustaba en serio y no un producto más de sus innumerables simulacros como lo fue la novelita Diario de un fanático de Scarlett Johansson. Imposible de creer para cualquier mente sana si no fuera porque la literatura recurre a atajos incomprensibles y por eso mismo improbables. Los gustos de Funes pasaron de una blonda a una morocha y ahora le gustaba nada más y nada menos que una prima lejana de Ava Gardner, a quien también decidió escribirle y dedicarle (no a Ava, claramente, sino a Mary Elizabeth) una novelita protagonizada por ella misma, con la intención de enviársela a los Estados Unidos y con la esperanza de que ella misma, también, pudiera protagonizar la versión cinematográfica.

Había incluso anotado su dirección de fan-mail en un papelito adhesivo amarillo y lo pegó en el panel de corcho, frente a su computadora, incrustándole incluso dos chinches de cabezas rojas, para no olvidarse al momento de enviar la galera original, cuando ésta estuviera terminada y corregida; desde luego, la misma estaría acompañada por una carta de presentación escrita en un tono serio y responsable pero sobre todo muy profesional. Pensó, en ese momento justo, que también habría que traducir al inglés la novelita, sino ella obviamente no sabría cómo leerla ni podría apreciar la historia salvo que supiera leer en castellano fluido, cosa complicada y esnobista para una estrella de Hollywood de la talla de Winstead.

Funes levantó la vista y la dirección seguía ahí:

Mary Elizabeth Winstead

Baker Winokur Ryder Public Relations

9100 Wilshire Boulevard

Suite 500

West Tower

Beverly Hills, CA 90212

USA

Bajó la vista y Mary Elizabeth todavía estaba allí, acurrucada entre esos dos párrafos a los que Funes —oportunamente— había desmembrado[1]. Con el dedo índice de la mano derecha removió el párrafo que había pretendido para la distopía y la encontró allí, hecha una bollito, desnuda. Sus ojos se encontraron con los de Funes y así quedaron, gravitando, un instante, ambos. Hasta que ella habló primero:

—No me mires así, dame algo para cubrirme —ordenó Mary Elizabeth.

—Pero…

—Sí, soy yo, Mary Elizabeth Winstead, tu actriz favorita… ¿Qué? ¿Esperabas a Scarlett? Lamento decepcionarte

—No entiendo… Cómo…

—No tenemos tiempo, Funes —lo cortó en seco Mary y elaboró un gesto arqueando sus cejas y abriendo apenas su boca. — ¿Qué estás esperando?

—Ah, sí, ropa… Ya vuelvo —dijo, casi titubeando.

Salió eyectado de su silla, atravesó una puerta y regresó con un pack de papel de seda para armar cigarrillos y se lo alcanzó. Mary tomó el pack rectangular de cartón y lo cruzó con una mirada severa.

— ¿Es lo mejor que pudiste conseguir?

—Fue lo primero que encontré. —Asomó su pelado cráneo por encima del escritorio y la tanteó con el dedo.

— ¡Oye!

— Perdón.

—Basta de tonterías. Sí, soy real.

—Esto no tiene ningún sentido —decretó Funes, sentándose.

—No importa si lo tiene o no lo tiene. No hay tiempo para explicaciones, Funes. La historia es real. Lo único que tenés saber es que hay que hallar la manera de regresar a nuestros mundos. —Mary plegó varios retazos del papel de seda e improvisó un vestido y luego agachó la cabeza para ver cómo lucía y volvió a mirarlo a Funes—. Luzco bien, ¿no?

—…

—Entiendo perfectamente que te sientas intimidado por mi figura… Bueno, mi tamaño no es el real exactamente… Digamos que soy una escala miniaturizada de mí misma, pero realmente soy yo, real y verdadera. No hay margen para otra realidad. —Hizo una pausa breve, respiró y largó. —Debo regresar a Hollywood, tenés que ayudarme.

— ¿Hollywood? ¿De qué estás hablando? Nadie vive en Hollywood, ni en los Estados Unidos, hace más de dos siglos que los androides conquistaron el territorio norteamericano y expulsaron a los humanos…

— Los detalles de este presente son irrelevantes, al menos para mí —reveló Mary, asomándose al monitor de la computadora portátil, señaló con su brazo—. De allí vengo yo.

Funes experimentó un torrente de dejavúes. Se sintió interpelado por la potencia inmanente de las ficciones producidas por su cuerpo, acontecido en un insight detonador y apabullante que lo sacudió desde sus adentros suyos propios muy particulares. Podría estar alternando universos bajo el reino de un sueño de profundis. Podría estar muerto. Podría ser la ficción de una ficción. Podría.

*

El reto de Mary Elizabeth lo espabiló:

— ¡Hey! ¿Me estás escuchando?

—No, sí sí. Regresar a Hollywood… Entendido… —Alcanzó a balbucear, refregando los nudillos por los ojos después de sacarse sus anteojos. Se reclinó sobre ella y la empujó un poquito con su dedo índice, dándole toquecitos por su hombro—.

— ¡Hey! ¡Me estás lastimando!

—¡Un momento, enseguida vuelvo! —dijo Funes y rajó del garaje creativo.

Mary Elizabeth montó en cara larga y cruzó los brazos en señal de fastidio. Igual ya no importaba porque no había nadie para verla rezongar en el cubículo clandestino donde Funes transgredía la normativa municipal de regulación de la creatividad literaria escribiendo dos horas por día, por lo general entre las 20 y las 22. Y sólo aquellos escritores designados por el régimen, con autorización sellada y rubricada por el Ministro de la Pulcritud, estaban autorizados a escribir.

Mary Elizabeth oyó murmullos en la parte superior del cubículo. Reconoció la voz de Funes. Conversaba con alguien, aunque no alcanzaba a entender qué decían, sólo oía murmullos. Se suponía que ella no lo conocía al escritor, pero en cambio sentía que sí. Aunque lo cierto es que jamás lo había visto ni su vida pasada de celebrity, ni en ninguna otra, si es que tuvo otras vidas alternas, era muy poco probable que conociera a un escritor fracasado de Subtropicando Profundo.

¿De dónde, entonces, había venido? ¿Cómo explicaba el hecho de haber, literalmente, caído de entre dos párrafos descartados de algún cuento experimental mal trramado? ¿Por qué sabe que sólo Funes podría ayudarla a regresar a Hollywood? ¿Por qué conocía su obra? ¿Acaso la había leído? ¿Scarlett? ¿Cómo puede serse tan obvio?

*

—Filosobko.

—Sí, qué pasa Funes. ¿Tenés idea de la hora que es? Estoy intentando terminar un ensayo sobre la literatura posmocultista de Houellebecq!

— ¡Houellebecq! Vaaamos. ¡Houellebecq es payaso.

—De eso, justamente, trata mi investigación; de los escritores que pueden ser escritores sin obra.

—Mirá, Filosobko, no tengo tiempo para adjetivar la impertinencia y la falta de seriedad con las que pretendés embadurnarme. De cualquier forma te estoy llamando por otra cosa.

—Sí, decime qué pasa.

— ¿Te acordás de la actriz de la que te había hablado?

— ¿Cuál, Funes, cuál? Todo el tiempo me hablás sobre un montón de actrices, le escribís novelas, ¡qué sé yo cuál actriz, déjame de joder! ¿Tenés idea de la hora que es?

—Mary Elizabeth Winstead.

— ¿Quién es esa? Pero no te gustaba Scarlett Johansson.

— Sí sí, le escribí una novela y todo, Diario de un fanático… Pero es otra historia, olvídate.

—Bueno, sí. Qué pasa con la actriz esta…

—Mary Eliza…

— ¡Sí, esa misma! ¡Mierda!

—Bueno, escuchá esto.

—Ajam.

— Mary Elizabeth Winstead, la actriz, de carne y hueso… está desnuda en mi escritorio, al lado de la computadora, la encontré entre dos párrafos descartados y tiene el tamaño de una Barbie.

—A ver… Pará un poco, Funes. Las píldoras que te convidé el otro día, te dije que tuvieras cuidado, que debías ingerirlas en pequeñas dosis…

—No, pará, boludo, en serio te estoy hablando. Tengo en mi escritorio una versión en miniatura de Mary Elizabeth Winstead, la actriz de Hollywood. Es de carne y hueso, lo juro. Tenés que comprobarlo con tus propios ojos y ayudarme, no sé qué hacer con ella. Vení a mi dúplex antigravitatorio, ¡ya!

— ¿Ahora?

—Sí, dale. Tomate un flycoche.

—Pero mirá…

Funes ya había cortado la comunicación para cuando el licenciado Filosobko procuró excusarse y evitar así aquel traslado absurdo al dúplex antigravitatorio del escritor fracasado, ubicado en una de las villas más brutales de Subtropicando Profundo, Crematus. Y en un flycoche, encima. Ni siquiera es capaz de pagarme una motoneta gravitante, no, si este tipo es un hijo de puta, pensó Filosobko mientras se calzaba jean y camisa a cuadros.

—Mary Elizabeth Wins… no sé cuánto…, pero qué hijo de una gran puta. —Lanzó una risotada temerosa aunque audible. Tosió y despertó a Natalia Berenschustein, su señora esposa, quien hasta hace un momento dormía la mona mientras Filosobko incurría en desvariadas disquisiciones enfermizas con el otro delirante fracasado escritor, y obviamente lo interpelaba creyendo que la cordura de su señor esposo había virado en fisura:

— ¿Ariel, otra vez estás hablando solo? Amor, ya te dije que no me gusta que hablés solo.

—Es Funes, Nati. Volvé a dormir.

— ¡Funes, a esta hora! ¡Qué quiere ahora!

—Parece que derrapó con las píldoras que estoy probando en él. Me voy a Crematus.

— ¿Crematus? ¡A esta hora!

—Ustedes sí que no pierden el tiempo.

— ¿Qué querés decir con eso?

—Que no pueden vivir drogados, Ari.

—Puff, qué sabés vos de literatura —susurró.

— ¿Cómo? ¿Qué dijiste?

—gNo, nada. ¿Dónde quedó mi botiquín de píldoras?

—Están en la heladera, al lado los huevos, los dejaste ahí el otro día cuando volviste a la madrugada, duro como peronista garroteado, de la cata de fafafa que hicieron en lo Luquitas.

—Callate, no estaba tan duro. Estaba, sí, puede ser, algo pasado de mercurio escarlata tal vez; pero producto de la investigación que estoy llevando adelante sobre las drogas, la literatura y el cuerpo. Hace muchísimos años que investigo sobre lo mismo, Natalia, lo sabés muy bien, llegará el día que literatura hago corpus y entonces…

—Bueno, sí sí. Mañana la seguimos, ¿ok? Cuando te vayas, no te olvides dejarme mi credencial amarilla sobre la ratona del living y no te olvides de llevar la tuya. Mirá que la policía penitente está descontrolada, son insaciables. Si no tenés acreditación para circular por la calle labran acta y te sodomizan en el acto.

Filosobko bajó las escaleras por los conductos tubulares del bloque de containers antigravitatorios donde vivían él y su esposa Natalia Berenschustein, hace poco más de un lustro.

Faltaban 23 minutos para las 20 horas. Jueves, 13 de marzo del año 2275.

 *

En efecto, era del tamaño de una Barbie, comprobó el licenciado Filosobko. Mary Elizabeth Winstead ya estaba vestida, Funes le alcanzó un jeancito recortado, una remerita con la imagen de Pinhead (que el propio Funes había confeccionado para los accesorios de una las muñecas intervenidas por su hijita Eva Luna, muy especialmente, para la película de muñecas y muertos vivientes que planeaban filmar juntos, con una cámara antigua reproductora de VHS), y unas botitas tipo leñador. Filosobko planteó que la búsqueda del lenguaje tiene un costo, y la confección de los relatos que estructuran la prosa del mundo no es tarea sencilla para cualquier literator normal, común y corriente.

Nadie imaginó sin embargo, en esta fucking historia, que la realidad real verdadera y la fantasía simulada funcionaran como espejos borrosos enfrentados. Multiplicando un confuso universo dicotómico, un tipo inclasificable de punto Jonbar.

—El desdoblamiento de espacio-tiempo, Funes, la condujo directamente a una de las zonas más brutales de Subtropicando Profundo: villa Crematus. —Filosobko encendió un cigarrillo y se acercó al tragaluz ovalado que daba al archipiélago de villas miserias flotantes, y su mirada se perdió en ellas un instante pasado el cual se sonrió, y dijo—: Está pasando en este momento.

Mary Elizabeth se sentó sobre una pila de libros (El libro de los finales de Labert Angelo, Bestiario de Cortázar, Los pichiciegos de Fogwill, Haikus de Meloni, Pájaros en la boca de Samanta Schweblin, El grano en la voz de Ronald Barthes, La valija de fuego de Aldo Pellegrini, Cuentos extraordinarios de Edgar Allan Poe, Sumisión de Houellebecq y los cuentos completos de Marcelo Cohen), y estudió a Funes con la mirada, quien por su lado destapó un malbec; sirvió una copa para Filosobko, una para él mismo, y a Mary Elizabeth Winstead le sirvió un chorrito en un dedal metálico que encontró encima de la heladera ya que encima de la heladera de la familia Funes podían encontrarse todas las cosas que uno podía imaginar, simplemente aparecían allí en el momento justo.

—Mary, ¿probaste el malbec argentino? ¡JO! —dijo Funes, levantando la copa—. Sigue siendo el mejor vino del planeta, incluso en el fin del mundo. —Bebió largo y tendido. No dejó una gota de vino y depositó la copa sobre el escritorio, junto a la pila de libros encima de la cual Mary Elizabeth parecía disolverlo de bronca con la mirada.

Seguidamente Funes sacó de su biblioteca un ejemplar de tapa dura de Simulacra de Philip Dick, cortó unas líneas de mercurio escarlata, la cocaína diseñada por Filosobko para el mercado de escritores que buscaban nuevas experiencias narrativas. Funes se encorvó y esnifó, suave y elegantemente dijo después—: Creo que acá está la clave de todo.

—Así es —asintió Filosobko, arrimando su nariz al libro de Dick. Esnifó también dos pequeñas dosis, luego bebió vino y finalmente encendió otro cigarrillo. Hizo una pausa para generar suspenso y opinó acercándose a Funes sin dejar de mirar raro a Mary Elizabeth de a ratitos—. ¡No te das cuenta lo que está pasando! —insistió zamarreando por los hombros al escritor fracasado—. ¡ES EL MERCURIO ESCARLATA! ¡Finalmente está funcionando! ¡Mis drogas funcionan! Podemos plegar el espacio-tiempo-lingüístico, no por nada Todorov proclamó en la página 234 del Diccionario de enciclopédico de las ciencias del lenguaje que “la escritura, más aún que el habla, parece relacionada con la magia, la religión, la mística”. En pocas palabras, querido Funes, mi compuesto puede hacer que Mary Elizabeth vuelva a Hollywood.

Ambos delirantes cruzaron miradas cómplices y cruzaron miradas sugestivas y provocadoras también con la actriz en cuestión, quien pegó un sorbo largo y decantado y después clavó un saltito desde lo alto de la pila de libros, gateó sexymente hasta la portada del libro de Dick, esnifándose una delgada línea, granulada roja, de fafafa.

El contexto pareció borronearse detrás de su cabellera azul, como si se desgajara la realidad presente que los contenía.

Un sonido grave, distorsionado y golpes de tambor desgarraron la escena.

La puerta de entrada del dúplex antigravitatorio voló en pedazos. Un grupo comando motorizado de la policía penitente irrumpió en el dúplex antigravitatorio y redujeron a Filosobko y Funes con sus pistolas aturdidoras de balines electroshock. Mary Elizabeth logró escabullirse detrás de una montaña desordenada de libros de poesía de principios del siglo XXI. Trepó hasta una ventanita ovalada entreabierta y huyó por allí. Las fuerzas persuasoras dieron vuelta la casilla a patadas. Suerte que esa noche no dormían allí los hijos de Funes ni su esposa Andrea Pérez Cristaldo, a quienes dos semanas atrás había enviado a Paraguay tras la semana trágica que dio inicio a los linchamientos contra los pudientes; lo que originó una escalada de violencia y después una guerra civil sin cuartel entre el pudientaje unitario amarillo y el barbarismo federal armado.

*

Aprovechando su tamaño, Mary Elizabeth trotó entre las pantorrillas de los uniformados penitentes y logró subirse a un patrullero oscilador sin ser vista. Se ocultó debajo de la butaca del acompañante. Una treintena de ñeris andrajosos cascoteó el oscilador cuando éste salió propulsado. Una jauría de perros persiguió la sombra huidiza de la nave por algunos metros levantando una polvareda sobre un zigzagueante caminito ripiado.

Llegaron al destacamento faltando 20 minutos para las 20 horas. Filosobko y Funes fueron registrados en la mesa de entrada, donde —todavía desencajados a causa de la descarga aturdidora— debieron vaciar sus bolsillos y someterse a un doloroso sellado láser de antecedentes en sus antebrazos. Esposados los condujeron a una celda mohosa de ladrillos vistos, donde no había más que dos colchoncitos pulguientos y percudidos finitos como tapetes, un lavabo poblado por cucarachas neones y un inodoro pletórico de heces de todos los colores. “¡Drogadictos de mierda!”, gritó uno de los policías penitentes y revoleó, en un solo y contundente chicotazo de su experimentado brazo tonfeador, un garrotazo que se arqueó surtiéndole con igual intensidad a ambas nucas, derribándolos bajo el eco atronador y acústico de aquella celda futurista.

— ¡HUUU! ¡HIJOS DE PUTA! —bramó Filosobko arrastrado en el piso agarrándose la nuca con las dos manos.

— ¡Ahhhhhhhh! ¡Así que sos gallito vos! —dijo el penitente y ahí nomás le acomodó un puntazo en el estómago que lo dejó sin aliento.

Clausuraron las rejas de fierro con una tarjeta magnética y después se alejaron por un pasillito cagándose de risa. Funes estaba acurrucado contra la pared, frotándose la nuca. Filosobko todavía yacía en posición fetal; recién empezaba a reponerse. Soltó un escupitajo de sangre, y dijo:

— Natalia va a matarme cuando se entere de esto.

— ¡¿Qué mierda estamos esnifando, Filosobko?! Me dijiste que la fafafa escarlata sólo indagaría en mi conciencia profunda. Estamos divagando como pelotudos en algún plano ontológico de la realidad real verdadera producida por Subtropicando Profundo  —interpeló Funes poniéndose de pie.

— Sí, es un flash, ¿no?

— ¡Dejate de joder, no podés ser tan hijo de puta! —protestó Funes, un poco en broma un poco en serio, y sacó un cigarrillo machucado del bolsillo de su jean aunque no tenía con qué encenderlo, lo paseó unos segundos saboreándolo entre los labios con expresión ceñuda y desantojadiza, y enseguida nomás cambió radicalmente su expresión facial: a la de Bob Dylan enterándose de que obtuvo el Nobel de Literatura: — ¿Y ahora que mierda vamos a hacer? El Corpus Falos de élite penitente seguramente nos sodomizará, Filosobko.

— Esperemos

— ¿Cómo?

— Algo seguramente pasará.

— ¡Pero qué puta va a pasar, acá no pasa nunca nada! ¡Qué me estás diciendo!

— Si mis precipitaciones alucino-semánticas son aproximadas, mi querido Funes, podríamos estar en cualquiera de los planos ontológicos de realidades reales verdaderas que Subtropicando Profundo produce como tentáculos.

— ¿Pero cuál es la real verdadera?

— Ninguna.

— Y entonces qué sentido tiene todo esto.

— Ninguno.

— ¿Me estás jodiendo?

— Bajo ningún punto de vista.

— Al menos, ¿podremos saber quiénes somos?, ¿de dónde venimos?

— No, jamás. Pero no preguntes huevadas, Funes. ¿A quién carajo le importa eso? Todo es fragmentario y obsceno.

— No todo. Yo soy real verdadera —dijo Mary Elizabeth Winstead, colándose entre los fierros de la celda—. Es cierto, tal vez no estaré entera. Ni tendré mi tamaño real verdadero, mis proporciones, mis curvas, pero sé cómo sacarlos de esta suite… mis queridos.

Los ojos de Filosobko palpitaron en estupor, como los de Vargas Llosa cuando se enteró de que Bob Dylan ganó el Nobel de Literatura y estalló en histeria canónica. Funes se sonrió de costadito cuando Mary Elizabeth contó que neutralizó a los guardas penitentes y los obligó a entregarle el plástico para abrir la celda. Filosobko desconfió enseguida porque pensó, cómo puede ser que esta mina —así chiquitita como estaba, del tamaño de una Barbie— podía doblegar en fuerza a dos mastodontes entrenados y armados. De todas maneras, evaluó Filosobko, qué leche importaba cómo, con tal de rajar de esta celda fétida, cualquier cosa podría ser viable pues la realidad real verdadera producida por Subtropicando Profundo eran tan innumerables como improbables, o sea que cualquier cosa podía pasar siempre y cuando la historia no tuviera ningún sentido.

— ¿Y, qué están esperando? ¡Vamos! —dijo Mary Elizabeth y arrojó el plástico al piso y lo deslizó con el pie hacia adentro.

— ¿Y qué se supone que hagamos ahora? —preguntó Funes en general.

— Debemos volver a Villa Crematus —respondió Mary Elizabeth.

Funes lanzó una mirada a Filosobko buscando su aprobación.

— Supongo que tiene razón. Pero antes debemos recuperar mi botiquín, ahí conservo doscientos gramos de cocaína escarlata.

— No creo que sea necesario.

— Oh, sí, lo será… lo será…

*

Era del tamaño de una de las muñecas de su hija Eva Luna. La punzó con el mismo dedo, al principio con suavidad y como vio que no reaccionaba probó zamarrearla un poco. Pero igual, nada. No se despertaba. Pensó que podría ser un androide sintético en miniatura pero descartó la idea de inmediato cuando acarició su cadera y ella se movió apenas, como si buscara acomodarse, acurrucándose aún más en una ensoñación.

Así empezó Mary Elizabeth Winstead a crecer en su sueño, sueño que cualquier boludo puede tener, imagínense si no: Mary Elizabeth Winstead creciendo en la palma de su mano, cómo podría ser cierto, cómo podría ser real, es de muy mal gusto escribir historias así de rebuscadas y pretenciosas, una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa, lo dijo el propio autor real y verdadero Fernando Funes, las historias deben ser historias y los personajes deben ser personajes.

Mary Elizabeth despertó sin saber cómo ni cuándo ni bajo qué circunstancias había aparecido en un departamento ubicado por calle Mitre, en Resistencity. Un smartphone encima de su mesita de luz la despertó cuando sonó la alarma programada con la pista “Bad girls” por Julia & Kid Francescoli.

23 minutos para las 20 horas. Es extraño, pensó. Afuera, cordilleras de nubes escarlatas surcaban el cielo tropical. 58 grados centígrados bajo el atardecer abrasador. Martes, 10 de marzo del año 2375.

Enseguida escuchó sonar el timbre tres veces. Se levantó de la cama y se vistió a las apuradas. Se calzó lo primero que encontró: una blusa blanca con la imagen de Pinhead, unos jeans azules clásicos recortados y unas botas tipo leñador. Rumbo a la puerta, todavía divagando entre hilitos de sueño, el timbre volvió a sonar con aparatosa insistencia.

Observó por la mirilla de la puerta: detrás había un tipo pelado, con gafas de montura blanca y aspecto de sociópata. Dudó un segundo, pero terminó jalando el picaporte.

—Todas las ciudades concebibles, pasadas y futuras, probables o improbables, verosímiles o fantásticas.

[1] Al parecer, Funes habría buscado abrir dos nuevos frentes de batalla, estéticas nuevas de las formas clásicas versus la distopía tropical; y si bien ya casi tenía resuelto el dilema, pensó, justo en ese momento, que también podrían existir variantes indeterminadas. Es muy divertido escribir, no hay que pasar por alto esta dimensión. El estilo es una especie de atractivo más para el viaje, lamentablemente. Pero estamos hablando de literatura —ahora voy a cambiar de bando y hacerme su biógrafo—, un texto biográfico que es pensado con ayuda del instrumento político tiene con todo más posibilidad de comunicar que otro, en el estado actual de nuestra civilización y culturas, porque es un instrumento de autoficción. Aunque más no sea desde un punto de vista periodístico, hay que aceptar el estilo. No me dejaré encerrar en el falso dilema entre estilo y sobriedad. Lo que es serio, lo que en verdad importa acá, es estar en el significante. O sea que es estar también además en el estilo, porque allí comienza la escritura.

 

 

FIN

 

[1] https://www.youtube.com/watch?v=pIGo31k-qkw

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