La manada

Por Marcos Cáceres

Homo homini lupus – Thomas Hobbe

 

Blanco Negro. Nada de colores. Blanco Negro. Nada de colores.

Blanco.

Negro.

Nada de colores.

Las personas suelen acudir a la queja o la fatiga cuando creen que la vida diaria se les vuelve monótona. Lo sé. Para Atilia las cosas son así a veces. Se reprocha llegar tarde a cualquier lugar. Más lo hace, cuando anda sola y caminando. En cambio nosotros, recurrimos sin razón aparente a los ladridos. Cuando la monocromática visión nos abunda hasta el hastío, es ahí cuando sucede. Hay otros que llegan al punto sin retorno. Suelen agarrarse a colmillo limpio. Primero rugen como la profundidad de una caverna. Después se miran con ojos inyectados. Se van al suelo. Dan pelea. Luego descansan frente a frente mirando en su pelaje los rastros de sangre. Distinguiendo el rojo. Descansando del mundo monocromático.

En San Fermín el tumulto y los gritos se vuelven enredo. Una pujante cortina de agresión. Entonces La Manada aprovecha la embestida de los toros y aparece. O mejor, desaparece. Se escabullen con su víctima en la descalabrada calle. Posiblemente la llevan engañada y al parecer nadie lo nota.

Los integrantes

Hoy es año nuevo. A diferencia de San Fermín, el año viejo y el año nuevo, cuentan con un sórdido estruendo. No son sencillos los fuegos artificiales. En cualquier momento estallarían los alaridos y aullidos. Los campanazos alrededor del casco histórico duplican la apuesta. Para la manada no hay capote rojo que embestir. Cuando el cielo ruge cada fin de año, para ellos hay un silencio cómplice y atroz en cualquier suelo. En todo sitio. Si algo ocurriese. Nada podría rugir.

Esa tarde la plaza central iba a estar vacía. Paco, me decía Atilia cuando hacía señas de apurar el tranco y yo aceleraba con la punta de mi lengua afuera. El pueblo todo parecía estar a la vuelta de la catedral. Minutos previos al lanzamiento la gente suele reunirse en la plaza. Luego bajan por una empinada hasta el arroyo. Formando una exacta procesión. Pero con Atilia llegábamos tarde, seguramente ya habrían marchado.

Dos cuadras debajo del campanario. Una lateral, Clemente Tajal, desemboca en la orilla de un delgado brazo del río Latel. Hay ahí un puente de madera que reúne las márgenes separadas por unos cincuenta metros. Se organizan los cohetes sobre el mismo puente. En ese lugar, sólo que de ésta orilla, de éste lado de la ciudad, estaban todos expectantes a los colores artificiales de los fuegos.

Llegamos desde el otro extremo de la plaza, y de más allá en realidad. Nos abrimos paso entre los barrios Martilla y Dávilos. Corriendo a la par habíamos sorteado los bosquecillos que abren el aire en los breves bulevares de Martilla. No había nadie. Muchos ya debían estar expectantes a orillas del Latel. Por Dávilos cruzamos con cansancio. Subimos alguna de sus pendientes adoquinadas, repletas y cerradas por casas bajas y amarillas. Era el primero de enero. Las diez de la noche. La primera vez que estábamos atrasados.

Atilia se había quedado dormida. Caminó más que apurada hasta que llegamos a la calle Amaya y bajamos en dirección a Estafeta. A veces se tapaba los oídos. Creía que en cualquier momento los estruendos hacían su entrada. Todo. La ausencia y el sigilo alrededor se alarmarían. Ahí. Entre los pasillos donde ni un ruido había.

Atilia me detuvo en el centro de la plaza donde no hay monumento alguno. Sólo árboles que vuelven tupida cualquier exposición. Espera que alguien esté retrasada como ella. Yo miro alrededor. Blanco Negro. Mis alaridos nada podrían hacer. Unas luces color del sol, pero sucio, polvoriento, diluyen un poco las sombras. Oímos un ruido hueco y repetitivo sobre los adoquines. El sonido se aclara mientras se acerca desde una de las esquinas de la plaza. Atilia amaga con seguir caminando y salirse del centro. Blanco Negro. Blanco Negro. El campanario comenzó a sonar, y no se detendrá hasta que los fuegos comiencen. Emprendimos con dirección a la esquina de la plaza que sale a Clemente Tajal. El campanario seguía sonando. Aturdiendo. Un muchacho apareció de entre los árboles hasta que sus pies dieron con el cemento. Caminó decidido hacia Atilia. Ella comenzó a retroceder. Por un momento seguí sus pasos. Blanco Negro. De otra esquina sorprendió otro muchacho tapado con la capucha de su buzo. Blanco Negro. Atilia perdía su delicada serenidad. Otro que no sé de dónde salió ya lo teníamos encima. Llevaba un palo raspado por los adoquines y el tatuaje de una huella animal en su puño. Ruido hueco, repetitivo, el campanario de fondo. Parece orquestado. Se suman otros dos. Llegaron todos, uno de cada esquina.

Blanco.

Negro.

Pero intermitente.

En cualquier suelo mientras el cielo ruge.

Silencio súbito del campanario. Los fuegos artificiales dan estruendo y ya puedo oler el rastro de pólvora. Aún no hay rastros de sangre. Pero veo un salpicado rojo en el cielo.

Blanco.

Negro.

Se levanta una marea de ladridos que sale al cruce del estruendo.

Muestro mis colmillos.

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