La infancia en los tiempos de Macri

Por Ariel Sobko

Lo que tiene su patria originaria en la infancia debe seguir viajando hacia la infancia y a través de la infancia.”   [Giorgio Agamben]

Que el hombre no pierda lo que de niño tuvo.”   [Hölderlin]

A mis hijas.

La infancia del hombre, y su niñez cercana, siempre ha suscitado un gran asombro, al punto incluso de ser considerada un enigma. Del latín infans, basado en el verbo for (hablar, decir), infancia (infancia) significa “el que no habla”. En efecto, el enigma que la infancia instituye se debe a que el hombre, se sabe hombre y testimonia de sí en la medida en que habla.

Rodrigo Fresan dice en Mantra, que de niños nos hacemos treinta y tres preguntas por hora y que, con el paso del tiempo, cada vez nos preguntamos menos cosas porque el adulto brinda inmediatamente el repertorio de las respuestas, incluso antes de que ni siquiera se nos ocurra cuestionar lo que sucede o nos rodea.

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En efecto, todo pareciera indicar que, acabada la infancia, desde sus primeros actos de habla el niño se lanza a cuestionar el mundo con total avidez, inmerso en una especie de inquietud universal, y que desde entonces nos introducimos inexorablemente al mundo del adulto en donde, al cabo de un tiempo, uno se pregunta por preguntar o no se pregunta directamente nada.

Dicho sea de paso, los lingüistas señalan que, en la salida de la pura lengua edénica, por así decirlo, del infante, el niño forma sus primeros balbuceos con los fonemas de todas las lenguas del mundo.

En cierto sentido, esto coincide con aquella idea conmovedora de Walter Benjamin en Hachís, según la cual, la primera experiencia que el niño tiene del mundo “no es que los adultos sean más fuertes, sino: su incapacidad de hacer magia”. Indudablemente, el niño vive inmerso en un mundo mágico, de manera que entonces, el contacto con el mundo “real” de los adultos, estará siempre teñido para él –para el niño– de cierta tristeza y desconcierto, por el anuncio constante que tiene de la imposibilidad de que para ellos –para los adultos– ocurra algo verdaderamente fuera de lo natural que repose en su propio misterio.

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De cualquier manera, lo cierto es que la construcción del sujeto del niño en el lenguaje y a través del lenguaje, es la expropiación de la infancia del hombre, ya que, desde sus primeros balbuceos y sus primeras palabras, de ahí en adelante será siempre un hablante.

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Según se sabe, para la Antigüedad la infancia era muy importante. La mímesis, esto es, la capacidad de imitar la naturaleza, era para la Antigüedad una facultad tan esencialmente humana como para la Modernidad lo es el conocimiento. Pues bien, la infancia resultaba importante para ellos porque crían que el poder de mímesis era de grado mayor en el origen, es decir, en la niñez, y que iba en creciente decaimiento a medida que la persona avanzaba en edad. Al revés de lo que ocurre con el moderno para con el conocimiento, para los antiguos el recién nacido estaba dotado de la plena posesión de la facultad de mímesis, logrando así una perfecta adecuación con la configuración del cosmos, siendo, en todo sentido, superior al grado de mímesis que en suerte pudiesen alcanzar los adultos.

Por lo demás, para la Modernidad la infancia no fue importante. Considerada sólo en relación al conocimiento, ha sido relegada al menor grado de humanidad, casi al nivel de una otredad para la especie, vinculada más bien con los estados de ebriedad, la locura o la demencia en el adulto. La infancia así, para el período del racionalismo absoluto, estaba directamente apartada de la forma humana como no hablante, en un ámbito de completa extrañeza. Por eso hasta Barruch de Espinosa [1632-1677], filósofo universal, pudo escribir en la Ética:

“¿Qué diremos pues de los infantes? Cualquier hombre de edad avanzada cree que la naturaleza de estos es hasta tal punto diferente de la propia, que no puede convencerse de haber sido alguna vez un infante, si a través de una conjetura no proyectase sobre sí mismo la condición de los otros.” 

Nuestra Contemporaneidad, por suerte, ya no considera la niñez como una otredad, al contrario, su estado representa la humanidad por antonomasia. Hoy también, nuevamente un poco de acuerdo con la antigüedad, entendemos que la potencia del pensamiento está separada del hombre, de manera que deja de ser para nosotros enigmática la infancia, precisamente porque, en su condición de no hablante, el niño muestra el hecho de estar separado de la potencia. Es fácil pensar que los durmientes, los locos, los drogadictos y los infantes están separados de sus potencias, pero resulta que dicho estado de separación de la potencia representa en realidad la condición misma del ser humano en el cosmos. Uno de los mejores filósofos jóvenes de Europa, Emanuele Coccia, escribe en Filosofía de la imaginación:

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 “La filosofía, por fin, fue capaz de advertir el carácter infantil de la humanidad. La potencia del pensamiento y del conocimiento existen, sin presuponer una actividad de producción de conocimiento y sin ningún saber actual: un infante puede conocer sin disponer de ningún saber y sin ejercer efectivamente una actividad de conocimiento. Así, pensar no significará poseer un saber sino relacionarse con algo posible, con una potencia: un infante, pues, no sabe ni piensa en acto, sino que está en relación con la posibilidad de todas las ideas y de todos los pensamientos, es decir, está unido a la potencia de todas las formas posibles de pensamiento.”

Más aun, la infancia es importantísima para nuestro mundo contemporáneo, y ocupa un lugar políticamente privilegiado.

Giorgio Agamben plantea en Infancia e Historia, decisivo y bellísimo ensayo, una teoría de la infancia como el lugar donde sobrevive la experiencia que la época del hombre moderno ha destruido. De acuerdo con el célebre diagnóstico de Benjamin, de que la guerra mundial había significado una destrucción de la experiencia: “la gente regresaba enmudecida –había dicho Benjamin– no más rica, sino más pobre en experiencias compartibles”, Agamben intenta dilucidar cuál es el ámbito humano en que la experiencia aun tendría lugar. Así, en el intento de recuperar en la actualidad la experiencia destruida del hombre, en pleno mundo globalizado y esnobista, en un mundo en el cual, dice, “frente a las mayores maravillas de la tierra (por ejemplo, el patio de los leones en la Alhambra), la aplastante mayoría de la humanidad se niega a adquirir una experiencia: prefiere que la experiencia sea capturada por la fotografía”: Agamben propone la infancia como el lugar donde la experiencia perdida tendría su lugar. Experimentar es, en efecto, producir historia, de suerte que el hombre desprovisto de experiencias estará por ello desprovisto de historia.

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Volver a acceder a la infancia, significará entonces acceder a “la patria trascendental de la historia”, ya que, en efecto, ante el hecho de que el hombre se apropia del lenguaje, precisamente en ese “hiato” que la infancia produce en el hombre, en ese “intervalo”, en esa “discontinuidad”, y precisamente a causa de ella, es en donde acontece la historia, donde efectivamente puede darse el paso de la lengua al habla, del lenguaje al discurso, como entienden los lingüistas, y en donde efectivamente puede surgir fuera del influjo infinito de las palabras en consecuencia algo nuevo. Dice Agamben:

“Imaginemos a un hombre que naciera ya provisto de lenguaje, un hombre que desde siempre fuese hablante. Para tal hombre sin infancia, el lenguaje no sería algo preexistente de lo que debe apropiarse, y para él no habría fractura entre lengua y habla, ni devenir histórico de la lengua. Por eso mismo, un hombre así estaría inmediatamente unido a su naturaleza, sería desde siempre naturaleza y no encontraría en ninguna parte una discontinuidad y una diferencia donde pudiera producirse algún tipo de historia.”

Así, debemos acostumbrarnos a ver al niño en el modo en que lo veía Deleuze, como una máquina que produce, merced a su deseo, “conexiones maquínicas” con todo el aparato del afuera que lo atraviesa: al mismo nivel en que las produce el adulto. Deleuze entiende que “no hay deseo del niño y deseo del adulto”, de suerte que no se puede establecer una distancia de especie entre ambos, o, peor aún, reducir la vida del niño a la interpretación relativa al mundo consumado del adulto. “Un niño que juega a la pelota o juega a la rayuela –dice Deleuze– es todo un sistema, bloques de infancia en estado vivo, en estado actual.” Y, como el afuera es, desde luego, pura multiplicidad de investimentos de todo tipo, familiares, sociales, ambientales, políticos, etcétera: la vida del niño es tan política como la vida del adulto.

No sólo Diego Armando Maradona, por ejemplo, como adulto, en los goles que les anotó a los ingleses en el Mundial de México 86, como se ha dicho, puso en juego todos los investimentos sociales y políticos en relación a la guerra de Malvinas de tres años antes: también el niño, en tanto niño, vive lo social y lo político en su experiencia de jugar a la pelota o jugar a la rayuela.

Preguntémonos ahora, a la luz de estas consideraciones: ¿cuál es la relación de la infancia con el poder?, ¿cuál es –es decir– la acción del poder sobre la vida del infante? Evidentemente, estas preguntas sólo pueden formularse de manera diacrónica, quiero decir, en una línea histórica según la acción del poder en las distintas épocas y del territorio del cual se trate. De modo que entonces, las preguntas formuladas correctamente para el último período de la historia contemporánea en Argentina serían: ¿cómo ha sido la infancia en la dictadura?, ¿en el regreso de la Democracia?, ¿en los 90?, ¿en la caída de Fernando De La Rúa?, ¿en el kirchnerismo?, ¿en el cristinismo?, y, finalmente: ¿cómo es la infancia en los tiempos de Macri?

En la dictadura, el infante (sobre todo el infante, pero también el niño) podía ser expropiado de sus padres y entregado al cuidado y educación de sus captores, en el enfrentamiento que el terrorismo de Estado llevaba a cabo contra la ciudadanía. En los 80, tras el recupero de la democracia, el infante sólo pareciera acompañar la espantosa inquietud del adulto por la política, rayana en la indiferencia y el resquemor. En los 90, la infancia también sólo pareciera acompañar el frenesí de los adultos por el libre mercado y el esnobismo. Entre la caída de Fernando De La Rúa y el primer año de gobierno de Néstor Kirchner, la infancia en ese período fugaz de la historia fue testigo de una especie de situación bisagra para los adultos, en la cual, habían tocado fondo en su manejo del país, pero de alguna manera u otra, ellos, los niños, no estaban comprometidos. Después, del segundo año de kirchnerismo y toda la meseta cristinista, la infancia en ese período resultó ser paradisíaca, ya que por fin pudo vivir el niño a la par del adulto una verdadera primavera política, donde la niñez representaba una promesa. Hasta que llegamos a la infancia en los tiempos de Macri.

Como todo el mundo sabe, a finales de marzo del 2016 el gobierno de Macri, a sólo tres meses de su asunción, pero ya con una Corte Suprema a su medida, con la abrumadora mayoría de los tres tercios del senado sanciona el proyecto de ley para el pago de la deuda a los holdouts, embargando así la soberanía por cien años y postergando en igual plazo el futuro de la niñez en Argentina. Para darnos una idea: la deuda que contrajo la dictadura (incluyendo el costo macabro de su soberanía) al lado de la deuda que contrajo el macrismo queda como un juego de niños, si se me permite la ironía.

Yo tengo, por cierto, dos hijas: una tiene once años la otra dos. En efecto, cada una de ellas tendrá una infancia distinta: la mayor una infancia en el kirchnerismo y cristinismo de primera hora, la menor una infancia en los tiempos de Macri. Si bien Lotz pudo escribir que <<entre las particularidades más dignas de mención del temple humano, cuenta la general falta de envidia del presente respecto a otras épocas>>, puedo imaginarme no obstante a mis hijas dentro de algunos años deliberando sus infancias. La mayor le dirá a la menor que su infancia fue paradisíaca, y que en cambio la suya –le dirá a la menor– fue, tal vez, la peor de la historia. Entre ambas evidenciarán entonces el mayor grado de contraste históricos que hemos tenido, y que les tocó en suerte, entre la felicidad primaveral kirchnerista y el endeudamiento macrista. En la misma novela en que Fresan dice que en la infancia nos hacemos muchísimas más preguntas, también dice que el carácter de las generaciones se templa según sean los juguetes que existen para ellas en el tiempo que les toca vivir. Pues bien, la mayor le dirá a la menor entonces que ella vio salir la Tablet, con la cual hizo miles de videos al aire libre, y que miraba “Fútbol para todos” con papá en el marco de una felicidad peronista incomparable, y que en cambio ella –le dirá a la menor– sin bien jugaba encerrada en pantallas de celulares y veía Netflix, cosa envidiable para cualquiera, escuchaba sin embargo que en las canchas se gritaba “¡Mauricio Macri la puta que te parió!”, y que ella –la menor– lo repetía a los gritos.

Imagino triste aquel diálogo entre mis hijas, sin embargo, espero lo mejor. Es, ciertamente, de muy mal gusto ser oscuro o apocalíptico con la infancia.

Imaginemos, para concluir, a los niños argentinos de un futuro remoto. Hay algo que es seguro: si hoy la infancia ocupa un lugar políticamente privilegiado, como decimos, si la infancia es la instancia extraordinaria mayormente política del hombre, donde el lenguaje detiene su poder y es posible la historia, si el niño es <<todo un sistema>>, como dice Deleuze, si es todo El Sistema, podríamos aventurar, será la infancia en consecuencia la que llevará a otro puerto la Argentina, cualquier país, y la llevará en cualquier caso de la infancia en los tiempos en que ha creído obtener la felicidad, en el pasado, y, a través de ella, de aquella infancia del pasado, la llevará otra vez a una infancia en el futuro.