Todos somos mujeres

Porque nunca estés sola en la oscuridad, 
porque nadie te dañe ni te haga llorar,
porque todos tus hombres seamos mujeres,
al menos, un segundo.

Porque nunca te guardes de noche
un secreto horrible en el corazón,
porque muchos queremos hacer
un mundo mejor.

Chicas en América,
en la cruz del sur,
estallaron la revolución,
todo el mundo en las plazas con banderas gritan
“que no haya ni una menos”.

Crimen no es pasión,
ajustate el cinturón, boy,
es la vida que se abre paso
bajo las estrellas.

[Fito Páez, del disco Ciudad liberada]
La Jovencita es la esclavitud final,
aquella por la cual se ha obtenido el silencio de los esclavos.
[Tiqqun, Teoría de la jovencita]

 

Por Ariel Sobko

Antígona y Electra son, de Sófocles [496-406 a. de C.], sus tragedias más especiales. Lo son por el hecho de que tratan sobre los conflictos en que suelen inmiscuirse las distintas esferas de lo religioso, lo político y lo militar, que representaba la problemática central del momento en que Sófocles escribía. En aquel entonces, a los griegos les inquietaba la relevancia que pudieran tener los dioses en los asuntos de la polis. Lanzarse a construir obras trágicas con este tema, si bien requería de un ingenio importante, porque el público estaba al tanto de todo al respecto, resultaba ser muy valioso por su oportunismo. Pues bien, tanto fue el prestigio que Sófocles obtuvo con Antígona, la primera de las dos obras representada en 442-441 a. de C., que los atenienses lo eligieron general del ejército, dando cuenta de la importancia que un poeta tenía para los griegos.

Para lograr semejante éxito, Sófocles introduce en Antígona y Electra dos elementos singulares, que les son comunes, y que representan una verdadera extrañeza, no sólo para con el conjunto de su obra sino incluso para el género completo.

Un elemento singular que Sófocles introduce en estas tragedias, es el hecho de que los soberanos al mando del trono, no son hijos de reyes, y en quienes por lo tanto su relación con el poder es más bien diletante, aficionados por sus cercanías con él. En este aspecto Antígona y Electra son los opuestos extremos a Edipo Rey, la obra maestra de Sófocles, en donde los soberanos que allí aparecen alcanzan una grandeza épica espectacular, casi inalcanzable en términos históricos. En el caso de Electra: Egisto, amante de la reina, se convierte en soberano tras asesinar a Agamenón, rey de Micenas; en Antígona: Creonte, hermano de Yocasta, madre y mujer de Edipo, rey de Tebas, quien también se convierte en soberano tras el destierro de Edipo y las muertes prematuras de Polinices y Eteocles, sus hijos varones herederos al trono.

El otro elemento singular que Sófocles introduce en Antígona y Electra es, tal vez, el elemento por el cual las obras se vuelven todavía más especiales que con la mencionada mediocridad de sus soberanos. El elemento que vuelve tan especiales a estas dos tragedias es el hecho, por cierto, de que sus héroes no sean varones, sino heroínas, mujeres.

La tradición encierra todo, y ya ocurrió en otro tiempo que estas heroínas griegas adquirieran cierta autoridad para la vanguardia. Pero situándonos en la sociedad actual, en la cual, todo el mundo sabe, la mujer es, su postergada reivindicación, el acontecimiento universal del momento, al que sólo puede comparárselo recientemente con la caída de las Torres Gemelas en el 2001 y del Muro de Berlín en el 1989, estas dos tragedias de Sófocles, protagonizadas por mujeres, en las cuales se intenta resolver cuestiones centrales para la sociedad, deberían tener, sin mayores pretensiones, algo para decirnos, o al menos representa una buena excusa para leer a los griegos.

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En efecto, Electra y Antígona tienen mucho para decirnos de la histórica tiranía del varón hacia la mujer, precisamente porque, y es algo que se hace evidente de sus lecturas, la posición de la mujer, social, religiosa, política y militar, que son los asuntos de las dos obras, no se ha modificado en absoluto en lo que van de estos 2.500 años que pasaron de sus estrenos en la Antigua Grecia.

Antígona, hija de Edipo, rey de Tebas, es condenada a muerte por inanición en una bóbeda sin entierro, por dar los rituales religiosos al cadáver de su hermano, Polinicies, quien había muerto en enfrentamiento con su otro hermano, Eteocles, quien también fenece en el hecho. El asunto es que luego del destierro de Edipo al trono de Tebas lo ocupaba Creonte, tío de los hermanos de Antígona, quienes eran formalmente los herederos reales, pero estaban enfrentados entre sí. Polinicie ataca Tebas aliado con otro ejército, conducta por la que, tras su muerte, Creonte ordena no darle entierro, a diferencia de su otro hermano, Eteocles, quien muere en combate defendiendo el reino, ordenando además la pena de muerte sin entierro para aquél que se compareciese del muerto. Cuando Antígona decide desobedecer las órdenes del soberano, atendiendo que su otro hermano también merecía, como corresponde, religiosa sepultura, entonces se desencadena la tragedia, arrastrando también al suicidio de Hemón, hijo de Creonte y prometido de Antígona.

Ismene, la hermana menor de Antígona, en el papel de la jovencita prometedora y hermosa, que contrasta con la aspereza y la desfachatez de Antígona, la acusa de romper con su estereotipo:

“¡Qué osada eres! Nosotras —le dice— llegaremos a morir con la más grande infamia si llegamos a transgredir la decisión o las imposiciones del soberano. Conviene darse cuenta de que nacimos mujeres, no estamos preparadas para combatir contra hombres.”

Creonte, el soberano, refiriéndose a Ismene y Antígona:

“En mí no ha de mandar una mujer… En mi palacio, subrepticias como víboras, trataban a escondidas de chuparme la sangre ¡Nunca pude darme cuenta de que estaba criando los instrumentos para la subversión del trono!”

Refiriéndose a Hemón, su hijo:

“Jamás tires por borda tu magnífica sensatez por el goce de una mujer. Tienes que darte cuenta que una mujer malvada que comparte el lecho resulta para su esposo un grillete helador. Pues ¿qué cáncer peor puede haber que un amigo perverso? Escupe a Antígona como se escupe a un enemigo y déjala que algún muerto la despose en el Hades… Hay que defender lo ordenado, hijo, no hay que dejarse avasallar ni por lo más remoto por una mujer, pues es preferible, llegado el caso, ceder a las presiones de un hombre, pues, en ese caso, no seríamos tachados de vasallos de mujer alguna.”

La solución político-religiosa a la tragedia hubiese sido, enterrar al muerto, pero no en territorio tebano.

Después; Electra, hija de Agamenón, rey de Micenas, siendo muy joven tuvo que afrontar el drama familiar del regicidio de su padre en manos de Egisto, el amante la reina Clitemnestra, su madre. Como su hermana Crisótemis se muestra indulgente ante el crimen del padre, Electra se encarga de proteger a Orestes, su hermano menor recién nacido, del inminente peligro que corría siendo el único hijo varón heredero al trono. Decide entonces enviar lejos del reino a su hermano, encomendando su cuidado a un amigo y súbdito fiel de Agamenón, y dándole instrucciones de enterar al infante de lo sucedido, para que así, en un futuro, pueda volver a Micenas a vengarse y restituir el bien de la familia real. Veinte años después, Orestes regresa a Micenas y desencadena la tragedia, asesinado a su madre, la reina Clitemnestra, y al amante de su madre, Egisto, el soberano regicida.

Crisótemis, en el papel de la jovencita al igual que Ismene en Antígona, también en contraste con el aspecto de Electra, le dice a su hermana:

“Si he de vivir libre hay que obedecer en todo a los que mandan. ¿En dónde puedes tener puesta tu mirada para que te armes de tanto valor y me invites a mí a apoyarte? ¿No te das cuenta? Naciste mujer y no varón, serás siempre menos potente en fuerzas que te respalden. La suerte, hermana, que a ellos les es favorable día tras día, a nosotras se nos escurre y no nos viene por nada. En estas condiciones ¿quién que planee someter al soberano escapará indemne de castigo?”

Orestes, en el momento de entrar en acción, trata de frenar a Electra que auspicia entusiasmada la empresa de su hermano:

ORESTES.–Guarda silencio y espera.

ELECTRA.–¿Qué pasa?

ORESTES.–Es mejor callar, no sea que desde casa nos oiga alguien.

ELECTRA.–¡No, por Artemisa, la siempre indómita, jamás admitiré tener miedo a esto, al lastre de las mujeres que están siempre dentro de casa!

ORESTES.–Con todo y con eso observa que Ares, dios de la guerra, se instala también en las mujeres.

La historia de Electra venía contándose desde distintos ángulos en la tradición griega anteriormente a Sófocles. Esquilo, por ejemplo, aborda en la Orestiada la temática de los designios del poder religioso de los dioses. Pero Sófocles altera un poco la historia. El final que concebía la mitología, era que Orestes había sido castigado por Egisto, quien sobrevivía en el trono, por ejecutar la venganza del regicidio de su padre con el crimen de la reina. La historia es básicamente la misma, lo que hace Sófocles es eliminar este final clásico del castigo inherente al crimen de Orestes al matar a su madre, en clara señal de una secularización de la temática: de una ligazón de los dioses con la polis, que aún persistía en Esquilo, a un ámbito humano político exclusivo.

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Si éstas u otras obras, como cualquier otro objeto de la cultura, puede decirnos algo de esta nuestra época, es muy importante tener en claro que, el sello histórico de la mujer, si bien goza de total necesidad, no proviene de alguna suerte de categoría histórica a la manera del Aufhebung hegeliano o la “cita con el pasado de la tradición de los oprimidos” en un tiempo mesiánico como plantea Walter Benjamin, sino, en todo caso, como veía las cosas Jean Paul Sartre, se debe a la praxis política concreta que las mujeres ejercieron de un tiempo a esta parte en cada uno de los hogares y las calles, bajo el cielo y las circunstancias que en suerte le tocase vivir. No es a pesar del desenfado radical de la praxis violenta de las mujeres, la quema de iglesias, las intervenciones frente a las dependencias del Estado y otras actividades del tipo asumidas en militancia, sino, en efecto, justamente por estas actividades que las mujeres realizaron en militancia es que estamos hablando del momento de la mujer como sello histórico del momento.

Es evidente que la mujer contra el poder soberano patriarcal y machista es el mayor grado de irreverencia que puede alcanzarse. Quiero decir: el grado de oposición que se genera en el enfrentamiento de la mujer contra el varón, es mayor que el que se genera entre el varón contra el varón o la mujer contra la mujer, y que entonces la mujer contra el poder soberano, patriarcal y machista por naturaleza, es, en efecto, el mayor grado de oposición, el mayor enemigo que puede constituirse contra él. Esta estructura es la que pone de manifiesto Sófocles con Antígona y Electra.

Ahora bien, indudablemente desde nuestro punto de vista, Antígona es víctima de femicidio, al igual que, de algún modo, se torna un femicidio el asesinato de Clitemnestra, la reina, en manos de su hijo Orestes, para el cual el mito ya contemplaba un castigo.

En el Día Internacional de la mujer, hay que imaginarse en las marchas los rostros de Antígona y Clitemnestra en un cartel empuñado en lo alto de la muchedumbre con la inscripción #Ni una menos.

Por lo demás, si quisiésemos identificar ahora una acción concreta del poder hacia la mujer, ¿qué diríamos? Todo pareciera indicarnos que el poder, en nuestras sociedades del Espectáculo, ha encerrado a la mujer en el dispositivo del estereotipo de la june fille, el ideario de la joven bella, como al varón lo ha encerrado en el guerrero joven: la “Jovencita”, cuya cuestión está relacionada íntimamente con la filosofía de género, como lo denuncia Tiqqun, y sólo una ruptura con este estereotipo logrará aumentar la potencia. “El silencio de los esclavos” obtenido por la Jovencita, que si se quiere entran en el papel de Ismene y Crisótemis, es el mayor emblema histórico de la dominación masculina sobre la mujer, de suerte que, en efecto, una estrategia para una continuación de la potencia deberá tenerla seriamente en claro.

En efecto, no hay nada más facho que una mujer de posición machista patriarcal, y el estereotipo de la Jovencita es un producto del goce machista patriarcal.

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A los griegos del tiempo de Sófocles les gustaba creer que las pesadillas se disipaban si uno las contaba con las primeras luces del sol a alguien, evitando así los malos augurios que podían traer. En efecto, conviene quizás contar, hablar, seguir hablando por cierto, de la pesadilla que representó durante siglos y siglos de civilización occidental y oriental ser una mujer, a este nuevo sol que alumbra la coyuntura. Ese nuevo sol es al cual se refiere Fito Páez, pues la única manera de recuperar la potencia, como dice la canción, consiste, siempre fue así, en ponerse en el lugar del otro. Todos somos Antígona, todos somos Clitemnestra, todos somos también Ismene y Crisótemis, todos somos Electra, pero lo fundamental es lograr es que todos los hombres seamos mujeres, al menos un segundo. El otro no es un enemigo ni lo político es el producto de la enemistad; el otro es, la mujer para el varón o el varón para la mujer, en todo caso, la posibilidad del amigo.

Varón y mujer deberán conducir la coyuntura a una fraternidad especial, cuya potencia aún está por verse.

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