Los verdurazos no son ideológicos

“Debemos ser contemporáneos, por desértico que sea, del veredicto del mundo.”

Alain Badiou

 

Por Ariel Sobko

Para Aristóteles, la totalidad de la realidad humana es política en la medida en que el hombre alcanza a realizar una vida en la polis, es decir, en la medida en que no sólo tiene una vida natural, sino que alcanza también a vivir en sociedades políticamente calificadas. Lo cierto es que hay actos políticos y actos no-políticos en el comportamiento humano. En términos generales, a los actos humanos que son políticos los incluye la Historia, mientras que los actos humanos que no son políticos no están incluidos en la Historia. A su vez, el conjunto de los actos políticos que incluye la Historia se dividen en tipos de actos ideológicos y no-ideológicos.

Son formas de actos políticos no-ideológicos: la marcha pública, la organización autogestionada, los “verdurazos”, la toma de un establecimiento, el happening. El listado no es exhaustivo, y dista de serlo. De un tiempo a esta parte, este tipo de prácticas de naturaleza no-ideológicas, caracterizados por suscitar el mayor grado de inconformidad con un grado nulo de violencia, se han vueltos paradigmáticos para cualquier clase de praxis emancipatoria. Es más, existen grandes acontecimientos políticos, de agenda anual, que deben regularse sin ideologías, como lo fue el caso del “Encuentro Nacional de Mujeres”.

En principio, diremos entonces que un acto político del tipo no-ideológico será, entre otros actos políticos humanos de su especie, un tipo de acto político de clase emancipatoria.

Ahora bien, si no definimos al acto político ideológico, por cierto, no será posible si quiera avizorar lo que es en sí el acto político no-ideológico. Es preciso aclarar, antes que nada, qué es un acto político ideológico. De cualquier manera, los actos no-ideológicos no son actos simplemente opuestos a los actos ideológicos, como se supondría desde una lógica binaria. No serán opuestos ––los actos políticos ideológicos y no-ideológicos–– porque ambos pertenecen a la esfera de lo político; su relación es, más bien, la del positivo y el negativo en fotografía. Por lo demás, la causa del valor político que adquieren los actos no-ideológicos estriba en que son inclasificables para el poder. Es decir, no es que el acto no-ideológico sea político a pesar de que no se identifique con el poder político ideológico, sino justamente por ello. El poder ideológico no posee el patrimonio de lo político.

En efecto, el acto no-ideológico alcanza a ser político precisamente en la medida en que el poder ideológico se pliega sobre él sin chances de dominio. La ideología no puede atribuirse, ni captar, ni desviar, ni poseer los actos no-ideológicos, porque su política consiste, como suele decirse, en una no-ideología.

Pero, ¿qué es ––veámoslo primero–– un acto político ideológico?

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Una ideología es una asociación entre hombres con grado de intensidad suficiente como para establecer fraternidad entre ellos. Ahora bien, no cualquier tipo de fraternidad intensa entre hombres es ideológica. Será ideológica una fraternidad en vistas de constituirse en poder político, es decir, que compite con otras fraternidades de su tipo por la conducción del Estado.

Tal como las conocemos, las ideologías nacieron en un período específico de la situación del mundo, digamos que pre-moderno, donde el dogmatismo era dominante entre la gente. Ser dogmático equivale a sostener que esto o aquello, un acto o un acontecimiento cualquiera, dado o provocado, tiene lo que se denomina una “razón suficiente” metafísica, esto es, una especie de razón mayor de su ser, depositada en un ser Absoluto. Así, el Absoluto era un ser metafísico, de existencia incontrovertible para la razón, en cuya dimensión, lo que es, es absolutamente; una especie de ídolo. Un cúmulo de Ideas y entes metafísicos con esta naturaleza “absoluta” pululaban entre los hombres de aquella época, tan influyentemente y de manera tan natural, como en la actualidad pululan entre nosotros las redes sociales y la Web. Un comunista podía decir <<el Estado debe manejar los medios de producción, de otra manera no se pueden cubrir las necesidades sociales>>, un liberal <<el mercado debe manejar todo, asimismo las ideas deben diversificarse, es la única manera de generar capitales y riqueza”, un anarquista “la mayor servidumbre voluntaria de los hombres es el Estado”. Pero estas declamaciones no eran un simple discurso, sino que representaban, cada una para cada cual, una especie de ideario metafísico, indemne al cambio de la  situación, que adoptaban como paradigmas de sus praxis emancipadoras.

Finalmente, la persona que actuaba conforme una premisa ideológica, cobraba conciencia de una <realidad objetiva>, esto es, el apoderamiento de una especie de secreto que impulsaba la sucesión real de los acontecimientos históricos. Así, disciplinándose al ideal de los absolutos, acababan identificándolos con sus fines.

Este período cayó al cambiar la situación, sin embargo las ideologías persisten. Indudablemente, la persistencia hoy de las ideologías está teñida de cierto anacronismo, como es el caso de todo lo que persiste a los cambios de la situación. En efecto, sobre las ideologías recae la misma crítica que la modernidad acometiese a la religión o la teoría del conocimiento de su época de origen. Después de Kant y su Crítica de la razón pura cualquier tipo de absoluto, como cualquier metafísica, quedaría invalidada porque, para los filósofos el mismísimo principio de razón suficiente sería expulsado del dominio de la razón. Así, la teología quedaría acusada directamente de formar parte de la literatura fantástica, y, las ideologías, de ser otro de los tantos inventos ficticios de la metafísica.

Si, para la modernidad, la religión se ha encerrado en una especie de “feísmo”, de fe “independiente de la razón”, las ideologías se han vuelto en nuestros días, por lo mismo, en objeto de un ideologismo fanático. Esto explica, se sabe, por qué nadie reacciona si es acusado de irracional por su violencia religiosa o política: porque se supone que sus acciones tienen dominio fuera de la razón. A un fanático del tipo religioso o político, siempre que hoy se lo acusa de violento o de abusar de su poder, se lo acusa porque son violentas o abusivas sus actuaciones pero nunca porque la normativa de sus actos sean irracionales.

Por lo demás, es preciso entender que hubo una época clásica de las ideologías, en la que funcionaron en todo su esplendor, pero que esa época ha pasado. Tal vez, hoy nosotros estamos en una época de posiciones ideológicas neoclásicas, también, desde luego, de nuevas posiciones ideológicas. Y no se cumple eso que suponen, que sea éste un momento de fin de las ideologías o fin de lo político como tal, son todas charlatanerías. Cuando a la política se la echa por la puerta ––reza un lugar común–– entra por la ventana.

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Es curioso que todos los que se congregan a un acto político no-ideológico, como el de una marcha, sean, de alguna manera o de otra, pertenecientes a una ideología. En efecto, nadie necesariamente es sin-ideologías en la actuación no-ideológica. La negación de lo ideológico en el acto no-ideológico, no implica la sin-ideología como tampoco la anti-ideología. En una marcha, en una organización autogestionada, declamar ser anti-kirchnerista, anti-macrista, o no tener ideologías, no es consecuente con el acto político no-ideológico que la caracteriza. La negación de lo ideológico en el acto político no-ideológico es, por cierto, una negación especial.

El carácter especial del acto de negación de lo ideológico que caracterizan a los participantes de una marcha o de la toma de un establecimiento, no consiste, como en el caso de la ideología, en una asociación entre hombres con grado de intensidad suficiente como para establecer fraternidad entre ellos, sino más bien en el mayor grado de fraternidad entre fraternidades diferentes.

Se sabe, por Carl Schmitt, que lo político es una distinción entre el amigo y el enemigo. Hay que admitir que la variedad ideológica argentina puede explicarse bastante bien según esta presuposición. Hemos dicho que, en efecto, una ideología se define por ser una organización que compite con otras organizaciones ideológicas por la conducción del Estado. Sin embargo el acto político no-ideológico, son acontecimientos de alto grado de politización y no se caracterizan por la enemistad entre los grupos referenciales que participan de él. Al contrario, todo pareciera indicar que el acto político no-ideológico, el mayor grado de fraternidad entre fraternidades diferentes, realiza, en oposición a los presupuestos schmittianos, una suerte de destinada amistad entre todos los enemigos o transformación del enemigo en amigo.

contra la reforma previsional 2017
Masiva movilización contra el ajuste previsional, diciembre 2017. Buenos Aires, Argentina.

Si debemos ser contemporáneo de un veredicto de nuestro mundo: ¿asumiríamos que no habrá revolución? Debemos renunciar a ella de ser así, tras lo cual, queda por defecto un único reducto para el potencial emancipador: la relación que ciertos actos particulares guardan con el estado de la situación. Todo pareciera indicar que los actos no-ideológicos, una relación singular de exclusión, contracción y desconexión respecto de las acciones del poder político ideológico, detentan hoy día las potencias emancipadoras.

Una vida no-política tal vez no es posible, pero sí una vida con una praxis política de carácter no-ideológico. El verdulero que obsequia su producción en la plaza o la mujer que participa en el Encuentro Nacional de Mujeres, hacen circular altos grados de potencia emancipadora. Y esto es así, no a pesar de que sus actos no sean ya convocados, ya apoyados, ya dirigidos por el poder político ideológico, sino justamente por ello: porque sus actos no son convocados ni dirigidos por ninguna clase de ideología es que gozan de efectividad emancipadora.