La casa achicada

Viendo que todo se viene a pique, desde nuestra trinchera clandestina en el salvaje Norte argentino, quisimos también hacer nuestro aporte al desmadre y lanzar, aunque sean no más, unos cuantos cascotes. Así dimos intervención y reescritura, como mero tecleo literario, al archifamoso cuento de Cortázar “La casa tomada”.  Esto fue lo que salió:

 

Por Literatura Tropical
Al compañero Juan M. Carreras.

 

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y moderna sepultaba bajo un sótano mental la memoria histórica de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres, los hermanos, amigos y compañeros, la infancia, y todo el pasado de nuestros pueblos. Hoy que las casas modernas sucumben a la más ventajosa devaluación de la moneda que dispara el costo inmobiliario.

Nos desmemoriamos, que es una manera de decir, Maurizio y yo, persistiendo solos, en esa empresa reluciente, entre los pasillos de la casa. Todo lo cual era un delirio, desde luego, porque en esa casa podían vivir más personas sin estorbarse y disfrutando todos de todas sus comodidades y placeres. Yo hacía la limpieza por la mañana, levantándome a las seis, y a eso de las once, cuando recién se despertaba, yo le dejaba a Maurizio las últimas habitaciones por repasar, cosa que él nunca hacía y al final yo tenía que terminar e incluso encargarme de la cocina y preparar la comida. Almorzábamos al mediodía, muy puntuales, y ya no quedaba nada por hacer salvo lavar los platos sucios, cosa que Maurizio tampoco quería hacer. Sin embargo, nos resultaba grato almorzar con los noticieros de la televisión haciendo comentarios en las redes sociales. A veces llegábamos a creer que era la televisión y las redes sociales en lo único que podíamos creer, porque siempre podías decir lo que se te dé la gana y nadie le importaría, porque al final era eso la libertad. Maurizio rechazó dos encumbradas propuestas ejecutivas laborales para que él y yo pudiéramos estar juntos y yo pudiera atenderlo. Vivimos muchos años así, con la inacabada idea de que el nuestro, simple y silencioso pacto de convivencia, debía clausurar el pasado de sangre derramada por nuestros antepasados en nuestra casa, que vino ya derramada desde el pasado por nuestros pueblos. Al fin y al cabo nos moriríamos algún día, extraños y ajenos descendientes se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, decía Maurizio, nosotros mismos la vamos a demoler dramáticamente y vamos a transmitir la caída que podrá ser televisada en simultáneo con las redes sociales: así podremos compartir nuestra rabia con los otros y sabrán de lo que somos capaces.

Maurizio era un chico nacido para no hacer nada. Aparte de su inactividad matinal se pasaba el día berreando en las redes sociales, mirando la televisión, escuchando Queen encerrado en su dormitorio, que oportunamente mandó pintar de amarillo. No sé por qué le gustaba tanto el amarillo. Me mandó a pintar todas las paredes de nuestra casa de ese color. Comenzó a dar muchas órdenes y a quejarse. No hacía nada más que encontrar pretextos para no trabajar y mantener la casa. Tampoco admitía que le pongan límites, y las cosas debían ser siempre como él decía que eran las cosas… A veces ayudaba con alguna que otra tarea como la de barrer el patio de atrás, podar el césped, cambiar algún mueble de lugar o pagar los impuestos. Se le notaba que esto último era lo que menos le gustaba hacer. De hecho, se la pasaba noches enteras en su escritorio buscando todas las maneras posibles de evadir los impuestos. Era verdaderamente gracioso ver la fruición con la cual contaba sus fajos de dólares. Teníamos, no obstante, nuestros momentos de cómplice cordialidad. Los sábados, por ejemplo, los días de feria de verduras, iba yo a comprarle frutas tropicales y cereales integrales; es que tenía fe en mis sugerencias y gustos, se complacía, a veces sonreía, con los colores que elegía para él. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por el mercadito del barrio buscando las ofertas de la semana porque la inflación siempre tiene a maltraer a uno en la Argentina.

Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Maurizio, yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Maurizio sin mí. Uno puede decir cualquier cosa. Es así la libertad de expresión. Y de hecho está todo en los noticieros, en las redes sociales, en los reportes del clima, etcétera, pero al final, la libertad, no es ninguna otra cosa que batirnos a duelo para defender nuestra manera de pensar y de vivir. Así un día encontré el cajón de debajo de la cómoda de alcanfor lleno de bonos basura de la deuda externa, llenos de bonos de todos los colores, blancos, verdes, lila, pero sobretodo de color amarillo. Estaban junto a un fajo de dólares termo sellado apilados junto a una chequera y una Bersa Thunder calibre .22. No tuve valor para preguntarle a Maurizio qué pensaba hacer con eso. Sí pensé reiteradamente que nosotros no necesitamos matar a nadie para ganarnos la vida, y que sin embargo todos los meses Maurizio licuaba dólares comprando departamentos, sobornando banqueros, campos en Bariloche y más bonos de la deuda.

Pero a Maurizio solamente lo entretenían los negocios borrosos, mostraba una destreza maravillosa para la persuasión y el soborno, y un completo fracaso para la actuación: a mí se me iban las horas viéndole cómo se ponía y se sacaba sus bigotes postizos procurando imitar vanamente a Freddie Mercury. Era hermoso.

Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con un jardín vertical de tulipanes amarillos, la biblioteca y tres dormitorios amplísimos quedaban en la parte más retirada, todo pintado de amarillo. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo, todo pintado, siempre, de amarillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada. Avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y más allá empezaba el otro lado de la casa, también pintado de amarillo, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse. Maurizio y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo yo para hacer la limpieza, pues es increíble el olor a bosta de vaca que emana desde allí. Buenos Aires nunca fue una ciudad limpia, pero eso se lo debe a los porteños y no a otra cosa. Hay demasiado olor a bosta de vaca en el aire, apenas sopla una ráfaga se siente el tufo soporífero en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé. Da trabajo eliminar el olor con desodorantes importados carísimos que igualmente resultan una frustración, porque el olor a bosta de vaca, aquí en Buenos Aires, ninguna casa se lo puede sacar.

Lo recordaré siempre con claridad porque fue truculento y en circunstancias extrañas. Maurizio estaba como siempre en su escritorio procurando mejorar su dicción para imitar a Mercury, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió cambiar de estado en las redes sociales. Fui a buscar mi teléfono celular por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble. Estaba dando la vuelta al codo que llevaba a la cocina, cuando escuché risas en el comedor o en la biblioteca. Las risas eran jocosas y aguardentosas, como una celebración o una reunión de conversación o jactancias de quien se sabe propietario de una cuenta millonaria en un paraíso fiscal. Las oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared y me percaté horrorizado que la pared temblaba conmigo. Me arrojé espantada al suelo y repté hasta la puerta mientras la casa quería devorarme. La cerré de golpe, reincorporándome. Felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el cerrojo electrónico y digité la clave de seguridad.

Fui a la cocina, me serví una copa de malbec, y cuando estuve algo dada vuelta y cobré valor le dije a Maurizio:

—Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Desapareció la parte del fondo.

Dejó caer el teléfono celular y me miró con sus ojos gélidos.

— ¿Estás segura?

Asentí.

—Entonces —dijo recogiendo el celular— tendremos que ajustarnos más de este lado.

Yo bebía el malbec con mucho cuidado, pero él tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que puso a mi nombre otro country que compró en Pilar. A mí me gustaba ese country.

Los primeros días nos pareció gracioso porque ambos habíamos dejado en la parte desaparecida muchas cosas que queríamos y que ahora no existían más. Mis libros de ficciones argentinas, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Maurizio pensó en sus discos de Freddie Mercury. Con frecuencia —pero esto solamente sucedió los primeros meses— pegábamos un portazo a la heladera vacía y nos mirábamos con virulencia.

—No hay más carne.

Y era una cosa más que desaparecía, de todo lo que ya había desaparecido al otro lado de la casa.

Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó —aunque yo seguía encargándome de todo—, y me levantaba tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados porque en realidad Maurizio nunca hacía nada. Maurizio, apiadándose de mí, me empezó acompañar en la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Maurizio miraría las noticias y seguiría ajustando números. Nos alegramos, eso sí, porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerme a cocinar para él. Ahora nos bastaba con una mesa con rueditas en el dormitorio de Maurizio y las fuentes de comida con fetas de fiambre.

Maurizio estaba contento porque le quedaba más tiempo para licuar sus dólares. Yo andaba estresada a causa de lo que decían en las redes sociales, que las cosas se ponían cada vez peor, que la inflación no aflojaba, que ya no podíamos seguir viviendo así, que teníamos que pagar un costo. Para no afligirme más me puse a revisar las revistas de moda, cuando yo era famosa, conservaba los recortes, qué cosas maravillosas decían sobre mí, con esos recuerdos mataba el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus asuntos, casi siempre reunidos en el dormitorio de Maurizio que era el más cómodo. A veces Maurizio decía:

—Fijate este punto rojo que he dibujado. ¿No es hermoso?

Un rato después era yo quien le ponía ante los ojos un mapa de la Ciudad de Buenos Aires para que él le dibujara puntitos rojos. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.

(Cuando Maurizio tenía pesadillas yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a su dicción trabada y porteñosa, dicción que viene de su rencor a las palabras mismas. Maurizio decía que sus pesadillas consistían en grandes temblores que a veces hacían desaparecer otras partes de la casa. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.

Aparte de eso todo estaba tranquilo en la casa. De día eran los rumores de las redes sociales, el roce metálico de las agujas del tiempo, el murmullo del televisor encendido en el canal de las noticias. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte desaparecida, nos poníamos a hablar en voz más alta o Maurizio cantaba canciones de Queen. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía tranquila y más amarilla que nunca, hasta pisábamos despacio para no ensuciar las alfombras. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Maurizio empezaba a tener pesadillas en voz alta, me desvelaba en seguida.)

Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Maurizio que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (él hablaba por teléfono) oí temblores en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Maurizio le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los temblores, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.

No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Maurizio y lo hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los temblores se oían más fuertes pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe otra puerta y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.

—Ha desaparecido esta parte —dijo Maurizio. El nudo de su corbata estaba desarreglado, percudido igual que su camisa, sudorosa en las axilas. Cuando notó que había olvidado su teléfono celular, me dijo de inmediato:

— ¿Tuviste tiempo de traer alguna otra cosa? ¿Los dólares? —le pregunté inútilmente.

—No, nada.

Estábamos con lo puesto. Me acordé de los bonos de la deuda, que había guardado en el ropero de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.

Como me quedaba todavía mi teléfono celular, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Maurizio (yo creo que él estaba berreando) y huimos. Antes de alejarnos tuve rabia y dejé la puerta de entrada abierta de lado a lado mientras la llave se pulverizaba en mis manos. Aparecieron multitudes, todos querían entrar a ver cómo era la casa que se devoraba a sí misma; pero las multitudes desaparecían ante mis ojos ni bien cruzaban el umbral y yo empezaba a recordarlo todo.

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