“La buena ficción opone un estallido más grande que el universo”

Recién galardonado con el prestigioso Premio Tusquets 2017 de novela por Una casa junto al tragadero, Mariano Quirós se sometió al cuestionario de Literatura Tropical. A sus 38 años cuenta con una obra poderosa e hipnótica. Todos sus títulos obtuvieron premios: Robles (Premio Bienal Federal), Torrente (Premio Iberoamericano de Nueva Narrativa), Río Negro (Premio Laura Palmer no ha muerto), No llores, hombre duro (Premio Festival Azabache), y su  cuento “Cazador de tapires” recibió el premio Gabriel Aresti, convocado por el Ayuntamiento de Bilbao.

Quirós habló con LT de la pasión salvaje por la lectura, de la escritura y el cuerpo, el territorio y la felicidad de concebir historias. “La buena ficción —dice— opone un estallido más grande que el universo, en el que hay lugar para todas y todos.

“El territorio —que puede ser tanto el lenguaje como la zona donde uno se ubica y donde ubica su ficción— determina nuestro posicionamiento ante el mundo”, afirma: “Mi manera de escribir está anclada en el Chaco, y sobre todo en Resistencia. Por mucho que viva en Buenos Aires mi mirada no deja de ser la de un chaqueño”.

Al autor de Una casa junto al tragadero le gustan los saltos al vacío, al mejor estilo Bolaño. “La idea de que escribimos y leemos todo el tiempo, las 24 horas del día y sin esperar nada ni pedir nada de la literatura. Con todas las contradicciones, los miedos y las frustraciones del caso. La mirada de un poeta, digamos, una mujer y un hombre que no necesitan publicar un libro para saber que son poetas”.

Una casa junto al tragadero

LT: Mariano, hace un par de semanas ganaste el Premio Tusquets de Novela con Una casa junto al tragadero. ¿Contanos cómo te enteraste, cómo lo viviste, con quiénes, qué fue lo primero pensaste como escritor?

MQ: Me fueron soltando la noticia en cuentagotas —un poco por mail, otro tanto por teléfono—, con lo que la ansiedad y la imaginación fueron volando cada vez más y más alto. Fui a correr, fui a nadar, intenté pensar en otra cosa. Pensar, por ejemplo, en que muy pronto tendré un hijo y no hay nada más importante. También escribí un cuento. Tuve ataques de verborrea y le hablé mucho, muchísimo, a mi mujer, de esto, de aquello y de más allá.

LT: Hablemos de realidad, ficción y política. ¿Cómo se lleva tu literatura, y vos, con esas tres palabras y sus connotaciones?

MQ: No quisiera ser yo quien diga cómo se lleva la política con lo que escribo. Pero sí me interesa percibirlo en otros autores. La manera que encuentran de construir un relato que proponga alternativas al relato, como suele decirse, hegemónico, al relato oficial. Que hoy en día —no digo nada nuevo— es el relato que se construye desde los medios de comunicación más corporativos y sinvergüenzas. Ese relato oficial es el que construye puntos de vista a partir del mero lugar común y la pereza creativa. Yo celebro, por ejemplo, la sutileza y la elegancia de Germán Parmetler al observar la ciudad y sus desajustes; cómo identifica un habla más o menos común, que termina por constituir un habla y un punto de vista particulares y a la vez inclusivos. Digámoslo así: a un relato que excluye y desprecia lo que no entiende ni le interesa entender, la buena ficción opone un estallido más grande que el universo, en el que hay lugar para todas y todos.

LT: ¿Hay alguna relación entre territorio, ficción y política? Es decir, en cuanto a la forma, la estética, el tono, la interpelación de la literatura en la realidad y su posterior construcción de historias, de micro-historias?

MQ: Claro que hay relación; el territorio —que puede ser tanto el lenguaje como la zona donde uno se ubica y donde ubica su ficción— determina nuestro posicionamiento ante el mundo. Yo escribo con la mirada de un hombre nacido en la ciudad de Resistencia a fines de los 70’, un hombre que tuvo acceso a determinadas lecturas y a determinadas formas de consumo cultural. Lo que escribo, entonces, está atravesado por todo eso y por mucho más.

LT: Hace algunos años tomaste la decisión de afincarte en Buenos Aires, ¿cómo es la vida literaria allá en comparación con Resistencia, creativamente hablando? Siempre se habla del centro y la periferia, y que aquellos que viven en el centro están “más inspirados”, por decirlo de algún modo.

MQ: Pasa que —como te decía anteriormente— mi manera de escribir está anclada en el Chaco, y sobre todo en Resistencia. Por mucho que viva en Buenos Aires mi mirada no deja de ser la de un chaqueño. A lo sumo el cimbronazo que significó venir a Buenos Aires afectó más mi vida cotidiana, mi ritmo, mi vida, si se quiere, social. Pero en cuanto a la escritura en sí, no hubo y no tiene por qué haber grandes cambios. Probablemente ahora escriba peor, aunque espero que no. La única ventaja de Buenos Aires en relación con Resistencia es la cantidad de librerías de “usados”, lo que cada tanto te permite encontrar alguna joyita a precio razonable.

LT: ¿Cuáles son los gérmenes, las ideas primeras, que hacen nacer tus ficciones?

MQ: Puede ser, efectivamente, que sea algún tipo de germen, algo medio enfermo. Pero también puede que sean imágenes, situaciones un poco desopilantes en las que percibo una posible historia. También puede que sean algunas lecturas. De pronto algún texto me entusiasma, me llena de felicidad, y el entusiasmo de la lectura me empuja a la escritura.

LT: Para vos, ¿qué tiene que tener una historia para que te atrape, que capte tu atención?

MQ: Entre otras cosas, que me permita concebir otra opción de vida, por decirlo de algún modo bastante grandilocuente. Pero un poco se trata de eso, la lectura. De encontrar maneras de concebir el mundo y el lenguaje que me aparten de mí mismo y me permitan, al menos por un rato, ver o leer la vida desde los ojos y desde la prosa de los demás.

LT: Sé que la familia tiene mucho peso para vos a la hora de narrar, ¿podés contarnos –si lo recordás– en qué momento, con qué hecho determinado, situación, te diste cuenta o notaste que la familia era un caldo de cultivo para contar historias? 

MQ: No podría establecer un momento exacto, pero supongo que se trata de cierta naturalidad. El deseo de escribir me viene de muy joven y lo que tenía más a mano, lo que más conocía y a la vez me intrigaba, era la familia. A partir de allí, me permití distorsionar, deformar y hasta enderezar situaciones que llamaban mi atención. De algún modo intenté atravesar a mi familia, y a mí mismo, con la ficción.

LT: En Tanto correr, recuerdo un pasaje memorable sobre la Masacre de Margarita Belén, en el cual los muertos, los asesinados, hablan. Ese pasaje es extraordinario y tengo que preguntártelo, ¿la literatura habla por sí sola, también a través de los muertos no llegan realidades?    

MQ: Me voy a poner aún más solemne para decir que claro que sí. Los muertos hablan, incluso, más claro y más nítido que los vivos. Y en la Argentina eso se percibe brutalmente, no hace falta indagar demasiado. La desaparición forzosa de Santiago Maldonado es un ejemplo devastador; ahí podemos apreciar el rol del estado con su carga de cinismo y perversión, que habilita un relato político enmarañado que no es más que otra forma de terrorismo. Aunque pretendan señalar el mal gusto de una observación semejante.

LT: ¿Cómo te llevas con las escritura diaria, escribís por la mañana, por la noche? ¿Te cuesta escribir? 

MQ: Escribo cuando puedo, que en definitiva es cualquier hora. Por h o por b desistí —al menos de momento— de la ilusión de armarme una rutina. Y me cuesta mucho escribir, de otra manera supongo que me dedicaría a otra cosa.

LT: ¿No puedo dejar de preguntar qué estás leyendo, autores contemporáneos, clásicos, títulos?

MQ: Leo de todo y con un desorden muy programado. Ahora mismo, en este preciso momento, estoy muy fan de Belgrano Rawson. Me pregunto cómo es que no está el mundo entero hablando de El náufrago de las estrellas —qué libro, cuánta belleza, qué prosa tan perfecta, ¡cómo tardé tanto en leerlo!

LT: Sobre la lectura: el maestro S. King dice que hay que leer cuatro horas por la mañana y escribir cuatro horas por la tarde, que si querés ser escritor tenés que encontrar este tiempo para hacer ambas cosas. ¿Cómo son tus sistemas de lectura? ¿Lees uno, varios libros al mismo tiempo?

MQ: El maestro Stephen King es un encanto pero también es una hermosa franquicia y, en ocasiones, suele ser bastante pelotudo. Esas ocho horas de dedicación estrictamente literarias —establecidas, por otra parte, en atención al régimen laboral, ejemplo, capitalista— se las puede conceder un norteamericano exitoso que además concibe su tarea del mismo modo que lo haría un empresario metalúrgico. No tengo nada contra los metalúrgicos —de hecho son más necesarios que los escritores— y es cierto que Stephen King falla pocas veces, pero yo tengo una mirada más romántica del asunto. A mí me gustan más los saltos al vacío a la manera de Bolaño; la idea de que escribimos y leemos todo el tiempo, las 24 horas del día y sin esperar nada ni pedir nada de la literatura. Con todas las contradicciones, los miedos y las frustraciones del caso. La mirada de un poeta, digamos, una mujer y un hombre que no necesitan publicar un libro para saber que son poetas.

LT: ¿Qué importancia tiene la lectura en la vida cotidiana? ¿Tanto como correr?

Tanto como correr, tal cual.

LT: Escribiste Torrente, Río Negro, Tanto correr y No llores, hombre duro, La luz mala dentro de mí, y ahora Una casa junto al tragadero, todas con algún premio. ¿Hay alguno de estos libros que le tengas especial cariño por alguna razón en especial?  

MQ: No, de ninguna manera. Lo que sí algunas veces me avergüenzan un poco, pero al rato se me pasa.

Por último, ¿extrañas el universo tropical, los monos, las palmeras, el sol?

No, para nada extraño esa mierda. A mi mamá y a mis abuelas extraño.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Nguyen Peña Puig dice:

    Reblogueó esto en Lugar llamado Kindbergy comentado:
    Buenos espacios para la literatura inteligente, enhora buena.

    Le gusta a 1 persona

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