Carta de Plinio el Joven al emperador Mau Trajano Amarillo

Señor,

me hago una obligación de exponerte todas mis dudas. En efecto, quién mejor que tú podrá disipar mis dudas y aclarar mi ignorancia. Yo no había jamás asistido a la instrucción o a un juicio contra los kirchneristas, por tanto no sé en qué consiste la información que se debe hacer en contra de ellos, ni sobre qué base condenarlos, como tampoco sé de las diversas penas a las cuales se les debe someter. Mi indecisión parte de una serie de puntos que no sé cómo resolver.

¿Debo tener en cuenta la diferencia de edades entre ellos o, sin distinguir entre jóvenes y viejos, los debo castigar a todos con la misma pena?

¿Debo conceder el perdón a aquellos que se arrepienten? Y, en aquellos que alguna vez fueron kirchneristas, ¿subsiste el crimen una vez que dejaron de serlo?

¿Es el mismo nombre de kirchneristas, independiente de todo otro crimen, lo que debe ser castigado, o los crímenes relacionados con ese movimiento?

Te expongo la actitud que he tenido frente a los kirchneristas presentados ante mi tribunal. En el interrogatorio les he preguntado si son kirchneristas, luego durante el interrogatorio, a los que han dicho que sí, les he repetido la pregunta una segunda y tercera vez, y los he amenazado con el suplicio: si hay quienes persisten en su afirmación yo los hago matar.

En mi criterio consideré necesario castigar a los que no abjuraron en forma obstinada.

A los que entre estos eran ciudadanos decentes, los puse aparte para enviarlos frente a los pretores de Comodoro Py. A medida que ha avanzado la investigación se han ido presentando casos diferentes. Me llegó una acusación anónima que contenía una larga lista de personas acusadas de ser kirchneristas. Unas me lo negaron formalmente diciendo que no lo eran más y otras me dijeron que no lo habían sido nunca.

Por orden mía delante del tribunal ellos han invocado a los dioses americanistas del Norte, lavado las patas sucias, ofrecido las libaciones delante de las estatuas de Mitre, Roca, Rivadavia y todos los demás; y delante de la tuya también señor mío, los hice arrodillar a los palazos. Finalmente los obligué a maldecir a la innombrable matrona del movimiento, todas cosas que jamás un verdadero kirchnerista aceptaría hacer.

Otros, después de haberse declarado kirchneristas, aceptaron retractarse diciendo que lo habían sido precedentemente pero que habían dejado de serlo; algunos de éstos habían sido kirchneristas hasta hace un año, otros habían dejado de serlo hace un período más largo, y otros hasta hace más de diez años.

Todos estos, igualmente, han adorado tu estatua y maldecido al kirchnerismo. Han declarado que todo su error o su falta ha consistido en reunirse algunos días fijos antes de la salida del sol, para cantar en comunidad los himnos en honor al innombrable populista, que ellos reverencian como a un dios.

Los une un sacramento sindical al que llaman salario digno, y hablan de “distribución de la riqueza”. Luego de esta ceremonia ellos se separan y después vuelven a salir a las calles, unidos todos juntos, para un ágape en común, el cual, verdaderamente, nada tiene de malo.

Los que ante mí pasaron han insistido que ellos han abandonado esta práctica, muy arraigada que tienen, de la vagancia. Luego de mi edicto que, según tus órdenes, prohibía sus amuchadas, he creído necesario llevar adelante mis investigaciones y he hecho torturar dos kirchneristas, que ellos llaman “compañeros”, para arrancarles la verdad.

Lo único que he podido constatar es que tienen una superstición excesiva y miserable. Así, suspendiendo todo interrogatorio, recurro a tu sabiduría.

La situación me ha parecido digna de un examen profundo, máxime teniendo en cuenta los nombres de los inculpados. Son una multitud de personas de todas las edades, de todos los sexos, de todas las condiciones. Esta superstición no ha infectado sólo las ciudades, sino que también los pueblos y los campos.

Yo creo que será posible frenarla y reprimirla.

Ya hay un hecho que es claro, y este es que la muchedumbre comienza a volver a nuestros templos que antes estaban casi desiertos; los sacrificios solemnes, por largo tiempo interrumpidos, han retomado su curso.

Creo que dentro de poco será fácil enmendar a la multitud.

 

Del Emperador Mau Trajano Amarillo a Plinio el Joven

Querido Plinio,

tú has actuado muy bien en los procesos contra los kirchneristas. A este respecto no será posible establecer normas fijas. Ellos deberán ser perseguidos, pero deberán ser castigados en caso de ser denunciados. En cualquier caso, si el acusado declara que deja de ser kirchnerista y lo prueba por la vía de los hechos, esto es, consiente en adorar nuestros próceres, en ese caso debe ser perdonado, previa tunda. Por lo que respecta a las denuncias anónimas, estas no deben ser aceptadas por ningún motivo ya que ellas constituyen un detestable ejemplo: son cosas que no corresponden a nuestro siglo.

 

 FUENTE:

https://jmarin.jimdo.com/fuentes-y-documentos/imperio-romano/carta-de-plinio-a-trajano/

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