Non Fiction: contra los periodistas

“La Libertad” es el primer demo-poetry (me gusta cómo suena, “demo-poetry”) del libro Non Fiction, que garabateamos con Luba Malun (Agustina Bartoli) y yo Fernando Funes (Alfredo Germignani).  Suena espantoso, debe sonar así. Es un efecto que nosotros mismos nos encargamos personalmente, de que suene, así, que no se entienda nada, o sí, que se entienda, algo, nada más. En este libro, por lo general, puteamos un  poco, contra los medios de comunicación. Es un buen ejercicio terapéutico putear. Oh sí.

edgar-34077_960_720POSMOS

Luba Malun - Fernando Funes

La libertad es un síntoma inequívoco

de debilidad y hastío:

de otro modo sería imposible

explicar por qué

todos los días

esnifan toneladas

de noticias de realidades

aumentadas de periodismo

perfeccionador de cegueras

y eyaculador de catástrofes

y sodomizador de audiencias.

Es evidente que ya nadie puede

sostenerse real y verdadero.

Que las formas no memorizan

más que la fatalidad

de levantarse

para ir a laburar, es silencio certero

y fulminante: saber que la literatura

no sirve para nada.

A nadie le importa

si la literatura sirve o no para algo.

Una acción cualquiera

se termina a su tiempo.

Nada desmerece por haberse

terminado. No recibe

menoscabo alguno quien

lo puso en ejecución

por el hecho de haberlo

concluido de haberlo

inventado de haberlo

visto amputado mal cocido.

Es así de simple.

Es así de sencillo.

Todos matan por igual

con igual intensidad

con igual o similar delirio.

Ciertamente: lo primero

que tenemos que hacer

es matar a todos los abogados.

Y a todos los demás también.

Nadie es tan afortunado.

Infinito e insondable

es el trancazo del destino

cuando te la ensartan

desprevenido desde

las profundidades

el sablazo amansador

de revoltosos y subversivos.

Me pregunto cuántas veces más

encontraré mi tedio doméstico

desbordado de incongruencias

bastardas de noches esnifadas

de porros portentosos en flor

de sacudidas virulentas

brota el magma apocalíptico

de los mandamases consentidos

mientras escribo ya no importa

si me doblo o transmuto

en una versión autoficcionada

de mí mismo.

A ver si nos entendemos,

harto de espectáculo estamos

los literators que sólo

escribimos porque

nos cabe el estilo.

Pero la lucha no termina

cuando todo se pierde.

Es el grito inarticulado

que llaman silencio,

ocupa las miserias del orgullo

en el preciso momento

en que revientan

las arterias de dólares

y un blanco vacío

fermenta la mirada gélida

y fría del rubiecito

porteñero garcador

y pecho frio.

Mi fe salvaje me levanta

de entre los muertos

los olvidados los bárbaros

los transas los ñeris

los indios los putos

del Subtrópico litoraleño

desde las profundidades

del gran humedal vengo

porque puedo mensurar

soles y palmeras

pulverizar arados

con la mirada

parrillar suculentos

asados con una mano

atada a la espalda.

Es así de simple.

Así de sencillo.

Ya nadie puede sostenerse real y verdadero.

Al asado hay que mimarlo, hay que consentirlo.

La libertad es un síntoma inequívoco de hastío.

Las formas no memorizan. La fatalidad no

nos transforma, el espectáculo está servido.

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