Resistencia, la tragedia es aparente

Resistencia no es la ciudad “más pobre” de la Argentina. Quien afirme lo contrario pecará de hiperbólico cualquierismo. La detodología histérica del periodismo bienpensante es más semántica que dramática; ciertamente produce mesetas mentales; los ismos y las sumas totales son inhóspitos y generan disgregaciones neuronales tóxicas de dogmatismos truculentos. Seferino Geraldi dice en Los que poblaron Resistencia (1979) que fueron treinta y seis familias, o treinta y siete, o treinta y ocho. Dice que su friulano abuelo dijo, que decía siempre, que no pasaban de treinta y seis, o uno más, o dos, familias. La Prensa del jueves 17 de enero de 1878, publica: “Por el vapor ‘Río Paraná’ salen hoy con destino a la colonia Resistencia treinta y nueve familias europeas que componen el número de doscientas personas”.

Dos años atrás, es decir en 1876, el prusiano agrimensor Seelstrang es enviado por el presidente Domingo Faustino Sarmiento al margen oeste del río Paraná para ubicar una serie de colonias. “Las indicaciones de Sarmiento son casi una parodia de sí mismo: le pide a Seelstrang que sitúe cada nueva colonia frente a un poblado civilizado, de forma que lo primero que vieran las flamantes colonias al despertar por las mañanas fuera su doble ideal del otro lado del río”, explica Pablo Black en el prólogo del libro de crónicas resistencianas Como Seelstrang.

“Sin más trabas que las resultantes de una naturaleza virgen, el hombre, luchando tenazmente, se impuso al medio hostil creando la grandeza de este estado, que hoy es todo un orgullo para los regionales, pues nuestra capital, Resistencia, está llamada a ser el centro económico de todo el Norte argentino”, vaticina Lestani en Por los caminos de Chaco (1940). Y se pregunta enseguida: “¿Cómo fue posible llegar a esto dentro del más absoluto amparo legislativo y con la precaria garantía policial? Pues es bueno saber que solo en 1884 se legisló para los territorios nacionales y luego fueron abandonados a su triste suerte, sin que siquiera se cumplieran las determinaciones de esa misma ley. Y en cuanto a la policía… muchas veces hubiéramos deseado seguir la suerte legislativa de tener que soportar la irregular actuación de esa institución, que nunca pudo crearse carácter firme en las funciones que está llamada a desempeñar”. Señorioso Lestani, para describir la actualidad policíaca desde el principio de los tiempos.

En El Sindicalismo del Chaco en el Período Territorial 1887 – 1951, el historiador Eduardo Barreto señala: “Bernardo de Irigoyen, ministro del Interior entre octubre de 1877 y mayo de 1879, fue el mentor de la llegada de los friulanos a Resistencia. Más su renuncia, ocurrida luego del estallido de la revolución de Corrientes, impidió que fueran atendidas las necesidades de los inmigrantes italianos. Muchos de ellos, al ver la imposibilidad de satisfacer sus necesidades mínimas, abandonaron el Chaco, y miserables y andrajosos, deambularon por Corrientes. Por lo menos así lo testimonian los diarios de la época. Los que no se fueron, resistieron, arma y hacha en mano, la indiferencia oficial y los ataques indígenas”.

Volvamos a la pregunta de Lestani: ¿Cómo fue posible llegar a esto dentro del más absoluto amparo legislativo y con la precaria garantía policial? Barreto entiende que “estas adversidades padecidas al comienzo de la colonización, influyeron de tal forma en la idiosincrasia del colono chaqueño, que generó en él un espíritu tosco e individualista, y que resultó decisivo a la hora de plantarse el tema de la unidad gremial con otros sectores… El aislamiento, el analfabetismo, el desgano, fomentaban el desarrollo de una conducta voluntariosa, emancipada y discorde, que conspiraba con la formación de redes de solidaridad”.

El iluminado Guido Miranda, en Tres Ciclos Chaqueños: “Estas ciudades (Avellaneda, Resistencia y Formosa) han sido establecidas como eslabones de un frente sistemático para avanzar hacia el corazón del Chaco. Situadas perpendicularmente en la línea de fortines armados, sus vínculos eran culturales y económicos”. Más lo segundo que lo primero, si no estrictamente lo segundo. Siempre fue lo segundo. La mano de obra barata de los “obrajes destinados a la explotación forestal, aparecían como indicios del camino que habría de asumir la economía chaqueña en su etapa primigenia (Eduardo Barreto, Op. Cit.)”.

En 1884 Resistencia albergaba 174 familias de agricultores que formaban una población de 900 individuos. Había más de diez mil cabezas de ganado. Dos molinos de vapor. Y un puñado de establecimientos industriales. Al año siguiente, en abril de 1885, “comenzaron a tenerse noticias sobre una coalición de tribus del Chaco para llevar un ataque a San Fernando, población que solo estaba defendida por quince hombres de la Guardia Provincial de Corrientes. El Jefe Político Aurelio Díaz, en vistas de estas informaciones, pidió autorización al Gobierno Nacional para organizar una fuerza armada de vecinos para contener la invasión”, ilustra Marcos Altamirano en La colonización de Resistencia. (La Prensa de Buenos Aires, 21 de abril de 1875, recibía información de su corresponsalía en Corrientes).

En la misma línea, es decir en 1884, Guillermo Aráoz, investigador y geógrafo, publica Navegación del Río Bermejo y viajes al Gran Chaco: “El indio del Chaco es de los más industriosos y astutos que se conocen en estas regiones de América. Ello depende al género de vida que se ven obligados a llevar por la naturaleza del país que habitan. Están rodeados de peligros que necesitan conocer y sobre todo saber vencerlos. Todo conspira allí para aniquilar su existencia. Si no fuese paradójico, podría decirse que el indio del Chaco es un bárbaro civilizado”.

Y también: “Muchos de los medios que los indios emplean para bombear en sus cacerías, los ponen también en práctica para combatir a sus enemigos, buscando darse cuenta por recursos artificiosos, de las costumbres de estos y la mejor manera de hacerles daño… De noche suelen aproximarse al grupo de personas que quieren asaltar, e imitan el ladrido del zorro, el canto de la garza, del búho, etcétera, lo que hacen a las mil maravillas, hasta el grado de ser imposible notar la diferencia entre lo verdadero y lo fingido” (Así era el indio, Marcelo Nieto).

“Los dilemas de la historia parecen trágicos porque el hombre no puede prescindir de ellas, y al preferir uno de los términos, sacrifica algo de sí mismo. Pero la tragedia es aparente. Existe solo para la visión intelectualista del problema, para el idealismo que exige el hombre total en una sociedad también total; que el héroe sea al mismo tiempo un buen vecino sin problemas con nadie. La invocación utópica padece siempre de una inhibición inaceptable. En rigor, no aspira a modificar la realidad. Presupone otra realidad completamente distinta, perfecta, sin indicar los caminos que conducirían a ella”, apunta Ramón de las Mercedes Tissera en De la civilización a la barbarie, 1969.

“Da la impresión que el Chaco selvático pudo existir aquí como en cualquier otra antigüedad innominable, sin que el evento pueda influir sobre las nuevas realidades, a no ser por la preocupación filantrópica que inspiran las minorías aborígenes sobrevivientes. Por lo menos siete mil años de prehistoria fueron suprimidos por los primeros cronistas y relatores del Siglo XVIII. El pasado chaqueño debía comenzar con los conquistadores, los misioneros y los encomenderos recién arribados de España. Todo lo anterior pertenecía a las tinieblas del gentilismo y la ignorancia.

”El esquema europeizante, esencialmente racionalista, medio jurídico, no ha podido producir una mística y por ende, una conciencia de misión en las nuevas generaciones. Relegó lo telúrico a la categoría de lo folclore, acordó la historia con una métrica insignificante, empobreció las raíces para destacar las flores sacrificando la vitalidad del árbol. El panorama que debió abarcar milenios se ajustó a las directivas de última hora del modernismo porteño, encandilado por los fulgores espirituosos, a veces monetarios —únicamente monetario—, de la influencia anglo francesa”. (La invertebrada historia del Chaco, Ramón de las Mercedes Tissera, revista Región, 1968).

¿Es Resistencia la ciudad “más pobre” de la Argentina? Pobre es quien lo afirma. “¿Por qué? —se pregunta Audencio Zamora Leckott, escritor del pueblo Wichí, en Ecos de la Resistencia—. 200 millones de seres humanos masacrados por ser los primeros en llegar a este continente. En 500 años millones de hectáreas indiscriminadamente exterminándose. Miles de ríos secándose lentamente como torturados, estaqueados al sol. Los cielos agujereados por la contaminación del hombre blanco”. No olviden, olvidar es una forma de morir, dicen sus ancestros. “La violencia colonial no se propone sólo como finalidad mantener en actitud respetuosa a los hombres sometidos, trata de deshumanizarlos —hoy desideologizarlos”. (J. P. Sartre, en el prólogo a Los condenados de la tierra).

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Al final de la historia están las 🌴🌴. Resistencia es —en realidad— decadente y depravada (Como Seelstrang, 2013):

Me siento un preso de Resistencia city. En Ciudad Espectral, mi novela del futuro, el protagonista Fernando Funes habla sobre Resistencia: “…yo siempre detesté esta ciudad, desde muy chico, ya ni recuerdo desde cuándo; no importa. El hecho es que aprendí a odiarla y había acumulado tanto odio hacia ella que, cuando quise acordarme por qué…, lo había olvidado. Y es que cuando pasa mucho tiempo y guardaste tanto rencor adentro sin hacer nada con él, luego estás demasiado solo, demasiado lúcidamente vencido como para hacer algo con todo eso. Imaginé, pues, como si en verdad pudiera, que lo olvidaba todo. Que lo olvidaba todo y que sin más cosa que ese olvido mi destino me esperaba en otro lugar. Y salió esto:

Olvidar la mañana fría en que abro los ojos hasta el techo. Olvidar cepillar mis dientes y arroparme. Olvidar mi desayuno tendido sobre la mesa. Olvidar las llaves y el teléfono celular. Mis apuntes y mis lápices. Olvidar el camino al trabajo y la tediosa obligación de asistirle a mi responsabilidad ese olvido. Olvidar los titulares truculentos de los diarios. La cara aguada de mi jefe. De mis compañeros de trabajo. Olvidar el sol del mediodía. Olvidar: comer, beber, fumar, hablar, callar, doler, sentir, leer, imaginar, mentir, pensar, fracasar, sangrar. Olvidar todo eso, olvidar. La noche apagándose en mi sombra. La soledad de mis noches cogiéndose a esa sombra. El sueño que no seré. La victoria que no gozaré. Olvidar el tiempo que de un tirón olvidé. Olvidarlo todo, incluso la memoria de mis nombres, de mis padres, de mis abuelos y de estos pasados que hicieron de mí el que soy. Olvidar las calles y las plazas. La ciudad. La gente. La historia. Todo. Olvidar volver a casa. Tan lejos, que olvidar volver.

🌴 Fernando Funes

🌴Imagen de portada: Leo Guardianelli