Dios estaba de nuestra parte

 

Por Lucas Brito Sánchez

A Marito Anic, lector y cocinero

 

L asiste a un taller donde aprende a redactar crónicas. Se entusiasma y pasa varios días tratando de escribir sobre el cementerio de Resistencia. Buscando datos sobre el lugar, le parece más interesante obtener la historia de vida de un sepulturero. Su tema es la muerte: lo seduce, aunque sabe que ese personaje de película no existe. Nadie empuña la pala, con gesto tosco, para tirar sobre la cara del muerto la última montañita de tierra. Pero imagina que alguien debe trabajar hace muchos años ahí y que lleva visto suficientes ritos. Pasan los días y no puede concretar la visita al cementerio. El texto se estanca.

Un sábado a la noche M, amigo de L, cumple 39 años y organiza una cena. L va con Z, su hija adolescente, que cuando llegan saluda a todos y se instala en la computadora. Hay otros invitados, la mayoría mujeres. El gran ausente es el padre de M, muerto hace más de dos años.

M lleva puesto un delantal. Se ponen a hablar de la comida. Pasan a la cocina y le muestra un trozo de pierna de cerdo del tamaño de un bolso de mano, con hueso incluido. Cuanta que es la primera vez que cocinará algo tan grande al horno, mientras con una jeringa le inyecta un extraño brebaje de hierbas para ablandar el tejido muerto. L dice que se parece al Dr. Burroughs y que podría crear su propia receta: Cerdo a lo yonqui (con finas hierbas y salsa de mostaza y miel). La cocción tardará dos horas así que hay vino tinto en el medio y cerveza mientras miran el partido de Italia contra Inglaterra en las eliminatorias del mundial. Se instalan en el living, en el garaje de la casa.

Pasan las horas, llega la comida: cerdo trozado con pan casero para preparar sánguches con salsas mixtas. Esa noche L come demasiado. Suena How to Disappear Completely (And Never Be Found Again), de Radiohead. Sigue la charla de sobremesa. L comienza a dormitar. Son la una y media de la madrugada y sacude la cabeza; piensa en ir a mojarse la cara pero se queda tirado en el sillón. Los invitados ya no hablan, están discutiendo. Al menos eso le parece, que una voz sube el tono, pero en general están distendidos pero como si fuese un tema incómodo y recurrente en los encuentros. L decide escuchar y no intervenir. Mientras trata de no dormirse, escucha la historia de un tío de las amigas de la novia de M. Toma nota mentalmente; decide no ser original y llamará X a ese tío que nunca vio…

X es alemán. Vino desde allá escapando de la Segunda Guerra Mundial, con su madre y dos hermanos. Tenía cinco o seis años. Un día descubre que su partida de nacimiento lleva el sello original del Führer, de Hitler, el conductor, el líder máximo de aquellos años. Esvásticas cruzando y manchando esos papeles. Un tipo se contacta con X por correo electrónico y le cuenta que su padre fue teniente nazi, que tenía al mando un batallón y varios tanques y que murió en combate. Cayó en Rusia. El tipo le dice que, como familiar directo, puede exigir al gobierno alemán un resarcimiento. Él se ofrece a tramitarlo. Le promete 150 millones de pesos. X se desborda: toda su vida lo persiguió la pobreza y la desgracia; hoy tiene 71 pero alguna vez tuvo 6 años y llegó al Chaco hambreado, con sólo una biblia en alemán (que sigue leyendo con fervor) y su madre y sus hermanos. Su madre se casó de nuevo y a X lo dieron en adopción. Fue abusado por campesinos. Consigue una nueva familia, pero no se queda con ellos. Trata de volver con su madre pero lo rechazan. Con el tiempo, X será el tío lejano. Ya grande, formará una familia: de los seis hijos que tuvo, dos le nacen ciegos y otros dos con perturbación mental.

X no duda ante la propuesta, se pone en marcha y pasa meses buscando evidencia: cartas, fotos y documentos públicos. La familia actual (sus sobrinas, quienes narran mientras L escucha) lo apoyan; les gusta la idea del dinero pero lo hacen dudar, cuestionan, que el tipo podría ser un maleante, dicen. X dice que tiene fe en Dios, que es su momento, que confíen. Pero en secreto también duda y le pide al tipo un número de teléfono para hablarle. El tipo le responde que no tiene. No da argumentos y le asegura que es mejor contactarse por correo.

Un día el tipo le escribe y le pide plata para el pasaje a Alemania. Quiere ir primero para adelantar el trámite. X junta el dinero y se lo entrega.

Pasan los días y el tipo no responde los correos, hasta que entra uno: le pide que se reúnan en Múnich en una semana, que lleve todo lo que falta. X pide plata, se endeuda, compra el pasaje y viaja. Cuando llega nadie lo recibe. Decide esperar: el tipo le dijo que era bajo, flaco, canoso y barbudo. Se hace de noche y el tipo no aparece. X se acerca a un policía y le cuenta su historia, o eso trata. X no habla alemán. Lo llevan a la embajada argentina.

L se acuerda de una cifra, un número maldito pero no lo dice, mientras la historia sigue alzándose por encima de los sánguches y el credo y el vino, ese número que L recordó dice que durante la Segunda Guerra Mundial murieron 50 millones de personas (sin contar los animales domésticos y de ganado). Quizá fueron 70 millones los que murieron. Los historiadores no se ponen de acuerdo, mucho menos los empresarios que financiaron a Hitler. ¿Cuántos cementerios se habrán fundado con eso? L deja escapar la pregunta antes que se vuelva pesadilla.

Finalmente, X pasa tres días en el aeropuerto. Habla por teléfono con su hermana, le dice que se vuelve, que acá nadie lo espera. En la Embajada también cuenta su historia. Un hombre nervioso, con la camisa arremangada, lo escucha, toma nota. Cuando X termina le estrecha la mano, le desea suerte. El avión despega: X lleva su biblia alemana en el regazo, mira hacia abajo por la ventanilla y se dice que Dios abandonó hace mucho a los alemanes, pero que mejor así, las cosas pasan por algo, y éste es su momento.

 

*Especial para el taller de crónicas Grietas. CECUAL, 2013-2014.

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