LeRoy: La autoficción es un fraude sincero

Por Fernando FunesFunes

LeRoy nació en 1980, en West Virginia. Su auto-biografía se curtió en la marginalidad extrema de lo real. Su infancia se desgarró por la prostitución, las drogas y la supervivencia en las calles. El mito liberador de su potencia ficcional hizo el resto. Se empezó a hacer más o menos fashionista publicando articulitos para algunas revistas, a partir de 1996. Cuatro después publicó su primera novela, Sarah. Una historia brutal de esclavitud, prostitución y abuso sexual infantil, contada por un chico de 12 de edad.

La literatura autobiográfica de LeRoy inspiró la película sobre su vida —real, verdadera— que (supuestamente) tuvo: El corazón es mentiroso sobre todas las cosas (1999), dirigida y protagonizada por el bombón darki Asia Argento, hija del troesma Darío.

LeRoy cuenta en su novela de autoficción Sarah por qué su despreciable, puta y alcohólica madre lo apodaba «Terminator» y cómo lo prostituía —a él , su propio hijo— travestido, por unos cuantos dólares, a camioneros pederastas y deformes. Sin embargo en el fondo muy adentro de su ficción propia suya, LeRoy sólo quería un poco de amor, como cualquier bastardo del mundo. Razón también por la cual se vestía de mujer: era la idolatría que sentía por su madre.

Entre 1999 y 2005 su fama pegó repunte y LeRoy se convirtió en una celebridad literaria posmo, transexual, freak & pop. Su pasado trágico agigantó el mito literario en torno a su controversial y misteriosa figura, cuya irrupción en el Espectáculo editorial norteamericano no fue poca cosa.

LeRoy pronto cosechó amigos del mundillo hollywoodense. Se cansó de rechazar pedidos de entrevistas; y cuando finalmente las brindaba —muy raras veces, aunque nunca personalmente— lo hacía por escrito o por teléfono. Aparecía en público muy poco pero cuando lo hacía lo hacía luciendo extravagante. Usaba anteojos negros, sombrero y peluca blonda. Se pintaba los labios, usaba sacos oscuros con hombrera y a primera vista podía lucir ridículo, como un ex integrante de los Guns en los 90.

La joda se termina cuando en enero de 2006 aparece un artículo publicado por el New York Times denunciando el fraude: LeRoy no era LeRoy: era Laura Albert, una escritora cuarentona que con la complicidad de su esposo Geoffrey Knoop y de su cuñada Savannah Knoop —quien actuaba como LeRoy en público—, inventó la mayor ficción literaria Real y Verdadera del Siglo XXI. La primera gran estafa de la autoficción posmo.

LeRoy los embadurnó a todos: repetición, simulacro y Espectáculo. Durante una década Laura Albert hizo creer a todos —incluso a los popes de la industria editorial yanqui— que LeRoy realmente existía en la vida real verdadera. El rarito de peluca y labios pintados que aparecía sacándose fotos con Winona Ryder ¿era realmente un escritor salvaje escupido por la vida real verdadera y la autoficción de lo maravilloso fantástico del sueño americano del Siglo XXI?

O era la conmovedora historia del niño abusado sexualmente devenido en celebridad literaria trans.

O era la historia de Laura Albert, devenida en alter ego de su ficción propia suya y personal.

O era la historia de la despreciable Sarah, madre del prostituido niño sin nombre, narrador de la historia y duplicado en la vida real y verdadera de la cuñaba que actuaba como LeRoy frente al espectáculo.

O la historia del niño prostituido por su desalmada madre que a pesar de todo busca su amor y no sólo que busca su amor: también quiere ser como ella. El niño trans quiere ser como mama.

Bat For Lashes,  “Sarah”: “Sarah, I want to be like you”.

Oh sí, J.T. LeRoy. Oh sí.

Es el manto de frivolidades que convergen alrededor del mito literario LeRoy. El simulacro creado por Laura Albert es el significante: la ficción del propio LeRoy operando en el Mundo del Espectáculo. Su ficción propia suya de su relato visceral. Una serie de novelas autobiográficas ficcionales perturbadoras que al final no son ni verídicas ni ficcionales ni basadas en la Historial Real.

No es necesario leer a LeRoy para mensurar la potencia de su operación literaria. Cómo se desvanece su ficción, lo fingido no es una máscara, un velo del personaje: es LeRoy él mismo, Real y Verdadero, repetido un millón de veces. Lo ríos subterráneos de la ficción simulada de lo maravilloso fantástico americano engordan la biblia de la autobiografía apócrifa y narrada novelescamente (como en Sarah), donde el alarde es el desgarramiento de la marginalidad. Pura mostración.

Con LeRoy no hay más búsqueda que la de repetirse. LeRoy no tiene que ser real. Tiene que parecer. Cuando parece está en un limbo. La curvatura de lo maravilloso fantástico.

Puede y no puede parecer; pero parece, siempre termina pareciendo. Se repite hasta que pierde el sentido.

Nadie está de acuerdo, todos tienen una opinión distinta, una versión diferente sobre una misma cosa. Una historia para contar. Un «afecto triste» para largar. No es una queja, tiene que parecer una queja, que es distinto.

Las historias tienen que parecer historias, no precisamente serlo. No es necesario, solo hay que parecer. Todo lo que hay que saber para sobrevivir es en gran medida gracias a las apariencias.

La autoficción es un fraude sincero, explícito como el porno.

Pero una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.

Somos lo que somos.

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