Los poetas van a desaparecer*

Por Lucas Brito Sánchez

No se puede ser correcto y estar vivo: todo lo canonizante está muerto. No respira. Se ahoga. Inhala vapor directo del caño de escape de un Renault 12.

Es preocupante lo que pasa con la poesía: los lectores, la policía, los médicos, los editores, los bomberos y los banqueros hacen como si no existiera.

No es rentable.

No vende.

Da pérdida y todo eso.

Yo no creo que el máximo escalón de escritor sea llegar a la novela.

Estoy en contra de los que propagan que la poesía es un género enano al lado de la prosa concreta y correcta y lineal y sutil.

Estoy en contra de los que dicen que cualquiera escribe poesía: esos nunca escribieron buena poesía. No alcanza con escupir sobre una servilleta en un bar, borracho, nostálgico y pasarle birome arriba, eso lo hace cualquier emo rolinga punk.

Para escribir poesía también se necesitan huevos y ovarios, bien plantados.

Escribir poesía genera la misma neurosis (o más intensa) que sentar el culo para lograr un cuento o varias carillas de un capítulo de novela.

Ni los beatniks se lo creyeron: Jack Kerouac, gurú apocalíptico de la escritura libre, reescribía y ultra corregía todo. Sus mejores novelas empezaron como apuntes, notas y poemas en libretas. Los que escriben en automático y dicen que prefieren no corregir, allá ellos, pero la poesía es un ejercicio trabajoso: es un trabajo.

La poesía es la base de la mejor prosa: Roberto Bolaño, Burroughs, Faulkner, Paul Auster o Leonard Cohen, escribieron poesía antes de ser novelistas bestiales.

Poesía no es el germen de una Novela. Es otra versión. A veces, es la misma historia contada de otra forma. Por ejemplo: “Los Neochilenos” (en Los perros románticos), ese largo poema de Bolaño anticipa Los detectives salvajes; en el Libro de esbozos —como llamaron a las libretitas donde Kerouac anotaba— está todo En el camino, antes de entrar en la leyenda.

No olvidar: Leonard Cohen escribió dos novelas increíbles (El juego favorito y Hermosos perdedores), pero antes, unos siete u ocho libros de poemas con una prosa poética difícil de igualar. O Auster: sus primeros poemas, cuando era un Don Nadie, anticipan sus mejores novelas autobiográficas como La invención de la soledad, El palacio de la luna, o A salto de mata (de ésta última, la traducción tropical y correcta sería “Corriendo la coneja”).

Carlos Bukowski suele parecer mejor poeta que novelista, y sin embargo se reeditan por toneladas sus novelas y no sus poemas.

Juan Gelman defendía ciertas prosas del periodismo como literatura. Según él, no habría una separación entre su poesía y los artículos que publicó en el diario Página/12. Usemos a Gelman: la poesía da música a la prosa; ES MÚSICA, ritmo. Y una buena historia sin ritmo, es una mierda. Se convierte en anécdota (por más que sea una buena anécdota).

Borges fue mal poeta y buen prosista, pero puntuaba sus cuentos como poeta. Igual, creo que nos hizo un favor al no escribir una novela. ¿Se imaginan 250 páginas con las oraciones de Borges? ¡Terrible! ¡Suplicio!

No se escribe poesía como se hace educación física en el secundario para después entrar al equipo de vóley o fútbol: novela y poesía se complementan pero nunca se anulan.

Poesía y prosa, dos vías paralelas que podrían colapsar. Depende del maquinista. En Resistencia City y sus alrededores, gran parte de la culpa de esta imagen decadente es de los propios poetas, seres tristes, afectos perversos y sado tropicales, bucólicos-algodoneros-sojeros efervescentes.


Por lo dicho antes, propongo una serie de medidas a ser consideradas y aplicadas en los próximos mil años:

A los poetas que creen que es su destino ser poetas: estrangulamiento con corbata de yute.

A los copleros tristes que anhelan la luna para que rime: empalamiento en el mástil de la Avenida 9 de Julio.

A los que dicen que escribir poesía es boludear, que no es serio: disección del glande o clítoris, sin anestesia.

A las feministas que sólo leen mujeres poetas: amputación de nalgas.

A los machistas que dicen que escribir poesía es de putos: fractura de maxilar.

A los haroldblunescos que defienden el canon a ultranza: linchamiento en plaza pública, previo juicio poético medieval.

A los que se conforman con cinco poemitas y entran en una antología provincial o municipal: 200 latigazos en las pantorrillas.

A los que creen que la poesía es un género juvenil: enterramiento prematuro al lado del cajón de Allan Poe, buen vecino si los hay.

A los que creen que deben ser vagabundos, cagarse de hambre o padecer una enfermedad aplastante para escribir buena poesía: rotura de ligamentos y corte alevoso con trincheta en el Talón de Aquiles.


Hay un oportunismo rancio entre ciertos editores que pareciera decirnos: “Ya sos famoso y la gente te lee, dame tus poemas, los vamos a publicar; ahora se venderán”. Pueden argumentar lo de siempre: que esto es un negocio. Lo sabemos, pero la muerte no se negocia y, de algún modo, mucho de lo que nombré, mata la poesía. Quizá estemos usando la droga equivocada —a la literatura me refiero—, porque nos negamos firmemente a creer que es sólo un negocio.

Entonces, siguiendo mis propuestas del próximo milenio, para ese tipo de editores: ahogamiento en agua de pozo, para que sepan a qué huelen sus ideas.


También es verdad que la poesía es visceral y no sólo mental o técnica. Necesita recuperar lectores que crean, como un acto de fe. Tengo la sensación de que algunos poetas cambiaron el mundo, no así la mayoría de las novelas. Entropía. La poesía reconstruye y destruye; la novela necesita una estructura, sea cual sea.

No podemos seguir publicando cualquier opúsculo y escribir un verso cuando derramamos lágrimas. Por ese camino, tendremos un final peor que el de los dinosaurios.

*Texto leído durante el 1er Festival Mulita, Fogón de los Arrieros, 2014.

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