La locura en los confines del Chaco  

Por Lucas Brito Sánchez / Agosto de 2014

Hace más de siete años, cuando entré a trabajar al Instituto de Cultura, supe que viajaría a parajes y localidades donde nunca iría si tuviera que elegir. La primera vez que me tocó Colonia Aborigen fue en 2011. Era noviembre y hacía mucho calor pero en pueblo había fiesta, o algo así. La gente se reunió en la única plaza: música y baile. En medio, un acto en memoria de otro año cumplido de la Masacre de Napalpí (19 de julio de 1924). Esa noche tocaba Dancing Mood en Resistencia y me lo perdí porque volvimos a la madrugada.

Tres años después vuelvo a la Colonia. Esta vez es julio y salimos de mañana. El día es frío y nublado. Vamos con un grupo de compañeros y otros invitados al acto de apertura del Séptimo Festival de Cine Latinoamericano de los Pueblos Indígenas. Son casi dos horas de viaje por la ruta 16 que llega a Sáenz Peña; antes de eso hay que entrar por un tramo de tierra de la ruta 10 y hacer unos seis kilómetros. A unos doscientos metros de ese acceso, hay una cola de autos y camiones. Paramos. Bajamos a ver. Hablamos entre nosotros y el chofer. Debe ser un accidente, decimos. La cola se mueve, avanzamos despacio. En dirección contraria pasa un camión remolcando un auto aplastado como una chapita de cerveza. Cuando llegamos al punto del accidente aparecen trozos del auto: un asiento por aquí, un pedazo de motor por allá, un bollo de ropa. El olor a nafta y a quemado entra por la ventanilla. Restos de un incendio apagado.

Entramos por el acceso de tierra. A los quince minutos aparece una curva abrupta y ya el pueblo. Un par de gallinas corren por los costados. Habíamos pactado para la diez de la mañana y son casi las doce. A diferencia de aquel primer viaje, estoy cansado y parece que no habrá mucho para decir: el salón de la Asociación Comunitaria está cerrado y en la plaza no hay nadie. Signos invisibles en el aire de la desolación. Sopla viento y arrastra la tierrilla seca de las calles. Bajamos, estiramos las piernas.

Roly, nuestro jefe, va y habla con los docentes de la escuela primaria. Haremos el acto ahí. Mientras esperamos que instalen el equipo de sonido y video, abren el salón comunitario y traen unas sillas. En la pared hay un mapa que cuenta una historia con escalas de tiempo. Me acerco a mirar. Un gringo canoso y con boina me dice que el mapa es nuevo y se pone a explicármelo como si fuera un guía turístico. Dice que “la Colonia está dentro de la Reserva Indígena, que comprenden tres lotes de más de veinte mil hectáreas entregadas a los Pueblos Indígenas”. Colonia Aborigen tiene unos mil doscientos habitantes, más árboles que casas y unos cuantos perros sarnosos.

Vamos a la escuela, que está a la vuelta del salón. En el camino me cruzo con tres pibes con remera de Argentina escuchando música desde un celular. Vivir en Chaco hace que uno naturalice las imágenes del rancho con el techo caído o del viejo recostado contra una pared, comiendo pan, con una botella de plástico cargada hasta la mitad. Anécdotas borrosas.

El acto comenzó hace rato y salgo a tomar aire. Está Roly en la entrada. Por el medio de la calle viene caminado una mujer esquelética con el pelo mal cortado, bajo el brazo trae una rama pelada, sin gajos. Está descalza. Lleva un vestido rojo hasta los tobillos y arriba un saco gris que le queda enorme. Viene hacia nosotros. Roly me dice en voz baja “qué muchos locos hay acá, ya vi como cuatro”. Y no hicimos más que ocho cuadras. La señora se nos acerca, dice algo que no entendemos y entra en la escuela. Aparece un pibe con una campera marrón con el cierre hasta la boca y nos dice “mm, mmm, mm, mmm”. Nos miramos. Volvemos a entrar a la escuela.

Pienso en la locura y en las posibilidades de describirla: Pessoa vivió en Lisboa; Pizarnik entre Buenos Aires y Europa. Las diferencias entre una locura cosmopolita y una locura en los confines del Chaco. Debe ser difícil ser escritor en un lugar así, no hay a qué agarrase. Nada de bucólicas ponencias de sol cerca del mar. Aparte, los pueblos indígenas chaqueños siguen siendo orales. Sus reclamos son un lamento eterno. Comparado con los criollos, los pocos que escriben, lo hacen no hace mucho, como Juan Chico, Lecko Zamora, Orlando Sánchez y Mario Fernández.

De nuestra parte hay, además, una idealización de la pobreza, como si esta gente fuera sólo desamparada y no viviera o resistiera todos los días. Pero es innegable la deuda con los indígenas. Y está lejos de ser saldada. El ex gobernador Capitanich* había pedido perdón a los Originarios. “Un gesto simbólico, histórico”, dijeron algunos. Esa deuda traspasa la moral y cruza varios siglos. Nos guste o no, quienes fundaron las civilizaciones fueron “blancos”, “criollos”, invadiendo y fusilando.

Napalpí no fue un accidente; Colonia Aborigen no es un accidente. Como dijo Mascherano cuando terminó el partido contra Alemania: el aliento de la gente no alcanza; una derrota más, una deuda que nunca se salda. La Colonia fue fundada a principios del siglo veinte y todavía parece una foto despintada de aquella época.

Y basta, me cansé de escribir.

*En aquel momento era Jefe de Ministros del gabinete nacional, y Juan Carlos Bacileff Ivanoff era gobernardor.