ANALÍZAME: NOTAS PARA NINGÚN DIARIO

Por Marcelo Caparra

Me tomé el fin de semana para anotar tres enunciados o conceptos pensando que, en algún momento, me podrían servir. Me limitaré a transcribirlos y a citar su respectivo autor:

ENUNCIADO UNO:

Sometimes it’s nice to be somewhere else.
Leo, “Boulevard” (2015).

ENUNCIADO DOS:

No stopping, no editing, go anywhere, do anything.
Bobbi Starr, “Shut up and fuck” (Evil Angel, 2015).

ENUNCIADO TRES:

Nosotros tenemos aborígenes en Resistencia que son los tobas y los QOM están en el Impenetrable.”
Ingeniera A. Ayala, candidata a la gobernación (La noche de Mirtha Legrand, Canal 13, sábado 12/09/2015).

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En nuestra literatura, y hasta donde alcanza mi conocimiento, solo los escritores de Literatura Tropical (Fernando Funes y Alberto Litter, a ellos me refiero: padres de la criatura, hipóstasis propios suyos personales, reales y verdaderos: Alfredo Germignani y Guido Moussa, respectivamente) se han animado a unir las tres puntas de esta triple tradición:

1 > la del VIAJE como condición no solo de aventuras exóticas sino de evasión (hay que rajar de las condiciones rutinarias de la existencia, hay que postular un mundo-otro, una isla desierta, una otredad espacial. De Michel Butor a Roberto Arlt, el autoexilio como condición para escribir, desatar los nudos de la lengua madre y de la ontología que heredamos. Butor le pone a su novela “La modificación”, Arlt sueña una isla desierta, parecida a la de Marini en “La isla a mediodía”, pero Butor auspicia un cambio de conciencia que ni siquiera sabemos si sucedió, Arlt describe un espacio utópico que ni siquiera sabemos si es real).

2 > Una segunda tradición es la de la escritura como GESTO y no como transmisión de valores, dogmas o contenidos: pase lo que pase, no detengas las mano, pase lo que pase, no edites, andá a donde se te cante, hacé lo que te pinte (aquí los avances más recientes de la factoría pornográfica “Evil Angel”, más concretamente: la poética de Bobbi Starr entronca —¡y vaya tronco!— con la de Rabelais y San Agustín: el alma buena rechaza naturalmente la canallada, el alma noble repele naturalmente la maldad; «fay çe que vouldras», ama y haz lo que quieras —o lo que deseas—. Obsérvese que la empresa porno tiene un angelito en el nombre y que los enunciados «Ama y haz lo que quieras»,  «Fay çe que vouldras» y «Shut Up And Fuck» comparten idéntica forma verbal: un imperativo elegante y una puerta —la última: desatar la bestia, aniquilar la última reserva moral— que se entreabre, la cola de una pantera negra, muy puta ella, y agazapada, una inminencia, un jadeo, un estertor irrefrenable, una espesura cremosa y blanca no del todo conocida que sin embargo huele bien, una invitación).

3 > Y la tercera, la del tropicalismo más salvaje, agreste y cerril: bajo capas y capas de botox, ya no existe la realidad, solo su réplica —y sólo esta es real. La realidad es un efecto de lenguaje que, para colmo, en el caso de la Tigresa de Oriente, nunca es expresión fluida y natural sino tímido, torpe balbucear. No se trata de saberlo todo (porque la cuestión aquí no es el conocimiento, más o menos limitado, de cada hablante sino su sintaxis: las maneras y fragancias del decir: ¿cómo podría convencernos un tenue, un titubeante, un NO CONVENCIDO? Para eso, ¡preferiríamos votar a Bobbi Starr, a Rabelais o a San Agustín! Ellos sí sabían de qué hablaban. Nunca se ha escuchado a un santo o a un pornógrafo titubear. El titubeo es la jactancia de las tigresas tropicales. No es conveniente confundir oratoria con ortopedia). El pecado —visto desde el lugar de las competencias discursivas— no es ignorar sino poner en evidencia que se ignora, no poder disimular (“desenfocar”) lo que se ignoró. Así, el mundo se hace y se deshace bochornosamente en cada tropezón. God —o los restos cirujeados de él— is in the making.

Desajuste, punto de vista y grasa de pizzeta recalentada. Hace falta mucha creatividad e intrepidez para anudar, en diferentes proporciones y medida, desde luego, la “divergencia” del viajero Sci-Fi (“¡Yo no estoy loco! Yo soy mentalmente divergente”, le dice Bruce Willis a su analista en “12 monos”) con la pornografía que tematiza su “point of view” (POV, lo que la hace a esta joven y promisoria directora tributaria al mismo tiempo de la obra de Belladonna y de Gerard Genette: el estructuralismo ya sabía que la cámara es un actante hecho y derecho, el punto de vista es un porongo más, la perspectiva es un órgano: el lugar desde el que miro se vuelve contenido y forma del mirar), con el tropicalismo más salvaje del botox hiperpavimentado. En la encrucijada, relato y realidad se enhebran y se retroalimentan recursivamente, como espejos rotos que reflejan y refractan la fisonomía íntima del Chaco, quirófano y utopía, quebrachera y montaraz.

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Al cierre de esta columna, me interrumpe un grito —proviene de mi propio evil angel— más o menos así: “¡Dejá ya de tipear pelotudeces y vení a la mesa que se enfría el poyo!”. Acompaña el gesto a la palabra: me muestra un recipiente rectangular, pequeñito y muy top (parece vajilla apropiada para no desentonar con la noche de la señora de Tinayre) mientras dice ¿te gusta? ¿Te gusta lo que preparé para acompañar? Me dicen que el recipiente se llama dip (mi cabeza lo escribe así: “deep”). Parece un alhajero espejado muy chiquito, pienso si en el dip viajarían o se ahogarían estas palabras y reprimo las ganas de meter un dedo ahí, acaso dos, en ese cuenco engañoso que parece casi a punto de chorrear una salsa espesa, cremosa y blanca como una isla desierta que al modificarse me modifica, dorada la siempre perezosa tortuga del deseo, una invitación, un jadeo y una puerta —la última: la que desata la bestia—, un cuenco donde danzan formas y fragancias que no reconozco del todo bien.